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El coronel don Cristobal de Villalba

Plasencia 1475 - Estella 1516


I
SUS PRIMEROS AÑOS

D. Cristobal de Villalva y Gonzalez nació en Plasencia, Cáceres, el año de 1475, uno después de haber sido proclamados reyes de Castilla: Dª Isabel y D. Fernando (los Reyes Católicos). Aunque de familia hidalga, su situación no era desahogada (le llamaban el hidalgo pobre). Fueron sus padres Juan de Villalva e Isabel Gonzalez, quienes ya tenían dos hijos: Juan y Hernando - que gozaron de prebendas eclesiásticas gracias a Cristóbal - y aún tuvieron una hija más : Doña Beatriz.

Cristóbal era de gentil disposición, inteligente, muy suelto y mañoso. Ya de joven empezó a ejercitarse con la espada, llegando a ser un gran espadachín, y como todos los jóvenes de su tiempo, admiraba las hazañas de los caballeros que luchaban contra los moriscos así como los que guerreaban en revueltas señoriales y luchas banderizas que por aquel entonces desgarraban Extremadura. Cómo envidiaba las ocasiones de lucimiento que tales contiendas brindaban al valor personal y al Honor.


II
CAMPAÑAS DE ITALIA

Contando justamente 20 años, en 1495 decide abandonar Plasencia y enrolarse como soldado en los Tercios que combatían en Italia. Hubo de vencer la resistencia familiar y , montado en un caballo que cogió a su padre, abandonó la ciudad dirigiéndose a Toledo, donde se alistó en la compañía del capitán Benavides. Embarcada la tropa en Barcelona, desde allí puso rumbo a Italia, para ponerse bajo las banderas del Gran Capitán (D. Gonzalo Fernandez de Córdoba). Su atuendo era el de un pobretón, por lo que al llegar a Génova, el muy pícaro se las ingenió para obtener de una dama la suma de 200 coronas, con las que adquirió el vestuario y las armas a como correspondía la equipación de combatiente. La compañía llegó a Calabria, donde inmediatiamente entró en combate: Esquilache, Simatri, Cotrón, Nicastro y Terranova fueron lugares donde dio a conocer su fuerza, valor y destreza con las armas. Pronto su nombre comenzó a ser oido por el resto de la compañía hasta que, en el asalto a Seminara, salvó la vida del capitán Peñalosa, arriesgando la suya. El propio comandante en jefe de los Tercios: el Gran Capitán, le felicitó personalmente. Esto hizo que todos los capitanes de las compañías de los Tercios quisieran tener al bisoño soldado, que tan bravamente se comportaba, ofreciéndoles grandes primas por los reenganches.


Terminada la guerra en Italia, Villalva pasó a Roma, donde no le faltaron desafíos donde demostrar su destreza: hasta 3 duelos llegó a mantener en un día, saliendo ileso de todos ellos. En una ocasión fue asaltado por dos espadachines consumados, pero su reacción fue tan eficaz que logró batir a uno poniendo en fuga al otro. A consecuencia de tal lance fue Villalva metido en prisión y condenado injustamente a la última pena, pero consiguió eludir su ejecución gracias a un ardid no muy escrupuloso: se presentó un fraile franciscano a darle la confesión, y Villalva lo estranguló con una liga; se revistió con el hábito del monje, y salió de la celda por delante de sus guardianes diciendo: "ya está listo el cristiano". Villalva huyó de la ciudad y se refugió en el territorio independiente de la familia Orsini. Enterado el Papa Alejandro VI de todo lo ocurrido, y admirado por la astucia del jóven le perdonó y lo tomó a su servicio. Pronto pasó a Capitán de la Guardia Potifícia gracias a la confianza ciega que tenía César Borgia en él: lo tomó como amigo y consejero; De él diría: "el bizarro capitán une a su esforzado ánimo una singular prudencia e industria en todas las cosas necesarias, tanto para plantar idóneamente la artillería, como reconocer una muralla por donde se habría de tomar, saber cuando hay que arremeter y dar el asalto conforme a la disciplina y orden de la guerra" .

