UN VIAJE MAS ALLÁ DEL INSERSO
EL PASADO
Eran tiempos de exámenes. Aquel junio de 1955 todo Madrid era un horno, pero en el parque del Retiro se podía respirar un aire fresco y perfumado que recordaba las calles permanentemente aromatizadas de mi Sevilla natal. Ese regalo de Carlos V, el rey Alcalde, a su ciudad, es un buen lugar para huir del sofocante cuarto de la pensión de Dª Rosita, donde las primeras luces del alba, colándose por la ventana marcaron un buen número de horas tratando de meter en la pesada cabeza todo un tema de Electrotecnia.
Kubala y Di Stefano apasionaban a la afición, que iba resultando masiva. Mientras que el paroxismo llegaba en el otro graderío -redondo- desde la ágil muñeca de Luis Miguel Dominguín, a pesar de no ser bien vista su amistad con Pablo Picasso, un desconocido en España y famoso en el resto del mundo.
Con los apuntes bajo el brazo, me senté en un banco frente al lago central; había otros vacíos, pero escogí en el que estaba ella, sola, leyendo. Se entabló conversación. En aquella época ya no resultaba extraño que una mujer trabajase en una cafetería; la suya estaba en una calle entre la Gran Vía madrileña y la Puerta del Sol, no recuerdo su nombre, a pesar de haberla recorrido tantas veces en los siguientes cuatro años.
Conocimos juntos las alegrías y el deleite de nuestra juventud, largos paseos cogidos de la mano, hablando de nuestras cosas a la busca de un rincón oscuro donde besarnos. Había que hacerlo así, e incluso soltarnos la mano porque un celoso guardia-gris podía llamarte la atención. Tiempos oscuros incluso a plena luz del sol, donde una simple manifestación amorosa podía considerarse escándalo público. No obstante, se burlaba esa hipócrita medida de la moral impuesta. Se iniciaba la costumbre de los guateques domingueros. Elvis Presley empezaba a mostrar el movimiento de sus caderas, Marlon Brando exhibía tras su sonrisa cínica y cautivadora, la moda de los pantalones de cuero. Atónitos sonaban en nuestros oídos el pit... pit... pit... del Sputnik Soviético, mientras nacía la Unión que prometía en doce años, máximo quince eliminar las fronteras y la libre circulación Europea, noticia que trasmitía la incipiente y blanqui-negra TV, la mejor televisión de España, poniendo un famoso chal a todas las que atrevieran a asomarse a su ventana con un poco -sólo un poco- de escote. Juan XXIII intentó poner un poco de claridad a nuestro nacional-catolicismo. No lo consiguió.
Pero no nos hacían sufrir, la vida se adapta a las circunstancias y eras tan dichoso en tu intimidad como ahora con la libertad que se disfruta. Beckett nos dejó esperando a Godot. El caso es que la encontraba tan bonita, junto a los labios dos hoyuelos le dibujaban un gracioso mohín en su cara, que me hacían estremecer. Era a su vez tan cariñosa, que las primaveras pasaron con rapidez, que fuimos felices mucho tiempo. Al pensar ahora en cuanto fue, se me antoja fugaz. El caso es que los estudios se terminaron. Llegó el momento de encontrar un trabajo en función de un nuevo papel que te facultaba para hacer algo sustancial en la vida. Y con el nuevo trabajo llegó otra ciudad, muy distante del centro peninsular, demasiado distante. Tanto, que pareció otra vida, mas aún, fue otra vida. Es la vida.
LA LLEGADA
La llegada al aeropuerto de Málaga fue bulliciosa, soleada y clara. Con cierta torpeza se movían las maletas, abundantes y demasiado pesadas. Pero contentos. Habíamos dejado atrás una amenaza de mal tiempo y aquí brillaba el sol. Entre la novedad de un sitio nuevo y desconocido, el breve camino hacia el hotel que el INSERSO nos había reservado, y la llegada hasta ocupar la habitación, todos mayores de 65 años rejuvenecimos como chavales. Con su agradable y franca sonrisa, Maite la guía, pudo creer por unos momentos que estaba conduciendo a un colegio de adolescentes. Al menos, decía las mismas palabras: guarden la fila, por favor. Bueno, de chaval no nos lo pedían por favor.
