A MI NIETA MARÍA – 1

 

(POR CONSEJO DE MI AMIGO MEXICANO JOSÉ MANUEL MORENO)

 

 

 

          María, si dejas de moverte, que mi vista ya cansada no puede seguir tu movimiento, te contaré la historia de cuando el abuelo era como tú y llegó a volar entre los pájaros.

No, no es un cuento, es la vida de otros tiempos en que las cosas eran reales y mi mundo feliz.

Si, claro, si te estás quietecita y me escuchas, al final habrá dulces ¿Vale?

Cuando yo tenía tu edad, cuatro años, porque ¿vas a cumplir cuatro años, no? Está muy bien eso de levantar la manita y enseñar tres deditos. ¿Quién te lo ha enseñado? Bien, bien ¡Qué cosas enseñan hoy en el cole!

Si seguimos así, no voy a terminar nunca. ¿Qué es culpa mía? ¡Tienes razón! Pero no digas a nadie que eres más lista que el abuelo, los mayores tienen prohibido decir la verdad en algunos casos.

Cuando yo tenía tu edad, tres años, vivía en el norte de África, mis papás me querían mucho y estaba rodeado de juguetes. Sí, todos los juguetes que quería me los compraban. Pero tenía una salud muy delicada y me invadió el sarampión. El sarampión era una enfermedad que tenían los niños y se les ponía el cuerpo de color rojo. No me importa, puedes preguntar lo que quieras y así ésta será una narración “interactiva”. Para curar el sarampión había que hacer dos cosas: encerrar al niño y su cama en una habitación en la que se habían cubierto las paredes con papel de color rojo, muy poco iluminada por una bombilla de color rojo y rezar mucho. Mi papá se encargó de lo primero y mi mamá de lo segundo. Yo, mientras tanto seguía con el sarampión y con mucho miedo.

Si, me curé del sarampión; pero tuve tosferina. Era una enfermedad en que los niños y las niñas empezaban a toser sin parar y podían llegar a morirse. No te preocupes, tú no puedes tenerla porque estás vacunada. Y no llores, por favor que yo también me pondré a llorar y cuando vengan papá y mamá, van a decir que estamos haciendo el tonto.

Cuando yo tenía el doble de años que tú, mi papá pensó que aquel clima me sentaba mal y que estaba demasiado protegido y dejó su trabajo y nos trajo a mamá y a mí a un pueblo de Castilla.

¿Cuál era el trabajo de mi papá? Mi papá era militar y pidió la jubilación anticipada y ya podíamos hacer lo que quisiéramos. ¡Hombre, todo no! Porque, por ejemplo a las niñas demasiado preguntonas no las podíamos dejar sin dulces.

El Pueblo es muy distinto de la ciudad. La ciudad, como es la que tu vives, no hay más que casas y calles y coches. En el Pueblo había muchas más cosas: había pocas casas, pocas calles,  estaba rodeado de campo con muchos animales y ningún coche. Pues es muy sencillo, íbamos de un sitio a otro andando, montados en un caballo o subidos a un carro del que tiraban dos caballos. ¿Un carro? Pues, un carro es como una caja de zapatos con ruedas de cartón y dos palos en un extremo al que se ataban los animales que lo tenían que arrastrar. No, cabían menos personas que en un autobús, sólo cabían los dedos de tus dos manos.

Lo primero que aprendes en un Pueblo es a ser libre. Pero no es fácil, al principio lloraba porque en el Pueblo no había juguetes. No, ninguno, de verdad. Si claro, al principio yo estaba triste. Ya te he dicho que llegué a llorar ¡a escondidas! Cuidado que preguntas. Esto es una narración interactiva, pero tú estás pulsando teclas todo el rato. En aquella época las niñas podían llorar, pero los niños lo tenían prohibido. Pues porque en aquella época a los niños se les enseñaba de forma que llegaran a ser machistas. Estoy de acuerdo contigo: es un asco.

