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P. Ziad Haddad, C.M.

Asesor Nacional JMV- Líbano

 

¡Se celebraba una boda!

La vida es dura, pero los anfitriones pensaban que hacía falta mucha gente: la alegría compartida, decían, da una felicidad compartida. ¡Era necesario que la fiesta fuera para todos! “«¿Porque impedir que nuestra alegría sea contagiosa? ¡Ya hay tan pocas buenas epidemias entre los hombres!” Los anfitriones pidieron pues, que cada invitado llevara una botella de vino. En la entrada colocaron un gran tonel donde cada uno vaciaría su botella; así cada uno bebería del don de los demás y estaría alegre.

Uno de los numerosos invitados se dijo a sí mismo: los tiempos son difíciles y no tengo ganas de comprar una botella para compartirla con los demás. Pero no puedo perder esta oportunidad de divertirme. Voy a rellenar mi botella con agua. Nadie se dará cuenta cuando la haya echado en el gran tonel lleno de vino, y podré aprovechar el vino de los demás.

Cuando empezó la fiesta, los servidores se acercaron al gran tonel y sacaron con su cántaro. ¡Grande fue su sorpresa al descubrir que era agua! Con tristeza entendieron que cada uno había pensado: “Nadie se dará cuenta de la única botella de agua que añado”. Ahora, todos sabían lo que habían pensado los demás: “Déjame aprovechar lo que los demás hayan traído”. Fue un encuentro muy triste, no sólo porque sólo había agua para beber. Y la fiesta nunca empezó.

Esta corta historia nos invita a preguntarnos: ¿Empieza la fiesta en nuestra ASOCIACIÓN? ¿Cuál es la calidad del compartir que vivimos en JMV? ¿Cada uno de nosotros asume su responsabilidad confiando en la de los demás?

Nuestro propósito hoy es contestar la pregunta siguiente: « ¿Qué aporta el Misionero Vicentino para realizar la misión de JMV? Pero antes, ¿cuál es la misión de JMV?

Juventud Mariana Vicenciana es un espacio eclesial donde los jóvenes, como individuos y comunidad, se ven integrados en el caminar con Cristo-Cuerpo, para que cada uno encuentre su lugar y su vocación gracias al ejemplo y acompañamiento de los que les han precedido en la fe. Su misión es:

1. Crear un ambiente propicio para que los jóvenes puedan vivir su fe con alegría y valor, a través la vida de grupo.

2. Formar a los jóvenes en el ámbito espiritual, doctrinal y apostólico.

3. Ayudar a los jóvenes a descubrir sus dones y su vocación en la vida.

4. Ayudar a los jóvenes tomar a María como modelo a seguir para hacer de su vida un don total a Cristo, evangelizador de los pobres.

5. Iniciar y animar a los jóvenes para la misión y la evangelización de los más pobres, a ejemplo de San Vicente de Paúl.

6. Aprender a rezar personal y comunitariamente.

7. Fomentar la inserción en la Iglesia local.

 

¿Qué aporta el Misionero Vicenciano a la realización de esta misión de JMV?

Antes de preguntarnos por lo que puede aportar el misionero a JMV, consideremos dos puntos muy importantes:

1.      Dado el número restringido de sacerdotes de la Misión en los distintos países, corremos el riesgo de optar por muchas otras prioridades misioneras, o de vivir el acompañamiento de JMV como una tarea secundaria por cumplir. Más que nunca, estamos llamados a vivir ese acompañamietno como una prioridad misionera y vicenciana. A eso estamos enviados por la Iglesia y nuestra Congregación. El número 7 de los Estatutos de la Congregación dice : “Los Misioneros tendrán un cuidado especial por las Asociaciones de laicos fundadadas por San Vicente mismo o que deriven de su espíritu; tienen derecho en efecto a nuestra solicitud y a nuestro apoyo. Todos los cohermanos sin distinción deben estar dispuestos a ofrecer sus servicios; sin embargo será bueno que algunos de ellos se especialicen en ese campo. Se asegurára de dar a esta animación una dimensión espiritual, eclesial, social y cívica”.

En la medida que vivimos nuestra pertenencia a la misión vicenciana y a JMV, podemos transmitir nuestra espiritualidad a los jóvenes y reforzar en ellos el espíritu de pertenencia a la Iglesia y a la asociación. Auqnue, notamos a menudo que son los jóvenes quienes nos empujan y nos asombran por su dinamismo y su amor por la Asociación.

