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EL FUTURO ES HOY

notas tras la rebelión de marzo

Luis M. Sáenz y Enrique del Olmo


Mayo 2004. Este texto forma parte del libro PÁZSALO: MULTITUD EN REBELIÓN, preparado por la asociación NO NOS RESIGNAMOS y CULTURA CONTRA LA GUERRA, editado por Fundamentos, mayo 2004

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la era de la sabiduría, era la era de la tontería, era época de creencia, era época de incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperanza, teníamos todo por delante, no teníamos nada por delante, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo en el otro sentido"
Charles Dickens

"La generación más joven constituye un país propio"
Edna St. Vincent Millay


En el otoño de 2003, tan próximo y tan lejano, Esperanza Aguirre, en la derecha de la derecha, se refería así a los jóvenes: "Sois la generación más formada y capaz de las que ha tenido España, y eso molesta a muchos, porque saben que sois ciudadanos críticos, impermeables a la demagogia y capaces de discernir entre los modelos que os ofrecen unos y otros". Cuánto debe lamentar haber tenido razón.
Vivimos un excepcional momento de cambio. No nos referimos sólo al cambio político-institucional, que se hará sentir y celebramos, uniéndonos al "¡qué felicidad vivir sin Aznar!", uno de los gritos más coreados desde la noche post-electoral del 14 de marzo hasta la del 18 de abril, fecha en la que José Luis Rodríguez Zapatero anunció la retirada de las tropas españolas de Irak. Hablamos de algo mucho más radical, que excede los modestos e inestables cambios en preferencias partidarias, programas, ideologías, para inscribirse en la profundidad de las mutaciones de las mentalidades, las referencias culturales y los modos de vivir. Una mutación del imaginario social, por tanto, en la que la juventud y el mundo de la creación cultural han tenido un esencial protagonismo. Tales son los momentos históricos en los que las palabras de Edna Millay se hacen realidad, aquellos en las que la generación más joven se constituye primero como un país propio, aunque posteriormente su encanto, pujanza y vitalidad puedan ejercer un "efecto llamada" sobre las generaciones anteriores. Momentos en los que se extiende la convicción de que lo que hacemos sirve. De que no somos espectadores impotentes de un espectáculo montado por los poderosos de la política, de la economía, de las iglesias. De que las cosas pueden cambiar si las cambiamos nosotras y nosotros. Las tropas vuelven a casa.

Responsables. Responsables de nuestra vida y responsables de nuestros vínculos con la vida de los demás. Eso es, ante todo, lo que ha emergido en marzo, año 2004, fechas de dolor, fechas de rebelión y ludidez: responsabilidad. No acatamiento modoso y bienpensante de lo establecido y de sus reglas, sino decisión de ser libres, de no dejar que nadie decida en nuestro nombre, de ser gobernantes sin ser gobierno, como individuos singulares junto a otros individuos singulares. La tarea es seguir así. Responsables.
Sin duda, esperamos que el nuevo gobierno haga cosas, siga cierto rumbo, y los primeros pasos dados merecen una evaluación muy positiva. Le apoyaremos cuando avance, le empujaremos cuando vacile, protestaremos cuando se eche para atrás o tome una dirección que creamos equivocada. No hay lugar para la actitud de quien, una vez logrado el cambio político-institucional, se retira a segundo plano y se limita a esperar y juzgar aquello que desde el Estado provenga. Vigilar a los gobernantes es una de las tareas de la ciudadanía activa, pero no la única ni la principal. Tenemos una responsabilidad propia para cambiar la vida. Para lograr otra común manera de vivir, hacen falta nuevas leyes, pero sobre todo hace falta que empecemos a vivir de otra manera. Construir y crear una esfera pública no estatal basada en la potencia de la cooperación entre individuos. Así se ha preparado el cambio. Así avanzará el cambio, construyendo sus propios caminos.
En definitiva: el desafío planteado hoy a la ciudadanía activa es seguir siendo ciudadanía activa, fortaleciendo el vínculo asociativo de sus movimientos sin degenerar en burocracia, aparato y jerarquía. También, ser ciudadanía autónoma. En dos sentidos: sin ceder el protagonismo que nos corresponde a ningún gobierno, y por tanto resistiendo cualquier pretensión de disolver o paralizar los movimientos ciudadanos para que todo se haga desde arriba, y sin caer en la tentación extremista, pero no radical, de supeditar nuestra creatividad a la mera negación de la actividad gubernamental y a la búsqueda desesperada de la diferencia por la diferencia. La ciudadanía activa debe marcarse sus propias, múltiples y plurales prioridades, afrontar las urgencias, aportar sus propias soluciones, ponerlas en marcha y exigir, sí, a los gobiernos que también hagan su parte.
Somos multitud, no totalidad. Tenemos opiniones diversas. Podemos y debemos exponerlas y defenderlas, movilizarnos por ellas, sin hacer de ello base doctrinaria para una fractura respecto a lo que nos une. Los acontecimientos de marzo fueron expresión de una elevadísma inteligencia social, una inteligencia "rebosante" respecto a la jerarquizada e ineficaz organización de la política institucional y del trabajo, y que, por tanto, se ha abierto camino construyendo sus propios espacios de cooperación y creación . Ahora hay que defender esa inteligencia, que nos permitió movernos juntos contra la guerra, por el retorno de las tropas, juntos para poner fin a un gobierno que ya no soportábamos. Defenderla sin uniformizar pensamientos o acciones, pero también sin pestilentes dogmatismos que salieron por la puerta pero pretenden reintroducirse por la ventana disfrazados de "aire nuevo".

