De campo
FERNANDO LÁZARO CARRETER
|
Fernando Lázaro Carreter es miembro de la Real Academia
Española. |
El pasado 1 de mayo irrumpió un vendaval
futbolero que, a partir de hoy, se convertirá en ciclón oriental. Imposible
escapar de él; cuando parecía amainar el tumulto de los cantores de Estonia, y
ello auguraba un cierta paz cerebral fortalecida con el inminente letargo del
verano, he aquí lo de Corea, que tal vez convierta en éxito lo de Tallin.
No extrañará, pues, que el balón sustente
hoy esta columna, a ver si rueda con mejores augurios que el primer
acontecimiento histórico del siglo, el del mencionado primero de mayo (que
luego sería superado por el segundo acontecimiento histórico del siglo, el de
Glasgow; pero éste fue tan rotundamente histórico, que su glosa no cabría en un
artículo a causa de aquel patadón histórico, merecedor de toda una página).
Recordemos cómo empezó todo: el miserable coche bomba a los pies del Bernabéu.
Ya dentro de él, una aglutinación internacional denominada Real Madrid venció a
otra aún más promiscua llamada familiarmente Barça. Sin embargo, lo importante
de verdad fue el preludio montado tras el bombazo contra informadores y
policías por unas docenas de antropomorfos. Leo cada vez con mayor fruición a
mi bravo paisano Joaquín Costa, que, según su inscripción sepulcral en Torrero,
quiso redimir a su pueblo pero no legisló. Como otros regeneracionistas, pensó
que España sería otra y mejor con dos cosas que le faltaban: despensa y
escuela. La primera ha sido mucho mejor atendida (primum vivere...),
pero la otra, la escuela, tras algunos remontes, está como vemos: forzada a una
activa producción de bárbaros. Seguramente, entre los ultras madrileños había
varios que, por prescripción legal, no pudieron ser corregidos en sus centros
escolares.
Los medios de comunicación audiovisual
fueron contando desde horas antes lo que ocurría en el estadio y alrededores;
olvidada enseguida la bomba, fue más atractivo el ambiente, animado por los vocejones
de los forofos y forofas, que, cuando acertaban a construir algo como una
frase, confesaban tener buenas sensaciones. Era, sin duda, un
pensamiento que les había entrado a gatas en los sesos por una rendija del
cráneo, y que ahora expelían. Querían decir que algo les hacía presentir la
victoria de su equipo. O me equivoco mucho, o las sensaciones están
sustituyendo a las vibraciones, como no hace mucho empezó a decirse,
para denominar todas las formas del barrunto. Tan patente vulgaridad se ha colado
en el último diccionario; eran mucho más bellas las vibraciones, con su
sugestivo halo pitagórico. Las sensaciones contribuyen a la reducción
galopante de nuestro idioma, al que se están birlando vocablos, aparte barrunto
y presentimiento, corazonada, augurio, presagio o premonición.
Y mientras los hinchas ocupaban pantallas
y micrófonos, la voz de un profesional del lenguaje informaba de que, desde
hacía muchos días, una pancarta sobre las taquillas anunciaba que no
había localidades. Estos chicos que salen laureados de sus centros
universitarios, además de dejar mondo y escuálido el idioma, lo dejan también
lirondo, pues se empecinan en trabucarlo. Quien llamaba pancarta a un
cartel, a cualquier cartel, ignora que aquel nombre se da a un cartelón que, según
descripción del Diccionario, 'se exhibe en reuniones públicas, y contiene
letreros de grandes caracteres, con lemas, expresiones de deseos colectivos,
peticiones, etcétera'. Hay pancartas en las huelgas, las manifestaciones, en
los concejos vascos...; no sobre las ventanillas con cabezas dentro.
Por fin, he ahí los jugadores surgiendo
del vestuario. El locutor relata lo que estamos viendo y oyendo: el clamor de
Troya. Y con el acto de aparecer, ¿qué han hecho los balompedistas? Acaban de ingresar
en el campo, lo cual es una nueva manera de evitar salir, si salían de
donde estaban, o entrar si el campo se ve como un recinto en que se
entra. Para soslayar elegantemente la vulgaridad de ambas cosas, se inventó en
época inmemorial saltar al campo, acción bien extraña, pues los
jugadores no se aparecen a los hinchas brincando como danzantes o saltamontes,
sino emergiendo, con un leve trotecillo, de una misteriosa boca de cemento.
Pero aun cuando no den salto alguno, hace años que saltar figura en el
Diccionario con tan asombrosa acepción.
El comentarista, tras observar con cuidado
a los jugadores de siempre, hace notar que hay gran calidad sobre el terreno
de juego; unida tal vez a una lustrosa multitud de euros. Y empieza el
partido; gran lástima: Guti se va al suelo; luego, Xavi. Como dice el
retransmisor, los futbolistas pierden fácilmente la verticalidad porque
han regado en demasía la hierba. La cámara lo corrobora, pues muestra a Raúl en
plena horizontalidad.
Hay también un resquicio para observar que
los jóvenes participantes lucen, dice un locuaz, las camisetas de
siempre. Parece raro que unas camisetas dedicadas al destino innoble de ser
sudadas puedan permitir lucimiento alguno. Pero, aceptadas como símbolos
sublimes, es de sentido común que se pueda defender la camiseta,
honrarse con ella y hasta morir por su causa: como por la patria.
Un incidente en el juego: persiguiendo
impetuosamente un balón, alguien ha atropellado a un miembro del equipo rival,
que cae por la hierba completamente perdida su verticalidad. Y entonces, el
atolondrado salta deportivamente sobre el atropellado, lo cual señala el
narrador muy complacido como si fuera lícita otra opción; la de botar sobre el
vientre del caído, por ejemplo.
La gramática del partido sobresalta cada
dos minutos: ora es que se desvanezca el artículo (corre por banda derecha,
dispara con pie izquierdo), o se tergiversen las preposiciones (comete
falta sobre Overmas), ora es que quienes cuentan el partido inflen su
narración de posesivos: Roberto Carlos no dispara con la pierna derecha,
sino más precisamente, con su pierna derecha. Queda así bien claro que
no lanza con la nuestra, gracias a lo cual nos libramos de duelos y quebrantos:
hubieran hecho rotunda injusticia a nosotros que no nos movemos del sillón. ¿De
dónde habrá salido esta proliferación de posesivos, tan estúpida. (Aunque la
supresión lo es más: chuta con pie izquierdo).
El espectador de salón recibe además una
ilustración gráfica que no suelen ver los del campo: apenas la cámara enfoca de
cerca a los jugadores, se percibe cuánta es la productividad bronquial de
éstos, a juzgar por los lapos que emiten (lapo: no figura con esta
acepción en el Diccionario, y ha escapado a la atención de cuantos practican la
fácil montería de cazar faltas picoteando en él). Pero lo importante es que,
hoy, en este histórico 2 de junio, veremos un impresionante gargajeo; vayamos
de campo. Al de fútbol, naturalmente.