Queridos amigos:
Estoy contento de compartir estos días importantes para vosotros, agradezco la invitación del P. Pedro Castillo para afrontar los desafíos de nuestra vida cristiana en este tiempo. Es significativo que queráis hacerlo juntos, jóvenes venidos de todo el mundo, porque estoy convencido de que los unos necesitan a los otros, sobre todo porque la comunión es la forma de vivir en la Iglesia. Y es precisamente la comunión lo que hoy más se necesita, antes que cualquier coordinación u organización. El verdadero secreto del Evangelio, del mensaje de Jesús, es que nos enseña cómo formar una familia y no una organización. Pienso, que ante todo, el problema es la sintonía de los corazones y no tanto las fórmulas o los esquemas de coordinación.
1.- Discípulos del Señor en el nuevo siglo
Un mundo ha terminado: ha terminado el que se ha llamado convencionalmente el siglo breve, el tiempo entre 1917 y 1989. El mundo que se dibuja en los horizontes del 2000 parece diferente del que se veía ayer.
Con la caída del muro de Berlín, en 1989, y, en definitiva, con el derrumbamiento de las ideologías, el panorama cambió por completo. Todas estas identidades del viejo orden bipolar, han tenido que repensarse a lo largo de los años noventa, han tenido que aprender a relacionarse rápidamente con una globalización que se presenta como un fenómeno nuevo, que domina en el terreno de la economía y de las relaciones internacionales. Hoy es mucho más confuso orientarse en este panorama mundial complejo. El sueño de una paz estable y duradera, de la hermandad que muchos esperaban tras la caída del muro se ha desvanecido. De hecho, numerosos conflictos han estallado. Muchos Estados que ayer se legitimaban en base a alguna de las ideologías dominantes, hoy se las tienen que ver casi exclusivamente con la identidad étnica, nacional o religiosa. El final del comunismo en el Este europeo ha relanzado numerosas identidades nacionales que habían sido deprimidas o reprimidas. La nación ha vuelto al escenario europeo con toda su vivacidad y a veces virulencia. Con la nación ha resurgido también el papel público de las religiones, con frecuencia utilizadas como motivo de legitimación de la identidad.
Especialmente tras los atentados del 11-S de 2001 y del 11 de marzo de 2004 en Madrid, el mundo parece cada vez más inseguro. Hay mucho odio deambulando por el mundo. Hay rabia en muchos lugares. Hay poderes oscuros. Hay diseños de violencia y de terrorismo. Y el miedo se comunica muy fácilmente, siempre hay algún motivo por el que temer. Una consecuencia de este clima de temor es que, al final, se acaba pensando sólo en el presente, en el propio presente y poco más.
Falta un pensamiento hacia el futuro, faltan sueños para el futuro. Hoy, bajo la presión de este clima de inseguridad, ¿quién mira al futuro? ¿quién piensa en el futuro? ¿con qué sueños miran los jóvenes al día de mañana? El miedo, el egoísmo, la inseguridad, roban el futuro y nos encierran a todos en el presente. Hay un gran silencio ante el futuro. Desde el 11 de septiembre estamos inmersos en un gran presente, como temerosos de lo que el mañana pueda reservarnos. Así, todos se conforman con defender el presente. Este replegarse en un mundo pequeño, que se conoce mejor, y que nos hace sentir más seguros, es una condición que hoy viven tanto los individuos como los países. A los grandes sueños de los años 60, de un mundo más justo y en paz, hoy han sustituido el interés personal, la defensa del bienestar individual, o la tranquilidad de la vida. De forma paralela, parece que los países occidentales han escogido renunciar a intervenir o preocuparse de ciertas partes del mundo sumidas en enormes problemas, como África. Es como si ciertas regiones de la tierra hubieran desaparecido de repente del mapa.
La misma construcción de Europa que en los últimos meses ha vivido momentos decisivos de su historia, con el ingreso de nuevos miembros de los países del Este, corre el riesgo de pensarse como una realidad cerrada en el mundo, y más aún, corre el riesgo de terminar en un patio de vecinos que acaban discutiendo entre sí sin mirar más allá de sus cuatro paredes. Creo que la Unión Europea, sobre todo, debería significar paz: paz entre los europeos que han luchado entre ellos durante siglos, especialmente con dos guerras mundiales que han ensangrentado Europa y devorado con el Holocausto al pueblo judío y, con él, a otros grupos europeos como los gitanos. Nuestra Unión Europea significa finalmente paz entre europeos. Si la guerra entre europeos, dos veces durante el siglo XX, ha significado guerra mundial, hoy –y esta es nuestra esperanza- soñamos que la paz entre europeos sea una contribución decisiva a la paz fuera de nuestros confines.
Ante los horizontes del mundo contemporáneo se corre el riesgo de sentirse desplazados, dominados por la grandeza de los desafíos y por la complejidad de los problemas. Es la misma situación del hombre contemporáneo, la de ser un “hombre desplazado”, como muy bien escribe el búlgaro Tzvetan Todorov. De este sentido de desorientación nacen muchas y variadas actitudes: desde los que se repliegan sobre sí mismos, dominados por un sentido de impotencia, hasta los que se cierran en su propia institución o grupo social, convencidos de no poder entrar en un mundo tan complejo; o los que se sumergen en el consumismo pensando que poco más se puede hacer que no sea comer, beber o comprar; o también los que se abandonan a muchos fundamentalismos. También nosotros, y nuestros grupos, a pesar de nuestra historia cristiana, podemos ser presa de este sentido de desorientación, dejándonos de asomar a la ventana de la vida con amor, o bien dejándonos llevar por un sentido de impotencia, o, en definitiva, pasando los años dentro de los problemas – y problemas hay siempre- de nuestra institución o de nuestra agregación. Autoconservándonos y no confrontándonos con los desafíos del presente.
