Aquellos temperamentales profesores se los cuarenta y cincuenta.

 

Tuve no sé si la suerte o la desgracia de ser alumna de un eximio poeta cuyo nombre callaré por discreción, aunque muchos de la tertulia saben quién es.

Lo dije en la tertulia por estar dentro de un terreno privado, pero, por si el P. Abad quiere ponerlo en "Batallitas del abuelo", tendrían acceso a la Web personas menos conocidas. Le llamábamos Cendolla, su segundo apellido, pues se daba la circunstancia de que el director del INB, tenía su mismo apellido, y así lo voy a nombrar.

Le teníamos todos verdadero terror. No se concibe que, el que fue capaz de escribir "El Romancero de la novia", tuviese tan mal carácter en las clases. En cuanto decíamos algo que de lejos fuese un error salían los libros y borradores volando hacia nuestras cabezas y no digamos si empezábamos la frase de contestación con "pues" o empleábamos el gerundio, que él consideraba la forma pobre del idioma .... No admitía un papel ni una cáscara de pipa en el suelo, o sea que antes de entrar nos debíamos cuidar de barrer concienzudamente la clase si no queríamos que un terrible castigo cayese sobre los cercanos al papelito o cáscara. Así eran de temperamentales los profesores de entonces.

Algún día se le metía en la cabeza que debíamos versificar improvisando y con el tema menos adecuado como un teorema de matemáticas. Esos días eran funestos, imaginaos que debéis de hacer un soneto, ante el profesor, con el teorema de Pitágoras y con un ojo puesto en sus manos por si volaba el borrador de la pizarra sobre nuestras cabezas.

Éste fue el romance que le hicimos:

Hay un temblor en la clase

al dar las diez menos cuarto,

se abre la puerta del aula

y aparece D. Gerardo.

En una mano los libros,

el sombrero en la otra mano

y una mirada en los ojos

que hace estremecer los ánimos.

Va a llamar ¡Silencio horrible!

Ya llama al número tantos.

¡Aaay que suspiros se escapan

de los pechos agitados.

¡Pronuncia Ud. mal la b,

habla Ud. con trabajo!

¡Palatalice la ll,

castellano, castellano!

¿Acaso es Ud. un animal,

o una acémila o un asno?

Me llena de admiración

que pasase el primer año.

 

Otra de sus manías obsesivas era que debíamos encajar cada autor y obra dentro de su contexto histórico. Aparentemente parece algo muy bueno, pedagógicamente hablando, pero él lo convertía en una más de las torturas a que nos sometía. Imagináos a tres adolescentes sentados en sendas sillas, en fila, como reos. Si el autor correspondía a la época de la Reconquista la cosa se complicaba. Eran demasiados los reyes, reinas, reinos, fechas y no se podía uno dejar nada en el olvido. Tenía las paredes de mi cuarto empapeladas con cuadros sinópticos de la dichosa Reconquista que llegué a odiar: "¿Y quién en Castilla?¿Y quién en León? ¿Y en Aragón? ¿Quién era su padre? ¿Quién su abuelo?"

¿Y su mujer? ¿Cuántos hijos? ¿Quién heredó el reino?" ¡Qué lío!. Prefiero la España unificada. Lástima que no lo hubiera estado siempre.

Este sistema no debía ser muy extraño pues se convierte en cuento en Elena Fortuny, "Celia en el colegio". Las monjitas, cansadas de que no se aprendiesen las listas de reyes y queriendo hacer una buena exhibición ante los padres, les ponen un orden de contestaciones, pero el orden se altera y entonces resulta que el rey Fernando era la madre de Isabel la católica, su abuelo Doña Juana etc.

Pero lo peor de todo era cuando nos tocaba encasillar a alguien dentro de la comunidad hispana: "¡Emperadores de Méjico!". Casi todos empezaban por "Cua" y eran complicadísimos. El dedo inquisidor señalaba al primero: Cua..Cua (intentaba recordar).

El dedo apuntaba al segundo sin pausa: "Cua,cua" balbuceaba el infeliz; tercero "Cua, cua..." Y estallaba la risa tonta en toda la clase, lo cual era peor.

No podíamos irnos a quejar a nuestros padres pues nos hubiesen contestado con la muletilla de que todo era nuestra culpa por no estudiar lo debido, así que a aguantarse. Menos mal que en esa edad todo se convierte en motivo de risa.

Tuve después profesores temperamentales y raritos. Ninguno tanto. Pero voy a citar a otro eminente historiador, en la Universidad, que tenía la manía de que nunca con nuestras palabras, podríamos expresar bien los conceptos de su libro, que teníamos como texto. "Buena escuela de gobierno tuvo el rey San Fernando, pues sólo con seguir los consejos de su madre, la piadosa Dª Berenguela...." Todavía recito trozos enteros. En las clases llamaba y nunca se sabía dónde terminaría. Al siguiente le decía: "Se ha quedado en la palabra guerra". Y había que estar al tanto y a la vez tratar de dar el último toque a la retención memorística.

Un día Guerrero Zamora, que fue director de cine y se casó con la veterana Maruchi Fresno, me dijo: "Déjame tu libro que me he olvidado del mío", "Yo también he de estudiar". "Pues lo leemos juntos".

Nunca "tal fiziéramos", enfrascados en la memorización y ajenos a todo el mundo exterior, se ve que juntamos mucho las cabezas. De pronto una voz atronó nuestros oídos. "A ver ese señor y esa señorita que "están pelando la pava" que se vayan al banco de un parque" ¡Qué vergüenza! Salimos de una clase de doscientos entre las risas generales.

No lo recuerdo con enfado sino hasta puedo reírme de ello y pienso que, con todo, aprendimos mucho y una de las cosas principales a sortear situaciones difíciles, sin perder el ánimo.