JUBERA (Capítulo 1º)
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Mi suegro y mi tío |
Entre los recuerdos de mi niñez, conservo con especial añoranza los de Jubera. Jubera es un pueblecito riojano, a 30 km. de Logroño, allí donde los riscos de Cameros se redondean en suves colinas para convertirse al final en amplios horizontes abiertos que se extienden hasta las orillas del Ebro y aun más allá por tierras de la ribera navarra.
Jubera tiene un río que también se llama Jubera y que va a desaguar en el Leza, tributario a su vez del Ebro. Tiene además un castillo en ruinas que formó parte, junto con el de Robles del Castillo y el de La Villa de Ocón, de una cadena de fortificaciones destinadas a parar las embestidas de los moros y situados de forma que pudieran comunicarse por señales de uno a otro. El castillo de Jubera goza de su correspondiente leyenda que habla de pasadizos secretos, tesoros escondidos y esqueletos de gente atrevida que desapareció buscando esos tesoros.
El caserío se asienta a media ladera entre la orilla del río que corre por un profundo barranco y la cresta de la colina coronada por el castillo.
A la entrada del pueblo se encuentran las bodegas excavadas en la ladera de la colina y hoy en día desfiguradas por chamizos de pésimo gusto. Una de las pocas que se conservan como antaño es la que fue de mis abuelos y que se conocía como la bodega del espino. En efecto un espino sostenido por recias ramas le da sombra y hace todavía más placenteras, si cabe, las pantagruélicas chuletadas al sarmiento que se organizan a su puerta.
Hace años, al lado de las bodegas estaba la cuesta de los nogales pero hoy éstos han desaparecido victimas de la voracidad de los madereros que compraron por cuatro perras árboles centenarios a los labradores incautos.
La casa de mis abuelos era la primera que se encontraba al llegar por la Puerta de la Villa (porque Jubera fue villa). Adosado a sus muros aun quedaba un resto del arco que había enmarcado sin duda la puerta que en la antigüedad cerraría el recinto. A la puerta de la casa había unos sillares dispuestos para servir de poyo donde en las noches tranquilas nos sentábamos a tomar el fresco. Esos sillares tenían toda la traza de haber pertenecido a ese arco. El caserón, con muros que más parecían las murallas de una fortaleza por su espesor constaba de tres plantas: en la primera estaba el hogar y amplia cocina de diario, las cuadras y el portal. En el piso primero: la enorme sala que sólo se abría los días de fiesta sonada, la cocina que llamaban económica y que también se usaba muy poco y los dormitorios, todos ellos con espaciosas alcobas. Finalmente el piso superior abuhardillado, que llamaban "el alto", servía para colgar de las vigas los jamones, chorizos, quesos, etc. que mi abuela preparaba en casa. También estaba aquí el horno de cocer el pan y un cuartucho que todavía conservaba un rótulo que decía textualmente "Cocina de los guardias Zenón Pérez y Anselmo Pineda". Porque no he dicho que la casa había sido en tiempos pretéritos cuartel de la guardia cívil.
La iglesia del pueblo, dedicada a San Nicolás, no tenía mayor mérito y, si lo tenía, quedaba encubierto por la gruesa capa de yeso decorado con grecas de colores con que habían enjalbegado sus muros. Nunca comprendí porque no se caía el campanario que presentaba una enorme grieta que hacía temer por su estabilidad. El hastial lateral había sido preparado como frontón y a sus pies estaba la plaza. Allí aprendí yo a jugar a la pelota (a mano, como debe ser) o como mucho a pala pero nunca con raqueta encordada. Eso es una mariconada propia de señoritas raquetistas de los frontones de ciudad. Contaba mi madre que en la iglesia de Jubera se conservaba una casulla que había estado expuesta en la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Añadía que esa casulla la vendió el cura del pueblo para sufragar los gastos de construcción de un lavadero público. ¡Pudo ser peor!
Las campanas las descolgaron durante la guerra para fundirlas y fueron después substituidas por otras más pequeñas.
Este es a grandes rasgos el idílico escenario de mis vacaciones estivales cuando niño. Otro día os contaré más cosas sobre mis batallitas juberanas.