“Remar mar adentro”, que es la invitación de Juan Pablo II para el Tercer Milenio, no es ni natural ni simple. Quizá sea una de las invitaciones que se siguen con menos intensidad en la Iglesia de hoy. De hecho, el instinto sería el de no remar mar adentro, sino el de buscar un puerto en un rincón un poco seguro. No nos hagamos ilusiones: esta seguridad o esa serenidad de la que todos tenemos necesidad no viene de los programas que trazamos para el futuro, ni de las metodologías ni del replegarnos sobre nosotros mismos. Nosotros, muchas veces exorcizamos los desafíos del futuro haciendo programas, repitiendo metodologías o encerrándonos en nosotros mismos. Pero se trata de otra cosa: es una cuestión de corazón. No son los sabios programas los que nos dan la serenidad para mirar al futuro. Es una cuestión de corazón, o, si preferís, de espiritualidad.
La desorientación ante el mundo contemporáneo causa miedo. Y el miedo es una realidad que hay que afrontar porque acompaña la vida y la existencia cristianas. Lo vemos en las Escrituras: desde el anuncio a María (“no temas”), hasta las mujeres en el sepulcro (“no temáis”). Pero también esa invitación poco feminista con la que concluye la Primera Carta a los Corintios: “Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes” (1 Cor 16,13). ¡Sed hombres! Toda la Biblia está atravesada por esta invitación que viene del Señor o de los profetas ante el oscuro horizonte del mañana. A los que se dirigían a explorar la tierra del mañana, la de la promesa, dice Moisés: “Tened valor” (Nm 13,20). Es un problema de corazón y no de proyectos. Por esto, las palabras que se dirigen al corazón son decisivas: es la Palabra de Dios que se nos dona. Y, a lo largo de las diferentes estaciones de nuestra vida, cada uno de nosotros está llamado a renovar la relación y la escucha con esta palabra que es “Lámpara ... para mis pasos” (Sal 118).
Esta desorientación ante el horizonte grande del mundo a veces genera un pesimismo acerca de lo que podemos hacer y entonces nos replegamos sobre nuestras instituciones. Hablamos de nosotros mismos, hacemos que todos los razonamientos partan de nosotros, es decir, de nuestras instituciones; y acabamos hablando un lenguaje que sólo nosotros comprendemos, que no dice nada a nuestros coetáneos. Es la gran tentación de la Iglesia, los institutos religiosos, y todas las realidades: padecer la “enfermedad” de la autorreferencialidad. Cada institución se convierte en un mundo con sus problemas, sus dolores, sus tristezas, y sus cosas en definitiva. Es una forma noble de vivir para sí, es decir, para la propia institución. Y en toda institución hay problemas sobre los que debatir largo y tendido. Si hay desafíos –en muchos casos- son los internos al mundo de la propia institución. Por lo demás, se ve también en las ONG’s, nacidas para la ayuda humanitaria, cómo muchos recursos destinados a estos fines se utilizan para hacer vivir la propia institución. Yo creo que debemos confrontarnos con el mandamiento del Evangelio y con la realidad de los desafíos del mundo, claro, con el carácter específico de cada familia eclesial, pero sin ser prisioneros de una visión autorreferencial. Ante la complejidad de los desafíos, la tentación consiste precisamente en encerrarse en el propio mundo.
No hay que ser ningún exegeta para darse cuenta que en las Escrituras cristianas resuena un mensaje de universalidad. Este mensaje suscita una visión que va más allá de los reducidos límites de la vida cotidiana y del propio país: quiere llegar hasta los límites del mundo entero. Es el mensaje del evangelio. Los confines de la misión cristiana son los límites del mundo entero, tal como se deduce de las palabras de Jesús en el Evangelio de Marcos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mt 16,15). En el Evangelio de Mateo resuena la misma invitación con las siguientes palabras: «Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En este pasaje evangélico aparecen las naciones, que quedan englobadas en una misión universalista cristiana.
Yo creo que el gran problema del presente es vivir una pasión por lo universal en nuestras comunidades. El diálogo adquiere un valor muy especial en este mundo globalizado sin fronteras en el que, como un reflejo, renacen las fronteras por motivos defensivos entre mundos y civilizaciones. Esta visión universal, a lo grande, puede ser el de las comunidades cristianas. No hay que ser una gran comunidad para soñar a lo grande. También una pequeña comunidad puede medirse con los horizontes del mundo, puede vivir su lazo con el mundo entero, puede participar activamente en la misión de la Iglesia. Es necesario que nuestras comunidades se acostumbren a pensar con los horizontes del mundo. A veces me parece constatar un retroceso hacia los horizontes locales, como una territorialización de la Iglesia que en algunos casos corre el riesgo de volverse étnica. La Iglesia local no es una comunidad provincial. En la Iglesia se vive esta pasión universal también por los que están lejos, por los que no se conoce, por los mundos hostiles o difíciles. Es el gran desafío de no amar sólo a los que se conocen a los que nos aman, a los que nos saludan, a los que nos reconocen... Este es el desafío que la Comunidad de Sant’Egidio se ha puesto desde el principio de su camino. Un desafío que ha modelado nuestra historia, que no es la de un programa elaborado en un principio y ejecutado con los años, sino la de un constante interrogarse ante las preguntas de los hombres y de la historia, respondiendo con la fuerza y las palabras que nos da el Evangelio, siempre con una pregunta personal en el corazón: ¿y yo qué puedo hacer?, porque estamos convencidos de que el Señor nos habla a cada uno de nosotros porque cada uno de nosotros tiene su carisma, su don, para hacer más presente el Reino de Dios en esta tierra.
La Comunidad de Sant’Egidio es una comunidad de laicos, nacida en 1968, en el clima del post-concilio, en el ámbito universitario, y que desde sus orígenes se ha puesto como problema fundamental la escucha y la comunicación del Evangelio. Sant’Egidio nace en un clima de fuerte efervescencia social, de grandes deseos de cambios y de autenticidad especialmente en el mundo juvenil. Era el ambiente de la revuelta estudiantil inclinada a la política marxista, un período de primacía de la política. Dentro de este clima, Sant’Egidio descubrió la primacía del Evangelio en todas sus dimensiones. Los padres del Concilio animaban a los jóvenes así: "Os exhortamos, jóvenes, a que ensanchéis vuestro corazón hasta las dimensiones del mundo, a que escuchéis a vuestros hermanos y con ardor pongáis vuestras energías a su disposición". En este contexto, Andrea Riccardi, entonces joven estudiante y hoy profesor de Historia Contemporánea de la III Universidad de Roma, funda Sant’Egidio con el profundo convencimiento de que sólo hombres y mujeres nuevos pueden hacer un mundo nuevo, y de que el Evangelio es la Palabra que puede renovar a los hombres y las mujeres desde dentro.