Me fui acostumbrando a levantarme, desayunar, ir al colegio sin libros. Sí, los libros estaban en el colegio, sólo había dos: una enciclopedia y un librito para aprender a leer.

A las dos horas había un descanso y luego, si hacía buen tiempo nos íbamos a la orilla del río, donde cada uno había plantado un álamo – un álamo es un árbol – y había que cuidarlo para que creciera y se hiciera grande. ¿Cómo tú? Sí, como a ti. Si hacía mal tiempo volvíamos al colegio y el Maestro nos contaba cosas de la enciclopedia. Nos íbamos a comer a casa y luego toda la tarde libre para jugar.

Claro, jugábamos sin juguetes. Jugábamos al escondite o a perseguirnos o a buscar nidos de pájaros con sus pequeños huevos con pintas de colores. No, la mayoría de los huevos de los pájaros no son blancos como los de las gallinas, quiero decir, del supermercado. Tienen manchas de colores según cada clase de pájaro. Los conocíamos todos. Lo mismo que conocíamos a todos los animales del campo: las perdices, codornices, conejos, liebres... Y a todos los árboles: álamos, pinos, encinas... Y sabíamos las costumbres de los primeros y la vida de los segundos.

Y, sin darme cuenta, aprendí a ser libre y ya nunca jamás he dejado de serlo. Tú debes ser una niña obediente, pero procura se libre por dentro. No te preocupes ya lo entenderás.

Cuando tenía cuatro veces más años que tú – doce – tumbado boca arriba en una zona verde al lado del río vi un pájaro desconocido que hacía cosas raras en el aire. Más tarde conseguí averiguar que era un avión. ¿Qué sería un avión? Debía ser estupendo andar por el cielo tan tranquilo.

Cuando tuve seis veces tu edad – dieciocho – salí de mi casa para hacer prácticas de vuelo sin motor. Al principio, en aquellos años, los vuelos duraban entre uno y dos minutos; pero a los tres meses...

Fui a los montes más conocidos de España: Los Pirineos. En un monte próximo a Huesca, aprovechando la corriente ascendente que se produce al chocar el viento contra la ladera de la montaña, empecé a practicar el vuelo “a vela” o vuelo “de ladera”.

No teníamos ninguna clase de instrumentos, ni siquiera “hombre del tiempo”. NADA. Por lo tanto no sabíamos cuando soplaría el viento en la dirección adecuada para poder volar. ¿No lo entiendes, verdad? Es fácil: no sabíamos si esta tarde va a hacer viento o no.

Y ¿sabes quién lo sabía? Los buitres. Cuando ellos llegaban, al poco rato empezaba a soplar el viento y nosotros lanzábamos nuestros pequeños planeadores y volábamos juntos. Como no hacíamos ruido y volábamos como ellos, haciendo “ochos” horizontales encima de la ladera, para no perder la corriente ascendente del viento, pensaban que éramos otro pájaro más grande. A veces se acercaban a mi avión para observar si había algún síntoma de ataque; pero como el abuelo era bueno y no movía las alas, seguían tan tranquilos mis amigos los buitres. Tenías que tener cuidado y no mirarles a los ojos, porque los buitres leían en tus ojos que eras un hombre. ¿Qué si saben leer los pájaros? Claro, todos los animales saben leer, si dejas que te vean los ojos pueden leer tus pensamientos. No, María, no. Los buitres no son malos. Ningún animal es malo, todos hacen muy bien lo que su naturaleza les ordena. Malos, son los hombres que, con su capacidad para pensar, hacen cosas malas contra las leyes de la naturaleza humana.

Claro, claro, también es mala Cruella de Ville, pero eso es para otra narración.

Toma un dulce, te lo has ganado, un segundo de tu tiempo que me dediques, vale por una piñata.

 

 

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A MI NIETA MARÍA - 2

 

 

 

LAS LUCES DEL CIELO ATACAN AL ABUELO

 

 

 

 

 

 

¿Hay luces en el cielo, abuelo?

