EL DUENDE (RETAZOS)
Desdoblado de sí mismo, emerge el duende desde el pozo de los sueños, donde habitan todas las posibilidades, donde el pasado y el futuro quedan en suspenso, reducidos a palabras, y el presente es algo que se forja piedra a piedra, suspendido en un perfecto Aquí y Ahora, una esfera incandescente que protege del dolor y de los miedos.
El duende juega y corretea todo el día, vivaracho e incansable, regalando caricias y sonrisas, dejándose llevar por los impulsos. Se esconde en un bolsillo, en una esquina, asoma divertido tras los muros. A veces no lo ves, pero lo sientes: un repique suavecito de campanas, una risa sofocada a tus espaldas, una rosa adormecida en tu almohada.
A veces la presencia invisible del duende produce un burbujeo en tus entrañas: quieres abarcarlo todo, comprenderlo todo. Te recuerda que no debes perder la mirada curiosa, el placer de los retos, la excitación dulce del peligro. Atreverte a vivir, asumir los riesgos, jugarte el tipo en la batalla contra tus fantasmas. El duende te susurra que los fantasmas no son más que unos bravucones, que sus palabras se desvanecen por sí solas, que basta para hacerles frente con una mirada limpia, con el coraje y el valor de los sueños. Y el duende lo sabe. De algún modo extraño, lo sabe, y por eso su corazón es grande, capaz de dar calor y cobijo, de ensancharse y dar cabida a la humanidad, de convertirse en bálsamo y en refugio.
A ratos el duende te regala un sueño, un salvoconducto hacia otro mundo, donde la paz y el sosiego son posibles. Te ofrece un Hoy radiante y suspendido en el espacio, una puerta abierta a los paisajes interiores, camuflados entre gestos cotidianos. Un escenario privado en el que el presente cicatriza las heridas, en el que se derrumban los muros del silencio y de la soledad. Donde cabe la risa y cabe también el llanto, porque -te recuerda el duende- también eso forma parte del placer agridulce y desgarrante de estar vivo.
Cuando desciende la noche sobre el mundo, el duende, borracho de sorpresas e ilusiones, se desliza de puntillas por tu brazo, deja un beso alado y breve entre tus labios, y te susurra sus secretos al oído. En el hueco de tu hombro se recuesta, y se duerme, calentito y protegido, inventando travesuras y sonrisas para el alba.
Carmen
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