NOS DIJERON...

Por Carmen García



Nos dijeron que a los niños los traía la cigüeña, que el
Ratoncito Pérez venía de noche a buscar los dientes que le
dejabas bajo la almohada, después de muchos días de impaciente
espera, de inútiles tirones con un trozo de hilo, de tocar y
tocar con la lengua y esperar en vano el momento mágico en que
brotaba la sangre y encontrabas el diente rodando en tu boca,
suave y extraño...

Nos dijeron que de noche vendría el coco a comerse a los
niños que dormían poco. Que a los camellos de los Reyes Magos
había que dejarles un cubo de agua limpia y fresca, porque
estaban muy sedientos, venían de tan lejos...

Nos dijeron que había que comerse todo lo que hubiera en el
plato, porque en otros países, muy lejos, había niños tan pobres
que comían piedras y hojas de coles, y no sabíamos muy bien cual
de las dos posibilidades nos producía mas espanto...

Nos dijeron que había que cerrar la boca al salir de noche
a la calle, o cuando hacia frío y soplaba el viento, para no
resfriarnos y ponernos malitos.

Nos dijeron que el dolor de oídos de tantas noches en vela
se debía a que, allá adentro, habitaba un enanito que a veces,
aburrido, daba saltos y bailaba, y que si dejábamos que nos
pusieran unas gotas, con su trocito de algodón correspondiente,
volvería a quedarse dormido y acabaría así nuestro tormento.

Nos dijeron que para quitar el hipo había que besar la pared
siete veces seguidas, y, si no daba resultado, llevarnos un gran
susto, y, si no funcionaba, tirarnos de la lengua envuelta en un
pañuelo.

Nos dijeron todo eso, y nosotros lo creímos. Porque no
podíamos hacer otra cosa, lo creímos ciegamente, y nos tapábamos
la boca hasta las cejas al salir a la calle, y envolvíamos
cuidadosamente nuestros dientes antes de colocarlos bajo la
almohada, y volvíamos la cara docilmente para que nos pusieran
gotas en los oídos... Incluso, a veces, haciendo de tripas
corazón, nos comíamos todo el plato de judías, con sus hilachas
repugnantes, solo para que no pensaran que éramos unos egoístas,
habiendo tantos niños que pasaban hambre, criaturitas...

Pero fue mucho peor cuando crecimos. Ya no había enanitos
ni camellos, solo desazón, vendavales que soplaban despiadados,
ganas de llorar a cualquier hora, sueños imprecisos.

Entonces
nos dijeron que la vida era una jungla peligrosa,
que solo a codazos cabria abrirse paso. Que era preferible no
mirar a tu costado, ignorar el llanto y la tristeza de los otros,
correr hacia adelante sin descanso, y sobre todo, nunca, por
ningún motivo, cambiar de opinión y confesarlo.

Nos dijeron que los hombres nunca lloran, que todas las mujeres
son iguales, que no hay que descubrir los sentimientos, que si
bajas la guardia estas vendido...

Y nosotros, tan perdidos, tan confusos, fuimos tejiendo
laboriosamente la careta, ajustando poco a poco la trinchera,
ocultando ferozmente nuestro miedo. No hables con desconocidos,
nos dijeron, no confíes en nadie, no esperes nada de tus hijos.
Protégete, ciérrate, ocúltate. Levanta tus almenas, no sea que
alguien se asome a tu interior y te descubra.

Y así fuimos creciendo. Luego, poco a poco, día tras día,
la vida nos fue pasando por encima, cuestionándolo todo,
desbaratando la compleja arquitectura de tantas mentiras y
verdades disfrazadas. En algún momento, quizás, nos sentimos
estafados. Fue difícil separar el grano de la paja, encontrar
respuestas propias, ensamblar de nuevo nuestros sueños.

Tanto tienes, tanto vales,
nos dijeron. Y fue labor de años
aprender a dudarlo, a confiar en nuestras fuerzas, a abrir el
corazón a los amigos. Descubrimos que con ellos nunca pierdes,
que un amigo es como un faro en la tormenta. Va debajo de tu
piel, oculto y calentito en tu bolsillo. Son el entramado de tu
vida, la red de tus caídas y tu llanto.

A veces te impacienta que se nieguen a jugar tus malos
juegos, que no quieran secundar tu victimismo, la absoluta
previsibilidad de tus respuestas. Preferirías no resultar tan
transparente para ellos, poder usar tu mascara de siempre, seguir
jugando a ser invulnerable. Pero llegas donde están y estas a
salvo, y puedes dejar tu careta en el perchero, lo mismo que un
sombrero desteñido. Te sientas y eres tu, con toda tu grandeza
y tu miseria, abriéndote en canal a su ternura.

No vendrá el coco, no habrá enanitos juguetones que
torturen nuestro insomnio, pero ya no nos importa. Fueron
mentiras blancas que nos ayudaron a transitar por la penumbra de
la infancia, haciendo soportable el desconcierto.

La otra gran mentira, imperdonable, la que te condena a la
amargura y te encierra bajo llave en tu corteza, la que nos quiso
hacer creer que éramos islas, requiere un gran esfuerzo
doblegarla. Un amigo es la prueba irrefutable de que ellos nos
mintieron, de que puedes crear una densa red de confidencias, de
momentos y de sueños compartidos. A los pocos afortunados que
hemos descubierto el engaño, que hemos sabido y querido hacer
amigos, nos compensa con creces repetirnos bajito, en las noches
en que sopla el viento, que, a pesar de lo que siempre nos
dijeron, tampoco eso era cierto.

 

 

Volver a las Batallitas