VISIÓN DE LA GUERRA ESPAÑOLA DESDE LOS CINCO AÑOS.

 

El Padrino

Quiero resaltar la memoria de un hombre que, en difíciles circunstancias, sacó adelante una familia sin que en su cara mostrase la inquietud que muchas veces debió atenazarle. Sin que ninguno de los miembros de ella sintiera la inseguridad por la que estábamos pasando.

Cuando se tienen pocos años las cosas son difíciles de entender. Lo que sí me preguntaba de una forma casi inconsciente era por qué los hombres se mataban unos a otros. Sin embargo no puedo decir que mi mente alcanzase la envergadura de aquel drama. No fue ni mucho menos triste aquel periodo de tres años para mí: estaban mi madre, mis hermanos y la juventud siempre busca el lado humorístico de las situaciones. Me admira de aquella generación de nuestros padres la capacidad que tenían de afrontar las situaciones más duras con una serenidad que no transparentaba lo que por dentro debían sentir. También el tiempo me ha hecho entender cuanta solidaridad se desarrolló en aquella época tan difícil para todos menos para unos niños que vivían libres en el campo sin someterse a la disciplina de la vida escolar.

Las circunstancias llevaron a tener que desarrollar una gran imaginación y mi padrino no careció de ella precisamente. Veamos. Éste es el hombre al que me voy a referir.

La Casa

Mi padrino era Administrador de Aduanas del puerto de Soller. Pero tenía una gran afición por la agricultura, así que se compró una finca en Alcudia, mi pueblo, de donde era originaria su mujer. Allí montó una Granja avícola para su recreo y afición. Al estallar la guerra, debido a sus ideas republicanas que manifestó en un telegrama de adhesión a la república, mandado al Ayuntamiento de Palma, fue encarcelado, liberado después por unos amigos que se hicieron responsables por él, pero suspendido de empleo y sueldo. Por otra parte, mi madre que era hermana suya, solía veranear con nosotros, ellos vivían en Barcelona - yo vivía con mis padrinos - Mi padre, por el otro bando fue condenado a muerte por el simple hecho de leer el ABC e ir a misa, pudo escapar, pero antes puso a su mujer y cuatro hijos en el último barco que salió de Barcelona para Palma.

Imaginad la situación; mi padrino se vio sin sueldo, con la cuenta de los bancos cancelada y con un familión compuesto por su mujer, una tía que vivía con nosotros, otra señora, venida a menos que se refugió en casa, mi madre, mis hermanos y los guardeses de la granja con seis niños a los que había que dar de comer. Decidió que la solución era vivir de lo que producía el campo. Nos fuimos todos a la finca, entonces a medio construir, y se dedicó a repartir el trabajo entre todos.

A todo eso tenía un gran almacén de trigo para las gallinas y le sirvió de moneda de cambio. Afortunadamente o no detectaron su existencia o hicieron la vista gorda, pues en aquellos tiempos de carencias, el trigo era muy goloso. Los dos coches que tenía se los requisaron y nunca más se supo de ellos, entonces compró un burro cambiándolo por trigo y un carrito. La finca está a kilómetro y medio del pueblo, así que mis hermanos se convirtieron en los recaderos.

Hacía falta este preámbulo para entender las cosas.

 

EL BURRITO SUPERSÓNICO

El burrito Bo

Así le llamo yo cuando cuento mis batallitas a mis nietos. El burrito manejado por mis hermanos mayores, apenas adolescentes, era tan veloz que los del pueblo decían que no lograban nunca verlo (aún los más viejos lo recuerdan). Cuando de lejos oían el ruido de sus cascos, al salir a la puerta ya sólo veían el polvo que había levantado a su paso. Lo malo era que le tenía pánico al agua y, si veía un charco, se paraba en seco y los viajeros salían disparados por encima de sus orejas. A veces caían en el mismo charco, otras veces peor, pues en cierta ocasión mis hermanos habían ido a traer unas ramas de espino con lo que se hacían las coronas para el día de los difuntos, cuando volvían con ellas, el Bò dio una de sus espantadas y cayeron sobre el espino que transportaban. Estuvieron una semana panza abajo, sacándose las espinas de "donde la espalda pierde su honesto nombre". En una ocasión vino la comadrona a casa para atender a la mujer del guarda que tuvo una niña. Mi padrino cuando se iba le dijo, muy atento: "Espere, que mis sobrinos la llevan", " De ninguna forma, señor, - contestó - No sé ni cómo he salido viva al venir con ese burro loco y no pienso repetir la aventura".

