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“Muchas veces la
perra de la melancolía entra y se echa en un rincón de mi casa. En
sus ojos veo silencios aún invulnerables y me cuesta echarla a
patadas. Me inquieto. Busco el sabor del vino que alegra, el amor
que abrasa, fabulo horizontes sin ella. Después de un rato se va sin
que me dé cuenta.”
Dieciocho años
después de publicar la novela
Otumba, primera elaboración
literaria de su experiencia vital en la Argentina de los años
setenta, Rafael Flores describe en este ensayo sus vivencias en la
organización de las Coordinadoras como movimiento asambleario
considerado “el salto organizativo autónomo más espectacular de los
trabajadores argentinos”. El compromiso comenzaba en la fábrica de
caucho donde trabajaba y se extendía a los diversos colectivos que
conforman la vida en las ciudades. Afrontaba la educación en el
sentido más amplio de la palabra, la colaboración con el vecindario
en sus hechos cotidianos (instalar una casa, festejar los nuevos
nacimientos, alegrar las fiestas o llorar las desgracias), como la
preparación conjunta con otros gremios para la lucha. Así se tejió
la red solidaria sobre la que luego iba a transitar el desarrollo
ideológico de las Coordinadoras.
Todo ello ocurría
durante su juventud en Córdoba, “cuando fue compañero de un amplio
espectro de la militancia política, reconociéndose orgánico
solamente del Sindicato del Caucho y de la Mesa de Gremios en
Lucha”.
El mero hecho de
haber entendido y construido lo que significa vivir con dignidad lo
llevó a ser secuestrado semanas antes del golpe militar de Videla.
Tras la tortura, por efecto de la movilización de miles de
trabajadores que exigieron su aparición con vida y en libertad, fue
reconocido como “preso a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”,
en decreto firmado por Isabel Perón el 16 de marzo de 1976.
Permaneció encarcelado hasta que las reclamaciones nacionales e
internacionales forzaron su liberación para asilarse en España, en
febrero de 1979.
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