TRES AMIGAS, TRES DESTINOS

Octubre del 37. El puerto de Leningrado es una fiesta. Un gran gentío se aglomera para dar la bienvenida a los niños españoles que van descendiendo, con ojos muy abiertos y caras asustadas, del barco "Kooperatsia". Entre ellos estamos mis dos hermanos y yo, de 5, 7 y 8 años respectivamente.

Otros niños, vestidos de blanco y pañuelo rojo al cuello, nos saludan efusivamente y tienden hacia nosotros sus manos para tocar en carne y hueso a los "niños de la heroica España". Nos reciben con flores, juguetes, banderines e insignias que nos van colocando en el pecho. Bandas de música, muchas flores... Todo es poco para alegrar las caras de esos niños que dejan atrás sus hogares y tardarán en sentir el calor de los abrazos maternos y los relatos de sus padres cuando regresaban a casa del frente.

Habíamos zarpado 15 días antes de Gijón, huyendo de los bombardeos, sirenas y refugios. La mayor parte éramos huérfanos de padre y ahora nos alejábamos de nuestras madres y familiares. Emprendíamos una nueva y desconocida vida, que iba a durar mucho más de lo que inicialmente nos aseguraban.

Verano del 41. Pasábamos las vacaciones en Sestroretsk, pequeña ciudad fronteriza cerca del golfo de Finlandia. Nuestra vida transcurría placentera. Las atenciones de los educadores rusos, los cuidados de las enfermeras, el cariño y el empeño que ponían en hacernos felices iban atenuando, poco a poco, nuestros nexos con el pasado. Habíamos encontrado una segunda patria que pronto hicimos nuestra.

La noche del 21 al 22 de junio nadie pudo dormir. Ruidos sordos de aviones y obuses que imaginábamos olvidados para siempre suenan de nuevo en nuestros oídos. Los alemanes habían atacado a la URSS, sin declaración de guerra, a lo largo de toda la frontera europea soviética. Por la mañana, la grave voz del locutor Levitán, seguida de un llamamiento del propio Stalin, nos anuncia que ha empezado la guerra.

Habíamos huido de una guerra, pero nos amenazaba otra, aún más sórdida y duradera. Las tropas alemanas se acercan a las puertas de Leningrado. Los educadores de la casa de niños preparan nuestra evacuación a toda prisa. Tenemos que dejar los juegos una vez más y huir del fantasma de la guerra. Tan sólo habían transcurrido cuatro años de sosiego, en los que nuestra infancia se prometía feliz, pero el miedo vuelve a ensombrecer nuestras miradas. Una semana después, salíamos de Leningrado rumbo a la parte asiática de la URSS, alejada del frente.

A nuestra nueva casa de niños en los Urales, ya en Siberia, llega un grupo de refugiados que tiene que abandonar Crimea a marcha forzada, con los alemanes pisándoles los talones. Y así es como las conocí. Allí estaba Carmen, con su amor por los héroes de Pushkin, su vitalidad y contagiosa carcajada. Y qué decir de María la "Negrita", su retraída sonrisa y brillantes ojos negros. Las tres nos hicimos amigas y fuimos desde entonces inseparables, unidas por una sana y a la vez ingenua amistad, propia de la edad. Compartimos tiempos felices y duros, alegrías, penas y nostalgias, a la vez que incurríamos en los primeros escarceos del amor, queriendo compensar nuestras ausencias.

Tras la estrecha amistad que nos unió en la URSS, llega la hora de la separación y nuestros destinos toman caminos distanciados. En octubre del 56, Carmen sale para Méjico, adonde habían emigrado sus padres. Las vivencias y sensaciones acumuladas durante su ajetreada vida vieron la luz en ésa su tercera patria y es ahora destacada poetisa. María pasó un tiempo en La Habana, impartiendo enseñanza a niños cubanos; después regresó a Moscú. Yo volví a España también en otoño de 1956 y, transcurridos cinco años, me trasladé de Gijón a la Costa Brava, cuyos paisajes y gente me cautivaron de tal forma que opté por fijar allí mi definitivo hogar, donde me dediqué a la traducción y a mi vida familiar.

