EL ESPADACHIN QUE NACIO CON RETRASO

Por Alfonso Oroz

 

Lo malo que tienen las cosas recién descubiertas es que no se sabe bien dónde ponerlas. ¿Puede alguien decirme qué renglón ocupará en el pentagrama esa nota nunca hasta ahora oída? ¿En qué cuerda de qué violín podrá sonar? Ese color que solo yo he podido ver en sueños ¿con qué pigmentos podrá imitarse?

Así, o de forma parecida, solía yo comenzar mis clases de "Teoría de la Relatividad Apologética", el primer día de curso, para despertar la atención de mis alumnos. Sin embargo, continuaba diciendo, no es frecuente que salgan hoy a la luz cosas nuevas, cosas de verdad distintas, y no lo será mientras el tiempo siga midiéndose por años y no por leguas como se acostumbraba antiguamente.

Ante estas palabras, a casi todos mis alumnos se les ponía esa mirada especial que revela la inquietud que sienten las personas cuerdas ante la presencia de un loco. Las únicas excepciones eran los repetidores, que bostezaban, y los pelotilleros, que reían tímidamente el chiste.

Pero no era un chiste. Vean, si no, lo que le sucedió a aquel espadachín amigo mío. Nacido con retraso, tuvo una infancia muy desgraciada. Se rebelaba contra todo lo que trataban de imponerle los mayores, pero aprendió a leer mucho antes que los restantes niños de su edad (yo diría que varias leguas antes), sin que nadie le enseñara. De adolescente descubrió en sí mismo una habilidad innata para la esgrima, deporte en el que adquirió una gran destreza, y cuando se hizo mayor pensó en ganarse la vida como profesional dando clases.

Pero su nula sociabilidad le hacía antipático a sus alumnos y éstos acabaron pasándose todos a otros maestros de esgrima. Entonces se dedicó al oficio de chamarilero, pero conservó su espada y su afición, que practicaba luchando contra su propia sombra.

Llevaba una vida solitaria y le dio por coleccionar y leer (al menos eso decía él) libros con las páginas en blanco. Al principio se limitaba a leer los pocos que encontraba entre los lotes de papel comprados a editoriales en quiebra, pero luego aprendió a fabricarlos él mismo encuadernando hojas sueltas. Aseguraba que uno podía divertirse leyéndolos muchas veces, pues su contenido variaba notablemente de unas lecturas a otras, y en eso aventajaban a los libros manchados de tinta, como él los llamaba, que venían a decir siempre lo mismo.

Lo malo fue que, con ese tipo de lecturas, no llegó a dominar, ni casi a conocer, las reglas del juego de la vida. Por eso andaba siempre perdido, y cuando se enamoraba, solía proclamar su pasión a cuerpo limpio, sin ocultar su condición de espadachín.

La única novia que tuvo no le duró mucho, harta de no poder hablar con él de los temas normales que interesan a la gente corriente. Muchas de las cosas que os cuento las sé por ella, que me escribía con frecuencia a mis cambiantes señas, siempre fuera de España, porque yo era también el único amigo del espadachín.

Mi amigo vivía en una buhardilla, en el Madrid de los Austrias, y una noche tuvo que desenfundar la espada cuando unos ladrones (eso creía él) echaron abajo su puerta a patadas: para su desgracia, resultaron ser unos policías que, aplicando la ley Corcuera, andaban en busca de un traficante de drogas.

Acusado de resistencia a la autoridad y de tenencia ilícita de armas (blancas, por supuesto), el pobre diablo, que como digo había nacido con retraso, fue condenado a 100 leguas y una vara, y cuando en la cárcel empezó a leer libros llenos de palabras (previamente hervidos para evitar contagios y otros inconvenientes que, como se sabe, suelen ocurrir en las prisiones), empezó a pasarlo francamente mal.

Lo primero de todo era que, acostumbrado como estaba a las páginas en blanco, la lectura de las palabras escritas le costaba un gran esfuerzo. Y después, que lo poco que leía le parecía irreal, injusto y, por tanto, intolerable.

- ¿Te ha gustado? le preguntó el bibliotecario cuando mi amigo devolvió "L'Etranger", de Albert Camus, después de haberlo leído; ¿te parece bien que hayan condenado a muerte al protagonista?

- ¡Cómo va a parecerme bien, es una injusticia!

- ¡Pero le pegó un tiro a un hombre que no le había hecho nada, y encima lo remató disparando cuatro veces más!

- Sí, pero fue en defensa propia. La navaja que tenía el otro podía haber sido mortal, bien esgrimida. Además, estaba ciego por la insolación, y los ojos le escocían con el sudor, no sabía bien lo que hacía. Lo siento mucho, pero me parece que las cosas no son como se cuentan en esa clase de libros. Primero tratan de convencernos de algo y luego resulta que hay que creer todo lo contrario. Es un engaño.