Bajo la bandera Pontificia, luchó contra los franceses en numerosas batallas, hasta que, añorando a sus antíguos compañeros de armas, pronto se reincorporó a los Tercios de D. Gonzalo de Córdoba, donde de inmediato le hicieron Capitán, ya que su nombre era muy popular y de muy buena fama. Con ellos combatió en muchas batallas, tanto contra los franceses, que querían apoderarse del norte de Italia como contra los turcos, que hostigaban los dominios españoles del sur. En todas ellas demostró tener un talento especial para la táctica militar así como un arrojo singular, por lo que el propio Rey D. Fernando el Católico lo nombró Coronel y lo tomó a su disposición. Gracias a ello, acompañó al monarca en sus viajes por Italia y Nápoles logrando de él regios favores para su familia y hermanos. En muy pocos años, Cristóbal había alcanzado fama, riquezas y honores. Ya no era aquel pobre hidalgo que todos recordaban en su ciudad. Fue a su regreso a España, cuando se casó con Dª Estefanía de Trejo, emparentada con los Trejos y Carvajales, las famílias mas celebérrimas y poderosas, ricas e importantes en la história de Plasencia.


III
CAMPAÑA DE ANDALUCIA

En el año 1508, al hacerse cargo de la regencia de Castilla D. Fernando el Católico, por la muerte de su yerno Felipe el Hermoso, surgieron varios elementos turbulentos que querían crear un ambiente de desgobierno y desestabilizar al monarca. Los hostigadores de ésta situación eran los grandes señores andaluces. Para solucionar ésta situación , el rey Fernando decidió servirse de la inquebrantable lealtad de Villalba y le ordenó que sin pérdida de tiempo se trasladase a Andalucía con toda su tropa. Todas las plazas rebeldes fueron cayendo una a una (comarca de Sevilla, de Utrera, Medina-Sidónia, Niebla...) . La fortaleza de Montilla la derruyeron cavando sus cimientos con varios cientos de azadoneros traidos de Córdoba.

Sojuzgada la nobleza andaluza, Villalba partió con toda su tropa hacia Andarax, donde los moriscos planeaban entrar otra vez en la peninsula y reconquistar el Reino de Granada. La conquista de la inexpugnable plaza de Andarax fue un hecho épico: Villalba puso sitio a la fortaleza con su tropa de infantería; recibió dos compañías de caballería y una de artillería, entabló un asedio en toda regla, con líneas de trincheras y aproches para protegerse del vivo fuego del enemigo. Con gran inteligencia, dio el asalto definitivo en el momento y lugar adecuado; Se tardó más de 2 horas en apoderarse de la muralla. Después fue preciso batir el Castillo y aún así no se pudo vencer la resistencia hasta que Villalba, que "andaba como un bravo león animando a todos sus soldados" , se batió en singular combate con un gigantesco turco, que era el alma líder de los moriscos, y le venció. La fama de su valor bastó entonces para que toda la guarnición mora se rindiera de inmediato: "salían de todos los lugares mas escondidos para darle obediencia con gran fervor" . Dominada la situación, regresó a Sevilla, donde el Rey le dio grandes muestras de reconocimiento a la vez que le concedía por escudo de armas, en campo de gules, un águila pasmada de oro y "la vandera que en la conquista de Andarax auia quitado a fuerça de braços a un valentissimo Moro, por orla, en señal que en batallas, desaffios, combates cercos y minas auia ganado grande gloria" .

De tal forma ennoblecido, Villalba acompañó al rey en su viaje a Burgos, permaneciendo a su servicio hasta la nueva campaña: la conquista del Reyno de Navarra.