Esas son nuestras responsabilidades, las de todas y las de todos. El nuevo gobierno socialista, presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, tiene también las suyas propias. No es éste el lugar adecuado para describir de forma "programática" las mil y una tareas legislativas y reformadoras pendientes, sobre las que, por otra parte, caben diferentes opiniones y matices, aunque las líneas generales de su desarrollo deben responder a exigencias de mayor libertad individual, de mayor participación social y transparencia, de más democracia y de más igualdad social. La piedra de toque para el gobierno ZP será, durante toda la legislatura, su "talante", aunque la derecha trate de hacer burla de ello. Entendiendo por talante algo que va más allá de las buenas formas y el tono educado. La responsabilidad de Zapatero y del partido socialista es, ante todo, reconocer y fomentar el vínculo con la ciudadanía, reformar las relaciones entre las instituciones y la calle, saltar el foso tras el que en tantas ocasiones se encierran los políticos profesionales mientras que, más allá de él, la vida está en plena ebullición.
Centenares de miles de personas comprometidas socialmente han comprendido que los empeños emancipatorios realizados "desde abajo", allá donde lo común alienta, pueden ver multiplicados sus frutos y facilitados sus esfuerzos si el signo de las instituciones políticas es más proclive o menos hostil a sus aspiraciones. Votar no lo decide todo, ni siquiera decide lo principal, pero ayuda. Si no hay que gastar tantas energías en defenderse de ataques gubernamentales, más espacio nos queda para crear e inventar. Por su parte, las primeras palabras y comportamientos de José Luis Rodríguez Zapatero dan a entender que, por el momento, ha comprendido el mensaje. Que las elecciones no las ha ganado el PSOE o su equipo de campaña, sino "la gente". Que hay otras izquierdas con las que debe contar y, sobre todo, que la ciudadanía deposita en la nueva situación un gran caudal de apoyo y confianza, pero no un cheque en blanco, una adhesión doctrinaria, un culto al líder ni un sí incondicional. Se juzgarán sus actos, no sus siglas.
Tenemos por delante cuatro años apasionantes. Aquí, en España. Pero también en la construcción de una Unión Europea que amplia sus fronteras y que se convierte en un terreno privilegiado de acción política cosmopolita y, claro está, también de conflicto. Reformar Europa, no para aislarla onvertirla en fortaleza, sino para contribuir a cambiar el mundo. Es, sin duda, un desafío apasionante, cuya dimensión quizá no comprendamos plenamente pero que dejaría perplejos a quienes murieron durante la primera o la segunda guerra mundial si pudieran verlo.
Quienes hacemos este libro somos un garbanzo más en el cocido colectivo. No exponemos una paeticular "versión verídica" de lo ocurrido en marzo de 2004. Tenemos, eso sí, opiniones y sentimientos. Creemos que la buena política es pedagogía, pero no pedagogía vertical desde el "sabio" al "ignorante", sino horizontal, en red. Como Castoriadis, si algo queremos mostrar es que "sólo ellos [la gente] poseen la respuesta posible, que sólo ellos pueden inventarla, que todas las posibilidades y capacidades de organización de la sociedad se encuentran en ellos mismos". Y eso no es ciencia, doctrina ni religión. Es política, pues si queremos convencer de ello a otras personas es porque así queremos vivir, libres y responsables entre personas libres y responsables. Sin más fundamento absoluto que nuestro propio quererlo. Hablamos en nuestro nombre. Nada más. Y con voces diversas.
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