Octubre del 97: Sesenta años después. Pasábamos mi marido y yo 15 días en Aguadulce, favorecidos por el Programa Vacaciones para Mayores del IMSERSO. Las excursiones, los paseos por el pueblo, los juegos y los bailes de la noche nos convertían en otras personas, llenas de vida y alegría. Uno de los días de la segunda semana de nuestra estancia visitábamos la Costa del Sol. Mientras admiraba abstraída las impresionantes embarcaciones en Puerto Banús, oigo conversaciones en ruso, pronunciadas por un grupo de personas que viene a nuestro encuentro. Destaca entre las demás una mujer alta y guapa, con mirada altiva e inteligente. Y, de pronto, ¡aquella voz!. La impresión fue instantánea y tan grande, que mi corazón empezó a latir con fuerza. Tenía que ser ella; algo inconfundible en su porte y su expresión me lo decía. Pero habían pasado 45 años desde nuestro último encuentro en Moscú, recién terminados nuestros estudios en la Universidad Lomonósov. ¿Estaba segura de que era ella? Me arriesgué a llamarla por su nombre: ¡Carmen! Se giró al instante y, tras un breve momento de incertidumbre, ella también me reconoció. Nos fundimos en un interminable abrazo, mezclándose nuestras lágrimas. Hablábamos a la vez, interrumpiéndonos, o callábamos, mirándonos, incrédulas, a los ojos. Después de tantos años, teníamos que decirnos tantas cosas... Me contó que había cruzado el charco, desde Méjico, para ver a sus familiares de Bilbao y ahora pasaba unos días en Marbella para conocer la Costa del Sol, que tanta fama había adquirido allende el Océano. Sin embargo, no ocultaba que le había empujado a viajar al Sur el deseo de ver a una vieja amiga, a la que, por lo visto, yo no conocía. Lamentablemente, la hora de recreo por el puerto terminaba y tuvimos que despedirnos, no sin antes intercambiar direcciones y teléfonos.

Al día siguiente, en coche alquilado, me presento en Torremolinos. La cita era en la Plaza de la Nogalera, a la salida de la estación de tren. Fuimos las dos puntuales, seguro que nuestra impaciencia descartaba el retraso. Nos dirigimos en atropellada conversación hacia la calle de San Miguel, muy concurrida y bulliciosa por la presencia de multitud de turistas. No obstante nuestra evidente dicha, la notaba inquieta. Al cabo de unos minutos, en respuesta a una seña suya, una mujer aparece al borde de uno de los pasajes comerciales tan característicos del lugar. Supongo que adivináis su identidad. En efecto, María me miraba fijamente, con aquellos penetrantes ojos negros y enigmática sonrisa. La emoción me cortó la palabra. Retrocedíamos medio siglo en el tiempo. ¡Cuán lejos quedaban aquellos días de Moscú, cuando intentábamos aclarar, sin conseguirlo, la realidad de nuestro entorno! Con frecuencia nos enzarzábamos en discusiones sobre el contraste entre la estrechez de la vida cotidiana y las promesas de un claro porvenir en el primer país del socialismo conquistado. Carmen era la más realista, ella pensaba por sí misma. María y yo éramos de otra naturaleza, no necesitábamos descubrir las lagunas que abundaban en nuestras mentes. Nos refugiábamos en la utopía y la vida nos resultaba más llevadera. ¿Dónde quedan ahora todas esas ilusiones? Nos miramos un poco nostálgicas, sin querer implicarnos en largas disquisiciones que no nos llevarían a ninguna parte. Hablamos detenidamente de nuestras vidas y nuestras familias. María nos contó que había conseguido venir a España gracias al IMSERSO, que le había adjudicado 15 días de estancia en Torremolinos por el programa de Vacaciones para Mayores. Su júbilo no tuvo límites al enterarse de la noticia y todavía en el momento de contárnoslo parecía no creerlo.

