AVENTURA
URBANA EN EL CAIRO
Cuando
oscureció decidimos volver al hotel en taxi. Pero el
primer problema se nos presentó al intentar parar uno
suficientemente grande para los seis, había varios
taxis ranchera de ocho plazas, pero eran mucho menos abundantes
y vimos pasar varios ocupados antes de poder parar uno que
estuviera libre. Cuando al fin detuvimos un taxi vino el siguiente
obstáculo: acordar un precio. El conductor (árabe)
no hablaba español, pero logramos entendernos con él
en inglés. No recuerdo cuanto nos pidió, pero
era demasiado, y tal y como nos habían recomendado
decidimos regatear. Le ofrecimos una cantidad de libras egipcias
que nosotros consideramos razonable. El dijo que era poco,
pero bajó unas libras su precio. Nosotros continuamos
con el “juego” y alegamos que era demasiado, pero
subimos un poco nuestra oferta. Después de un rato
nosotros nos plantamos y él jugó su última
carta de presión: dijo que era poco dinero arrancó
el coche y se fue… Nos quedamos perplejos, pero justo
cuando el taxi se iba a alejar doblando una esquina, se detuvo,
nos llamó la atención con el claxon y aceptó
nuestra oferta.
Creo
haber hablado ya de la forma de conducir de los egipcios,
pero cualquier cosa que hubiera dicho se quedaría corta
al compararla con la forma de conducir de los taxistas de
El Cairo. Puedo decir que entre velocidad excesiva, esquivas,
volantazos, pitadas, voces en árabe y vehículos
amontonados circulando pegados hasta casi tocarse, pasamos
miedo, y pronto una risa nerviosa se convirtió en la
protagonista de nuestro paseo. Pero la cosa todavía
iba a mejorar…
En
el coche viajaba, junto al conductor, un niño que debía
ser su hijo, y que parecía estar aprendiendo el empleo
familiar. Cuando llevábamos más de media hora
circulando sin cruzar una palabra con el conductor, nos detuvimos
junto a un grupo de árabes y el hombre y el niño
se apearon sin mediar palabra y se pusieron a discutir con
el grupo de hombres… En ese momento se me pasaron por
la cabeza todos los secuestros de turistas de los que había
oído hablar en las noticias. Unos pocos minutos después
un hombre bastante mayor se sentó al volante sin decir
palabra. Decir que teníamos un nudo en el estómago
sería poca cosa, más bien teníamos toda
una maraña de nudos. Entonces el taxista se asomó
por la ventanilla y en un inglés precario nos dijo
que era su padre y que él nos llevaría.
A
partir de ese momento los acontecimientos se sucedieron de
forma que rayaba en el surrealismo. Aquel nuevo conductor
no solo no hablaba español, es que no tenía
ni idea de inglés (su hijo le anotó la dirección
del hotel en árabe). Evidentemente no dijo ni palabra
(¿para qué?). Cuando llevaba conduciendo unos
veinte minutos, sacó unas gafas con cristales de culo
de botella y se las puso. Recordemos que era de noche y que
circulábamos sin luces, y desde luego aquellas gafas
denotaban una miopía nada deleznable. Pero eso no fue
todo. Entre otras cosas, paramos a repostar en una maltrecha
gasolinera, para lo cual el taxista se bajo del coche y dejó
el motor en marcha y a nosotros dentro (además nos
pidió el dinero para pagar la gasolina aunque se lo
descontamos del precio acordado). Se detuvo a preguntar por
el hotel unas cuatro veces y tras casi dos horas dando vueltas
empezó a despotricar en árabe y llegamos a la
conclusión de que se había perdido… Gracias
a Dios, José, milagrosamente, consiguió orientarse
y entre señas y aspavientos logramos encontrar el camino
al hotel. Finalmente y para terminar de forma redonda, en
la puerta del hotel nos pidió más dinero porque
el viaje había sido muy largo, evidentemente nos negamos
y se puso a vociferar y a hacer aspavientos que llamaron la
atención del policía militar de la puerta, que
vino hacia nosotros, con su metralleta bajo el brazo, y se
puso a hablar con el taxista en árabe. A mi se me paso
de todo por la cabeza, pensado que el taxista le diría
al policía que no le habíamos pagado o algo
así. Afortunadamente nos creyó cuando le dimos
nuestra versión de los hechos y el conductor no tuvo
más remedio que irse renegando con el pago acordado.
Total,
que si en autobús tardamos treinta o cuarenta minutos
en llegar al centro del Cairo, para volver al hotel tardamos
casi tres horas.
Cenamos
picoteando algunas cosas que compramos y estuvimos charlando
sobre los acontecimientos del día (y sobre todo de
la tarde). Luego nos fuimos a descansar para afrontar con
fuerzas el día siguiente. |