2.      Una vez que el misionero ha asumido su misión dentro de la asociación, que es pueblo de Dios, donde todos somos iguales, aún cuando ocupamos lugares diferentes, con funciones distintas, sirviendo a nuestros hermanos. Ya no podemos tratar a los laicos como objetos de nuestro celo, de nuestra dirección, de nuestra autoridad. Como agentes que son, al igual que nostros, de su vida y su respuesta a Dios, los laicos deben aportar su contribución y sus carismas personales, su experiencia, sus talentos, sus ideas, su capacidad de amar y servir, de manera responsable y adulta. Volvemos a la idea de San Vicente : los pobres nos evangelizan, son nuestros maestros; tenemos que ponernos a su escuela (y seguir sus clases!). Con los laicos, no pasamos el tiempo enseñando, sino formándonos, en el proceso de transformación de la sociedad y del mundo.

En efecto, si no estamos bastante convencidos de la riqueza que nos brinda el trabajo con los laicos y sobre todo con los jóvenes, tenemos la tentación de caer en el clericalismo, que nos encierra y nos hace sentir cierta superioridad que emponzoña el trabajo en equipo y la participación activa de todos en la vida de la asociación.

Yves Congar nos dice que los laicos son oficialmente y realmente dirigentes. Tienen pues una responsabilidad propia, cierta autonomía, incluso cierta autoridad. Son dirigentes en un organismo donde el rol principal no es de dirección, sino de ejecución en el seno de la Iglesia. 

Nuestro documento “Rol y tareas de los Asesores en JMV” expone que las cinco principales misiones del Asesor; consisten en animar, acompañar, educar, dirigir y promover la unidad; sin embargo sólo habla de dirección, refiriéndose al “Consejero o Director Nacional”. El Director Nacional colabora en la dirección de la Asociación, con el Presidente y la Asesora Nacional.

En efecto, los Asesores Nacionales de JMV no pueden renunciar a la función de dirección, que no altera ni contradice el carácter laical de la Asociación; al contrario, buscan favorecerlo. Esta función completa y garantiza el equilibrio en la opción pedagógica por el “protagonismo de los jóvenes”. Esta dirección “compartida” significa para los asesores representarles ante la jerarquía eclesial, favorecer el espíritu de Iglesia y promover el sentido de pertenencia a la Familia Vicenciana.

¿Cómo define el rol del Asesor nuestro documento “Rol y tareas de los Asesores de JMV”? El Asesor es un compañero, un amigo, que se “sienta al lado de” los jóvenes, para ayudarlos a discernir la voluntad de Dios, a la luz del carisma propio de la Asociación. Aprende de ellos y con ellos, y les ofrece herramientas y experiencias que les permiten llegar a ser sujetos de su propia historia, cristianos adultos y responsables”.

Para cumplir esta misión en la asociación, el misionero vicenciano encuentra fuerza en las fuentes de su vocación que son prioritariamente Cristo y su Evangelio, y el carisma vicenciano. Proponer la fe en Cristo, es pues ir al encuentro del hombre en su humanidad más profunda y en sus preguntas más esenciales. ¿Qué significa eso para nosotros misioneros? Tenemos que proponer la Vida, no llevar a los demás. Tenemos que actuar de modo que el otro se ponga de pie. Hay aquí una pedagogía de la Evangelización. Hacer que el joven sea él mismo, es permitir que descubra la plenitud de amor que es la persona de Jesús. No se trata sólo de catequesis o de la misa dominical que forma al joven, sino de un cambio de vida para adherirse al Evangelio, y ese cambio es obra de la educación. Se trata de transformar toda su humanidad.

El misionero, educador a ejemplo de Cristo:  

*        En primer lugar, da ejemplo; él mismo encarna lo que enseña. Pone en práctica lo que pide a los demás. Haciendo lo que enseña, el Misionero Vicenciano puede deducir que la primera manera de educar no consiste en desear instruir o corregir, sino en vivir de manera radical su propia vida, en coherencia con lo que pide a los demás.

*        En la maravillosa parábola del hijo prodigo, Jesús nos enseña cual es la actitud de Dios hacia aquel que se aleja de Él. Acoge y celebra la fiesta con él. En cambio las intervenciones repetidas que recuerdan sin cesar un pasado negativo no pueden ser fecundas.