IV
LA CONQUISTA DE NAVARRA

En el año 1512, el Duque de Alba moviliza sus tropas en Vitoria, dejando al coronel Villalba el mando de un escuadrón de infantería, el formado por todos los veteranos de la guerra en Andalucía. Marchando en vanguardia, recorrió toda la Burunda sin problemas, atravesó Echarri-Aranaz y sólo al llegar a la Barranca, los Roncaleses le cortaron el paso desde las alturas: "fue preciso entablar ligeras escaramuzas con unas vanderas de roncaleses, que es la mejor gente de aquel Reyno" . Sin más contratiempos, continuó tranquilamente su marcha hasta Pamplona, plaza que se rindió pacíficamente. De allí, el Duque de Alba dispuso que Villalba continuase hasta Roncesvalles con una "pequeña" columna de 3.000 soldados, y atravesándolo, llegó hasta San Juan, en la Navarra de Ultrapuertos, que la ocupó sin dificultad.

Ocupada la ciudad, Villalba quiso conquistar Bayona para la Corona de Castilla, pero el Duque de Alba se lo impidió. Mientras tanto los reyes navarros, que habían huido de Pamplona unos días antes hacia Francia, se encontraban ya en sus posesiones del Bearne (comarca del sur francés), y desde allí empezaban a preparar la contraofensiva con la ayuda de su pariente, el monarca de Francia.

En efecto, Juan de Albret estaba reuniendo un gran grupo de mercenarios venidos de toda Europa, y iban a ser capitaneados por un selecto grupo de caballeros navarros entre los que se distinguía el Mariscal D. Pedro de Navarra, un patriota del Reyno. Esta fuerza combinada iba dirigida por el delfín de Francia: el Duque de Angulema (el futuro Francisco I) y por el experimentado general La Palice. El ataque sobrevino enseguida, reconquistando San Juan de Pied-de-Port. Luego se introdujo en Navarra rumbo a la capital, mientras los castellanos huían a la desesperada hacia Pamplona. Nada mas refugiarse el Duque de Alba en la capital navarra, llegaron las tropas francesas, y pusieron sitio a la ciudad. Allí, Villalba aguanto el asedio: en la Catedral y en la Taconera cuentan las crónicas que el Coronel y sus hombres realizaron nuevas proezas en la lucha cuerpo a cuerpo. Comprobada la esterilidad del intento de asalto a la ciudad, los legitimistas optaron por la retirada a Francia. El Coronel salió entonces de Pamplona con 1.500 infantes escogidos y los siguió hostigandoles a lo largo de su marcha, sobre todo en el puerto de Velate donde, ayudado por los montañeses guipuzcoanos de Pérez de Leizaur, atacaron el grueso del ejército francés y se apoderaron de su artillería: 12 cañones, que luego pasarían a ser uno de los cuarteles del escudo de Guipúzcoa. Terminado éste episodio, la paz volvió al Viejo Reyno y entonces el Duque de Alba se retiró a la Corte, dejando a Villalba como Comandante en Jefe de Navarra.

La muerte de Fernando el Católico en 1516 dio a Juan de Albret nuevas esperanzas de reconquistar Navarra. Todo le era propicio y contaba con toda la nobleza navarra, incluso con las facciones que le habían sido contrarias. Además, Francisco I -ya Rey de Francia- le había ofrecido al rey navarro una ayuda, que luego no llego a prestar, por lo que la invasión fue un desatre: Villalba ganó la plaza de San Juan de Pied-de-Port y venció al grueso del ejército invasor en Roncesvalles, Isaba y en el Baztán, por lo que no tuvieron otro remedio que volverse a Francia. El Coronel comunicó al Cardenal Cisneros (regente de España en aquellos momentos) la victória conseguida: "Cisneros recibió estas noticias con sumo gozo y escribió en términos de mucho reconocimiento a Villalba, a quien estimó y amó después particularmente y a quien consultó en todas las contingencias y sucesos en que se trataba de la seguridad de la provincia" .


