MUSEO
DE EL CAIRO Y OTROS TESOROS
Se
acercaba el final de nuestra aventura. Nuestro último
día en el país de los faraones daba comienzo
y una mezcla de pena, por tener que marcharnos dejando tanto
por ver, y alegría, por tener tanto que contar, era
el sentimiento más generalizado. Pese a todo, aún
nos quedaba una intensa jornada por delante. Comenzaría
nuestro día con la visita al Museo de Arte Faraónico
de El Cairo.
El
Museo de El Cairo se inauguró en 1902, se encuentra
en la plaza de El Tahrir, en pleno centro de El Cairo. En
sus salas se exhiben más de 120.000 piezas de las distintas
épocas del Antiguo Egipto (y eso no es más que
una mínima parte de lo que hay en sus sótanos).
Estuvimos a penas unas horas en el museo, y nada más
empezar nuestra visita nos dimos cuenta de que hubiéramos
necesitado al menos una semana para empaparnos de todo lo
que allí había. Fuimos recorriendo a un ritmo
frenético las salas más destacables y las piezas
más emblemáticas, pero cada maravillosa cosa
que veíamos nos recordaba otras cien que no íbamos
a poder admirar.
Es
difícil intentar transmitir la excelencia de muchísimas
de las piezas que allí había. El museo está
dividido según los diferentes periodos de la historia
del antiguo Egipto, desde el Periodo Predinástico,
donde había pedazos de historia con 6.000 o 7.000 años
de antigüedad, hasta el Periodo Tardío (cuyo comienzo
se data hacia el 1.095 antes de Cristo). Reino Antiguo, Reino
Medio y Reino Nuevo están testimoniados con cientos
de fabulosas piezas que no pueden ser calificadas si no de
tesoros.
El
museo de El Cairo está lleno de elementos de lo más
dispares: desde sarcófagos, momias, naos y todo tipo
de objetos funerarios, hasta utensilios de cosmética
o cocina. Estatuas de dioses y reyes, y figuras de personajes
y situaciones cotidianas. Adornos, joyas… Todos con
el factor común de la historia de una civilización
sorprendente.
Y
por supuesto el tesoro de Tutankhamon. Toda una enorme sala
del museo está dedicada a los hallazgos de la tumba
del rey niño. Joyas de oro, lapislázuli y piedras
preciosas y semipreciosas de todo tipo, armas y armaduras,
carromatos, tronos reales y otros muebles, sus sarcófagos
(el más rico y suntuoso de ellos de oro) y la impresionante
máscara de su momia entre otras miles de maravillas.
El
ajuar funerario de Tutankhamon, pese a la modestia de su tumba,
constituye uno de los mayores tesoros de la arqueología.
La tumba sobrevivió intacta a los saqueos de la antigüedad
gracias a una serie de circunstancias que hicieron que los
ladrones no llegasen a profanarla (se cree sin embargo que
sí llegaron a entrar en la Antecámara, aunque
fueron sorprendidos y los guardianes de la Necrópolis
volvieron a sellar la tumba). Así que fue Howard Carter
quien abrió por primera vez la tumba en 3.000 años.
Cuando Lord Carnarvon preguntó a un Carter enmudecido
si veía algo, dicen que el arqueólogo sólo
acertó a decir “Sí, cosas maravillosas”.
Los
más especulativos gustan de fantasear con respecto
al tema de los tesoros: si Tutankhamon, que murió tan
joven y a penas tuvo trascendencia como rey del antiguo Egipto,
tenía tan innumerables tesoros para su viaje al más
allá, ¿qué no tendrían originalmente
en sus tumbas aquellos grandes faraones cuyos enterramientos
sí fueron saqueados?... La cabeza se nos llena de riquezas
sin parangón, imposibles de cuantificar y de valorar;
lamentablemente es posible que jamás se sepa.
Cuando
finalizamos (a regañadientes) nuestra visita al magnifico
museo egipcio nos encaminamos por segunda vez durante nuestra
estancia en El Cairo hacia la fortaleza de Saladino; en esta
ocasión a plena luz del día y con un objetivo
más cultural que folklórico. La noche del día
anterior no nos dejó admirar las bellezas de aquel
lugar. Como ya dije, este recinto amurallado fue baluarte
de los musulmanes en la época de las cruzadas. En su
interior alberga hermosas mezquitas de las que la más
impresionante el la Mezquita de Alabastro. Esta mezquita fue
construida en tiempos de Mohamed Alí el Grande. Fue
terminada en 1.848 siguiendo el estilo de las mezquitas de
Estambul y está completamente recubierta de alabastro
(de ahí su nombre).
En
el medio del patio se encuentra la hermosa fuente de abluciones,
tiene una pequeña torre cuadrada sobre la que hay un
reloj, regalo de Luís-Felipe en 1.846.
En
el interior se haya la tumba de Mohamed Alí, consta
de tres niveles y se encuentra a la derecha de la puerta de
entrada. El sepulcro es de mármol blanco cincelado
con flores pintadas y decoradas. El resto de la mezquita es
como las demás, con su púlpito y su tribuna,
que son de mármol blanco y alabastro, aunque desde
luego hay que destacar el gran tamaño de esta aljama
en concreto.
Tras
la mezquita hay un mirador desde el que se pueden presenciar
unas magníficas vistas de la capital cairota. Lamentablemente
la bruma de la contaminación enturbia bastante el espectáculo.
En aquella privilegiada tribuna fuimos asaltados por un buen
montón de niños, entusiasmados con nuestra presencia.
Nos saludaron en tantos idiomas como pudieron (hasta que acertaron
con el nuestro) y nos hicimos algunas fotos entre toscos y
divertidos intentos de comunicación.

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