Nuestro cristianismo ha atravesado un siglo difícil, el siglo más secularizado de toda la larga historia cristiana. Ha sido un siglo muy diferente de los demás. Al comienzo de este siglo y a lo largo de sus decenios, muchos preveían una “muerte del cristianismo” o su permanencia residual ante un avance irresistible de la secularización de los corazones, de las mentes y de la vida civil. Eran previsiones que se fundamentaban en las dificultades del cristianismo, en su marginación dulce o violenta. El cristianismo no ha muerto, como vemos hoy, aunque todos llevemos los signos de una travesía difícil. Los nuevos movimientos de laicos han nacido en su mayoría en la segunda mitad del siglo. La Comunidad de Sant’Egidio surge en el sesenta y ocho, cuando Occidente vivía el sueño, un poco convulso, de una revolución.
Fue para nosotros como un silencio roto por la Palabra de Dios. Era el comienzo de un camino a lo largo del cual se puede decir que la palabra de Dios ha sido la lámpara para nuestros pasos que nos ha llevado a descubrir nuestra vocación
El Padre Men, sacerdote ortodoxo ruso asesinado en 1990, ante el gran cambio histórico que tras la caída del muro de Berlín en 1989 se había producido, decía: ¡El cristianismo no ha hecho más que comenzar!. El mismo año la Redemptoris missio afirmaba que la misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos. Parecen afirmaciones retóricas frente al cristianismo que ha celebrado el bimilenario del nacimiento de Cristo. Por eso es importante tomar más en serio el pasaje histórico que estamos viviendo para darnos cuenta del valor de este “nuevo inicio”.
El cristianismo no ha muerto en la difícil travesía del siglo más secularizado de la historia. Unamuno habló de la “agonía del cristianismo”. Pero no hablaba de muerte, sino más bien de una situación de nueva lucha. La situación del cristianismo en el tiempo contemporáneo es de agonía, pero no de muerte sino de lucha, y de lucha en el sentido del apóstol Pablo. La vida cristiana quizá nunca ha sido fácil, pero asume en este tiempo el carácter de una lucha para comunicar el Evangelio, de una lucha dulce pero fuerte. También la comunicación del Evangelio expresa esta lucha en un mundo en el que no hay, ni siquiera en las tierras de antigua cristiandad, modelos seguros que transmitan en la sociedad la fe cristiana.
Yo creo que hay que asumir este momento histórico que vivimos como la ocasión para pensar en un “nuevo inicio” del cristianismo, recordando las palabras del padre Men. Desde luego, un comienzo entendido en el sentido profundo de la vida cristiana, en el que la continuidad, la fidelidad y la tradición, se funden con lo nuevo, al igual que el escriba sabio del Evangelio, capaz de obtener de su tesoro cosas nuevas y antiguas.
Hay aún mucho que descubrir en el tesoro de la fe. El “nuevo inicio” no es otra cosa que la afirmación de una dimensión misionera, comunicativa, en toda la vida de la Iglesia y en la existencia del cristiano. Esta comunicabilidad presupone una vida cristiana profunda, enraizada en la fe, espiritualmente madura. Es concebir toda la existencia cristiana y toda la vida de la Iglesia en el marco de la misión. Para ello hay que partir de la conciencia del cristiano como discípulo: la espiritualidad y la teología del discípulo son temas en los que se debería insistir porque nunca un cristiano debe dejar de escuchar y comunicar a la vez. El lenguaje, como la inmensa mayoría de las cosas, cambia con el paso de los años, pero a cada generación, en cada etapa de la vida, hay que volver a proponer el camino de la fe. Esta tarea requiere cristianos misioneros.
2.- Sal de la tierra y luz del mundo
Los nuevos horizontes del mundo contemporáneo hablan de un nuevo inicio. El Evangelio de Mateo cuenta que, en cierta ocasión, llamó Jesús a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente» (Mt 15,32). Son las palabras que Jesús dice ante la gente que lo seguía desde hacía tres días y que no tenía nada que comer. Un nuevo inicio nos pide volver al lado de Jesús, que se encuentra ante la gente. Y la gente son las muchedumbres del mundo contemporáneo, que no son sólo las muchedumbres de las grandes manifestaciones de masas sino también las muchedumbres de los procesos de globalización, de las imágenes retransmitidas por la televisión, de los modelos de vida y de los complicados remolinos del tiempo actual.
Un nuevo inicio nos llama a volver junto a los apóstoles, junto a los demás discípulos, junto a las mujeres, ante las muchedumbres. La expresión de la compasión de Jesús en el Evangelio de Mateo es algo que siempre ha conmovido profundamente a la Comunidad de Sant’Egidio: «Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Este pasaje del Evangelio fue uno de los primeros sobre los que empezamos a reflexionar. Este tiempo nos lleva al lado de Jesús y a su compasión por la gente, mucho más amplia que nuestros sentimientos de responsabilidad, que nuestro compromiso, que nuestros proyectos, que nuestro sentido del deber, que nuestra organización.
El panorama que veían Jesús, sus discípulos y sus discípulas es distinto del actual, pero también hoy entre las muchedumbres hay cansancio y abatimiento, «como ovejas que no tienen pastor». El mundo ha perdido al pastor en la historia de una cultura individualista al mismo tiempo que ha perdido los puntos de referencia. Pero el mundo también ha perdido a un pastor en la caída de grandes utopías y de intensos mesianismos, que habían asumido un papel de guía en la vida y en la actividad de muchas personas. En el fondo la esperanza de muchos se había ideologizado y politizado. Esta esperanza ahora ha desaparecido con las ideologías y con las políticas. El mundo ha perdido al pastor en los largos y tortuosos recorridos de la psicología mientras buscaba una solución para su vida, ha perdido al pastor en aquella ley del vivir de cada día que es el amor por uno mismo, considerado como la mejor custodia de nuestra existencia. El mundo ha perdido al pastor…
Precisamente en el Evangelio de Mateo, en la primera multiplicación de los panes, los discípulos manifiestan a Jesús su modestia y el sentimiento de su límite. Le dicen, como sabemos: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida» (Mt 14,15). Los discípulos están convencidos de que no pueden cargar con la responsabilidad de aquella muchedumbre y, tras la insistencia de Jesús, responden declarando su impotencia y su pobreza: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces» (14,17). Significativamente, a pesar de su anterior experiencia, los discípulos, en el momento de la segunda multiplicación de los panes, tienen la misma reacción: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?» (Mt 15,33). No había bastado aquella primera vez. Precisamente al inicio de este episodio Jesús había confiado a sus discípulos: «Siento compasión de la gente…» (15,32).