Claro, María. Hay muchas luces que los aviadores conocemos muy bien. Primero empiezan las luces amarillas y rojizas de la puesta del sol, que a veces se convierten en un horizonte incendiado en rojo como si detrás hubiera un inmenso fuego. Después se hace de noche y todo se vuelve negro, menos las estrellas que unas veces brillan fijas y otras producen ligeros destellos. ¿Has visto tú las estrellas? Son bonitas ¿verdad? Pero no has visto cuando algunas estrellas se aburren de estar siempre en el mismo sitio y salen corriendo y cruzan el cielo; se llaman estrellas fugaces.

Tampoco has visto una aurora boreal. El abuelo ha visto una durante un vuelo hacia Canadá. Es preciosísimo, como si fuera un castillo de fuegos artificiales. ¿Te acuerdas de hace unos días cuando estuvimos viendo los fuegos artificiales? Bueno, pues mucho mayor. Ocupa todo el horizonte en una cascada de varios colores rojos, amarillos, verdes y azules... No, no te puedo llevar a ver una, está mucho más allá de la Sierra y además no se sabe cuando se va a producir.

De noche también se puede ver una “estrella” con destellos rojizos que se llama Marte. Y llega el amanecer con un horizonte que empieza a ser gris oscuro y, luego cuando se difumina, se vuele gris claro y aparecen tonos naranja y luego una franja de plata y un destello de luz cuando empieza a salir el sol. Este inolvidable espectáculo lo anuncia el planeta Venus, que aparece alto en el horizonte lanzando destellos de colores; mucho mayor que una estrella, parece un faro celeste con ráfagas de alegría.

  ¿Qué cuándo atacan las luces al abuelo? Pero, vamos a ver, María, ¿a quién quieres más a las luces del cielo o al abuelo? ¡Eso está bien! Te agradezco ese amor ciego, porque la verdad es que las luces del cielo son más hermosas que el abuelo.

El abuelo iba volando una noche, desde la isla de Santo Domingo a México... Eso está muy lejos, por donde se pone el sol; pero muy lejos, en un sitio muy bello que se llama Caribe. ¡Sí, mucho más lejos que el Mac Donall! El vuelo era muy tranquilo, se respiraba paz. Como allí no hay contaminación, el ambiente es más puro y el cielo parecía de terciopelo negro salpicado de grandes estrellas con brillo de plata. Todos los relojes de cabina marcando lo que debían y los motores con su ruido armónico, era el momento en que el aviador se siente feliz y contento con su profesión y se dedica a contemplar el hermoso panorama y a reflexionar sobre el universo.

Mira, María, comprendo que a veces me pongo algo pesado, pero es que tú no quieres otra cosa que no sea que me ataquen las luces.  A partir de ahora, no me interrumpas, porque voy a estar muy ocupado.

La paz fue rota por el copiloto que, con voz neutra, dijo: “aquí, por mi lado, hay una estrella muy rara”. Me asomé por su ventanilla y, efectivamente, allí había un disco metálico de color blanco metálico y mucho mayor que una estrella. Regresé a mi asiento porque el disco ascendía por el cielo y ya era visible desde cualquier lado de la cabina y aumentaba de tamaño. “Es un OVNI” – dijo el Mecánico de vuelo – y se sentó en su puesto. Cuando tuvo el tamaño de un plato sopero, era evidente que venía contra nosotros y teníamos que huir. Al llegar al tamaño de una ventana, dije: “Preparados para un descenso de emergencia”. Había que parar los cuatro motores, quedarnos sin presurización, poner al avión con el morro apuntando al suelo y perder cinco mil metros de altura en un minuto. Era una emergencia muy ensayada en los entrenamientos y cumplimos los pasos previos: todos nos atamos bien a nuestros asientos, nos pusimos las máscaras de oxígeno; el copiloto avisó al pasaje y puso el letrero de “cinturones”; el mecánico de vuelo preparó la despresurización y el abuelo, con las manos sujetando los mandos de los cuatro motores, se encontraba en ese par de segundos en el que un comandante tiene que tomar una decisión grave, sin más elementos de juicio que sus conocimientos y experiencia, mientras está presionado por la actitud de la tripulación que espera, con tensa inmovilidad, las órdenes para actuar sin duda de ninguna clase. El abuelo esperaba con ansiedad el momento justo para evitar la colisión.