Quería dedicarles a Carmen y a María el resto de mis vacaciones en Aguadulce. De común acuerdo con la guía y recepción, ambas me acompañaron al hotel Andarax. Habíamos decidido, y nos habían permitido, pasar los tres últimos días juntas. La noticia se propagó con rapidez entre los amigos y componentes de la nueva gran familia que durante 15 días formábamos los pensionistas del IMSERSO. Aquella noche la sala de baile estaba al rojo vivo. No faltaba nadie. Al compás de la Paloma y Macarena se llenó pista. Con su paciencia, Mili, la animadora, había conseguido que los movimientos nos salieran acompasados y aceptablemente sincronizados. Siguieron juegos de salón y concurso de baile. Las parejas se esmeraban a conciencia y los ganadores nada tenían que envidiar a los más expertos bailarines. Fue una jornada imborrable. La amistad de los pueblos quedó sellada con el inconfundible sonido de sevillanas, sardanas, jotas aragonesas, chotis, danzas gallegas, vascas, asturianas. Pero Mili nos guardaba una sorpresa. A los ritmos populares de la Kalinka y el Kazachok, nos lanzamos las tres a cantar y bailar, implicando en ello a todos, contagiados al instante del entusiasmo de las danzas y canciones rusas, que coreábamos con inusitada destreza y alegría. Fue aquélla una extraordinaria velada internacional, a la que nadie resultó ajeno.

. Compartían sillas con nuestro grupo seis apuestas y bien parecidas muchachas que no se movían de sus asientos, aunque no podían ocultar sus ganas de bailar por el balanceo de sus cuerpos al ritmo de la salsa y la pachanga. Entablamos conversación y resultó que venían del País Vasco; sus maridos participaban en un concurso nacional de pesca que se celebraba esos días en Aguadulce y otras playas almerienses. Aunque no se atrevían, alegando no conocer esos bailes, las animamos a salir al ruedo y, según sus posteriores exclamaciones, nunca habían pasado una velada tan animada y divertida. Se sorprendían de nuestra vitalidad, hasta el punto de asegurar que tenían ganas de jubilarse para disfrutar lo mismo que nosotros. Y, en cierto modo, no es para menos. La energía que durante todo el año de vida sosegada vamos acumulando sale durante esos días de convivencia con nuestros iguales a flor de piel y nos transforma en seres nuevos, con una insólita jovialidad que nos transporta a los mejores años de nuestra vida. Esos 15 días que el IMSERSO nos regala nos ayudan a cargar pilas para soportar mejor los achaques propios de la edad el resto del año. ¡Gracias!

Como todo lo bueno, las vacaciones llegaban su fin. La despedida fue corta. Queríamos que la alegría del encuentro permaneciera en nuestro recuerdo. No descartábamos unas futuras vacaciones juntas, sabiendo que el IMSERSO extiende ahora su invitación anual a los españoles de Iberoamérica y, cada tres años, a pensionistas españoles residentes en Rusia. Fue Carmen, como antaño la más dinámica, la que rompió el silencio: "Como diría Rick, siempre nos quedará París".

- "Siempre nos quedará Moscú", añadió María.

- "Siempre nos quedará el IMSERSO" - fueron mis últimas palabras, antes del adiós definitivo.

Epílogo. Ya de regreso a casa, miro el álbum de fotos. Una de ellas recrea un momento de nuestra convivencia estudiantil. Aparece Carmen, con su abierta y, a la vez, socarrona sonrisa. Y María, con mirada de ensueño, queriendo alcanzar algo, sin saber qué. Estamos las tres con un joven sonriente que levanta su copa, quizá pronunciando un brindis por la revolución en una de nuestras veladas conmemorativas. Es Anatoli Lukianov, que llegó a ser presidente del Soviet Supremo de la URSS durante el mandato de Gorbachov. ¿Quién de nosotras podría entonces imaginar tan vertiginoso ascenso de aquel tímido muchacho que nos pedía le enseñásemos a bailar, en la residencia universitaria de la Stromynka?

 

 

 

Consuelo Argüelles Fernández.

Palamós, 25 febrero 1998.

 

   

 

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