Desde el inicio, precisamente en el corazón del inicio, en todo inicio, se manifiesta de manera evidente la disparidad entre el gran deber y las energías de los discípulos. Es una situación del inicio que, en ocasiones, los cristianos han desatendido por su presunción de omnipotencia. Pero dicha disparidad entre el gran deber y las propias energías es evidente, clara en todo inicio y en todo tiempo. También es la situación de los cristianos de hoy. La conmoción del Señor es realmente grande, mucho más grande que toda actuación de las Iglesias. Siempre debemos volver a ella. El punto de partida no somos nosotros, no son nuestros proyectos, no son nuestras instituciones; más bien, el punto de partida, la fuente de la esperanza, es la conmoción del Señor por las muchedumbres.
La solidaridad concreta hacia los pobres es un aspecto esencial que toda Comunidad de Sant’Egidio vive, y estoy muy contento de hablar ante parte de la familia de San Vicente de Paul que forma parte de esa gran historia de hombres y mujeres que han puesto a los pobres en el centro de sus vidas. La parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) es un hermoso icono del encuentro con los pobres. Es significativa, además, su cercanía al pasaje de Marta y María, lo que evoca el lazo profundo entre la oración y el servicio a los pobres, como las dos caras de la moneda de la vida de un cristiano. Como se desprende de la parábola, lo más importante de este encuentro es su carácter concreto y personal. El encuentro con el pobre no es para nosotros una más de las diferentes actividades “programadas” en el calendario del día sino un encuentro personal que conmueve e invita a la compasión y a la misericordia. A la luz de la parábola, se comprende el valor de ciertos gestos que, a pesar de su sencillez, esconden un gran tesoro de sabiduría y misericordia evangélicas.
A lo largo de estos años, los pobres se han convertido en nuestros hermanos y hermanas: en Sant’Egidio se consideran como parte de nuestra familia, amigos y parientes. Esto se hace patente tanto a través de los servicios de la Comunidad como en el cuidado personal de cada uno de sus miembros. No hablaré acerca de las obras de caridad para con los pobres, que son el cimiento de la vida y actividad de las personas de Sant’Egidio. Sin embargo, diré que, de muchas maneras, los pobres son evangelizados. El amor por los pobres demuestra, al menos nosotros así lo creemos, la universalidad de nuestro amor. Sentimos que esa imagen evangélica donde los discípulos y Jesús se veían rodeados de una multitud, de muchas personas en necesidad, de pobres, de leprosos, se recompone en nuestra vida. Ser santuario del Evangelio requiere también ser santuario de la caridad.
Juan Pablo II nos dijo: "vuestra pequeña comunidad de los comienzos no se puso ningún límite sino el de la caridad". En estos años, estos límites de la caridad se han hecho más grandes. Llegan hasta las ciudades europeas, donde un anciano o un enfermo de SIDA ya no mueren solos sino acompañados de una persona que les tiende la mano. Llegan hasta nuestras casas para ancianos, en esa lucha contra el abandono que es algo perverso en nuestras ciudades. También llegan hasta las cárceles africanas, los campos de refugiados de Kosovo, el hospital de Guinea Bissau... Cada miembro de Sant’Egidio tiene al menos a un pobre como amigo. No nos creemos especialistas en uno u otro trabajo, sin embargo, estamos seguros de que sin los pobres nuestra vida cristiana no sería universal.
Con los medios de hoy, muchas pobrezas lejanas se han hecho cercanas. El camino de Jerusalén a Jericó que recorría el buen samaritano se ha convertido hoy en el mundo entero. La contemplación de las pobrezas lejanas nos interpeló y se convirtió en otro desafío más para la caridad
Los cristianos –basta con pensar en los Papas del siglo XX- somos cada vez más sensibles a la guerra como la manifestación del mal profundo de la historia. La guerra hace pobres a los países ricos y, para los pobres, es la madre de todas las pobrezas. En 1989, con el fin de la guerra fría, hemos soñado que se podía inaugurar una estación de paz y poner fin a muchos conflictos. Pero no ha sido así. En la década entre 1990 y el 2000 ha habido cinco millones de muertos y seis millones de heridos de guerra. La guerra sigue envenenando la vida de muchos pueblos. Hoy se calcula que hay 32 guerras abiertas y cinco en suspenso. Pero, quizá, hay una de grandes proporciones en el horizonte, aunque todavía esperamos que se pueda encontrar una solución pacífica.
Hay además esta realidad de guerra difusa en un mundo donde, con la ayuda de tantas armas, y armas terribles, muchos pueden hacer la guerra o servirse de la violencia para afirmarse o simplemente para vivir. La amenaza oscura del terrorismo, de los terrorismos, tiene al mundo en jaque. A estas alturas es fácil el recurso a la violencia para todo. La guerra difusa es la realidad de nuestro tiempo.
A las guerras abiertas, al uso normal de la violencia, se añade la que el ex-director general del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, llama “la violencia de la economía”. Ghandi decía que “la pobreza es la peor violencia hecha a los pobres”. No quiero repetir aquel rosario de cifras que quizá se haría siempre bien en recordar. El futuro estará cada vez más marcado por la pobreza. La previsión es de un aumento de dos mil millones de personas durante los próximos 25 años, más del 90% nacidos en los países pobres. Algunas regiones del mundo, como África subsahariana, no consiguen ya contener la creciente pobreza. De esta “violencia de la economía” surgen los viajes de la esperanza, representados por la emigración del Sur del mundo hacia Estados Unidos o Europa para alcanzar el mundo del bienestar, también la polarización creciente entre los ricos del Norte y los pobres del Sur; y la fragilidad de muchos sistemas políticos, porque democracia y pobreza no se llevan bien.
