|
|
|
A imitación de otras ceremonias teatrales, el tango cantado sigue el tipo de precisiones que configuran su espectacularización y carácter dramático. Si a primera vista los argumentos para valorar esta faceta son numerosos, pronto se adviene que también es fructífero el viaje inverso, demostrando la identidad de su línea melódica y de ese material poético que engendra el modernismo. De otra parte, es bien sabido que cuando el prestigio musical de esta tonadilla escénica ingresó con claridad en los espacios fabulosos del siglo XX, los letristas adeptos pudieron vanagloriarse de haber construido un vigoroso cancionero, lleno de connotaciones castizas y también cuajado de formidables hallazgos literarios. Por coincidencia simbólica, esta expresión de los márgenes del arrabal -plebeya, privativa e indecisa durante sus inicios- tardó en hacerse respetable, pero luego ganó fama fuera de sus confines, y en este orden de afectos, tuvo proyección ulterior en eso que aún sin tener muy claro sus giros y estímulos, solemos llamar alta cultura. De ahí que muchos adjudiquen a Carlos Gardel un rango superior en la encuesta, pues la visión genética del tango, aunque abreviada, no se entiende sin su testimonio. Aún más, dado que el género reduce a estrofas la identidad porteña, debe anotarse que el cantor también ordena en su repertorio una formidable serie de abstracciones: roles y estereotipos barajados con cierta ambigüedad, que habían prosperado en los bajos de la ciudad antes de subir a los escenarios. De modo más concreto aún, Borges entendió que «sin atardeceres y noches de Buenos Aires no puede hacerse un tango y que en el cielo nos espera a los argentinos la idea platónica del tango, su forma universal (esa forma que apenas deletrean La Tablada o El Choclo), y que esa especie venturosa tiene, aunque humilde, su lugar en el universo». En todo caso, espigando solamente algunas de las claves más obsesivas de semejante avatar, Gardel reaparece como su más prestigiosa y tenaz figura, y además sin otras leyendas paralelas, pues ya son suficientemente legendarios su don expresivo y una biografía vaga y breve, animada con latidos novelescos Desde tales valores de ejemplicidad -o si se quiere, complicándolos con afinidades mitopoéticas-, lo cierto es que el tango realiza distintos deseos a lo largo de su historia. Como ya vimos, en el centro de este drama hecho canción siempre opera Gardel. Personaje creciente, fluido en la curva de las emociones, y ahora puesto entre corchetes por el especialista Rafael Flores, cuyo diálogo con el género contribuye a clarificar los límites entre la intuición estética, los adornos impresionistas y la certeza del musicólogo. Como podrá comprobar quien lea esta monografía Flores condensa en ella una larga rebusca que él se ha encargado de
|
difundir por medio de otros libros, artículos e intervenciones radiofónicas. Desde luego, no es la primera vez que Carlos Gardel modula sus intereses, pero acaso sea ésta la oportunidad en que le dedica un volumen más completo, pues no sólo ofrece una lectura concluyente en torno a los conflictos y fortunas del héroe. También facilita el autor un disco compacto con una antología de canciones y una magnífica serie de imágenes: dos aportes documentales que ayudan a entender la desproporción de Gardel cuando se lo compara con sus apóstoles más fervientes. Y ya que mencionamos esta posición litúrgica del artista, cabe mencionar que Flores repasa sus varios títulos de nobleza -los que sitúan al cantante en la inmortalidad- y desentraña algún que otro misterio, aunque sin enojar a los incondicionales. Lo cual no es poca cosa, dado que trazar acá una interpretación verosímil es una empresa no fácilmente realizable, y sugiere siempre una suerte de intriga detectivesca cuando se repasa de nuevo el jeroglífico que compuso Gardel con sus documentos de identidad. Algo parecido sucede a la hora de enumerar sus condiciones fabulosas. Como se sabe, este destello del artista queda matizado por una temprana muerte: amago del destino que lo guardó bien de todo cuanto representa envejecimiento. Un matiz decisivo al decir Borges: «su gloria máxima fue póstuma». Ahora bien, la acción prosigue en un segundo acto no menos revelador: «Buenos Aires se siente confesada y reflejada en esa voz de un muerto». Con todo, aunque este logro del difunto tiene consecuencias muy concretas en el ámbito de la fantasía popular, Flores envuelve a su protagonista con objetividad. Y sobre este fondo, aunque reconoce que a Gardel se le ha investido de esa estela legendaria, nuestro autor elige otra conclusión. «La fuerza de sus hechos artísticos -dice- es tan intensa que a las veneraciones rituales preferimos el placer de oírlo una y otra vez». Como vez, intérprete y estilo en sí mismo, el personaje sirve al ensayista para ejemplificar la singular dinámica tanguera y su seductora preferencia por ciertos lugares de la memoria. Pero esta monografía es un conglomerado que reúne tantos méritos en su texto como en los apéndices, donde se incluyen, una bibliografía, un glosario, la filmo-grafía, la discografía y el árbol genealógico del Carlos Gardel. A modo de cancionero, ya en la última parte del libro, su autor acapara el interés del curioso con una presentación de los temas que integra el CD adjunto, el cual, por cierto, viene a proporcionar un resumen fonográfico de la personalidad dramática y musical del biografiado. Guzmán Urrero Peña Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, núm 648 Madrid, Agencia Española de Cooperación Internacional, 2004
|
|
|