Con ese talante era lógico que lo presentásemos a las carreras que se celebran el día de Santa Ana. ¡Con qué ilusión lo entrenó mi hermano! Todo el pueblo sabía que era invencible, pero... se cruzó el charco de marras (aquellos caminos sin asfaltar de entones...) y el Bò se detuvo en seco, según su costumbre, y le pasaron delante hasta el último de los burros menos corredores ¡Qué fracaso!

 

LAS GALLINAS MALAS PULGAS

Las Bellotas


Pero ¿qué trabajo nos encomendaron a las dos peques de cinco y cuatro años, a las que mis hermanos motejaban con el mote de "las dos bellotas", en parte por la edad parecida y en parte para hacernos rabiar? Pues sí, señor, nos tocó un trabajo que era el de recoger los huevos. Cogíamos nuestra cestita de Caperucita y nos íbamos a ello al grito de "¡Bellotas a coger los huevos!". Pero... había un inconveniente. Mi padrino había montado la granja provista de todas las modernidades de la época. Las gallinas tenían ponederos para facilitar la puesta de los huevos, y ahí estaba el problema. Las gallinas se ponían cluecas y querían empollar los huevos, a los cuales defendían con toda energía a picotazo limpio contra quien intentase quitárselos. Mi hermana y yo tuvimos que ingeniamos para remediar el mal y fue aliarnos con el perro, de nombre Tom. Un perdiguero blanco con manchas marrones que se hubiera dejado hacer chichitas por nosotras. Llamábamos pues a Tom y nos lo llevábamos a nuestro menester. Cuando en un ponedero había una llueca, lo azuzábamos al grito de "¡dese'la!" ( no sé cómo se escribe, que alguien me corrija), que es algo así como agárrala. El pero obediente, se lanzaba contra la gallina y durante un rato sólo se oían ladridos, cacareos y una nube de polvo, paja y plumas oscurecía el ambiente. Al final el perro con su tenacidad salía triunfante y la pobre gallina era sacada del ponedero agarrada por la cola mientras el perro se quedaba durante unos minutos escupiendo plumas.

Lo malo fue que mi padrino no salía de su asombro. No podía entender que sus gallinas de pura raza: Legor (blancas), Prat ( marrones) y Castellanas (negras), fuesen perdiendo una a una sus hermosas colas. "Alguna enfermedad extraña ha atacado a estas gallinas, decía perplejo, ¿cual será la causa?" Por supuesto mi hermana y yo nunca revelamos nuestro secreto. De todas formas con cola o sin ella fueron cayendo en el puchero para procurarnos las proteínas necesarias.

Aquellas incubadoras que sacaban bandejas llenas de pollitos de los tres colores mencionados, hoy lucen como originales mesillas de centro en la casa de mis hijos. Después de la guerra mi padrino fue destinado fuera, después de recuperar su empleo y la granja, como tal, ya no volvió a resurgir.

 

EL COCHE DEL MÉDICO

 

D. Jaime era el médico, hombre con mucha curiosidad técnica, artística y literaria.

Dicen que fue el primero que se compró y llevó un coche al pueblo.

" ¡Un carro de foc!", " ¡Un carro de foc!", gritaban los payeses asustados.

Por aquellos tiempos de la guerra tenía un coche que aproximadamente alcanzaba la vertiginosa velocidad de 20 km hora y armaba tal estrépito, que se le oía desde mi finca cuando salía del pueblo. "¡Qué viene el médico!" Decían afanosas las féminas de la casa y se dedicaban a cambiar las toallas y a adecentar lo que hubiese por medio.

Mi hermana mayor - de unos 17 años- quiso apuntarse a algún voluntariado. Mi padrino no quiso que se metiese en nada que oliese a política y se metió de enfermera en un hospital de emergencia que se pertrechó en el pueblo con el pomposo nombre de "hospital de sangre". Se daba el caso de que el único cliente era un soldadito que había sufrido algo así como una torcedura de pie. Las señoritas del pueblo, metidas a enfermeras, lo trataban a cuerpo de rey: el gramófono, los discos, la galena y cada día una preparaba una exquisitez culinaria para el soldadito. Pero al fin y al cabo el pobre se aburría, entonces lo mandaban al cine y, en cuanto se oía el estruendo del motor del coche del galeno, alguna salía corriendo lo sacaba del cine y lo metía en la cama antes de que apareciese el doctor y antes de que se le ocurriese darle de alta.