Y después el drama del Sida, que quema tantas esperanzas de futuro y que hace vivir muriendo. Debemos confrontarnos con los 36 millones de enfermos, de los que 26 se encuentran en África, 6 en el sudeste asiático, 1,4 en América latina, 540.000 en Europa occidental, 700.000 en Europa del Este y Asia central, y 920.000 en América del Norte. El 70% de los infectados es africano. En Mozambique, donde la Comunidad tiene un gran proyecto de cura del Sida que ya abarca a otros 9 países africanos, la esperanza de vida en el momento de nacer ha descendido de 40 años (como era en 1992) a 32 años en 2002. Una auténtica dilapidación de vidas humanas y de esperanzas. ¡Pero hoy ya no se muere de Sida! Es tan sólo una cuestión de adquirir los medicamentos y de gestionar la cura. Para esto es necesario un gran esfuerzo que salvará vidas humanas y la esperanza de países enteros.
Hoy nos encontramos en una situación en la que todo se ve y se puede saber todo a distancia, aunque los medios de comunicación hagan sus selecciones y haya guerras en el escaparate y otras olvidadas. Pero, ante una información tan vasta, como con el contacto con las situaciones de conflicto, a menudo madura en los cristianos un sentido de impotencia. ¿Qué podemos hacer con nuestras fuerzas débiles? ¿Cómo hacerse cargo de problemas tan grandes y tan lejanos? Sobre todo creo que las comunidades cristianas son un espacio donde no puede haber resignación ante la inevitabilidad de la guerra, como está haciendo una buena parte de nuestra cultura. De hecho, hay una verdadera cultura de la violencia que educa a generaciones enteras.
La oración y la invocación por la paz son la primera expresión de que no nos resignamos a la violencia. Hay que creer en la fuerza de la oración, que, según lo que nos ha dicho el Señor Jesús, puede mover montañas, incluso las montañas de odio y de violencia. No nos resignamos a que la guerra sea una compañía ineludible de la vida de muchos pueblos, o que sea una necesidad recurrente en las relaciones internacionales.
Nos encontramos en un tiempo en el que muchos pueden hacer la guerra, como las mafias, las guerrillas y los grupos étnicos de todo tipo. ¿Pero no es también un tiempo en el que todos podemos trabajar por la paz? Para nosotros, la historia de amistad con Mozambique ha supuesto una verdadera revelación de la fuerza de paz que existe en la vida de los cristianos. Mozambique, último país africano en proclamar su independencia, en 1975, inició a continuación una cruel guerra civil que duró 16 años produciendo un millón de muertos y más de 3 millones de desplazados. Desde el principio, la comunidad de Sant’Egidio vivió una solidaridad especial hacia ese país, a través del envío de ayudas humanitarias de diverso tipo. Poco a poco, sin embargo, fuimos siendo cada vez más conscientes de que la guerra era la madre de toda la pobreza del país, y empezamos a trabajar por la paz. Así, aplicando la sabiduría del papa Juan XXIII de buscar lo que une más que lo que divide para reconciliar a las partes enfrentadas, se consiguió poner fin a esa olvidada guerra africana y generar una paz que se firmó 4 de octubre de 1992. La experiencia de Mozambique ha hecho madurar en nosotros la conciencia de que los creyentes pueden contribuir a la paz mucho más de lo que ellos a veces creen. Después hemos seguido trabajando por la paz de diferentes formas, sobre todo en África, donde la guerra y la guerrilla difusa se han convertido en una situación endémica en muchas regiones. No se debe olvidar que todo trabajo por la paz es posible, sobre todo para bloquear en el terreno el crecimiento de los conflictos.
De la invocación por la paz a la educación a la paz, al trabajo por la reconciliación, hay una lucha a la guerra que hay que librar a todos los niveles. “La guerra es satánica”, decía un antiguo papa medieval del siglo IX, Nicolás I. Es un demonio que desgarra la vida de los pueblos, como hacía aquel demonio con el joven epiléptico que los discípulos de Jesús no eran capaces de curar. De hecho, les dijo el Maestro, demonios como ésos sólo se expulsan con la oración y el ayuno. Pienso que hoy debemos estar agradecidos de que la Iglesia sea un testimonio de paz. La Comunidad de Sant’Egidio organiza todos los 1 de enero en todo el mundo marchas por la paz en solidaridad con el mensaje de paz del Papa. Estas marchas, aún en su fragilidad, representan profecías de paz en este mundo nuestro contemporáneo. Esta profecía debe ser vivida a todos los niveles donde estamos, y encontrar a los laicos y a los religiosos juntos.
Los conflictos crecen con fuerza y buscan justificaciones ideológicas. Hemos asistido al final del marxismo y al desgaste de las utopías, instrumentos utilizados también para combatir. Hoy la religión se propone como una ideología de lucha. Lo hemos visto en los Balcanes. Lo vemos en el mundo islámico. En 1996 se publicó El choque de civilizaciones y el nuevo orden mundial, del americano Samuel Huntington, que indicaba algo que muchos querían escuchar. Según este autor, el mundo se articula en diferentes bloques de civilizaciones (la china, japonesa, hindú, islámica, occidental, latinoamericana, y eslavo-ortodoxa): cada civilización tiene una religión de referencia. Es una representación que ha provocado mucha discusión, pero que, en el fondo, muchos se esperaban. No es casualidad que este libro se haya traducido en árabe y que haya tenido una gran difusión precisamente en el mundo musulmán.
El 11 de septiembre de 2001, así como el 11 de marzo pasado en Madrid, parecieron confirmar esta tesis de Huntington: que existe un choque entre el mundo islámico y Occidente. El choque de civilizaciones es inevitable y hay que prepararse para él: esto opinan muchas partes. La periodista italiana Oriana Fallaci, con su libro La rabia y el orgullo, que ha tenido un increíble éxito de ventas, a pesar de hablar desde su condición de atea, exhorta a los occidentales a defender el cristianismo frente al Islam agresivo, especialmente de los inmigrantes, y a prepararse para el duro choque con el mundo musulmán. Oriana Fallaci ve en los rostros de los musulmanes emigrantes en Europa la expansión islámica que quiere destruir la identidad cristiana y occidental de las tierras del Norte: “Con todo mi laicismo, todo mi ateísmo -escribe- estoy amasada con una cultura católica que forma parte de mi forma de expresarme... Aunque del catolicismo nunca he perdonado las infamias que me ha impuesto durante siglos (empezando por la Inquisición...), aunque no estoy de acuerdo con los curas y no sepa qué hacer con las oraciones, el sonido de las campanas me encanta”. La tendencia es identificar el cristianismo con Occidente y contraponerlo al Islam.
