ESPIRITUALIDAD DEL JOVEN MARIANO-VICENCIANO EN EL MUNDO DE HOY

Juan BELLIDO

1. A modo de introducción: un desafío

A lo largo de los próximos minutos os hablaré de un desafío.

No descubro nada nuevo si comienzo diciendo que en cualquier época se puede ser vicenciano.

El ser vicenciano en esencia y contenido es eterno, porque el amor de Dios por los pobres y marginados está en la entraña misma del Evangelio, y “el amor no pasará” (1 Cor 13). Pero también es cierto, que para nuevas realidades y desafíos sociales, no se pueden seguir aplicando las mismas costumbres y normas para seguir siendo vicenciano.

Si de lo que se trata es de vicencianos jóvenes, es, si cabe, más urgente actualizar la manera de ser fiel al mensaje de San Vicente, pero teniendo en cuenta que esa misma fidelidad nos impone ser testigos activos de la actualidad y sus retos.

Porque os hablaré de la Espiritualidad del joven mariano-vicenciano en el mundo de hoy, digo que os hablaré de un desafío paradójico: el desafío de buscar la justa interacción entre lo  permanente, lo estático y lo eterno y por otra parte lo nuevo, lo dinámico y a veces urgente.

El mundo está en constante transformación, así, por ejemplo, sabemos mejor que nunca que el mundo está dividido en dos barrios: el barrio de los prósperos que representa el 17% de la población mundial y el barrio donde viven el 83% restante de los habitantes.

Y sabemos, además, de estos dos barrios: que el 95% de las informaciones que se generan en los medios de comunicación a nivel mundial, hablan sólo del 17% de la población, -sobre la que vive en el barrio próspero-. Lo nuevo: los medios de comunicación y el flujo de información; lo viejo y caduco: que casi siempre hablan los mismos y de lo mismo, -de lo suyo-, silenciando, por una parte la voz del 83% y las conciencias del 17% restante.

La paradoja aparece en invertir los términos con ojos vicencianos y que lo nuevo sea el uso de los medios de comunicación como herramienta profética y que lo viejo se torne sabio y use esos mismos medios para agitar las conciencias del barrio próspero y alzar la voz del resto.

También sabemos que el mundo está más cableado que nunca. En el día de hoy, -9 de agosto de 2005-, se realizarán tantas llamadas de teléfono como las hechas a lo largo de todo el año 1983, pero eso no evita que la mitad de la población mundial no conozca el teléfono. Tan sólo pensar que en la Isla de Manhattan –un distrito de Nueva York, en EE.UU. - hay tantos ordenadores y teléfonos como en todo el continente africano.

Lo nuevo y lo caduco, con ojos vicencianos: cableado no significa comunicado…

Que el mundo está en constante transformación, decía, y ya no es el que era cuando el joven Vicente de Paúl tenía 15 años (en 1595), ni el de 1645 que vivió Luisa de Marillac.

Pero al mismo tiempo, en esencia la reflexión vicenciana por permanente y vieja no deja de ser actual, así Vicente –permitidme la familiaridad y que omita el “San”-, a sus 15 años no dista mucho de algunos adolescentes de hoy y él mismo escribe:

“Me acuerdo de que, cuando era muchacho, cuando mi padre me llevaba a la ciudad, como estaba mal trajeado y un poco cojo, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como mi padre.”… Hasta aquí la misma crisis de valores, que pueden presentar muchos de los muchachos y muchachas con los que trabajamos pastoralmente. Ahora bien, no se nos puede escapar la mirada de conversión cuando continúa escribiendo: “¡Miserable de mí…!”.

Lo nuevo: que hoy sabemos ponerle nombre a esas actitudes de adolescente, y que al mismo tiempo tenemos –o deberíamos tener- a nuestra disposición disciplinas como la pedagogía, la psicología y otras, y sus aplicaciones a la catequética y a la pastoral juvenil, que nos permiten reconducir evangélica y científicamente esos pensamientos para que deriven en la disculpa “Miserable de mí”.

