En otros momentos, era Nemesia la que atraía por completo
la atención del monarca. Sabía ingeniárselas
de modo que el interés de éste nunca
decayera. Imprimía a su cuerpo un atractivo
irresistible, intensísimo, lo cual, unido al
hecho de que se inventaba las más originales
y excitantes prácticas amorosas, permitía
comprender que, nada más verla, una sofocante
fiebre sexual se apoderara de Borticón. Se
salía entonces el pobre de sí, y ya
era sólo un cuerpo convulso y estremecido,
traspasado de continuo por eléctricos cimbronazos
de goce. Como aquel día en que, tras un largo
y placentero vuelo por todo el Iberolimpo, decidieron
descansar sobre un inmenso campo de amapolas, tan
abigarrado y luminoso que más bien parecía
un tapiz de rubíes. Allí, extenuados
por el calor y la fatiga, se despojaron de todas sus
ropas, abandonándose a la recíproca
desnudez. No tardaron en sentirse atraídos
ante la vista de sus carnes palpitantes. Se entregaron,
pues, poco a poco, tranquilamente, a los besos y escarceos.
Los regueros de sus mutuas salivas sobre sus cuerpos
eran como circuitos de refrigeración que desafiaban
a la calina reinante. Nemesia alargó la mano
y tomó un puñado de amapolas con las
que acarició todo el cuerpo de Borticón
sin olvidar resquicio alguno, por lo que el sexo se
le endureció y levantó como un inmenso
y altivo animal. Hacia él llevó la hermosa
inmortal las carmíneas flores e inició
unas suaves caricias. Pasaba con delectación
las amapolas por cada una de sus partes: tan pronto
se detenía en el bálano desnudo, cubriéndolo
con sus bermellones y frescos pétalos, tan
pronto surcaba la base cavernosa y pétrea,
o bien cosquilleaba dulcemente los turgentes y temblorosos
testículos. Después, el contacto se
fue haciendo más duro, más violento:
ya no posaba imperceptiblemente los pétalos,
sino que los aplastaba y estrujaba contra el sexo,
impregnándolo en el choque de su tinta rojiza,
convirtiéndolo paulatinamente en zumo sangriento,
en líquido incandescente extendido a lo largo
y ancho. Borticón no pudo resistir por mucho
tiempo aquel satánico contacto; en un abrir
y cerrar de ojos, su enorme miembro fue un surtidor
intermitente de yeso líquido; el esperma dejó
gotas blanquísimas entre las láminas
de las flores que aún restaban intactas, mezclándose
igualmente con el yodo de los pétalos reventados.
Gregorio Morales, Y Hesperia fue hecha.

Todo estaba preparado para el día de la
confabulación. Nemesia se había puesto
a retozar en una algodonosa y blanca nube. Recostada
indolentemente, echaba la cabeza hacia atrás,
al tiempo que movía brazos y piernas. Una luz
cinérea le iluminaba el flanco derecho, de
modo que la inmortal parecía una diosa planetaria,
el cuerpo fabricado a retazos de casiterita, cuarzo
y azulado corindón. Pero con el continuo movimiento
de los cumulonimbos, la iluminación cambiaba
a menudo, metamofoseándola con los tonos más
diferentes: tan pronto vestían sus carnes prietas
y suaves con los rayos del iris -violeta vibrante,
verde limón, tenue amarillo, hialino rosado-,
tan pronto la envolvían en lúbrica luz
negra que se ajustaba a la figura con su cadencia
infrarroja, blanqueando de nácar purísimo
sus ojos almendrados y sus dientes geométricos;
convirtiendo su epidermis en cálido terciopelo
adornado por minúsculos diamantes que brillaban
intermitentemente. Otras veces, los rayos hacían
que su cuerpo pareciera simplemente un cuerpo de mujer
admirablemente forjado y que mostraba un color bruno
y uniforme, pura madera siena. En esos momentos, sus
semiesféricos senos se proyectaban más
atractivos, su carne extendida y repartida por efecto
de la posición recostada, la areola
y la dulce yema alzándose desafiantes en medio
de la elástica masa. Por entre sus piernas
caía una sombra opaca y taumatúrgica.
Borticón, que después de su recobrada
tranquilidad gustaba de pasear por el altísimo
firmamento, contempló la liviana escena: la
muelle nube con sus lascivas oquedades, la tenue iluminación,
el dulce abandono de Nemesia, sus umbrosas e imantadas
negruras, sus pechos extendidos elevándose
al compás de la respiración... En pocos
segundos, se inflamó. Se lanzó entonces
vertiginosamente hacia aquel vapor de caolín.
Y nada más llegar, dejó libre su largo
y erecto falo, y, tras abrir frenéticamente
los muslos de Nemesia y separar con su manos expertas
las puertas de rubí, le introdujo su príapo
de enormes proporciones. Y, juntando su esmegma con
el de la diosa, pudo deslizarse suave y fácilmente
por las acuanosas paredes de la sima. Pero no se asentó
definitivamente en ella. Muy al contrario: como sus
poderes le permitían tener aspermatismo todo
el rato que deseara, paseó una y otra vez su
hinchada fusta a lo largo de la crica, introduciéndola
y sacándola parsimoniosamente. Un gusto intensísimo
los envolvía a los dos.
Prasupada contemplaba, desde una nube próxima,
la fornicación de ambos progenitores, acariciados
sus oídos por el continuo jadear. Acechaba
la ocasión oportuna y justa para intervenir,
siguiendo paso a paso el plan previsto.
Llegó un momento en que las acometidas de Borticón
tomaron un ritmo más rápido y sus ojos
se desorbitaron. Incitado por su madre (lo cual no
quería decir que hubiera dejado de sentir un
profundo placer), Prasupada se acercó sigilosamente
a la nube nupcial. Con el mayor tiento y procurando
no ser visto por su padre, se introdujo en ella, y,
cuando el carajo avasallador -ya casi presto a la
extasiante deshicencia final- regresaba de una de
sus acometidas, lo agarró con una mano mientras
que, con la otra, en la que esgrimía una afiladísima
y aguda navaja, le daba un tajo feroz.
Gregorio Morales, Y Hesperia fue hecha.
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