La lógica del choque de civilizaciones entre el Occidente cristiano y el Islam no puede ser la nuestra. En realidad, más que ante un choque de civilizaciones, nos encontramos ante un proceso en el que todas las identidades, nacionales, religiosas, culturales, o étnicas, se reestructuran al confrontarse como están con el proceso de la globalización. Esto genera con frecuencia contraposiciones, choques e incluso conflictos. Paradójicamente, el proceso de globalización no conduce a todos hacia una especie de cosmopolitismo, sino que genera fuertes reacciones de identidad que utilizan también a las religiones. Aquí se sitúa la historia de muchos fundamentalismos, entre ellos también el islámico (que no es el único, porque bastaría pensar en el hinduista, el judío, e incluso el cristiano...).
Nuestras comunidades religiosas, nuestros movimientos laicales, tienen una dimensión universal: abrazan a gentes de lengua y nacionalidad diferentes, expresando la universalidad de nuestra Iglesia y su catolicidad. Son un signo, que estamos llamados a valorar, de la superación de los nacionalismos y de los etnicismos: son la expresión de una civilización de la convivencia entre gente diferente a partir de la comunión de la fe. Estemos atentos ante situaciones en las que, en el nombre de la defensa de una cultura, se introducen elementos de etnicismo y de nacionalismo en nuestros ambientes. A menudo nos encerramos en el etnicismo o en el nacionalismo, sin preocuparnos de lo que somos en un mundo globalizado.
Pienso que los religiosos y los movimientos de laicos, en un mundo marcado por los conflictos de civilizaciones y de identidades o por las guerras, entre nuevas fronteras y nuevas incomprensiones, son un signo de unidad. Nuestro futuro, en este mundo globalizado, es realizar una verdadera civilización del convivir, libre del germen peligroso de la limpieza étnica o de la locura de construir sociedades homogéneas y entre iguales, cerradas a los diferentes. ¿Qué alternativa hay a la civilización del convivir? En nuestras comunidades, dispersas por todo el mundo, vivimos una mundialidad especial, un interés también por lo lejano. Somos un testimonio convencido de cómo se puede vivir la globalización como apertura a los demás, como sentido de responsabilidad más difuso... Tener comunidades, hermanos, en tantas partes del mundo, debe llevar a sentir esas partes, especialmente las que más sufren, como miembros de nuestra familia: en definitiva, el desarrollo de una sensibilidad más universal a través de la información y de una solidaridad hacia nuestros hermanos que viven en situaciones de dificultad y sufrimiento.
En este sentido, el cristianismo va mucho más allá que Occidente, aunque no se puede negar que tenga aquí muchas de sus raíces. Nuestros mundos religiosos están llamados a vivir el desafío de la mundialización realizando una globalización diferente, la de la fe y el amor. Por lo demás, nuestras comunidades que abrazan a gente del Norte y del Sur, orientales y occidentales, muestran cómo se debe y se puede vivir juntos, teniendo en el corazón muchas partes del mundo. En nuestra pequeñez vivimos concretamente la civilización del convivir. Nuestras comunidades llevan una respuesta vivida a la pregunta angustiosa que se plantea en Europa con la inmigración, pero que también se plantea en África entre las etnias diferentes, y también en Rusia: ¿cómo podremos vivir juntos? Hay que encontrar las palabras y los comportamientos para mostrar cómo se puede vivir juntos a escala mundial, más allá de las muchas barreras. Las noticias de las comunidades que se conocen hacen despertarse a nuestros corazones al saber cómo viven y trabajan hermanos y hermanas nuestros a muchos millones de km. De ahí, que Sant’Egidio tenga una única página web para todos, donde llegan las noticias de todos. Son gestos importantes y significativos para vivir la unidad en la diversidad, la cercanía del corazón en la distancia física.
3.- La fuerza débil del Evangelio
La primera obra de la Comunidad de Sant’Egidio, en cualquier parte del mundo es la oración personal y comunitaria. Es vivir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida. Escuchar esta Palabra es escuchar la invitación antigua de Jesús a convertirnos en discípulos suyos, y que se dirige a todas las generaciones. Es la invitación a convertirse y a dejar de vivir sólo para uno mismo, y a comenzar, con libertad, a ser instrumentos de un amor más grande, sobre todo hacia los más pobres. La escucha del Evangelio es la premisa para poder amar el mundo, a los hombres y mujeres de este mundo. Para sacar de cada uno lo mejor de sí. Escuchar y vivir la Palabra de Dios como la cosa más importante de la vida quiere decir aceptar no seguirse a uno mismo, sino a Jesús. El pasaje del Evangelio de Lucas de Marta y María (Lc 10, 38-42) ilustra bien la necesidad de esta primacía de la Palabra de Dios en la vida. La escucha de la Palabra nos permite y nos pide cambiar, ser diferentes a como somos. Es escuchar una Palabra que invita a vivir un amor grande en la vida. La oración es un acto de solidaridad, un momento para abrazar el mundo entero, las necesidades de todos los hombres y mujeres, incluso aquellas que no podemos tocar con nuestras manos.
La Palabra de Dios crece en nuestra vida, hace vivir y dilata nuestro corazón en un mundo en el que se vive sin corazón. Un obispo de Roma, Gregorio Magno, decía comentando a Ezequiel: “Los oráculos divinos crecen junto a quien los lee, de hecho, uno los comprende tanto más profundamente cuanto más profunda es la atención que a ellos se dirige”. La Palabra de Dios tiene cosas nuevas que decir en las diferentes estaciones de la vida humana y del mundo. Ante la complejidad de los desafíos del mañana estamos llamados a enraizarnos en la Palabra de Dios y a renovar nuestra oración.