Lo que no sería tolerable es que nos olvidemos de esas disciplinas y de los conocimientos que ellas nos aportan, -al menos en los líderes del movimiento-, y que ello nos lleve a abandonar con mirada nueva y al  mismo tiempo derrotista, la causa de los jóvenes que se avergüenzan de sus padres, de la Iglesia, de su condición de cristiano, y hasta de sí mismos.

También Luisa, –permitidme que omita, por familiaridad, “de Marillac”- a sus 51 años, nos presenta un modelo de rabiosa actualidad cuando andaba doblemente preocupada por sus labores humanitarias (que le llamaríamos hoy) y por su díscolo hijo Miguel. Ella ya había vislumbrado la Compañía y vivía en comunidad con las jóvenes “Sirvientas de los Pobres”, y si había podido resolver la dificultad de organizarse de un modo nuevo en la Iglesia, aún le quedaba buscar el equilibrio consigo misma y con sus obligaciones de madre.

Desde luego debe ser nueva la solución para resolver los problemas de los hijos: -Luisa y San Vicente le buscaron novia al joven y alocado Miguel-, pero la esencia es eterna y al mismo tiempo actual, hay que aprender a armonizar la vida familiar con el compromiso para con los más pobres, sin que el primero sirva de excusa para dejar de hacer el segundo ni viceversa.

Lo viejo y lo nuevo…. y el desafío de discernir sobre ello en la clave de la lectura evangélica: (...) Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; de otro modo, el vino reventaría los odres y se echaría a perder tanto el vino como los odres; sino que el vino nuevo, en odres nuevos (Mc, 2, 22-23).

2. Ser joven, cristiano, laico, y mariano-vicenciano hoy:

En cualquier época se puede ser cristiano, no hay más que leer a Tertuliano –primer escritor cristiano en lengua latina, y padre la Iglesia- cuando describe que los cristianos de entonces vivían como los demás hombres y mujeres, pero con un espíritu nuevo: no el egocéntrico del mundo pagano, sino el abierto a los demás del mensaje de Jesús.

El espíritu nuevo al que estamos llamados los vicencianos tiene una identidad propia en el seno de la Iglesia:

2.1 Siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret y el sentido que dio a su vida terrenal.

Defino desde esta óptica, la  vida como el valor que cada uno de nosotros aportamos a la creación.

El mundo está por construir y cada uno de nosotros estamos llamados a ser constructores y al mismo tiempo obra, así nuestros hermanos también son obra nuestra y constructores de nosotros. Es el sentido que tiene que nosotros hayamos sido creados por Dios.

Así entiendo yo la vida, cuya ecuación es:

V= t x d

 Donde:

V= vida= valor que aportamos a la creación.

t= el tiempo que estamos en este planeta. Es el tiempo que realmente estamos vivos.

d= densidad de aprovechamiento temporal, determinado por el esfuerzo que realizamos para que este mundo sea más justo, más lleno de amor, en definitiva, más parecido al mundo que Dios tiene diseñado para nosotros.

Esto nos sitúa ante las preguntas: ¿qué quieres lograr? ¿Porqué y para qué merece la pena luchar? Las respuestas en Jesús y en su mensaje de Nueva Humanidad.

Para mí la Nueva Humanidad de Jesús es un sueño, y sé que en ocasiones los sueños cobran la textura de la realidad, con imperfecciones, como corresponde a la naturaleza de lo que en verdad existe. Así es posible el sueño de la reconciliación con el hermano al que ofendimos, el volver a la práctica individual de la oración tras un tiempo sin hablar con Jesús, el no olvidarse de que la vida es un regalo y que se nos ha dado para regalarla…

A continuación, y en sintonía con lo anterior, una seña de identidad de JMV, que nos va perfilando y ayudando a conseguir este sueño.

2.2. Teniendo a María como el modelo perfecto de discípulo del Señor:

El JMV entiendo que debe tener a María como modelo a seguir y de virtudes, y desde luego no debe ser acallado su alegre ímpetu de pasión solidaria para con sus hermanos, bajo el manto pasivo de la veneración y el culto. De ello da cuenta su himno de alabanza, el Magnificat.

