EL ENFERMO DE LA CAMA DE AL LADO

 Por Carmen García

Recuerdo que lloré cuando Antonio llegó, de espaldas a él, protegida por la aborrecible cortina de plástico que trataba patéticamente de dar una ilusión de intimidad al espacio claustrofóbico en el que llevábamos días encerrados. Fue primero una congoja suave que acabó desbordándose en un llanto incontenible, jadeante, que ni yo misma podía calificar. Es probable que él fuera la excusa para dar salida al nudo que me atenazaba la garganta, para bajar la guardia durante unos minutos y dejar de mantener el tipo, la sonrisa animosa, el falso optimismo que mostraba a todas horas. Algo estaba mal, él había llegado quejándose, y sus lamentos me traspasaban la conciencia, sentía una especie de vergüenza porque a Pedro no le dolía, porque incluso ante el dolor había diferencias, porque él era viejo y estaba solo, porque no tenía a nadie que le cogiera la mano. No quería oírlo, no quería volverme para no ver su cara, para que no entrara en mi mundo.

Conforme fueron pasando los días, sin embargo, todo en él ejercía sobre mí una especie de fascinación. Comprendí entonces qué significaba esa expresión, tan literaria, "como un árbol caído". Pero era más bien un enorme cachalote varado entre las sábanas, prisionero de su cuerpo enorme, de sus manos sarmentosas, de toda su estatura derribada por el dolor, violada por los tubos que salían de su cuerpo en todas direcciones. Su rostro salpicado de pecas estaba coronado por una melena bíblica, una aureola blanca y rebelde que lo singularizaba, dándole un aspecto de profeta desvalido y algo anacrónico. Su carro de fuego era ahora una cama incómoda y desconchada, pero él ocupaba su espacio obedientemente, y seguía las instrucciones de las enfermeras excepto en una sola cosa, en la que nunca cedía: no quería estar incorporado, iba deslizándose centímetro a centímetro hasta que su cabeza quedaba prácticamente en el centro de la cama. Repitió ese lento deslizarse día tras día, para desesperación del personal, porque las flemas lo ahogaban.

Durante los primeros días pasaba las horas escupiendo aplicadamente, alargando la mano llena de tubos hacia la mesilla de noche para coger un trozo de papel que luego arrojaba al suelo por el lado opuesto, con una extraña concentración, como si fuera aquella la única ocupación que daba sentido a su vida.

Me gustaba tocarlo, apretar su brazo suavemente para que tuviera al menos el tacto de una piel. Recuerdo que el día que le quitaron la sonda de la nariz me acerqué y le acaricié la cara, le dije que estaba mucho más guapo así, y él sonrió débilmente desde el sudor que le perlaba la frente...

Luego llegó la familia, su hermana y su hermano, los sobrinos. Sólidos, estólidos, arraigados en la tierra, solícitos con él, corteses con nosotros, deseosos de establecer lazos y de formar un núcleo que combatiera la desolación. Los dos viejos y torpes, más aptos para ser cuidados que para cuidar de él. Se sentaban a los pies de la cama y dejaban pasar el tiempo en silencio, interrumpiéndolo sólo para hacernos cada día un pequeño interrogatorio con el que, seguramente, iban conformando en su mente un rompecabezas que nos convirtiera en algo manejable y conocido. ¿Cómo está su enfermo? era la pregunta cotidiana. Mejor, un poco mejor, la invariable respuesta.

El visitante olía a sudor, un sudor penetrante que curiosamente no me resultaba agresivo, era como si su olor fuera algo natural, encajara perfectamente en su aspecto de terruño y de alborada. Cada dos días aparecía con una bolsa de plástico negro de la que extraía ceremoniosamente una maquinilla de afeitar que le acercaba a Antonio, y esperaba deferente a un lado de la cama a que él se acicalara. Me impresionaba la dignidad de este ritual repetido, ese no dejarse vencer que implicaba conservar el aspecto rasurado que se espera de un hombre de bien a pesar del dolor, la diarrea, los tubos y la respiración entrecortada. Terminado el afeitado, se despedían de nuevo hasta el día siguiente con el consabido ¡Que haya alivio!

La imagen de este hombre grande, gran hombre, me acompañará siempre. Estoy convencida de que sólo su extremada cortesía, su profundo deseo de no molestar, le llevaron a esperar hasta quince minutos después de nuestra marcha para morirse, para dejar de sentirse atado a su cuerpo lacerado, para romper las cadenas del dolor y el sufrimiento. Descansa al fin, Antonio, allá donde estés ahora, donde nadie tenga que obligarte a que te incorpores, a que comas algo, a que sigas vivo.

 

Septiembre 1998

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