TURISMO CON EL CORAZÓN
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Por Carmen García
De noche,
PRAGA es mágica y serena, silenciosa en medio del bullicio de los turistas. Se siente la tentación de andar de puntillas para no estropear el diminuto arabesco de los adoquines, para no mancillar siglos de historia. La calle Nerudova está llena de carteles coloristas con los nombres de los artesanos, y cuando llegamos al puente de Carlos, en tropel, siguiendo encantados a Ivana, nuestra guía, ella nos conduce hasta la estatua de San Juan Nepomuceno para que le pidamos un deseo. La sensación es que no hay nada más que desear, nada más allá de estar allí, de sentir la vibración de la noche, el resonar de tus pasos y el halo de historia y de susurros que se agolpa a tus espaldas.Marionetas y títeres hacen guiños desde los escaparates, mil rostros diferentes de sonrisas picaronas, gestos congelados y manos yertas, esperando que una mirada los individualice y los escoja, le dé vida y entidad. En la Calle del Oro las casitas, minúsculas, se abrazan unas a otras luciendo sus colores, cada una portadora de su historia, guardiana de ilusiones caducadas. Las torres de Nuestra Señora de Tynn acarician las nubes como el encantado castillo de una plaza encantada en un sueño de dibujos animados.
A la mañana siguiente bajamos por la Cuesta de los Enamorados, escalones sin fin rodeados de árboles, vendedores ambulantes a la caza del turista, nostalgia de una mano a la que asirse para recorrer el camino y cumplir todos los ritos... A la una en punto, confundidos entre otros miles de turistas, esperamos impacientes como niños el desfile de los apóstoles por las diminutas ventanas del Reloj Astronómico. La plaza bulle incesantemente, vendedores ambulantes reclaman tu atención para que te pruebes un gorro de carnaval, cámaras de fotos y sonrisas, un muestrario del asombro en cada rostro. Hay que pararse y asentar las sensaciones, poner orden en el alboroto del corazón y los sentidos, tomarse una cerveza y repetir que no es un sueño, acompañando cada sorbo de un suspiro. La cerveza, en Praga, es algo más que cerveza, un rito íntimo y pequeño mil veces repetido y siempre nuevo.
En Karlovy Vary, sesudos caballeros de chaleco y traje mil rayas pasean ensimismados con su taza en la mano, bebiendo a sorbitos el prometido milagro de las fuentes termales, como una imagen de opereta en una ciudad absolutamente fascinante, perdida entre montañas, salpicada de brochazos del más salvaje verano indio, de árboles compitiendo entre sí para mostrar la gama más sorprendente de matices dorados, las hojas más llamativas, las copas más arrogantes. Subimos jadeando una cuesta empinada y zigzagueante para encontrarnos con una iglesia rusa que domina desdeñosa la colina. Los balnearios, imponentes, parecen castillos o palacios, y los turistas parecemos niños asombrados sin saber adónde mirar, queriendo abarcarlo todo y recordarlo siempre, a sabiendas de que ninguna foto logrará conservar para nosotros el olor del agua, el estallido de los colores, el gozo del descubrimiento.
BUDAPEST
nos recibe de noche, y quizás por eso nos conquista de inmediato. Para sentirte un auténtico turista, nada mejor que asistir a una cena zíngara, para comprender qué debe sentir un sueco en el Sacromonte, un japonés en la Alhambra, un polaco a los pies de la Giralda. Se espera de nosotros que hagamos fotos, y las hacemos obedientes, fotografiamos a los camareros que escancian el vino en largas pipetas de color bronco y salvaje, a las bailarinas sudorosas, la mesa repleta de sabores extraños y colores inopinados...Después, ya algo bebidos, subimos a un barco que nos desliza por el Danubio a los compases de un vals, mientras aprendemos que los leones que escoltan el Puente de las Cadenas no tienen lengua, olvido imperdonable que, según la leyenda, le costó al arquitecto un buen chapuzón, y que el Puente de Elizabeth –la sempiterna Sissi, que nos perseguirá durante todo el viaje- no toca el agua en ningún punto, para recordar a los budapestinos que tampoco los pies de la Kaiserina debían mancharse jamás. Acodada en la borda, descubro una ciudad que reconozco, seductora y vibrante, prometedora y esquiva: Buda, la parte montañosa, y Pest, la parte comercial.
En Budapest, los cocheros llevan bombín y adoptan un aire solemne que resulta divertido, hay un escaparate que despliega orgulloso sus botellas de Rioja, y un escalofrío patriotero te recorre las entrañas...
Para visitar el Parlamento hay que someterse a medidas de seguridad extremas, infinitamente más sensibles y suspicaces que los detectores de todos los aeropuertos, mientras un señor con gabardina y sombrero calado hasta las cejas observa cada movimiento, y acude a tu mente el recuerdo de mil películas de espías e interrogatorios despiadados. Cuando algo más tarde entramos en la Ópera hay murmullos y risitas nerviosas en el grupo, amablemente requerido para embutirse unas zapatillas de fieltro que son un prodigio de diseño en su práctica simplicidad, porque hay que cuidar las alfombras y nada se deja al azar.
Llueve todo el día en Budapest, y resulta agradable refugiarse en el café de Nueva York, lujo y sibaritismo decadentes, sabor de la vieja Europa en estado puro, alfombras mullidas y mil lámparas en un derroche de esplendor que no consigue mitigar el pésimo gusto del café húngaro...
VIENA
es imponente, un poco excesiva, pero sobre todo prepotente y distante. En el palacio de Belvedere hay esfinges que presiden los jardines y que parecen extrañamente indefensas entre tanto derroche y opulencia. En el de Schömbrun los jardines resultan algo fríos, de una perfección inconmovible, y los turistas entran y salen, van y vienen algo desorientados entre tantas salas, tanto lujo, tantas piezas únicas como cadáveres de un pasado que nunca volverá.El paseo por los Bosques de Viena resulta otra avalancha de experiencias que requiere un tiempo para encontrar dónde asentarse, un bombardeo despiadado a los sentidos. El palacio de Mayerling produce nostalgia y transmite una melancolía suave en memoria de la tragedia que albergó. Las ardillas saltan por el sendero, imperturbables a nuestros gritos de júbilo y sorpresa, el suelo está cubierto de cortezas de árboles que son en sí mismas pequeñas obras de arte. Mientras el autocar desciende la vertiginosa cuesta que nos devolverá al corazón de la ciudad, suenan en los altavoces los "Cuentos de los bosques de Viena", y hay un momento de emoción y de congoja porque todo es tan bello que quizás se rompa de un momento a otro.
En el Prater se forman enormes colas para subir a la Noria gigante, y de nuevo recuerdos de películas y sensación de irrealidad. La Seegrotte alberga el lago submarino más grande de Europa, tiene una temperatura constante de nueve grados y un ominoso olor a submundo. La lucha contra la claustrofobia se ve recompensada con el mejor codillo que vieron los tiempos, crujiente en su dorada perfección, un festín para la vista tanto como para el paladar. La manera perfecta de coronar este ágape es tomarse un café y una Apfelstrudel en el Hotel Sacher, observando a hurtadillas al chófer que periódicamente hace una representación de sí mismo y de su chistera, mientras mueve unos metros más allá el taxi del hotel, aunque sólo sea para que podamos comprobar que es un Rolls, que esto es Viena, capital del Imperio austro-húngaro, y que aquí a los turistas se nos tolera, pero no se nos necesita.
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