Pero nuestra oración personal nace y se sitúa en la oración común. En nuestro mundo se reza poco y mal juntos. Pienso en muchas Misas, reducidas a continuas explicaciones, donde no se celebra el misterio de la presencia de Dios. Pienso en tantas predicaciones, de las que un autor italiano, Carlo Bo, ha escrito: “la homilía dominical, suplicio de los fieles”. Aquí, nuestras comunidades, laicas y religiosas, tienen una fuerza simple: la de ser dos o tres reunidos en nombre del Señor. Ante un mundo complejo, hay que hacer de nuestras comunidades lugares de oración en los que encontrar la orientación de la propia vida, pero también lugares que ofrecer a muchos hombres y mujeres desorientados que viven a nuestro alrededor. Es la Palabra de Dios la que responde a la desorientación y al miedo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado” (Mt 28,5).
Una de las experiencias que más caracterizan a la Comunidad de Sant’Egidio es la de una oración en la ciudad abierta a todos. Rezar juntos dilata nuestro corazón y, al mismo tiempo, ayuda a muchos a vivir y a rezar. Para nosotros, la liturgia y la oración son el verdadero corazón de la comunidad, abierto a todos los que buscan.
¡Qué nuestras comunidades tengan antes que nada y siempre el rostro y el corazón de la oración! Toda pequeña comunidad, religiosa o laica, puede ser una ayuda para que la gente rece, siempre que sepamos acogerla y, diría, atraerla. El padre Travrion, que pasó años de vida religiosa clandestina en Rusia y después en el gulag soviético, y que tuvo la alegría de poder acabar su vida entre monjes, decía: “Si no mostramos la belleza, la gente no vendrá con nosotros”. Es la belleza de la oración. Pienso que las comunidades religiosas, pero también los laicos, pueden vivir una hermosa oración común y tener lugares atractivos de oración. Pero para esto, de vez en cuando, hay que romper con nuestras costumbres. Demasiadas distinciones entre contemplativos y activos, entre laicos y religiosos, nos distraen del hecho de que todos necesitamos rezar para vivir el futuro como cristianos y como hombres, nos distraen del hecho de que la Iglesia de hoy debe ofrecer espacios de invocación en el corazón de nuestras ciudades, y debe ofrecer una liturgia hermosa y elocuente. La liturgia y la oración son una fuente enorme de amor, que permiten tener una identidad cristiana enraizada pero también una audacia en el vivir.
La primera manera de vivir esta misión nuestra es siendo comunidades litúrgicas y de oración. El miedo, el sentido de impotencia, y la angustia encuentran en la liturgia y en la escucha de la Palabra de Dios el puerto sereno de la misión, para poder ir más allá. Sobre todo para poder liberarnos de ese pesimismo que de vez en cuando domina no sólo nuestros ambientes sino también a mucha gente. Es el pesimismo de sentirse pocos, inadecuados, envejecidos, y prisioneros de la propia historia. Siempre se pueden encontrar motivos para fundamentar el pesimismo, pero es una realidad que nos aprisiona.
La misión es la mejor forma de ser de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Pero no es fácil vivirlo cuando nuestras instituciones son a veces protectoras y absorbentes con sus problemas que no nos dejan salir a la calle. Por esto, el problema es también que la vida del cristiano sea una existencia comunicativa, en contacto con los demás, por la calle, y, sobre todo, no olvide comunicar el Evangelio.
La misión es comunicar una buena noticia a otro. ¿Se sienten nuestras comunidades capaces de comunicar algo? ¿Qué te puedo dar? es la pregunta de Pedro y Juan ante el tullido de la puerta hermosa del templo. La comunicación del Evangelio ayuda al hombre a caminar con libertad. La comunicación del Evangelio al tullido, en el clima del primer Pentecostés, muestra cómo los apóstoles responden con lo que tienen a un hombre que mendiga: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazoreo, ponte a andar”. Es el nombre de Jesús comunicado lo que le hace caminar. Este hombre vuelve a caminar y se pone a alabar a Dios. Es el nombre de Jesús lo que deben comunicar los discípulos.
Además, esa comunicación sucede en una relación personal. Pedro, junto a Juan, fija la mirada en él y le piden que les mire. Después lo toma de la mano y le levanta. Le toca y le sostiene. Y él recomienza a caminar, mientras de su boca salen alabanzas al Señor. No se puede dejar de notar cómo, también en este caso, la comunicación del Evangelio tiene lugar entre hombre y hombre, en aquella insuprimible relación personal, entre corazón y corazón, entre ojos y ojos, entre mano y mano, en la que se desarrolla la misión cristiana. No es un texto, un mensaje, una proclamación... Se pueden utilizar todo tipo de instrumentos, pero nada puede sustituir el encuentro entre dos hombres alrededor del nombre del Señor. La historia de la comunicación del Evangelio es la historia de encuentros entre hombres. Es la historia de una comunidad que se siente misionera toda ella, pero es también la experiencia de hombres y mujeres que personalmente escogen, con su vida, recorrer el camino de la misión, gastar su vida por el Evangelio. Es la historia de testigos concretos en la vida.
Se creía que el siglo XX habría destruido la religión y que el XXI se habría convertido en un siglo en el que la religión no tendría más que un espacio residual. En un mundo en el que todo es mercado también las religiones han entrado en el mercado. ¿Por qué digo esto precisamente hablando de comunicación del Evangelio? Me parece que todos somos conscientes de cómo, precisamente en los mundos con mayor dificultad (desde Rusia a África o América Latina, pero también entre los emigrantes), se está desarrollando la propuesta de las sectas, que agregan y que proponen de forma tangible y sensible una experiencia de bienestar religioso. Sobre todo proponen un cristianismo (si es que se puede seguir hablando de cristianismo), desvinculado de una conciencia social, individualista aunque comunitario, conduciendo a una ulterior fragmentación del mundo cristiano y de la Iglesia. Pienso que este tema nos debe hacer reflexionar más en profundidad. Quizá esta constatación nos estimula a un sentido más profundo y difuso de la misión; quizá nos empuja a darnos cuenta de que este desafío pide a la Iglesia que asuma formas más familiares, menos institucionales, menos difíciles y codificadas.
