
Pensó en comprar uno, pero, si no terminaba pronto, el daño
se podría agrandar.
Se le ocurrió entonces pedirle prestado uno al vecino, a
quien él no conocía. sin embargo, quería terminar
rápido. se dirigió dudoso a la casa del vecino, recordando que le
parecía algo hosca su cara, aunque nunca había hablado con él.
pensó, qué tal que al golpear la puerta del vecino, no le
abriera, o le dijera:
-¿Usted no acaba de llegar al vecindario y ya está pidiendo
prestado de todo?.
no, ¡que tal! -seguía reflexionando nuestro hombre, que el
vecino desconfiara que le devolvería el martillo.
sí, seguro el vecino necesita el martillo y no lo va a
prestar.
Así nuestro hombre llega en medio de sus tormentosas
presunciones a la puerta de su vecino.
dudoso golpea y éste le abre la puerta; y nuestro hombre le
grita con arrogancia:
-¿sabe qué vecino?...., mejor quédese con su maldito martillo.
¿Cuántas veces, armamos los conflictos en nuestro
pensamiento y después se los cobramos a los que nos
rodean? ¿cuántas oportunidades de crecer o de expandir nuestra
vida o nuestras relaciones hemos desperdiciado, por alimentar miedos,
prevenciones infundadas o exageradas?