*        Jesús no duda en corregir con fuerza y firmeza cuando es necesario. Dice a Pedro que quería disuadirle de afrontar su pasión: “Quítate de mi vista, Satanás! (…) porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! » (Mt 16, 23). La corrección puede resultar necesaria; incluso forma parte de la educación, según Jesús. Así la advertencia, dicha con calma, aumenta el sentido de responsabilidad en los jóvenes que se acordarán de ella.

*         Otro aspecto: Cristo, cuando educa a la muchedumbre, no teme decir la verdad, como cuando anuncia las bienaventuranzas. ¿Qué hace? Propone un camino difícil de seguir, no lo oculta, un camino a contracorriente de lo que se escucha a menudo. No hay que fiarse de las propuestas suavizadas, no serán acogidas mejor. Lo sabemos bien; los jóvenes lo exigen. Por eso saben juzgar a menudo, e incluso sin piedad, a los adultos si les esconden la verdad.

El misionero, animador a ejemplo de Cristo:

*        Conviene subrayar como la manera de expresarse Jesús, mientras se refería a los usos de su tiempo, es nueva: habla un lenguaje vivo, lleno de imágenes, concreto, breve, preciso. Evita ser prolijo y condensa a menudo en una sola frase todo lo que tiene que exponer sobre un tema. No hace largos sermones. Además los jóvenes nunca han aceptado los largos discursos. Bastan unas palabras bien escogidas.

*        Otra característica de Cristo es animar, ayudar, y tener confianza en la persona que debe instruir, tal como se deduce de sus palabras a la mujer adultera: “Vete, y en adelante no peques más.” (Jn 8, 11). Cree en la capacidad de esa mujer para empezar una vida moralmente buena. Así las palabras del misionero deberían ser siempre alentadoras, llenas de esperanza y positivas. Deberían manifestar su convicción de que el joven que tiene enfrente, puede siempre cambiar de manera positiva.

El misionero, acompañante a ejemplo de Cristo:

*        Cristo deja a cada uno su libertad y la responsabilidad de decidir como lo ha hecho cuando se encuentra con el joven rico que le pregunta lo que tiene que hacer de bueno para conseguir vida eterna. Jesús le contesta que tiene que guardar los mandamientos (No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, etc). El joven dice que ha guardado todo eso. Entonces Jesús le invita a ir más allá diciéndole: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres… luego sígueme» (Mt 19, 21). Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús no corre detrás de él, no impone sus ideas.

*        Cristo utiliza el diálogo, alternando preguntas y respuestas; usa sentencias y discute con los escribas y los fariseos. Dialogando siempre con los jóvenes, tenemos que dar prueba de una gran capacidad de discernimiento, sabiendo reconocer sus aspiraciones más profundas expresadas en algunas de sus exigencias.

*        Terminaré poniendo énfasis en el hecho que Jesús escoge la exclusividad, la relación única que hace del hombre un actor de su vida. Tenemos un ejemplo en el episodio de la curación del enfermo de Betesda (Jn 5, 1-18). Jesús toma la iniciativa del encuentro, ese hombre está totalmente apagado, tanto que ya no tiene fuerzas para pedir ayuda. Está pasivo, ni siquiera intenta un gesto o una palabra; y es lo que pasa a menudo cuando uno va mal. Baja los brazos. Jesús se acerca para hablarle como si estuvieran solos y como si fuera único para Dios. Y llama a lo más profundo que hay en él, su libertad. “¿Quieres recobrar la salud?”. El impedido no puede contestar de manera negativa, es un medio para restituir su libertad. Despierta en él su deseo más profundo. El impedido contesta sin embargo bordeando la pregunta, no contesta abiertamente sí, como si esta respuesta fuese demasiado fuerte… pero intenta comunicarse y no será defraudado. Jesús le dice entonces: “Levántate, toma tu camilla y anda”. La orden de vida está dada. Jesús no levanta al hombre, ni siquiera lo intenta, deja que se levante solo. No dice “cree en mí”; le dice “anda, avanza con lo que eres, con lo que te caracteriza: tu camilla”. La única voluntad de Jesús, es que el otro viva, que viva de forma plena, con todo lo que es, todo lo que le constituye (aunque sea su sufrimiento, su camilla). La libertad del hombre ha sido restituida. De ser pasivo, se convierte en ser activo. Lleva y camina. Ya no está tendido, está de pie.

