La isla tranquila
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La Mola
Hemos dejado para el final de nuestro recorrido la descripción de La Mola porque no es sólo su situación geográfica, sino también su singularidad física la que mantiene un tanto alejada esta porción de isla de todo el resto, haciendo que su visita se suela postergar. La cuesta a vencer es considerable si se acomete en bicicleta, pero no insuperable (2Km), y si se teme esta aventura y no se dispone de otro vehiculo, siempre queda la posibilidad de recurrir al autobus local.
| Lo que sí resulta claro cuando se llega aquí
habría sido una pena no intentarlo. En este peñón de superfície mayormente
plana -propiamente una "muela"- es norma la defensa de las
características propias, sean paisajísticas o humanas, frente a los cambios
que va imponiendo el turismo. Por lo que respecta a lo humano, la novedad es que
a las labores agricolas se les han añadido otras de contenido artístico o
artesanal, pero quienes practícan éstas últimas han procurado siempre, desde
su aparición, no desentonar. Esta circunstancia se hace evidente en la misma
adaptación de las viviendas construidas por la población de origen foráneo a
las fórmulas arquitectónicas locales.
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El paisaje se estructura de forma concentrica a partir de un núcleo ligeramente "urbanizado", la parroquia de Nuestra Señora del Pilar, con su blanca y pequeña iglesia, que se ha convertido en imagen distintiva de la zona. A su alrededor, ocupando la superfície de la planície, hay alquerías donde aún se otorga al cultivo de los cereales, las hortalizas o la vid, el simple -y sublime- valor de antaño: hacer posible la vida autoabasteciéndose. Y cerrando este espacio hasta llegar a los acantilados, masa forestal prácticamente incólume. |
Es interesante el camino de Sa Talaiassa, porque conduce al punto más alto de la isla, pero hay que recomendar también otro no radial, quizás el más genuino, que parte de la base de La Mola. Es el Camì romà o des Frares (romano o de los frailes, lo que indica que no hay unanimidad en cuanto a sus orígenes), que va desde Es Caló hasta el punto conocido como Es Mirador. Conserva tramos de empedrado, atraviesa el bosque en contínuo ascenso y depara al caminante las mejores vistas de todo el sector previo de la isla.

Desde El Pilar hacia el este, el camino obligado es el que lleba al faro que muchos llaman Far de Formentera, ya que lo es por autonomasia, porque cierra la isla y aún añade más de 20m a la considerable altura que separa el terreno circundante del mar. Fue construido durante el reinado de Isabel II y es el remate a un espectacular paisaje, en el que la dureza del acantilado sólo se ve compensada por una vegetación escasa y la vista de la azul inmensidad. Muy cerca, un sencillo monumento agradece al novelista y visionario Julio Verne haber citado en una de sus obras la existencia de la isla.

Todo el perfil de costa encarado al norte se caracteriza por la presencia de numerosas cuevas, y en Punta de Sa Creu, donde es más vertical, aún seguía vigente no hace mucho una costumbre nacida de la necesidad de ampliar la dieta. Recibía el nombre de Virotar, y consistía en descender por la pared de los acantilados, con la ayuda de cuerdas, para robar sus nidos a los Virots, pardelas, que ocupan masivamente las oquedades.
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