Desde luego, la María que se me torna compatible con su propia historia y con la de su Hijo, está más cerca de la mujer con capacidad de denuncia y anuncio que de la imagen amable, dulce y piadosa que en aras de esto, casi parece olvidar el tono liberador de su Hijo.

Pablo VI, escribe en la Marialis Cultus, 19: “María de Nazaret, aún habiéndose abandonado a la voluntad del Señor, fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisa o de religiosidad alienante; antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo (Lc.1,51-53)”. Y prosigue”…la figura de la Virgen es el modelo perfecto del discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y temporal, pero peregrino diligente  hacia la celeste y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado”.

Los vicencianos, acudiendo a María, a la profundidad de su fe, ex­presada en las palabras del Magníficat, estamos llamados a leer que no se puede separar el seguimiento de Jesús de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes.

Las exhortaciones apostólicas Marialis Cultus y Redemptoris Mater discurren, pues, en la línea  que considera al Magníficat como un cántico de transformación profética y liberadora: “El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc.1, 51-53).

Seguidamente, desarrollaré la tercera seña de identidad del JMV. Entiendo que debe ser beber de la fuente, interpretando el ser y hacer de San Vicente, contextualizando y aplicando su mirada en la actualidad.

2.3. Teniendo como modelo a Vicente de Paúl en la práctica cotidiana de la justicia social.

Sabemos que estamos muy lejos de haber dado con un tipo de sociedad en la que todos coman tres veces al día, que es lo menos que puede pedirse para que una sociedad sea considerada justa. Esta es la principal y meridiana preocupación que podemos tener los vicencianos.

A mi entender son dos los frentes en los que hemos de trabajar, desde la pastoral juvenil vicenciana para que realmente esta prioridad sea asumida con espíritu evangélico:

* Luchar contra la aporofobia:

La raíz de esa palabra -"aporo"- significa "pobre", el que no tiene fortuna, el que vive excluido, y que en ocasiones ni siquiera es visto por sus semejantes.

Las fobias consisten en un rechazo insuperable que sentimos por algo.

Así,  "aporofobia” es el rechazo al que no tiene nada que ofrecernos a cambio, ni económico ni de valía personal.

Las sociedades denominadas industrializadas, marcan el progreso por la ley del mercado, donde parece que todo se compra y se vende, y caen en el pecado de hacer balance de resultado también acerca de los humanos, donde vale más quien más tiene que ofrecer desde el punto de vista económico y personal.

Este modelo de progreso, vicioso, injusto y alienante, se cuela globalizadamente a todos los rincones del planeta, olvidando y condenando a los pequeños, a los sin voz, y al mismo tiempo mata de raíz la posibilidad de detectar líderes carismáticos que ayuden a conducir a su propio pueblo por caminos más justos y evangélicos.

La fuerza más grande que existe en el mundo es la más pequeña: la atómica. Por eso esta metáfora me invita a pensar que las acciones más pequeñas son las que contribuirán a la emergencia de un nuevo modelo de progreso.

Así, por ejemplo, de la creatividad del estudiante Muhammad Yunus nació a comienzos de los ochenta en Bangladesh el Banco Graneen de los pobres, al prestarle 30 dolares a una mujer que trabajaba haciendo taburetes de bambú. Con ese dinero pudo comprar el bambú que le permitió hacer sus primeros trabajos liberada del abusivo prestamista que le obligaba a venderle a él el taburete final a muy bajo precio.

La idea nació del sentimiento de vergüenza personal de Yunus, al pensar que no le prestaría los 30 dolares a la señora, vecina suya, porque no había garantías ni avales de que se lo devolviera. Hoy la idea de un Banco que presta pequeñas cantidades de dinero sin intereses a personas sin posibilidades ni avales ha inspirado instituciones similares en más de cuarenta países entre los que están: EEUU, Malasia, Filipinas, Guatemala y Chile.

Desde el punto de vista personal y desde la interioridad de cada uno de nosotros este pensamiento de aporofobia, se puede colar, casi sin darnos cuenta, en nuestras vidas, y determinar quiénes son nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hermanos de comunidad, los destinatarios de nuestras catequesis… y nada más lejos de la enseñanza de San Vicente. Hemos de establecer itinerarios que permitan a los jóvenes formarse con espíritu crítico para construir un nuevo modelo de promoción humana.