Pues se da el caso, hablando de coches, que los payeses, solían ir a vender coles con el carro a "ciutat", o sea a cincuenta kilómetros de distancia. Como debían tardar la intemerata, aprovechaban para dormir por el camino. Transitar por la carretera de Palma era una odisea, pues los caballos se conocían el camino, pero no estaban enterados de las más elementales reglas de circulación e iban por donde les petaba.

Se dio el caso en cierta ocasión de que uno de ellos llegó a Palma y no se despertó, entonces el caballo consideró cumplida su misión y, con la querencia de su cuadra, tomó la ruta de vuelta y amaneció de nuevo en el pueblo.

Este mismo payés, famoso por sus anécdotas, se encontró en Palma con un amigo que tenía un coche. "¡Venga, si quieres te lo cambio por el carro de coles!", "Pero si no sé conducir", "No te preocupes hombre, es muy fácil yo te digo cómo". Entonces aún no se habían inventado los carnets de conducir.

Dióle pues el amigo cuatro instrucciones elementales y Horrach, que así se llamaba, volvió al pueblo muy ufano con su coche. Quiso la casualidad que por el camino de vuelta se encontrase cerca del pueblo a un amigo que iba a llevar huevos al puerto para embarcarlos. "Ven, sube - le dijo - Yo te llevaré y llegarás antes. Subióse aquél en el coche un poco receloso y, al llegar al puerto, al bueno de Horrach se le había olvidado cómo parar el coche, así que dió media vuelta y no pudo parar hasta que se acabó la gasolina.

Otro coche no menos célebre era la camioneta del pueblo que hacía la ruta a Palma. ¿A qué hora sale- preguntabas- "A las cinco, hora más hora menos" Y no era una forma de hablar, es que así era "¿L'amo, puedo ir a comprar unas alpargatas a mi hijo?", " Siii, "no pasis pena", y salía cuando buenamente llegaban todos los viajeros previstos. La mitad de las veces se estropeaba en el camino. "Ya fa pets", decían los viajeros resignados y todos bajaban a mirar debajo del coche para saber qué ocurría. Mi padrino, pasada la guerra, recuperó su trabajo pero ya no tenía coche ni lo compró ya nunca. No sé cómo se las arreglaba para ir a Soller una vez a la semana. Tenía que ir en la camioneta a Palma y desde allí en el tren a Soller.

 

LA MUÑECA ITALIANA

Era yo muy muñequera y siempre pedía alguna cuando se avecinaba un regalo. En cierta ocasión se acercaban los Reyes, no había dinero y yo pedí una muñeca. Decidieron las mujeres de la casa fabricarme una de trapo. La hicieron y le pusieron por pelo un trozo de piel de oveja de esa que hace ricitos, tal vez astracán. Cuando yo vi la muñeca me quedé estupefacta. No era esa la muñeca de mis sueños precisamente. Mi madrina tuvo la ocurrencia de decir, al ver mi cara de desencanto, "Debe ser una muñeca italiana". En aquel tiempo, todo llegaba de Italia. Se conoce que era el único país europeo con el que manteníamos lazos comerciales. Aquello a mí me hizo entender su rareza e incluso sentí orgullo de tener una muñeca de allende el Mediterráneo. Además a aquella muñeca se podía peinar de verdad. Quedé tan orgullosa de ella, que se la enseñaba a todo el mundo como si fuera una maravilla. La gente la miraba muy extrañada y yo decía feliz "Es italiana...".

Telli y las cabras

Y es que durante mucho tiempo, todo se hacía en casa. El padrino compró unas cabras que nos daban leche y queso. Los niños éramos los encargados de coger la flor de los cardos, con cuyos filamentos se cuajaba la leche. Con los desperdicios criábamos un cerdo o dos y de la matanza se aprovechaba todo. La manteca en lugar de aceite, los huesos, las sobrasadas y butifarrones, los camallots. Todo pendía en la despensa.

Se abrieron los viejos arcones y se sacó la ropa antigua para confeccionar vestidos para todos. Un antiguo barbero del pueblo aprendió a hacer unos zapatos con la suela de tiritas de madera unidas por alambre. Les llamábamos cariocas porque sonaban como una samba al andar. A los niños no nos faltaron los juguetes y dulces en las Navidades, pero todo confeccionado de artesanía doméstica.

 

 

Creo que, aunque no hubo escuela, aprendimos mucho en aquellos tiempos. Necesidad obliga.

 

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