MIS MANTECADAS DE ASTORGA
Uno de los momentos cumbres de mi infancia se producía el día en que la tia Tomasa (la tía soltera que hemos tenido todos los niños felices), anunciaba que por la tarde ibamos a hacer mantecadas.
Mi hermano, mis primos y yo nos preparabamos para el acontecimiento procurando no dar guerra durante toda la mañana, para no perder los privilegios que se repartían en la preparación. Yo, como nieto mayor, tenía ciertas ventajas y me tocaba siempre la operación más importante que consistía en la preparación de los moldes de papel. Entonces no era como ahora que se compran ya hechos .
Después de comer y dormir la preceptiva siesta, cosa que no perdonaba nunca la tia Tomasa, yo iba a la Papelería de la prima Isidora, compraba varios pliegos de papel encerado, especial para hacer mantecadas, y después cortaba y preparaba los cuadrados corespondientes para que mis primos los doblaran siguiendo mis indicaciones y los fueran colocando simetricamente en las bandejas de hierro que mi hermano había ido a buscar a la Panadería.
Mientras tanto las dos criadas de la casa preparaban la masa, bajo la atenta vigilancia de la tía Tomasa. La receta más corriente es :
En un perol hondo se funden 100 gramos de manteca de cerdo frescay 200 gr. de mantequilla, se añaden 4 huevos enteros y la yema de otros 4, reservando la clara de estos,(los huevos deben ser cogidos del ponedero por la mañana), se añaden 300 grs. de azúcar y se bate todo muy bien mientras se añaden lentamente unos 300 grs de harina de trigo. Al final se añade un sobre de levadura y las claras que quedan, batidas a punto de nieve La masa tiene que quedar lo suficientemente fluida para que se puedan rellenar los moldes de papel, hasta la mitad, para evitar que rebose cuando se pongan al horno. Al final se espolvorea cada mantecada con un poco de azúcar
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Una vez hecha esta operación las dos criadas, seguidas por toda la cuadrilla, llevaban las bandejas a la Panadería, que estaba dos puertas más allá y vigilaban como el primo Jesús, el panadero, las metía en el horno.
Al cabo de una media hora llegaba el momento más emocionante, cuando se abría el horno y se ponían las mantecadas olorosas y humeantes en una cestas de mimbre para llevarlas a casa.
Todos nos peleábamos por llevar una asa de las cestas y por empezar a probar las mantecadas, cosa que estaba terminantemente prohibida por la tía Tomasa que decía que comer mantecadas calientes era malísimo, porque se hinchaban en el estómago y producían unos cólicos terribles.
¡ Tenía razón !
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