*Educar para contar y que no te cuenten:

Creo que el espíritu vicenciano nace y se desarrolla desde un laicado capaz de tener como prioridad la dignidad de la persona humana, convenciéndonos de que el hombre y la mujer valen por lo que son y no por lo que tienen.

Por ello es importante no sólo que a los laicos nos cuenten, numéricamente, sino contar, opinar, crear opinión y pensamiento, en torno a las cuestiones propias como son:

*La familia: entendida como el principal campo de compromiso social.

*La caridad: sin separarla de la justicia.

*Considerar al hombre y la mujer como el centro de la vida económica y social: pensando globalmente y actuando localmente.

*Evangelizando la cultura: especialmente a través de los medios de comunicación.

3. Modo de ser laico hoy: relación con el resto de miembros de la Iglesia.

De un modo gráfico representaré el modelo con el que entiendo que el joven laico debe funcionar en relación al resto de los miembros de la Iglesia: sacerdotes, religiosas, jerarquía, otros hermanos, etc.

Estos dos primeros modelos son bajo los que a lo largo de la historia, pero no en todas las épocas, ni mucho menos, hemos funcionado los laicos en relación a la jerarquía eclesial y con los “consagrados”. Es un modelo aplicable a cómo se ha distribuido el conocimiento teologal y reflexión acerca de la Verdad.

La fundamentación de que esto no es lo deseable, la haré basándome en las propias palabras del por entonces profesor Ratzinger, en su libro El nuevo pueblo de Dios, (que en su original alemán vio la luz en 1969 y al español se tradujo en 1972 Editorial Herder, Barcelona), donde nos dice que el “oficio” cristiano no es una herencia o derivación del sacerdocio de la antigua ley, sino una derivación de Cristo mismo:

“Cristo no fue sacerdote, sino laico. Considerado desde el punto de vista del israelita, jurídicamente no poseía ningún “oficio”. Y, sin embargo, Cristo no se entendió a sí mismo como intérprete de deseos y esperanzas humanos, algo así como voz del pueblo, como su mandatario secreto o público, ni comprendió su misión desde abajo, como si dijéramos en sentido democrático. Más bien se presentó a los hombres bajo el “menester” o necesidad de un mandato divino claramente perfilado, con autoridad y misión de arriba, como aquél a quien el Padre había enviado” (p. 123).

 

Este otro es el modelo que entiendo que demandamos la Iglesia hoy, con la única intención, no de compartir poder sino de asumir responsabilidades, aportar creativas soluciones a problemas endémicos y tantos otros asuntos sobre los que debemos trabajar todos para hacer realidad el proyecto de Dios.

Este modelo plantea serias cuestiones metodológicas y también de fondo. Para ilustrar la reflexión citaré de nuevo a Ratzinger (en el mismo libro) planteando interrogantes sobre cuál será la actitud del cristiano ante la Iglesia: ¿de crítica (por amor a la pureza de la Iglesia), de obediencia callada (por razón de su misión divina) o cuál otra?:

“No es azar que los grandes santos no sólo tuvieron que luchar con el mundo, sino también con la Iglesia, con la tentación de la Iglesia a hacerse mundo, y bajo la Iglesia y en la Iglesia tuvieron que sufrir; un Francisco de Asís, un Ignacio de Loyola… No cedió un ápice de su misión, ni tampoco de su obediencia a la Iglesia… Sin embargo, la verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores (los que son calificados por los auténticos profetas del AT de “profetas embusteros”), que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas… Lo que necesita la Iglesia de hoy (y de todos los tiempos) no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo desconocimiento y ataque; hombres, en una palabra, que amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino” (p. 290).

A continuación, les presento cuatro retos educativos, que entiendo nos pueden ayudar a hacer realidad que el JMV vaya integrando a lo largo del proceso formativo las dimensiones descritas de nuestra identidad.

Para ello no hemos de perder de vista que educamos en la fe a personas que vivirán su fe de modo colectivo o comunitariamente, pero que deberán tomar decisiones libres, coherentes e individuales que marcarán y definirán su modo de vivir, (el valor que aportarán a la Creación).