Sin embargo, al mismo tiempo, el siglo XX, en su complejidad, ha sido el siglo más misionero de la historia. No es casualidad que el siglo que ha concluido haya sido el siglo de los mártires, de muchos cristianos, hombres y mujeres, religiosos y laicos, que en medio de la violencia y de la barbarie han preferido salvar la humanidad antes que salvar sus propias vidas. Hay una herencia de estos nuevos mártires del siglo XX que debe ser todavía leída y acogida. Esta herencia nos muestra la que es la vocación de los cristianos del tercer milenio. Nos muestra esa fuerza específica que, en situaciones de debilidad, los cristianos han sabido manifestar.
Bajo la violencia de la persecución comunista, soviética, europea o asiática; bajo la violencia del nazismo, bajo la de otras religiones, al comunicar el Evangelio como misioneros, en la crisis del África independiente, golpeados por el laicismo, por la caridad, por la justicia, a manos de mafias y terrorismo, o por la violencia física; por su testimonio cristiano han caído miles de hombres y mujeres creyentes. Martin Luther King en 1960, decía: “En medio de los peligros que me rodean he sentido la paz interior y he conocido recursos de fuerza que sólo Dios puede dar”. El testimonio de los nuevos mártires es revelador, no sólo de la presión del mal en la historia y sobre los creyentes, sino también de la fuerza profunda de los cristianos, de hombres y mujeres débiles que han resistido hasta el final con un comportamiento humano, que no han abandonado a sus fieles, a los pobres y a su fe, con tal de salvar sus vidas. También a Jesús en la cruz la propuesta que le hacen irónicamente es: “¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27, 40).
Por esto, la Comunidad de Sant’Egidio, con el acuerdo del Papa, ha querido dedicar la Basílica de San Bartolomé en Roma, como lugar de memoria de los nuevos mártires del siglo XX, y Mons. Vincenzo Paglia, un obispo de Sant’Egidio, es el postulador de la causa de beatificación de Mons. Romero. Esto es, para todos nosotros, inmersos en nuestras debilidades, la memoria de la fuerza de la fe, fuerza humilde, que nosotros tenemos y de la que somos responsables de cara al Señor y al destino del mundo, laicos y religiosos juntos ante los desafíos del Tercer Milenio.
El discurso de Juan XXIII durante la apertura del Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia, concluye con la pregunta sobre lo que la Iglesia puede dar a los hombres: “Al género humano, oprimido por tantas dificultades, como en aquella ocasión dijo Pedro al pobre que le pedía limosna, le dice: ‘no tengo ni oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en el nombre de Jesucristo nazareno, levántate y anda’”. Es la fuerza débil del Evangelio: “cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 10), dice el apóstol Pablo. Hay que confiar en la fuerza del Evangelio, que es lo que nosotros podemos dar a un mundo oprimido por tantas dificultades. Sobre todo ante la complejidad del mundo contemporáneo nos damos cuenta de cuánto faltan respuestas globales a todas las cuestiones. Esta pobreza nos empuja a volver a meditar sobre el valor de la gran respuesta, de nuestra respuesta, de nuestra propuesta, que es el Evangelio. Esto es lo que tenemos para dar al mundo, como dice Pedro al cojo. Es esto lo que hace que el hombre camine. La comunicación del Evangelio, hecha de persona a persona, es la circulación de dones más grande que puede suceder entre los hombres. No tener las respuestas, todas las respuestas, a los desafíos que nos plantea el mundo, no significa ser indiferentes o insensibles.
Por esto –pienso en los religiosos y en los laicos- la cultura es importante. El Señor, en su mandamiento, pide amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, y con todas las fuerzas. ¿Hemos reflexionado alguna vez que se refiere también a la mente? La cultura –me permito decir- no es un conjunto de respuestas, sino cultivar la propia mente, hacerla sensible y atenta a la complejidad del mundo contemporáneo. La cultura, por así decir, nos habla de los demás, del mundo; nos acerca a los problemas lejanos, nos familiariza con la complejidad al tiempo que nos ofrece un lenguaje problemático, más cercano a las cosas y a los hombres. A veces no basta con estar presentes y ver, sino que hay que captar la profundidad de las cosas que vemos: la cultura nos ofrece la profundidad de estas cosas. La ignorancia de las Escrituras –dicen los Padres- es ignorancia de Cristo, pero la ignorancia de la cultura es –me permito decir- ignorancia de los hombres. Esto no significa ser académicos, sino tener interés, leer libros, discutir sobre los problemas que no nos afectan directamente en la vida cotidiana. En un mundo complejo la cultura nos hace tener los pies sobre la tierra. Por su parte la información (y aquí me refiero a los periódicos o a los debates) nos acerca a ese mundo que no está bajo nuestros ojos. Quizá puede parecer ridículo, pero yo creo que la Biblia debe estar en una mano y el periódico en la otra, como decía el teólogo protestante Karl Barth.
Los desafíos del mundo contemporáneo se sitúan en el orden de la complejidad. No debemos ni podemos defendernos detrás de las simplificaciones, pero tampoco debemos tener miedo de la simplicidad del Evangelio. Pero ser simples, evangélicamente simples, no significa simplificar. La simplicidad del Evangelio se debe ubicar en hombres y mujeres sensibles, enriquecidos por ese sentido de la profundidad que viene de la cultura, por esa simpatía que emana del contacto humano. Por esto, aún siendo simples y débiles, no debemos tener miedo de afrontar los desafíos difíciles y complejos.
El siglo más secularizado de la historia, el siglo XX, conoció una profundidad de fe que emerge de la memoria de los nuevos mártires. Es una herencia que transmite algo fundamental: la fuerza débil de la fe. La herencia del siglo XX no es sólo la de un final de la cristiandad, de la cultura parroquial y de un mundo cristiano. No es lo que queda tras un largo desgaste y muchas fases de agotamiento. No es la herencia de una antigua familia noble en decadencia, que deja algún antiguo palacio como museo de lo que fue o alguna propiedad para conservar y una memoria por cultivar con gusto arqueológico. Juan XXIII decía que la Iglesia no es un museo. Es la herencia de una fuerza que ha animado a muchos cristianos. Es la herencia de una cultura del amor que es nuestra cultura, la cultura que debemos cultivar en estos tiempos que nos toca vivir.
París, 11 de agosto 2005.