Un día, harto de tanta basura, mandó traer sus viejos volúmenes de páginas vacías (yo estaba entonces en una universidad americana, así es que se los llevó su antigua novia, ahora eran tan sólo buenos amigos) y empezó a escribir en ellos a su manera.

Eso no le hizo sentirse mejor: no dormía bien, porque por las noches le asaltaban los fantasmas de sus anteriores lecturas, las de los libros que él llamaba manchados de tinta; y cuando al despertar en las primeras horas de la madrugada se ponía a escribir, mostraba tal excitación que sus compañeros de celda creían que se dedicaba a verter en el papel sus pesadillas nocturnas para purgarse de ellas.

Pero no era exactamente así. De madrugada le invadía una gran lucidez que le permitía percibir la cara oculta de todas las cosas, la maciza solidez de los fantasmas que por la noche se le habían mostrado gaseosos e inasibles. Entonces, utilizando su estilográfica como si fuera una espada, los seccionaba verticalmente por el centro, de arriba abajo; luego daba otro corte transversal a media altura, esta vez de izquierda a derecha, y obtenía así, de cada figura fantasmal, ocho superficies planas perpendiculares entre sí de dos en dos. Las llamaba "metasecciones", y recién cortadas formaban cuatro diedros, pero luego él las recomponía a su antojo y las dejaba madurar hasta que su esencia se consolidaba en una especie de magma, que tenía la propiedad de ser soluble en la tinta con la que escribía los libros.

No estoy seguro de que esta descripción del fenómeno se ajuste del todo a la realidad, pero la transcribo aquí porque es la que me dio (cuando regresé a Madrid tras la muerte del espadachín) uno de los carceleros, hombre con vocación de agrimensor y que, por lo que pude apreciar, no carecía de labia ni tampoco de imaginación.

A decir verdad, cabe desconfiar de la veracidad de esta interpretación, dado que fue elaborada en el curso de largas charlas tabernarias que solíamos celebrar mano a mano ante unas copas de recio pacharán de garrafón. Según mi confidente, el espadachín utilizaba estas abstracciones geométricas para extraer de ellas los códigos secretos de la realidad literaria, es decir, las claves de las falsificaciones consignadas en los libros manchados de tinta.

Lo cierto es que los demás testigos solamente veían a un pobre hombre lloroso que se pasaba las mañanas rellenando página tras página con una caligrafía apenas legible.

Una mañana, mi amigo el espadachín no pudo despertarse porque había muerto estrangulado por el fantasma de Miguel Servet, al decir del carcelero. No se sorprendan ustedes, acabo de referirles la imaginación del funcionario y su afición al pacharán, pero el caso es que nadie, ni siquiera el forense, pudo explicar aquella muerte por asfixia sin ninguna señal externa de violencia.

Sea como fuere, nadie se preocupó demasiado de la muerte del pobre espadachín, ni en la cárcel ni fuera de ella. Su antigua novia no se enteró hasta pasados varios palmos, y desde entonces sentía un poco de nostalgia cada vez que desde su ventana miraba hacia Carabanchel. A mí me avisaron desde la cárcel, pero la carta tardó en llegarme más de una legua.

El bibliotecario se hizo cargo de los papeles del muerto, entre los cuales había varios libros muy curiosos escritos por él: en uno de ellos se relataba la forma en que Lolita esculpió la estatua de Pigmalión; en otro, una florista disfrazada de nínfula, después de seducir a varios ancianos, pervertía la virtud de un tal H.H.; en un tercero podía leerse que fue una denuncia de Galileo la que provocó la condena de Juana de Arco a la hoguera.

Todos los libros eran por el estilo. En la mayor parte de ellos, no se sabía bien quiénes eran los buenos y quiénes los malos, pero el mejor de todos era uno en que se demostraba que casi todas las palabras son mentira, especialmente los nombres y los adjetivos, con excepción de algún que otro verbo.

Ante unos contenidos tan novedosos y revolucionarios, el bibliotecario no sabía cómo clasificar los libros, y menos aún en qué estante ponerlos, así es que los devolvió al despacho del alcaide, donde permanecieron mucho tiempo amontonados en un rincón, hasta que un invierno en que escaseaba el presupuesto alguien decidió quemarlos en la caldera de la calefacción.

Fue entonces cuando empezó a correr por la prisión el rumor de que el humo de los libros alcanzó a llegar desde Carabanchel hasta el piso en que vivía la antigua novia del difunto, cerca del Acueducto, y entrando por la ventana, engendró en la moza un cachorro de espadachín, que se espera nazca pronto aunque también con retraso. Un retraso de muchísimas leguas, desde luego.

Es la hora del electrochoc, seguiremos mañana. Pórtense bien, muchachos.

 

 

 

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