4. Retos formativos para JMV 

*Educar para la creatividad

Hagamos un experimento entre los que estamos aquí. Tendréis cuatro segundos para dibujar lo que yo os diga. Tened todos preparado: un papel y un bolígrafo. Recordad que tan sólo tendréis cuatro segundos a partir de que yo os diga.  Ahora comenzaréis a dibujar en cuatro segundos… “una flor”…. Ya… por favor, me pasáis los papeles…

Recordemos que hace un minuto definí la vida como el valor que aportamos a la creación. Nuestro nuevo mundo necesita de nuevas soluciones o al menos de soluciones creativas.

Veamos lo sucedido y qué podemos decir de la creatividad, en relación con el pensamiento único…

Lo explicaré con un cuento:

Cuentan que una mañana un padre llevaría a su hija por primera vez a la escuela. La niña dejaba ver en su rostro la alegría de iniciar un nuevo periodo en su vida, aunque ella tan sólo adivinaba a saber que estaba muy contenta y decía:

-         Bien, iré a la escuela, descubriré mi aula.

Al llegar al colegio, una seria portera le dijo indicando con el índice más recto que jamás hubiera visto nadie:

-         Esa es tu clase.

La niña llegó hasta la puerta pensando:

-Bien, ahora habrá mesas de colores, me sentaré donde quiera y…

Y la profesora le dijo:

-ese es tu pupitre

La niña atenta escuchó la siguiente indicación de la profesora que decía:

-         Hoy dibujaremos…

Y la mente de la niña corría más que sus oídos y pensaba en dibujar, tigres, dragones, princesas, bellos mares y plantas de inexistentes colores.

- Hoy dibujaremos una flor. Prosiguió la profesora.

-¡¡Bien!! Espontáneamente voceó la pequeña imaginando una flor de múltiples colores y pétalos con formas geométricas hasta ahora no vistos por el ser humano.

La profesora se acercó sigilosamente a la niña y sin darle tiempo a poner el lápiz sobre el papel, le dijo amablemente:

- Mira…. Las flores se  dibujan así.

Y la niña… nunca más usó su creatividad para imaginar flores.

Es importante que en JMV eduquemos sin matar la creatividad. Y atentos a que estos excesos conducen al pensamiento único, a la globalización de las soluciones únicas y a la muerte de la disidencia que hace posible la transformación creativa del mundo en clave evangélica.

Como ejemplo, algunos movimientos que trabajan con colectivos marginados y utilizan como vehículo educativo, asociativo y de reinserción: la música, el teatro, el circo, el deporte o la creación de un periódico local.

* Educar para la oración proactiva y para la contemplación en la acción

Está claro que sólo quien es capaz de escuchar los sollozos del mundo e interpretarlos como susurros divinos podrá llevar a cabo el proyecto de Dios sobre el mundo.

Es esta la definición de la oración proactiva, es decir, aquella oración que incita a hacer algo que haga más realidad el plan salvífico de Dios.

Al mismo tiempo, durante las ocupaciones diarias de los hombres hemos de enseñar a encontrar a Dios, teniendo en cuenta que  “Dios siempre habla por medio de los hombres, sus amigos y a veces también por sus enemigos (Gaudium Spes 44,3... Es decir, leer la vida con los ojos de la fe, como si de unas gafas se tratara y lo importante… llega cuando somos capaces de olvidar que las tenemos puesta.

Es este el reto de la unión entre la acción y la reflexión orante.

Valga como ejemplo, que yo esté hoy con vosotros. Pensé si debía aceptar la responsabilidad y la petición de compartir mi visión ante vosotros, pero más que pensarlo, lo recé… Y cada una de las palabras que estoy pronunciando no quiero que sean sólo fruto de mi racionalidad, sino en la medida de lo posible, de mi espiritualidad. Al fin y al cabo no somos seres corporales con espíritu, sino espíritus revestidos de corporalidad.

*Educar para la pertenencia asociativa

La presencia asociativa de los creyentes en la sociedad es una urgencia y en nuestro movimiento, una realidad a no descuidar.

