Extracto del Articulo:
"Castillos Templarios".
Provisto
por ElMundomedieval.com publicado Lunes, Marzo 10,2003
Iconos
del paisaje medieval de la Península Ibérica, los castillos levantados por la
Orden del Temple son joyas arquitectónicas que pueden descubrirse prácticamente
por todos los rincones de la geografía española.
El Temple leonés
Los caballeros templarios colaboraron activamente en la conquista de las
Extremaduras que el reino de León emprendió durante buena parte del siglo XII,
en la época de su separación de Castilla. Su colaboración en la reconquista de
aquellos territorios fue, sin duda, decisiva. Y sus reyes, con Fernando II a la
cabeza, premiaron sus esfuerzos no sólo dándoles la propiedad o la custodia de
numerosas fortalezas de aquella frontera que poco a poco iba ampliándose y
sobrepasaba ya la línea del Duero, sino que, atendiendo a los fines que
proclamaba su regla, les hizo donación de importantes territorios lindantes con
el Camino de Santiago, para que el Temple los protegiera y defendiera a los
peregrinos de aquella ruta, cuyo itinerario oficial habían establecido poco
tiempo atrás los monjes de la Orden de Cluny.
Ponferrada: El centro
neurálgico de aquellas donaciones fue la comarca leonesa del Bierzo. Y la
ciudad de Ponferrada constituyó su base de operaciones, con una fortaleza medio
derruida que los templarios convirtieron en su centro de actividad en la zona. La
reconstrucción y adaptación de aquel lugar a sus fines hicieron que el castillo
de Ponferrada se convirtiera, con el tiempo, en un hito de la presencia
templaria peninsular. Y hoy mismo, cuando se habla o se escribe sobre la
importancia que tuvo la Orden en la Reconquista, su nombre constituye un punto
de referencia obligado, aunque nunca sirvió a los fines defensivos y militares
para los que fue concebida.
En cierto sentido, el Temple conformó el paradigma berciano. Y si hoy el Bierzo
constituye, con la Maragatería, el entorno leonés con más fuerte dosis de
personalidad, en buena medida es gracias a los freires que lo adaptaron a sus
fines, a sus necesidades y a sus proyectos. Además, fueron ellos los que
introdujeron allí la devoción mariana y establecieron el culto a la virgen
patrona, Nuestra Señora del Olivar, cuya tradición parece remontarse a los
tiempos en que los templarios procedían a la reconstrucción de la fortaleza y
levantaron el santuario que se encuentra junto a ella. La tradición de la
comarca atribuye al Temple su milagroso descubrimiento, que, según la leyenda,
se debe a un caballero de la Orden a quien se apareció la imagen, rodeada de
luces, mientras los obreros a su servicio recogían piedra y talaban árboles
para la reconstrucción del castillo.
Pero, a poco que indague en el pasado, el viajero curioso de nuestros días
puede descubrir otros factores que potenciarán la importancia que tuvo la Orden
templaria en aquellas comarcas y el interés paralelo que aquel territorio pudo
jugar en sus fines y en el progreso de su ideario, tanto material como
espiritual, e incluso político y económico.
Las Médulas y su entorno templario:
Una de las sorpresas que aguardan al que recorre aquellas comarcas es el
descubrimiento, muy cerca de Ponferrada, del insólito paraje llamado Las
Médulas, hoy promocionado por el turismo, pero casi desconocido por la gente
hace aún menos de cincuenta años. Las Médulas son todo lo que queda de la más
importante estructura creada por Roma para abastecer de oro las arcas del
Imperio. Constituye un insólito conjunto de pequeños montes rojizos que no son
más que restos de una mina gigantesca, abierta a los cuatro vientos, de la que
se extraía el precioso metal cuando se soltaban las presas construidas en las
alturas de los montes de León y el agua liberada se precipitaba sobre las
tierras auríferas, arruinándolas literalmente y poniendo la ganga al
descubierto. Roma explotó el yacimiento durante dos siglos, pero, por razones
que nunca se han llegado a conocer con exactitud, lo abandonó súbitamente, y el
lugar, con el tiempo, quedó olvidado, para dejar de constituir un recurso
económico.
Sin embargo, hay motivos que permiten sospechar que los templarios
redescubrieron aquel filón de riqueza y reanudaron secretamente su explotación.
Entre otras razones cabe aportar el notable incremento de la riqueza de la
Orden después de entrar en posesión de estos territorios y, más significativo
aún, el hecho de que emprendiera la construcción de varios castillos en torno a
la vieja zona minera, cuya utilidad no se entiende si no los consideramos como
fortalezas destinadas a la protección de un territorio digno de ser guardado
por su riqueza. Las ruinas de aquellos castillos pueden visitarse todavía,
aunque penosamente. Y los nombres que reciben —Cornatel, Corullón, Pieros— dan
cuenta de su origen templario y permiten sospechar los fines que rigieron su
erección.
Al otro lado de los montes, hacia
la comarca de la Maragatería, el Temple estableció también importantes
encomiendas (como la de Turienzo de los Caballeros, todavía en pie), siempre
cercanas a minas de oro largamente abandonadas por Roma y muy probablemente,
vueltas a poner en explotación por la Orden.
Hitos de espiritualidad:
Desde las alturas de las torres desmochadas de Ponferrada, mirando hacia las
cumbres que fueron ancestralmente sagradas de los montes de León, se extiende
un territorio que, hasta la invasión musulmana primero y, después, tras la
primera reconquista de la zona por el incipiente reino asturiano, conformó una
zona especialmente bañada por la espiritualidad de una legión de anacoretas y
monjes. Éstos, bajo la influencia mística de un hombre santo conocido como san
Fructuoso del Bierzo (que llegó a ser obispo de Braga), llevaron aquel enclave
a las cumbres del más puro sentimiento místico, empapado en ocasiones por los
heréticos idearios heredados del gran maestro heterodoxo Prisciliano, que fue
mandado decapitar por orden de la Iglesia en los últimos lustros del siglo IV.
La zona, recuperada tras su temprana repoblación por monjes que tomarían con el
tiempo el hábito de San Benito, tuvo relaciones muy estrechas con los freires
templarios y guarda auténticos tesoros de la arquitectura sagrada primitiva,
como es el caso de la iglesia de Santiago de Peñalba, los restos del cenobio de
San Pedro de Montes y otras asombrosas muestras de su cultura, tales como la
increíble herrería de Compludo, que todavía funciona en nuestros días con la
única energía que le transmite la corriente de un riachuelo vecino desde hace
casi dos mil años. Un prodigio casi milagroso de la técnica ecológica más
ancestral.
Finalmente, mencionemos la visita obligada al Museo Diocesano de Astorga, donde
se conserva, celosamente guardado, uno de los ejemplares de cruz patriarcal que
fueron propias de la Orden del Temple y de las que existen en España otros
ejemplos emblemáticos, como la Cruz de Caravaca o la que se guarda en
Zamarramala, procedente de la iglesia templaria segoviana de la Vera Cruz.