“Se ha parado” – se oyó una voz como un susurro – en los auriculares de la máscara. Era cierto, la cosa que ya era de un tamaño enorme, parecía detenida y su brillo disminuía. Esperé un segundo, y empezó a abrirse un agujero en su centro y, de repente, sin darme tiempo a pensar ni actuar, se convirtió en un círculo que abarcaba todo el cielo y nuestro avión pasó por el centro sin moverse.

¿Cómo dices? Espera que me recupere del susto. ¿Dices que si pasé miedo? Claro, muchísimo. El abuelo es fuerte y poderoso pero, es un ser humano con su corazoncito.

¿Te ha gustado mi cuento? ¿Sí? Eres una niña muy buena y yo te quiero mucho.

¿Qué no te he dado los dulces? Perdona, con la emoción se me había olvidado. Es algo que siempre nos pasa a los viejos. Te daré doble ración.

 

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A MI NIETA MARÍA - 3

 

 

 

AMISTAD

 

 

Bueno, te contaré otro cuento si tú dices que el abuelo es “fuerte y poderoso”. ¡Muy bien, así me gusta!

Hubo un tiempo en el que el abuelo enseñaba a volar a unos chavales y, para realizar las prácticas necesarias, iba desde su Base principal a un campo próximo. No, no “al campo” que tú vas con papá; sino a un lugar de terreno llano, del tamaño de un campo de fútbol.

Volaba en un avión pequeñito y precioso. ¿Has visto algún avión? ¡Ya, has ido con papá y mamá a Barajas a ver aviones! Esos son aviones muy grandes para transporte de viajeros; el que te estoy diciendo era poco mayor que vuestro coche; tenía dos alas, una encima y otra debajo; entre las dos alas estaba el cuerpo del avión, con un lugar para el abuelo y otro para el alumno; delante llevaba un motor, como el de vuestro coche, y una hélice en la punta. ¿No sabes lo que es una hélice de avión? Pues la hélice era como un palo que daba vueltas a toda velocidad.

En una ocasión, un amigo volaba detrás del abuelo y pensó hacer una broma: pasar por encima y muy cerquita del abuelo, para darle un susto.

Sin perder un segundo, puso en marcha su plan: se colocó más alto que el abuelo y empezó a descender para aumentar su velocidad y pasar como un rayo; pero en ese momento, el abuelo, que no veía lo que su amigo hacía por detrás, empezó a ascender para hacer una acrobacia y... Claro, se juntaron los dos aviones y ¡Zas! Se produjo un choque. El avioncito del abuelo quedó con una de las alas de abajo rasgada hasta la mitad; pero como el avioncito era muy bueno, a pesar de estar herido... ¡No, por favor, no llores! Me he expresado mal, el avioncito no tenía “pupa”, ni había sangre, ni nada. Fue como cuando se rompe un vestido... Exactamente eso, porque las alas del avioncito eran de tela. No, de tela como tu vestido, no; de una clase de tela más fuerte, como la del toldo de tu terraza.

No pasó nada, el abuelo consiguió aterrizar en el campo y su amigo regresó a la base.

No te he contado que el amigo consiguió su objetivo, el abuelo se llevó un susto tremendo al sentir que “algo” le golpeaba y siguió asustado hasta que consiguió aterrizar.

El abuelo paró el motor del avión, se bajó y se sentó para reponerse del susto; pero recibió una llamada por teléfono, era desde la base, llamaba su amigo y decía: “Si no vuelves a la base y conseguimos reparar los aviones, tendremos que contar lo sucedido y me castigarán. Por favor, regresa lo más rápido que puedas”

¿Qué es más importante: la amistad o el miedo? Siempre la amistad es más importante que casi todo y, desde luego, más que el miedo.

