CAPÍTULOS

 

 

INTRODUCCIÓN, VIAJE Y LLEGADA

El año 2004 estaba exhalando su último aliento. No fue un buen año para el mundo; esta historia tiene lugar justo antes de la desgraciada catástrofe del maremoto en el sudeste asiático, en el mismo año en que sucedieron los atentados del 11 de marzo en Madrid... Pero desde luego fue un gran año para Cristina y para mí en el plano personal. Fue el año en el que nos fuimos a vivir juntos, Fue el año en el que empezamos a viajar: estuvimos en Madrid, en Mallorca, en Barcelona, en Tarragona... Y sobre todo fue el año en el que nos casamos y vivimos como consecuencia uno de los viajes que, desde siempre, más nos había entusiasmado (a nosotros y a la mayoría de los mortales...).

Es difícil saber si uno va lo suficientemente preparado para emprender un viaje tan magnífico como este. Todo parece poco, además te advierten tan reiteradamente "llevate esto", "coge lo otro" o "ten cuidado con la comida y con el agua", "vigila tus pertenencias". Así que resulta que llevas galletas y agua para todo el avión, te metes el dinero en los calzoncillos y vas acojonado todo el viaje. Luego resulta que efectivamente debes tener cuidado con el agua, pero puedes comprarla mineral, la comida (al menos la que yo comí) es excelente y delincuencia no hay más que en otras partes del mundo. Sucede que es un cambio cultural enorme, y eso impresiona. Eso sí, todo carrete o memoria que lleves para tu cámara es poco

Egipto es un país de tremendos contrastes. Coexisten en polos opuestos la pobreza y la riqueza, con una escasa clase media que lucha por abrirse paso. Existen coches que a penas se tienen en pie y cochazos europeos poco asequibles. Existen viviendas que rozan el chabolismo y verdaderos palacetes. Existen zonas comerciales de corte muy occidental y mercadillos propios de la edad media europea... Y en medio de todo eso están los vestigios de una de las culturas más impresionantes de toda la historia.

Cena en el ShehrezadeNuestro viaje empieza en Aswan (bueno, en realidad empieza en Coria, donde cogimos un taxi hasta el aeropuerto de Barajas, donde tomamos un avión... pero esa parte es omitible...). Cómo decía, llegamos a Aswan cuando ya había anochecido, por lo que no pudimos percatarnos de demasiadas cosas. Había poca gente en la calle y la ciudad en la zona del aeropuerto no difería demasiado de lo que conocemos en España. Nuestro destino era un barco, el Shehrezade, con el que realizaríamos el crucero de tres días por el magnífico río Nilo. De camino al barco ya nos fuimos dando cuenta de algunas de las muchas peculiaridades de este país, y que marcarían todos y cada uno de los puntos del viaje. La gente conduce de forma temeraria, van por la noche sin las luces (que encienden sólo al cruzarse con otros vehículos y no siempre). La calle y las carreteras están “tomadas” por la policía militar, hay garitas y controles cada poco, todos pertrechados con sus chalecos antibalas y sus ametralladoras... Más adelante en el viaje esa incomoda sensación de peligro acaba transformándose en una extraña sensación de seguridad... En el autobús conocimos a los dos guías que nos acompañarían durante el viaje: Osama los tres primeros días, y Talat los cuatro siguientes. También conocimos a un representante de la agencia, un muchacho joven llamado Mohamed, que se dirigía a nosotros en un correcto castellano y al que vimos desde entonces casi a diario.

El primer shock de emoción sobrevino cuando subimos al barco y vimos la recepción, la discoteca-bar, el comedor y nuestra habitación. ¿Qué puedo decir?, se resume en tres palabras: cinco estrellas lujo (Para una vez que se casa uno…). La atención del personal era magnifica, cenamos de maravilla y fuimos tomando contacto con otras parejas del grupo, algunos de los cuales se convirtieron posteriormente en compañeros de viaje. Aquella primera noche llamamos entusiasmados a nuestros padres para contar a grandes pinceladas como habíamos llegado y cuales habían sido nuestras primeras impresiones.

Esa noche el barco no se movió, permaneció atracado en el puerto de Aswan, las aguas estaban tan tranquilas que no se notaba que estuviésemos embarcados, pese a la excitación del viaje, el cansancio nos venció y dormimos de un tirón.