La invencion de la edad
Enrique Gil Calvo
(Publicado en El País 15 de Septiembre de 1999)
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resumen de la parte correspondiente a la vejez
..... Por efecto de las mejoras en la salud pública, el autocuidado personal y la dieta alimentaria, a lo largo del siglo XX se ha casi triplicado la longevidad. Y esta radical novedad supone no solo la consecución de un deseo largamente acariciado pero hasta hoy inalcanzable, sino, además, el desencadenamiento de una cascada de consecuencias incalculables, desde el temor al envejecimiento poblacional hasta el acceso a la guerra de las pensiones al primer rango de la agenda política. No resulta extraño, por eso, que la Unesco haya proclamado este último del siglo como Año Internacional de las Personas de Edad. Ahora bien, la prolongación de la longevidad ha creado un problema inédito de gestión biográfica:
¿cómo estirar la duración de una vida sólo pensada para prolongarse hasta la edad de jubilarse?La solución a este dilema ha sido
la invención de la edad, o, al menos, la invención de nuevas edades. En efecto, el modo en que el siglo XX se ha adaptado a la prolongación de la longevidad ha sido doble. Por un lado ha prolongado la duración de cada una las etapas biográficas, retrasando la edad de transición de una fase a otra. Así, por ejemplo, antes los niños dejaban de serlo muy pronto, pues se convertían precozmente en adultos tras llegarles la pubertad para ponerse a trabajar y formar familia. En cambio, ahora la pubertad se prolonga como adolescencia forzosa hasta edades cada vez más tardías, y así sucede también con el resto de etapas que componen el curso de la vida. Pero además se ha creado otro procedimiento para adaptarse al incremento de longevidad, que ha sido inventarse otras edades o etapas vitales nuevas allí donde antes no existían, intercalándolas entre las demás edades tradicionalmente reconocidas.Es el caso de
la invención de la juventud. Hace cien años se pasaba directamente de la adolescencia a la edad adulta sin más rito de paso que la boda, la novatada o cualquier otra ceremonia de iniciación a la mayoría de edad. Hoy, en cambio, la transición desde la pubertad hasta la edad adulta dura quince años y no finaliza hasta casi los treinta cuando se halla empleo estable y se forma una familia. Y si hubo que inventar la juventud, fue por la necesidad de aplazar el ingreso en la actividad laboral, dado el crecimiento tecnológico de la productividad, que redujo el tiempo de trabajo a la vez que incrementaba la necesidad de formación profesional, prolongando cada vez más la escolaridad de los jóvenes.Y como subproducto colateral emergió en la segunda mitad del siglo la cultura juvenil, centrada en el cine, la música y el deporte. Ese estilo de vida era el tradicional signo de identidad de los estudiantes hijos de papá, hasta entonces privativa de los ociosos herederos de las clases acomodadas. Así la invención de la juventud supuso en realidad la democratización del anterior elitismo juvenil a partir de entonces universalmente difundido entre los jóvenes de ambos sexos de todas las clases sociales. Y algo análogo debería ocurrir con las demás edades que se inventan cada día: la tercera edad, la crisis de los cuarenta, la cuarta edad.....
Pero de todos estos inventos destaca uno en especial. Si el siglo XX ha presenciado la invención de la juventud, el próximo
habrá de plantearse la reinvención de la vejez. Igual que sucedió con la inactividad juvenil prelaboral, también ahora se está prolongando sobremanera la duración de la etapa de inactividad poslaboral de las persona mayores. Ahora bien, así como se encontró un rol positivo para llenar de contenido la inactividad de los jóvenes, inventando la cultura juvenil, eso no ha sucedido aún con la vejez. Todavía no se ha encontrado una función especifica que atribuir en exclusiva a las personas mayores. Y por lo tanto, como carecen de rol propio que ejercer, sólo se les define en términos negativos. Es el estigma de la vejez definida como pasiva clase parasitaria, a la que se descalifica por entenderla una mera carga familiar y estatal.El resultado es la fobia de la edad, que induce pánico a ser mayores
. La cantidad de recursos que se invierten en la industria del rejuvenecimiento, con elevado coste, que se podría asignar a mejores objetivos, es insoportable. Y no me refiero a la ingeniería geriátrica (seguridad social, gasto sanitario, etc.) sino al mercado de la eterna juventud, que realimenta el síndrome de Peter Pan: industria cosmética, cirugía plástica, etc. etc. Todo con tal de parecer menos viejo y no más joven, inventando una patética edad mucho menor de la que se tiene en realidad. Y así seguirá sucediendo hasta que no se reinvente una nueva cultura sólo para mayores, capaz de llenar de sentido la vejez, enriqueciendo su ocio con capital humano, lo que implica democratizar la edad dorada que ya disfruta hoy una élite privilegiada de mayores escogidos. Esa es la tarea que cabe esperar del siglo que viene, cuando se jubile la actual generación sobreescolarizada de jóvenes, que quizá resulten capaces de inventar en la vejez un equivalente de la cultura juvenil que sea funcional para esa edad.![]()
A este articulo, Claudine Dufour una Jubilonauta muy concienzada por estos temas, contestó con la siguiente carta:
Siempre nos ilusiona sentirnos acompañados y guiados en nuestras dudas y reflexiones por auténticos profesionales (sociólogos, psicólogos, antropólogos, escritores...) pues no nos sobrará todo el rigor científico de autores como E. Gil Calvo para ir configurando algo a veces todavía confuso y contradictorio como es
"La Cultura para Personas Mayores"Sabemos mucho de nuestro papel de
"mayores rebosantes de vitalidad" de "abueletes entrañables" porque eso ya nos lo marca la propia sociedad.También sabemos que resulta inútil y frustrante derrochar nuestras fuerzas y dinero en creer que la felicidad consiste en parecer jóvenes.
Ahora nos queda la asignatura de
"hacer algo por nosotros mismos"Por nuestra parte somos un grupito sin pretensiones pero conscientes de la inmensa tarea ya iniciada. No nos dan miedo los medios modernos que tenemos a nuestro alcance y nos lanzamos al terreno de la informática con los PCs de nuestros hijos o nietos. Lo hacemos a menudo torpemente, pero siempre sin complejos.
Queremos poner la suerte de nuestro lado y participar con nuestro grano de arena en la construcción de esos maravillosos tiempos que nos anuncia Enrique Gil Calvo, al que damos las gracias por sus palabras rebosantes de optimismo y simpatía.
Claudine Dufour
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