¿Te acordarás que la amistad es lo más importante? ¿Qué tu amiga te quita los dulces en el colegio? ¡Hombre, eso no es un amigo, es un caco! No te rías, no he dicho una palabra fea. ¡Serás pícara! No he dicho caca, he dicho caco. Y caco es una niña pequeña que roba dulces a su amiga.

Como la amistad debe ser tan importante, el abuelo, con bastante miedo, se subió a su avioncito herido, lo puso en marcha, despegó, voló y aterrizó en la Base ante el asombro de los que le vieron llegar con un pedazo de ala casi por el suelo.

¿Qué si “me hablo” con él? Naturalmente. Ya te he dicho lo importante que debe ser la amistad y ahora añado que la amistad verdadera sólo se conoce en la adversidad.

¿Qué significa adversidad? Verás, María, eso te lo explicaré cuando estés estudiando el bachillerato. Ahora dame un beso para que se me pase el susto.    

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A MI NIETA MARÍA - 4

 

 

 

UN SUSTO

 

 

Mira, María, por mucho que me pidas, no te vuelvo a contar lo de Cruella de Ville, porque lloras y, cuando tú lloras, me da una pena muy grande, muy grande y parece que con cada uno de tus suspiros, unos terribles garfios me arañan el alma y me estalla el corazón.

¿Qué no sabes lo que he dicho? Es igual. ¿Tú ves la pena que te dan los perritos cuando los persigue Cruella? Pues a mí me pasa igual cuando tú lloras.

Pero como te quiero mucho y no puedo dejarte sin cuento, te contaré lo que yo hacía cuando era como papá. ¡Claro! Yo, antes de ser viejo como ahora, fui como papá. ¿No lo sabías? Bueno, pues ya lo sabes. Y además siempre he sido “fuerte y poderoso”.

A ver: ¿Cómo es el abuelo?... ¿Qué es lo que dices? ¿Que ando con bastón y no puedo correr? ¡Hay que ver con la niña! ¡El abuelo es fuerte y poderoso por definición! ¿Qué es definición? Pues... Un abuelo que cuenta cuentos a una niña miedica que llora con Cruella, es siempre “fuerte y poderoso”.

Bueno, si no lo quieres decir, no me importa nada. Si te gusta lo que voy a contarte, ¿dirás que el abuelo es “fuerte y poderoso”? Eso está mejor. Empiezo:

Cuando el abuelo era como papá, volaba como Piloto de Líneas Aéreas y era Comandante de un avión muy grande que se llamaba “Jumbo”. ¿Tan grande como el elefante Jumbo? Mucho más grande, llevaba 350 pasajeros, quiero decir que llevaba más pasajeros que un autobús. En serio, más que dos autobuses. Claro que entonces era muy grande; me alegro de que lo hayas entendido. 

Volaba desde Madrid a Canadá. Canadá está más allá de un mar muy grande. Sí, mucho mayor que el mar de Alicante. Claro, los mares son como las personas, los hay pequeños como María, grandes como mamá y muy grandes como el abuelo. Canadá siempre está con nieve. ¿Sabes lo que es la nieve? Ya. Te han llevado papá y mamá a la Sierra y has jugado con ella. Pues Canadá, desde el cielo, se ve todo blanco de nieve; menos a finales de verano que se pone de color dorado por las hojas de los robles. Nada; olvídalo, son recuerdos que no tienen nada que ver con el cuento.

Mi salida empezaba de una forma triste, porque tenía que dejar en casa a papá, que era como tú y a la abuela, que era como mamá. Se tenían que quedar solos bastante tiempo y era una cosa mala. No pongas cara de pena, que sigo: al llegar a Barajas – sí, al aeropuerto – me reunía con toda la tripulación. La tripulación era las personas que me ayudaban a realizar el vuelo: técnicos y azafatas. Los técnicos, en la pequeña cabina de mando, vigilaban todos los relojes y las azafatas, en la gran cabina de pasaje, atendían a los pasajeros y les daban Cocacola. No a los niños pequeños no los daban Cocacola. ¿Qué tomas tú cuando sales con mamá y papá? ¿Un zumo de naranja? Pues en el avión igual.

