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PECULIAR VIAJE Y LLEGADA A EL CAIRO

El viaje hacia El Cairo fue un tanto peculiar. En el aeropuerto de Luxor pasamos los pertinentes controles de seguridad y tras un rato, el personal egipcio de la agencia de viajes se acercó al grupo con un buen número de billetes de avión. La sorpresa fue mayúscula cuando empezaron a repartirlos. Nos los dieron de forma aleatoria, teniendo en cuenta sólo si éramos hombres o mujeres, de forma que los nombres que figuraban en los billetes no eran los nuestros (dudo incluso que los titulares de nuestros billetes viajaran en nuestro avión o incluso que existieran). Así pues, en las horas que duró el viaje de Luxor a El Cairo, yo me llamé J. Cebollero y Cris se llamó A. Centetrero. Para más guasa ni si quiera eran asientos consecutivos, aunque tras apañarnos con los compañeros pudimos sentarnos cerca (gracias a Dios no sucedió nada, imagino el cacao que se habría montado si hubieran tenido que identificarnos en caso de una desgracia – estos comentarios obviamente sólo se pueden hacer a posteriori, aunque he de reconocer que se me paso por la cabeza aquella noche). Este incidente supuso una pequeña decepción para nosotros, y nos dio una idea más aproximada del desbarajuste organizativo que puede llegar a darse en un país como Egipto. Pero bueno, tratamos de disfrutar del viaje, de lo que habíamos visto y de lo que nos quedaba por ver.

La verdad es que la llegada al Cairo fue espectacular. Llegamos de noche, y desde luego sobrevolar la tercera ciudad más grande del mundo iluminada por la noche, durante más de media hora, es un todo un espectáculo. Las luces se extendían hasta donde alcanzaba la vista y la ciudad no se acababa por ninguna parte.

Vista Aérea de El Cairo Nocturno

Cuando llegamos al aeropuerto y retiramos nuestro equipaje, un microbús nos recogió y nos llevó al hotel. Mohamed, el representante de la agencia de encargó de amenizarnos el viaje explicándonos los lugares por los que fuimos pasando durante el largo camino hacia nuestro hospedaje. Nuestro hotel, el Hilton Piramyds estaba a las afueras de El Cairo, sólo tenía ese inconveniente. Por lo demás, cuando entramos en la recepción, debimos poner más o menos la misma cara que cuando subimos al Shehrezade por primera vez. Cuando entramos en la habitación, el pequeño disgusto del avión quedaba ya tan lejos que casi no parecía acontecido en aquel viaje. A aquella estancia sólo le faltaba una cocina para haber pasado perfectamente por un apartamento de 50 o 60 metros cuadrados. Las palabras “cinco estrellas lujo” nuevamente cobraban sentido. Al pie de nuestro balcón se desplegaba un enorme campo de golf y a lo lejos ya se adivinaba la silueta de las pirámides de Giza, nuestra visita del día siguiente.