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os
mitos no viven ni mueren, son sobre todo una proyección de nuestros
propios deseos y temores. Pero los maquis, para los niños y jóvenes de
los años cincuenta y sesenta, eran mitos vivientes. Sobre todo para los
que poblábamos las ciudades cercanas a los montes y bosques de la
cordillera cantábrica. Unas veces aparecían como protectores de los
humildes y perseguidos, otras como fulgurantes vengadores de agravios
colectivos –una justicia rápida e inapelable, en correspondencia con los
juicios sumarísimos del poder–, y otras como ingeniosos y burlones
duendes del bosque. Crueles y rencorosos como los propios dioses, el
bosque y las lindes de los pueblos eran un territorio que les pertenecía
con el mismo derecho que a los lobos y a los milanos. No, no eran solo
un producto de nuestras mentes escolares y de lectores de tebeos de
aventuras, eran reales, estaban ahí afuera, en un recreo continuado, en
unas vacaciones inacabables, sin disciplina escolar ni tareas para hacer
en casa. Un primer acercamiento a los maquis podía ser así de mitómano,
pero, por muy mitómanos que fuéramos, también nos dábamos cuenta de algo
más: del peligro, la persecución y la muerte. Y eso ya no era una
aventura del tebeo, era esa cosa imperfecta llamada realidad. Algunos de
nuestros compañeros de instituto eran hijos de los guardias civiles que
perseguían a los guerrilleros del bosque. Otros eran hijos de represaliados del régimen, del bando del silencio y las amenazas, de la
injusticia inacabable. En el caso de alguno de nosotros, en la familia
había algún secuestrado por los maquis –era el caso de mi propia
familia-, caso que nos causaba un inconcreto temor a traspasar las
lindes del bosque.
El libro de Antonio Brevers recoge
esa aventura nunca terminada de contar de los duendes de nuestra
infancia, y sin duda su minuciosa y documentada información no hace que
disminuya el mito, sino que nos lleva a lo más íntimo del mito, a la
cólera cantada, a la narración de hechos inexplicados pero reales, a la
caverna en la que los hombres son sombras de sí mismos. Nunca la
realidad embotó el filo de espada del mito, ni el dato oscureció el
amanecer de la historia. Brevers narra con la autoridad que le
proporciona indagar en testimonios silenciados, pero no desaparecidos.
Ocultos, pero no borrados.
Brevers ha tardado varios años en
reunir la información, y sobre todo en convencer a los testigos para que
hablaran libremente. Tal como es el ir y venir de nuestra historia, la
historia de España, esperemos que de verdad el peligro para los que
hablan haya pasado, que definitivamente se pueda hablar libremente y
para siempre, sin amenazas ni exclusiones. Y que, por fin, aunque sea
cincuenta años después, desde todos los ángulos sociales podamos
fomentar con nuestros sinceros actos la verdadera filosofía de este
libro: “el encuentro”, sin complejos ni rencores heredados.
* * *
Creo que Antonio Brevers rinde homenaje a unos luchadores a los que
muchas veces –y desde posiciones diferentes– se ha negado el carácter de
luchadores antifascistas, su rasgo común y predominante. Luego podrán
devenir en bandidos, o en atracadores o simplemente en huidos, pero su
bandera era la de la República, y su legitimidad la resistencia a la
dictadura. La derrota de la República por el fascismo es su marca de
origen y su destino. Sin esa derrota republicana no se hubieran echado
al monte, ni hubieran malvivido hasta su muerte con las armas en la
mano. En definitiva, sin fascismo no hubiera habido maquis. Es
precisamente la restauración de la República y de las libertades, el
sueño con el que a su vez soñaban los guerrilleros. Porque mientras
nosotros pasábamos “miedo y frío ante un pupitre con estampas,” ¿con qué
soñaban los maquis? En aquellos refugios húmedos y trashumantes también
se soñaba; en aquellas caminatas nocturnas, la imaginación, a su vez,
se poblaba de mitos. Una gigantesca bandera tricolor se izaría en el
monte más alto, y madre y novia recibirían con flores al vencedor, el
guerrillero heroico. El contramito, el sueño de los soñados, los dioses
que sueñan con ser personas normales. El niño de derechas, obediente y
disciplinado, se arropa para protegerse del miedo al de afuera, al del
monte. Y el del monte sueña con su niñez perdida, con la cama tibia y el
viejo maestro gruñón y republicano.
* * *
Si el mito tiene su contramito, también la lealtad tiene su sombra y su
contrario: la traición. Las hermanas del más célebre guerrillero de
posguerra, Juan Fernández Ayala, Juanín enviaron una carta a la Hoja del
Lunes en 1977, dos años más tarde de la muerte de Franco, en la que
decían: “... nuestro hermano no fue muerto por las Fuerzas del Orden,
fue disparado por la espalda con un tiro en la nuca por alguien que le
traicionó...” La acusación no podía sino apuntar al más leal – y
último- compañero de correrías de Juanín, Francisco Bedoya. La
acusación, según se supo después, fue lanzada por los propios servicios
policiales para obtener la colaboración de familiares y amigos de Juanín
en la captura de Bedoya. Una paciente investigación en los propios
archivos de la Guardia Civil hace que Antonio Brevers y sus
colaboradores puedan desmontar la sombra de la traición, y su habilidad
narrativa para contarlo añada un inesperado suspense al relato. Lo mismo
ocurre con el relato casi mítico de las repetidas burlas – increíbles
si, por ejemplo, alguien las llevara al cine- a los cercos de la Guardia
Civil. La persecución y muerte de Juanín y Bedoya constituyen la trama
de una novela policial. El lector no sabrá hasta final cuál fue el
verdadero hilo que condujo a sus muertes. Como en un relato policiaco,
parece que la investigación lleva a una determinada conclusión, para
luego dar un giro y llevar a otra parte.
El relato sigue un orden cronológico
de la vida y fazañas de Juanín y Bedoya. Pero a ese orden cronológico se
va enlazando con los testimonios – emocionantes- de los guerrilleros
supervivientes a la aniquilación franquista. En todos ellos vemos la
esperanza de una victoria siempre esquiva, y la firme determinación de
resistir. No hay rendición, no hay desesperación, simplemente se hace lo
que debe hacerse en cada momento. La vida nacional, aislada y gris
incluso para los vencedores, no es sino una momentánea etapa hacia la
liberación.
* * *
Lealtad y traición, emoción y audacia... a veces también ternura... Y
sobre todo la camaradería. Esos son los mimbres del relato de Antonio
Brevers. Una impresionante colección de fotografías inéditas presta
testimonio gráfico a los documentos verbales. Estos relatos verbales,
recogidos por el autor a los últimos sobrevivientes de la guerrilla, son
verdadera historia en vivo, testimonios únicos y en trance de
desaparecer. Como si pudiéramos asistir, casi en directo, a un trozo de
nuestra historia.
Respecto a la historia de la
Resistencia española, habrá un antes y un después del libro de Antonio
Brevers.
Manuel Gutiérrez Aragón.
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