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Ya lo decía Borges: “No es el lector quien elige el libro; es el libro el que elige al lector”.Así Otumba inexorablemente elegirá a sus lectores. Rafael Flores, su autor, ha urdido un libro de emocionante y extraña arquitectura y lo ha dotado de una convincente apariencia de novela. Pero Otumba, lo advierto al lector, sólo en términos formales es una novela; una excelente novela latinoamericana, sombría y trágica, por cuyas páginas ambulan, desgarbados y a menudo terribles, los espectros de la pasión y la muerte; el heroísmo y el martirologio; la memoria y los sueños; el dolor y la encendida alegría de las vísceras y el alma en los prodigios del amor; la lucha y la derrota; la amistad y los odios; el destierro y la incurable obsesión del retorno; la imposibilidad flagrante del olvido. Ante Otumba es imposible ser neutral, entre otras razones suficientes porque Rafael Flores no lo es. No me referiré a su biografía –que conviene consultar en el interior al final del libro-, sino al que considero su rasgo de identidad esencial: no es un literato sino un escritor, mejor aún, un ser-que-escribe para un ser-que-lee, esto es, no un lector sino un testigo y centinela lúcido e insobornable. Su estética es, pues, una ética militante y rigurosa, nunca fundamentalista y jamás pacata, una ética fundada en el amor, la libertad y la justicia, en suma una ética de la belleza sin tregua, desnuda y sin falsos ornamentos. Y, al propio tiempo, su ética es una estética profunda y alta de la dignidad humana, así como su narrativa, su épica, la del coraje de vivir. Así, en su obra, y Otumba (¿oh tumba quizá?) lo demuestra, lo ficcional es sólo un pretexto artístico o un recurso mágico para provocar la emoción (Otumba es ciertamente provocativa), la emoción del conocimiento. En este sentido Flores corrige el aserto de Umberto Eco: “Donde no hay información, no hay comunicación”, por este más verdadero y elocuente: “Donde no hay emoción no hay comunicación”. Jose Viñals |