Los jóvenes vicencianos han de tener las suficientes herramientas personales para entender, purificar y participar con criterio evangélico y liderazgo en los procesos sociales.

Hay que seguir educando para que los creyentes tengan activa presencia y aportación en los grandes problemas de la sociedad.

Ello teniendo en cuenta que no se puede servir a Dios sin servir a los hombres, y que  no se puede hacer presente el evangelio en la sociedad sin pasar por las conciencias. Conciencia y libertad son los dos polos  que deberían orientar una acción responsable frente a los problemas del mundo y también hacia dentro de la propia Iglesia.

La asociación multiplica el efecto de la individualidad y hace posible la fórmula: 1+1=3

; ya que al esfuerzo individual se le suma el efecto de la colectividad.

A modo de ejemplo, comentaré la PSPD (People’s Solidarity for Participatory Democracy), un grupo imparcial, sin ánimo de lucro, con el ánimo de contribuir al desarrollo de una sociedad democrática y legítima. A sus fundadores, en Corea del Sur, les unía la intención común de lo que denominaron el “espíritu civil voluntario”, de frenar los abusos del gobierno y de las empresas.

La filosofía de fondo complementa las limitadas funciones de las ong que en la Corea de los 90, sólo distribuían la cosecha de la riqueza nacional.

Creo que dentro de este reto en JMV, tenemos el uso de la potencialidad colectiva que tiene la asociación por el mero hecho de serlo. Para ello las nuevas tecnologías son sin lugar a duda una herramienta al servicio del evangelio, de inmenso valor.

*Educar para vivir la fe como microiglesia

Aunque lo ideal es vivir el ser cristiano en el seno de una comunidad y de un contexto social en el que se pueda desarrollar la libertad religiosa con naturalidad, también es cierto que en numerosas ocasiones y localidades del planeta esto no es tan fácil.

En los países en los que se sufre y se es perseguido por motivos religioso esto es evidente, y en aquellos otros donde la sociedad laicista  hace difícil declararse abiertamente cristiano o es difícil encontrar una comunidad de referencia vicenciana donde vivir la fe, aparte de la comunidad eclesial reunida en torno a la mesa el domingo, se hace necesario tener una fe personal sólida.

En cualquier caso, y en todos los contextos, el JMV ha de tomar decisiones individuales en el seno de su familia, de su entorno social, y ello le llevará a tener que discernir, a veces en soledad, por dónde le pide Dios que vaya. A esto también le denomino “microiglesia”.

 Es el caso, en el lugar de trabajo, en el entorno de estudio, en el contexto de familias que se oponen a la creencia de los hijos, y tantas otras situaciones, donde el ser cristiano supone ser una microiglesia.

Creo que es importante educar como microiglesia con el ansia de compartir como macroiglesia local y universal.

Que cada cristiano se considere una microiglesia: supone que todo el evangelio le está dado como gracia a él, a la vez que encargado como tarea a él de mantenerse Iglesia en el mundo.

Pongo como ejemplo la incomprendida decisión que tomó Sara Bandauf al abandonar la dirección de la multinacional Nokia y todos los “beneficios” económicos y de poder que ello le aportaba, y dedicar todo su saber y experiencia a una fundación sin ánimo de lucro para la educación de los jóvenes. O la de la misionera cristiana en la India, que tras perder a su marido y a sus dos hijos tras ser asesinados por miembros de la etnia a la que socorrían familiarmente en un hogar de atención a leprosos, decidió continuar trabajando por los mismos pobres y con su silenciosa entrega es considerada hoy ejemplo del perdón y de la misericordia cristiana.

Ya digo que lo ideal es tener una comunidad de referencia, pero donde la comunidad no está presente y ante decisiones en soledad, el entrenamiento de nuestros jóvenes debe ser desde el enfoque personalista de microiglesia, donde el individuo tenga los resortes suficientes para echar mano de la oración proactiva que le mueva a actuar en conciencia y libertad de espíritu en fidelidad al mensaje salvífico.

Termino como empecé: en cualquier época se puede ser vicenciano, y añado, y además todas las épocas lo necesitan. Ésta también.

París, 9 de agosto 2005.