EN
LA NOCHE DE EL CAIRO
Lo
primero que hicimos aquella noche fue un rápido recorrido
turístico en autobús por las calles de El Cairo.
Fueron muchas las cosas que vimos, pero sin duda lo más
impactante fue la denominada ciudad de los muertos. Se trata
de un antiguo y extenso cementerio musulmán donde,
entre otras, se encuentran las tumbas reales de los mamelucos.
Mausoleos y criptas que fueron construidas para los difuntos
más pudientes, hoy son ocupadas por familias de las
clases más bajas. En algunos casos se ha llegado incluso
a acuerdos entre las familias de los muertos y las de los
vivos, unos permitiendo la ocupación y otros comprometiéndose
al cuidado de las tumbas. Es una situación cuanto menos
tétrica para las mentalidades occidentales como la
nuestra, que contrasta en muchos casos con la familiaridad
en el trato con la muerte que los egipcios han heredado de
sus antepasados. Aunque también es claro indicativo
de desigualdades sociales muy acentuadas.
Nuestra
primera parada nocturna fue un local en la Ciudadela de Saladino
(donde volveríamos al día siguiente). La ciudadela,
también llamada Fortaleza de Saladino, es
un recinto amurallado que se utilizó para resistir
a los cruzados y que alberga en su interior hermosas mezquitas.
Pero las mezquitas serían al día siguiente,
esa noche vimos un magnífico espectáculo de
música y baile tradicional; la danza de los Derviches.
Los Derviches mantienen viva la práctica de un antiguo
baile llamado danza sufí, más conocida como
sama o giro. Consiste esencialmente en girar sobre el propio
eje del cuerpo en la dirección del corazón.
El sufismo es una corriente espiritual surgida en Persia que
se integró posteriormente en el Islam. Parece ser que
a través de esas danzas, practicadas durante prolongados
espacios de tiempo, se alcanzan estados alterados de conciencia
y éxtasis místico. Lo único que puedo
decir es que uno de los bailarines estuvo girando durante
aproximadamente una hora y media, a una velocidad de vértigo
y, cuando al fin terminó de girar, se detuvo de cara
al público, saludó e hizo una reverencia como
si con él no hubiera ido el devastador centrifugado
estomacal. Todo el espectáculo estuvo acompañado
de una alegre música y el colorido de las faldas del
bailarín que ilustraba su baile con vistosas formas.
Durante el evento fuimos obsequiados con un delicioso té
con menta.
Cuando
hubo terminado el espectáculo nos dirigimos a cenar,
no sin antes hacer otra parada en un lugar emblemático
de la historia reciente de Egipto. Estuvimos en una plaza
frente a la grada donde mataron al presidente Anwar el Sadat.
Este líder político, sucesor de Nasser y Premio
Novel de la paz en 1978, fue asesinado por militares rebeldes
durante un desfile militar en 1981. Frente al palco presidencial,
en la plaza en la que nos encontrábamos, fue erigida
una moderna pirámide como monumento al presidente.
Tras
la última lección de historia de aquella noche
llegamos en autobús al restaurante Al Saraya. Un romántico
restaurante en una lujosa motonave parecida a nuestra Shehrezade.
Aquella fue una deliciosa cena sazonada con los sabores de
Egipto y en el marco incomparable de la luminosa noche cairota
con el Nilo como discreto testigo.
Para
terminar la noche de la mejor manera, estuvimos degustando
un delicioso té con menta en una tradicional tetería
de una de las zonas más destacables de El Cairo, el
bazar Khan el Khalili, donde también volveríamos
al día siguiente para algo más que tomar té.
Era bastante tarde, pero aquel lugar estaba todavía
rebosante de actividad. La mayoría de las tiendas del
bazar aun estaban abiertas y esa tetería y otras estaban
hasta arriba de gente. Decenas de personas enfrascadas en
conversaciones, sentados en torno a sus shishas (las famosas
pipas de agua) y con un té caliente en las manos.

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