V
LOS CASTILLOS

Una pesquisa, en abril de 1516, comprobó que ciertos personajes importantes de Tudela (plaza de dudosa fidelidad a Castilla) visitaban con frecuencia al marqués de Falces en Marcilla, y que la Señora de Ablitas tenía contactos con el Bearn (residencia de los exiliados reyes navarros). Por las calles se oía decir que el rey Don Juan (de Albret) estaba próximo al llegar. Si eran o no chismes, el caso es que el Cardenal Cisneros se lo tomó en serio y aprovechó la ocasión para hacer lo que el rey Fernando había hecho en Castilla (derribar torreones, murallas, castillos, iglesias fortificadas...) pero que se había resistido a hacerlo en Navarra por no soliviantar a la nobleza navarra, que en aquellos tiempos le apoyaba en parte. Y no pudo elegir mejor ejecutor de su plan que al Coronel Villalva: él realizaría el encargo sin pestañear, anteponiendo la disciplina militar, de la que Villalba hacía gala.

Al frente de una columna volante recorríó Villalba el territorio en cumplimiento de su misión. Fueron arrasadas, del todo o en parte, las murallas de Tafalla, Tudela, Olite, Estella y Sangüesa y los castillos de Lerín, Mendigorría, Lumbier y Viana. Cayeron tambien iglesias y conventos fortificados. Se exceptuaron los castillos y murallas de Pamplona, Maya, Peña y San Juan de Pie de Puerto por su interés estratégico, Puente la Reina y Lumbier por pertenecer al conde de Lerín, cuñado del Virrey de Navarra, el cerco de Artajona (que pagó dinero), el castillo de Javier (le eliminaron los elementos defensivos mas notorios) y por último el de Marcilla, gracias a la varonil disposición de su dueña, Dª Ana de Velasco. Una leyenda navarra dice que, para amedrentar a Villalba, dispuso la marquesa de Falces que se izase la enseña del arcángel San Miguel ( patrón de la milicia) en la torre del homenaje. Pero el impío la desafió, en castigo de lo cual, sufrió poco tiempo después, una trágica muerte:

  • "...alzó Villalba los ojos,
  • y, ardiendo en ira y enojos,
  • vio la enseña tremolar
  • el Santo Arcángel, y airado
  • la espada asiendo, por Cristo,
  • exclamó, no había visto
  • el pendón que habeís alzado.
  • Vana argucia es esta, que
  • no ha de humillarme jamás
  • ¡San Miguel, muy alto estás,
  • pero yo te abaxaré¡"

Retirado a Estella, allí encontró su fin:

  • "Y muerto sin confesión
  • ni halló en la iglesia consuelo
  • ni de los hombres perdón.
  • Si fue milagro, no sé;
  • pero de su gloria el brillo
  • en Marcilla hollado fué:
  • juró arrasar el castillo....
  • y el castillo sigue en pié".


VI
LA MUERTE

Otra versión de la muerte de Villalba sitúa el mismo desafío al arcángel en la torre de San Miguel de Estella. Terminado el trabajo de demolición, se fue a su casa, se comió un atracón de pavo, y a la media hora - hechando la siesta- le dieron unos dolores terribles y al poco se murió, sin poder hacer nada por él. También se dice que el Conde de Lerín le habría envenenado, cuando Villalba pasó por sus tierras rumbo a Estella (donde vivía con su mujer) y le invitó a comer: al poco rato se comenzó a sentir indispuesto y sin acabar la comida, se marchó a Estella, donde murió. Sin embargo, a pesar de lo que los cronistas digan, un facultativo de hoy día diagnosticaría el fallecimiento por una simple congestión.

Cisneros lamentó mucho la muerte del Coronel Villalva y procuró amparar a sus hijos. Su cuerpo se encuentra actualmente al lado del altar mayor del convento de San Idelfonso de Plasencia.