Antes de empezar el vuelo, los técnicos del tiempo nos contaban si íbamos a encontrar tormentas o vientos muy fuertes en nuestro camino y en el lugar de llegada. Otros empleados nos decían el número de pasajeros y la carga que íbamos a llevar. Con todos estos datos, calculábamos la cantidad de combustible – perdona, gasolina, parecido a vuestro coche – el tiempo que íbamos a tardar en llegar y la forma del despegue.

Nos subíamos al avión y empezábamos a repasar todo, como hace papá con el coche cuando os vais de vacaciones, pero nosotros lo hacíamos todos los días. Un empleado de Iberia llegaba con varios papeles, para que yo pudiese comprobar que estaba todo bien y entonces, daba mi primera orden: ¡Qué embarquen! Y los pasajeros obedecían y subían al avión.

Poníamos en marcha los cuatro motores. Sí. Tenía cuatro motores y tú no sabes como se ponían en marcha. Lo que sabes es como papá o mamá ponen en marcha vuestro coche porque parece que no ves nada, pero te enteras de todo. ¡Eres muy lista! Casi tanto como el abuelo.

Al llegar a la pista de despegue, daba las últimas instrucciones a los dos compañeros de cabina  y daba la segunda orden: ¡Vámonos! (Traducción del inglés “Let’s go” y que algunos pilotos que se creían muy graciosos, pronunciaban “Leches go”. Pero tú no lo digas porque es una palabra fea y te regañaran si la dices.) No, claro, yo no te regañaré porque no puedo regañarte por nada. ¡Ah! ¡Eso, sí! ¡Será un secreto entre los dos! ¿Vale?

En ese momento, cuando el avión empieza a correr, yo tenía la vista fija en la pista para que el avión no se desviara de la raya central; el segundo piloto tenía la vista fija en el reloj que marcaba la velocidad y el ingeniero de vuelo vigilaba los motores. Nadie dice una palabra, todos estamos concentrados en nuestra tarea. No se oye más que el armonioso rugir de los motores, que se alteraría con cualquier fallo. ¡Uve uno! Grita el segundo piloto. Hemos llegado a la velocidad de decisión: cualquiera que fuere la avería que se pudiera producir, tendríamos que seguir el despegue y marcharnos al aire. Es el momento de mayor tensión, no me acordaba ni de papá, ni de la abuela. Sólo piensas en las emergencias posibles.

¿Qué hago si se me paran todos los motores? María, tú no quieres al abuelo; pero te contestaré: si pasa eso, todo lo demás deja de tener importancia y la Entidad Bancaria con la que tenía una hipoteca, ya podía apuntar la deuda en una barra de hielo.

¿Qué significa lo que he dicho? Pues muy sencillo, sólo con pensar en una parada de los cuatro motores, me he puesto de mal humor. Perdona. Sigo: ¡Rotación! Grita, otra vez el segundo. Yo muevo la palanca de mando bastante hacía mi pecho, el avión levanta el morro de la pista y ¡ya estamos en el aire!

Vamos hacia la Sierra, pero como el avión es “fuerte y poderoso”, como el abuelo – no te olvides – subiremos muy pronto más altos que ella y la pasaremos por encima. ¿Y si chocamos? Hija mía tienes un día de lo más pesimista. ¡Si chocamos, no hay problema, hacemos un túnel y seguimos!

Subimos muy alto. ¿Cuánto de alto? Pues, más alto que las nubes. ¿Qué encima de las nubes no hay nada? Pues, tienes bastante razón, hay muy poca cosa; no hay ni aire para respirar, pero como el abuelo e muy listo – no lo olvides – saca aire de los motores y lo mete dentro del avión y los pasajeros pueden respirar tranquilos. Sí, yo también.

