Carta recibida en nuestro
buzon de Correo.
Homenaje a mi Abuela
Os escribo para hacerle un pequeño homenaje a
mi abuela. Mi abuela nació en Turienzo de los Caballeros. Allí transcurrió
parte de su vida, en la escuela aprendió
las cuatro reglas básicas, y en la pila de San Juan Bautista fue bautizada con el nombre que hoy su
nieta tiene.
Pero la vida no era antes tan fácil y desde
pequeña se tuvo que poner a trabajar para ayudar a sus padres.
Se casó pronto a la edad de 19 años y
comenzaron a llegar los hijos. Tenia que llevarlos al campo mientras ella
segaba, pues no había con quien dejarlos. Por la noche mientras que todos
dormían ella cosía, remendaba y hacia trajes para luego venderlos o vestir a su
familia. Siempre sentía que las horas del día no daban para más.
Nunca podía dormir tranquila no sea que el río
se desbordara e inundara la casa en la vivían.
Así era Turienzo, la tierra que mi abuela
amaba quería y odiaba.
Y no
pudiendo mas, cogió a su familia y se fue a la ciudad, a comenzar una
nueva vida y a darles una mejor a sus hijos.
Después de muchos años luchando sin
vacaciones, llegó el año en que pudo regresar a Turienzo, pero esta vez no iba
para trabajar, sino para disfrutar de sus campos de sus olores y de sus
recuerdos que aunque algunos amargos formaban su pasado y habían originado su
presente.
Tierra de labradores, segadores, pastores,
muchos hicieron lo mismo cogieron sus ahorros e inmigraron a la ciudad.
Pero año tras año si podían volvían a sus
orígenes, a esas tierras que les vieron nacer y que crecieron con el sudor de
su frente. Ahora podían pasear por ellas, tan solo ya recordando los tiempos
pasados vividos.
Y pasó una vida en la capital siempre
queriendo volver. Transcurrieron los años y después de criar a sus hijos, a sus nietos, sintió que era
hora de regresar, formar un nuevo hogar, comprar una casa allí, donde tantos
años vivió sin que nada fuera suyo. Tenía una nueva ilusión, arreglar la casa,
adornarla con todas las fotos de sus nietos, los dibujos de la iglesia y del
pueblo que ellos mismos habían pintado.
Ahora era su huerta la que araba y donde
cultivaba tomates, lechugas, ya no por necesidad sino por placer, por
diversión.
Era en su jardín donde cuidaba los rosales, la
parra. Y nada mas levantarse se
asomaba a la ventana desde donde
podía divisar todo su pueblo, en
cada rincón, en cada árbol en cada banco había un recuerdo.
Es el premio a
toda una vida dedicada a los suyos, a ayudar a su familia hacerles la vida un
poco más fácil
Y así se cumplió su ilusión, quedarse en
Turienzo de los Caballeros para
siempre.
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