Reflexionando sobre esta misión de educador, acompañante y animador, sólo podemos referirnos a San Vicente de Paúl en quien el misionero encuentra ejemplo. San Vicente, nuestro fundador, supo definir claramente el rol de un buen consejero; es el fundador y el creador, pero nunca el presidente. San Vicente influencia, evalúa, despierta, frena, acelera, haciéndose cercano, compartiendo su fe y su preocupación por los pobres, por su autoridad moral. Como animador, organizaba, recomendaba, asistía y ayudaba sin poner trabas a la creatividad de los miembros, presentándoles un auténtico proyecto evangélico. No sólo enseñaba a los miembros y les acompañaba personalmente, sino que aprendía de ellos y se dejaba evangelizar por ellos.

Todo ese trabajo sacerdotal encuentra su alma en la formación que se realiza mediante el acompañamiento personal de los jóvenes. Ese acompañamiento no debe limitarse a una sola dimensión de la persona sino que debe cuidar los aspectos humano, espiritual, intelectual y relacional de cada uno.

Así el trabajo de educación, acompañamiento y animación no cae ni a lo largo del camino, ni en la roca, ni entre abrojos, sino en la tierra buena del corazón humano tan complejo y tan rico.

Ninguna maduración espiritual se puede lograr sin una maduración humana y viceversa, ninguna maduración humana puede completarse sin una auténtica relación con Dios. Esta relación con Dios se realiza sólo a través su Palabra, pues Dios se hizo Palabra de Vida; la experiencia de Dios pues, pasa por el conocimiento de Dios y de sus gestos; es la dimensión intelectual de la formación. Del mismo modo, el signo de toda maduración humana y espiritual consiste en el compromiso social donde el hombre aprende a poner su vida al servicio de los demás. Así que la formación debe ser global, concierne a todo hombre y todo el hombre.

Este trabajo de formación y acompañamiento personal es como un pescado que necesita de su agua para vivir, y esta agua reside en la vida eclesial, donde se contempla juntos el rostro de Dios que se manifiesta en su Palabra; donde se vive juntos la experiencia de fe que conduce a una experiencia de servicio, que será como la coronación de toda la marcha en su conjunto. Y terminamos como hemos empezado, por las bodas: que la vida cristiana crece sólo dentro de una comunidad eclesial y la comunidad no se construye sin la aportación de cada uno.

Para terminar, y después de haber expresado de forma indirecta algunas expectativas sobre la participación del Misionero en la vida de JMV, no podemos olvidar que el misionero no es un superhombre; tiene sus cualidades y sus defectos que tenemos que admitir. Pero sabemos que cuenta con la gracia divina de Aquel que le envía a evangelizar a los pobres, y con una buena voluntad sin medida para colaborar con esta gracia. Por fin, se le pide ser siempre un SERVIDOR. Es el mensaje que se nos dirige a cada uno, los Asesores, en el Evangelio de San Marcos (Mc 9, 33-37), que se dirige a aquellos que tienen autoridad en la Iglesia, como lo recordó el Padre Maloney en la Asamblea JMV del año 2000; Jesús preguntaba a sus discípulos: “¿De qué discutían por el camino?” Pero callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.”

BIBLIOGRAFÍA

*      Rôle et tâches des conseillers de la JMV.

*      « A la Porte du troisième Millénaire », Assemblée JMV 2000.

*      Père Palu, C.M, L’Aumônier des Mouvements Vincentiens.

*      Dominique FILY, comment le Christ est-il Educateur? www.salesien.com

*      Père Y. Congar,  Sacerdoce et laïcat devant leurs tâches d’Évangélisation et de civilisation, Cerf.

 

Trabajo de grupo:

Elaborar, a través las dos preguntas siguientes, dos líneas de acción para compartir juntos la Misión.

  1. Todos somos responsables de la única Misión de la Iglesia y de la misión concreta de JMV. La participación y la corresponsabilidad no son posibles sin la formación: ¿Cómo formarnos juntos: laicos, Hermanas y sacerdotes, para realizar mejor la misión de JMV?
  1. ¿Cómo hacer para mejorar la participación de los Misioneros Vicencianos, y en particular del Asesor Nacional, en la misión común de JMV (con relación a las Hermanas, por un lado, y a los Laicos, por otro)?

 

10 de agosto 2005