LAS PEQUEÑAS COSAS
Quizá no
seamos capaces de apreciar la satisfacción que produce la consecución de
pequeñas cosas y con eso desperdiciamos muchos agradables momentos de nuestras
vidas.
Hace unos
días he recibido la noticia de que uno de los pequeños artículos que escribo va
a ser publicado en la Revista MACH – 82 del Sindicato de Pilotos. La verdad es
que se trata de una noticia sin importancia; pero si reflexiono sobre ella, me
doy cuenta de que es algo que he deseado toda mi vida, sin conseguirlo. Como
primer punto de reflexión se encuentra la idea que he tenido siempre sobre la
imposibilidad de ser capaz de escribir algo que pudiera ser interesante para
alguna persona. Como segundo punto y consecuencia del anterior, resultaba
absurdo pensar en que se podía publicar.
¿No es
maravilloso lo que ha sucedido? ¡Un artículo mío publicado! No me importa que
sea una cosa sin importancia. Puede que lo sea para los demás, pero no para mí.
Disimularé
para que no me llamen engreído o peores cosas, pero en mi pensamiento siempre
existirá un foco brillante, para anunciarme la gran novedad: han publicado mi
artículo.
Pero ha
habido más: ¿Quién no ha deseado ser un capitalista? Me refiero a esa especie
de capitalista que corta el cupón de
sus acciones.
Hace un
mes me han regalado una acción de Bankinter
por haber entrado en ese Banco, por Internet, durante cuatro meses
seguidos para ver el estado de mi cuenta corriente. La han acreditado en una
cuenta especial de valores a mi nombre. Ya sé que es muy poca cosa, pero en mi
vida jamás había poseído una acción. He tenido y tengo participaciones en
Fondos de Inversión Colectiva; pero, insisto, nunca he tenido acciones de
ninguna clase.
Por
tanto, he recibido una gran alegría, que se ha visto confirmada y exaltada por
una circunstancia increíble: me han abonado el cupón anual.
Antes de
seguir, he de hacer constar que el valor de la acción es de unas ocho mil
pesetas y el valor del cupón, exactamente, treinta pesetas. De tal forma que
está claro que mi alegría no es de carácter material, sino de un orden
superior.
Si a
estas circunstancias estimulantes se añade la extraña que supone el
cumplimiento por parte de Hacienda, tardío pero tan oportuno como lluvia en
época de sementera, de su obligación de devolver el dinero retenido en exceso y
que, por tanto, ha hecho fructificar mi cuenta corriente, se comprenderá mi
alegre estado de ánimo.
Esta
pequeña historieta que podría parecer infantil, es el pretexto de que me sirvo
para que se entienda mejor mi reflexión sobre la vida, originada por una
definición del vuelo trasatlántico de un piloto de Líneas Aéreas, que dice: el
vuelo es una paciente y plácida rutina, salpicada de segundos de angustia.
Pienso
que la vida es algo parecido: una extensa y compleja maraña de menudencias
(“pequeñas cosas”), salpicada de momentos de exaltación emocional. Estos
momentos que llamamos amistad y traición, amor y celos, salud y enfermedad,
etc. No sólo salpican nuestra vida, sino que la condicionan y, desde pequeños,
somos educados para hacerles frente.
Las tres
pequeñas cosas citadas forman parte de la infinidad de ellas a las que
despreciamos por insignificantes y que en realidad son el soporte de nuestra
actividad diaria y, por tanto, un buen índice de nuestra felicidad.
Los
grandes acontecimientos, repito, favorables o adversos, son solamente islotes
aislados y separados por grandes intervalos de una monotonía que está formada por una densa red de pequeñas cosas
que nos empeñamos en ignorar y dejamos que lentamente se conviertan en
frustraciones.
No
perdáis tiempo. Por la mañana, al desayunar, si el café está a la temperatura
debida, tenéis una pequeña cosa que festejar. Si está ardiendo ya tenéis una
pequeña tarea: rectificar la temperatura para el día siguiente.
Claro
que esta exposición es pedestre; pero es que la vida diaria está compuesta más por las pequeñas cosas que por
los grandes discursos filosóficos.
Recibimos
una educación para afrontar la vida basada en los grandes principios éticos y
adecuada para resolver o intentar resolver los grandes conflictos emocionales.
Eso está muy bien; pero luego tenemos que afrontar las tareas de cada día,
compuestas por infinitas menudencias que son las que, sumadas, nos van a dar la medida de lo agradable de nuestra vida.
No serán la felicidad, que está en un escalón superior, pero sí serán las que
nos permitan llevar una vida con una calidad aceptable.
Propongo
una vida en la que procuremos que “las pequeñas cosas” nos sean favorables y disfrutemos
con ellas, como opuesta a la idea de dedicar la vida a buscar la felicidad,
empresa en la que muy pocas personas tienen éxito, y a la inmensa mayoría sólo
nos produce, como mínimo, frustración.
No
busquemos la amistad, buscando personas que sean leales hasta la muerte,
porque, habiendo tan pocos héroes en la humanidad, no cosecharemos más que
fracasos.
Busquemos
amigos que compartan, en lo posible, nuestras ideas o preferencias, y no les
exijamos más que “pequeñas cosas”
No
busquemos el amor, intentando encontrar el cónyuge perfecto, porque no existe y
si un espejismo nos hace pensar que lo hemos encontrado, el fracaso posible,
será una certeza.
Busquemos
una persona que sea capaz de compartir con nosotros “las pequeñas cosas” de la
convivencia y que nosotros seamos capaces de comprender y respetar “sus
pequeñas cosas”
Y, por
fin, procurad estudiar bien mi vida, para hacer todo lo contrario. Claro que
las novelas, a mí, nunca me dijeron la realidad.
Gustavo
de Alvaro
Diciembre
2.000