Desde esa altura se ven las cosas de otra manera y parece que hay un gran mapa de España a nuestros pies. Entramos en el Gran Mar y, durante horas, no veremos más que agua. Pero de repente, el segundo piloto, que hace su primer viaje, me dice que el mar tiene unas manchas blancas muy raras. Me asomo a su ventana y puedo comprobar que es cierto. Estamos en primavera y bajan inmensos témpanos de hielo desprendidos en el Ártico. ¿Qué no entiendes nada? Es muy sencillo. En el Polo Norte hay una fábrica de hielo muy grande y, cuando hace calor, manda “cubitos” de hielo hacía el sur; pero esos cubitos son tan grandes como esta casa. Palabra. Si no me crees, puedes preguntar a mamá.

Hace seis horas que salimos de Madrid y ya estamos llegando a Canadá. ¿Quién nos ha guiado? Es fácil, nos ha guiado un ordenador que tenemos en la cabina de mando y nos han vigilado amigos que están en el suelo con potentes radares.

Empezamos a descender para aterrizar en Montreal. Hay algunas tormentas pero están muy bien localizadas en el radar que llevamos en cabina y nuestros amigos del suelo nos ayudan. Desconecto el piloto automático y, jugando al “corre, corre que te pillo”, esquivamos las tormentas y aparecemos en el aeropuerto de destino.

Ya estamos todos haciendo cosas en cabina. Leemos las listas de comprobación. No se puede hacer de memoria para evitar equivocaciones. Y se comprueban otra vez todos los sistemas de funcionamiento del avión. Aunque se ve muy bien el aeropuerto y sus pistas, hacemos la maniobra reglamentaria de aproximación. No lo entiendes, lo comprendo. Verás: cuando vais a entrar en clase, la “señorita” os coloca en dos filas delante de la puerta para que entréis con orden. Pues nosotros igual. No vamos a entrar corriendo alocadamente por la puerta de la pista de aterrizaje. ¡Cuidado! Vamos a aterrizar: empiezo a dar órdenes. ¡Flaps 15º! Y el segundo piloto baja un poco los flaps y contesta: ¡Flaps abajo 15º! ¡Tren abajo! Digo yo, ¡Tren abajo y blocado! Contesta el segundo.

¡Un coche en la pista! Decimos los tres casi al mismo tiempo. Y en un segundo digo: ¡Motor y al aire! Nadie habla, ni pregunta, ni pide explicaciones, todos sabemos muy bien lo que hay que hacer. Yo concentro toda mi atención en que el avión vuele correctamente. El ingeniero de vuelo me ayuda a poner los motores a toda su potencia; el segundo piloto espera una señal mía y no pierde de vista la velocidad y pronto dice: “Uve dos”. Yo digo: ¡Tren! Y él hace subir a su sitio el tren de aterrizaje y deshace la maniobra de Flaps.

Con un dedo de la mano izquierda pulso un pequeño botón que hay en la palanca de mando que pone en marcha mi micrófono...  ¡No me interrumpas ahora, estoy muy ocupado!  Y hablo por radio con nuestros amigos de tierra: “Hago otro intento. Hay un coche en la pista.” Y me contestan: “Autorizado. Era un coche sin control. Perdón”

Luego, en tierra, se buscaran responsabilidades y se discutirá lo que sea necesario, pero en vuelo no se discute, se actúa.

Al segundo intento aterrizamos sin novedad y comprobamos que es casi la misma hora que cuando salimos de Madrid. Di a la “seño”, en tu colegio que te lo explique. El abuelo está cansado con un viaje tan largo y va descansar un rato.

¿Qué me querías decir cuando me has interrumpido? ¿Los dulces? Primero el examen: ¿El abuelo es listo? ¡¡Bien!! Toma la mitad de los dulces. ¿El abuelo es fuerte y poderoso? ¡Cómo que no! Bueno, el abuelo no será fuerte y poderoso, pero te quiere mucho: toma la otra mitad de los dulces.         

 

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