Pasó la tarde rápidamente, entramos en el autoservicio del comedor. Había gente de varios rincones de España, también de Madrid. Fui a coger mesa, casi todas ocupadas, de pronto en una, junto a la ventana... ¿Es? ¿Podía ser? ¿Era ella?. Estaba tan cambiada. No, no estaba cambiada, solo se peinaba de otra manera. Mantenía en su cara ese gracioso mohín, tan suyo y que sacó tanta chispas de mis ojos como felicidad en mi corazón. El tiempo retrocedió velózmente dejando como una foto ilusoria una imagen de años atrás. Le acompañaba un señor mayor de espaldas a mi, con muy pocos pelos que trataban de tapar de su brillante cráneo la parte que no tenía. Pensé que era su padre. Me acerqué al principio deprisa y más despacio a medida que iba llegando. Ella levantó la vista y se cruzó con mi mirada, en su semblante reflejó el mismo interrogante que aportaba el mío. No hubo ninguna duda, nos reconocimos enseguida: ¡Era Juanita!. ¡Es Arturo!, pensó y me transmitió sin palabras. Se levantó, nos saludamos, me presentó a su marido. (¡no era su padre!) Nos preguntamos por la salud y todo eso. Le presenté a mi mujer y cenamos juntos los cuatro. La conversación no fue nada interesante.
En la reunión de la mañana, Maite explicaba las excursiones programadas. La busqué, llevaba una prenda muy distinta a aquella falda-tubo que Marilyn Monroe y la atrevida ingenua B.B. pusieron de moda. Entonces todas las chicas se acompañaban de un imprescindible bolso, para acallar el pudor al sentarse, poniéndolo sobre las rodillas. Me instalé a su lado. Estaba sola. Cuando acabó la charla, charlamos nosotros, con brevedad su vida, aun más breve la mía, sus hijos, los míos. Y los recuerdos. Si nos habíamos amado: ¿ por qué esa separación en kilómetros ? ¿ por qué esa separación de nuestras almas ?. No hubo ningún lamento, ni queja, la pregunta - sin respuesta - de los dos quedó en el aire: ¿que hubiese podido ser ?. Nos acordamos de Machín, que en el apogeo de su fama tantas veces habíamos bailado aquella de "...lo que pudo haber sido y no fue ".
Salimos por los alrededores del hotel. Recorrimos algunos bares donde abundaban los platitos de pescaito frito, de marisco y del buen comer andaluz. El vinillo de Málaga calentaba el ánimo y los ojos veían otros tiempos y otra historia. Por nuestras mentes se cruzaron las mismas imágenes: el Retiro, las oscuridad de los cines, nuestras primeras caricias, su cuerpo en la penumbra. Ante una bandeja de gambas a la plancha recordamos la insuficiencia de nuestras comidas en los comedores estudiantiles del imprescindible SEU. Reímos. Cogí su mano. Nos miramos, nos acercamos, dejamos de reír, la charla cesó y nuestras miradas se hicieron profundas... el movimiento se paró todavía a prudente distancia y sin mediar palabras, aceptamos un ¿para qué?. Es imposible revivir el pretérito. A veces el presente nos concede la parte materialista que no teníamos en el pasado. Terminamos ávidamente de saborear ese sabroso producto del mar. La música ambiental que sonaba era muy distinta a aquella de Jorge Sepúlveda.
El nuevo trajinar de las maletas y la aglomeración ante las puertas de dos autobuses, uno para el norte y el otro... que mas da a donde, ciertamente que a kilómetros de distancia y a una lejanía del tiempo. Como dos planetas que se acercan en su deambular cósmico un instante, luego, siguiendo sus elipses se pierden en el espacio infinito.
No nos intercambiamos direcciones.
EL REGRESO
Numerosas pero pequeñas nubes proyectaban su sombra sobre los campos cuadriculados a distintos colores de verdes y pardos, y sobre las montañas, algunas con coronas blancas, de ese enorme espacio que se divisaba desde la ventanilla, De vez en cuando el sol se reflejaba en la cinta plateada de un río y las carreteras, a esa altura, semejaban cintas grises serpenteantes, salpicadas por pueblos blancos, estrellados parecidos a irregulares gotas de cal.
El ruido del viento sobre las alas se hizo mas fuerte que el habitual al tiempo que la voz de la azafata sonaba por los altavoces, " señores pasajeros: abróchense los cinturones que dentro de tres minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Barcelona". Mientras ayudaba a mi mujer a abrocharse nos miramos y nos besamos deseándonos un buen aterrizaje. Quizás se nos escapó una lágrima, no sé si por el fin de las vacaciones o por otra cosa.
Arturo Díaz del Real Rodríguez. Palamós (Girona)