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Astorga — La
Posada — Los Maragatos — Los habitos de los Maragatos — La Estatua.
Fuimos a una posada en los suburbios, la única, de hecho, qué el lugar
podía permitirse. El patio estaba lleno de arrieros y portadores, y se discutía
ruidosamente; el amo de la casa estaba luchando con dos de sus clientes, y la
confusión universal reinó alrededor. Cuando yo me apeé, recibí el contenido de
un baso de vino en mi cara, recibimiento, que probablemente se pensó para otro,
pero yo no efectúe ningún gesto. Antonio, sin embargo, no era tan paciente,
siendo golpeado con un garrote corto, él devolvió el saludo al instante con su
látigo, marcando la cara de un conductor de carros. En mi empeño por separar a
estos dos antagonistas, mi caballo se desato, apresurándose entre la promiscua
multitud, derribando a varios individuos y efectuando algunos pequeños daños.
Paso bastante tiempo antes que volviera la calma: por fin nos mostraron una
habitación tolerablemente decente.
Efectuamos, sin embargo, una inmediata posesión de ella, antes que llegara el
tren de Madrid con destino a Coruña, repleto de polvorientos viajeros, y
formado por mujeres, niños e inoperantes funcionarios. Llegado el tren, fuimos
desalojados inmediatamente, y nuestro equipaje tirado en el patio. En nuestro
quejarse de este tratamiento, nos dijeron que nosotros éramos dos vagabundos a quienes
nadie conocía; quién había venido sin un arriero, y habíamos puesto la casa
entera en confusión.
Como un gran favor, sin embargo, nos permitieron alojarnos en un edificio
ruinoso situado en el patio junto al establo, y llenó de ratas y bichos. Había
una cama vieja aquí con un probador, y con este miserable alojamiento estabamos
satisfechos, puesto que yo no podría desplazarme a un lugar mas lejano, ya que
estaba enfermo y con fiebre. El calor del lugar era intolerable, y me senté en la escalera con la cabeza entre
mis manos, abriendo la boca para respirar: Antonio pronto aparecido con vinagre
y agua, qué yo bebí y me sentí aliviado.
Nosotros continuamos en este suburbio tres días, y durante la mayor parte
del tiempo yo estuve tirado en la cama del probador. Una o dos veces efectúe un
recorrido por la ciudad, pero no encontré ninguna librería, ni persona alguna
dispuesta a encargarse de la disposición mi Testamento. Las personas eran
brutales, tontas, e incivicas, y yo volví a mi cama del probador fatigado y
desanimado. Aquí yo podía escuchar de vez en cuando el grato sonido de las
campanas del reloj de la vieja catedral. El amo de la casa nunca vino cerca de
mi, y de hecho, ni una sola vez pregunto sobre mi. Bajo el cuidado de Antonio,
sin embargo, yo empece rápidamente a recuperarme. "Mi Maestro," me
dijo una mañana, "ya veo que esta mejor, lo que nos permitirá dejar este
mala ciudad y peor posada, mañana por la mañana. Ahora, mi maestro, es el
momento de seguir nuestro camino hacia Galicia y Lugo".”
Antes de continuar, no obstante, para narrar lo que nos ocurrió en esta
jornada a Lugo y Galicia, quizás no será errado decir unas pocas palabras acerca de Astorga y su vecindad.
Es un pueblo amurallado y contiene aproximadamente cinco o seis mil habitantes,
con una catedral y universidad que en la actualidad están en total abandonó. Se
sitúa en los limites, y puede llamarse la capital de un tracto de tierra
llamado el país de los Maragatos que ocupa aproximadamente tres leguas
cuadradas, y tiene para su límite norte-occidental una montaña llamada Teleno,
el más alto de una cadena de montañas que tienen su origen cerca de la boca del
río Miño, y se conecta con una inmensa cordillera de montañas que constituye la
frontera de Asturias y Guipúzcoa.
La tierra es ingrata y yerma, y mezquinamente devuelve el trabajo del
cultivador, siendo su mayor parte rocosa, con algunas zonas de tierra de
ladrillo roja.
Los Maragatos son quizás la casta más singular que puede ser encontrada
entre la variada población de España. Ellos tienen sus propias y peculiares
costumbres y vestidos, y nunca efectúan matrimonios con los españoles. Su
nombre es una pista a su origen, puesto que significa, "los godos
moros," y al día presente su vestido difiere muy poco, del de los moros de
Barbary, la cual consiste en una chaqueta firme larga, afianzada a la cintura
por un cinto ancho, pantalones cortos sueltos que terminan en la rodilla, con
botas y polainas. Sus cabezas están afeitados, excepto una ligera franja de
pelo que queda en la parte más baja. Si ellos llevaran el turbante o barret,
ellos podrían distinguirse escasamente de los moros en su vestimenta, pero en
su lugar ellos llevan el sombrero, o el sombrero extendido y ancho de España.
Puede haber pequeñas dudas, sobre que ellos sean un remanente de esos godos que
estaban al lado de los moros en su invasión de España, y que adoptaron su
religión, costumbres, y manera de vestir, que con la excepción de su religión,
todavía conservan en un alto grado. Es, sin embargo evidente, que su sangre no
se ha mezclado en ningún momento con la de los salvajes niños del desierto,
pues escasamente entre las colinas de Noruega podría usted encontrar figuras y
caras con rasgos mas esencialmente Godos que aquéllos de los Maragatos. Ellos
son mas bien hombres atléticos, pero rudos y pesados, y sus rasgos, aunque por
la mayor parte bien formados, están libres y desprovistos de expresión. Ellos
son lentos y llanos en su lenguaje, y esas elocuentes e imaginativas
expresiones tan común en la conversación de otros españoles, raramente o nunca
se les escapan; ellos tienen una pronunciación espesa y tosca, y cuando usted
oye que ellos hablan, usted casi imagina que es algún campesino alemán o inglés
que intenta expresarse en el idioma de la Península. Ellos son
constitucionalmente flemáticos, y es muy difícil de despertar su enojo; pero
ellos son peligrosos y desesperados una vez que ellos se enfadan; una persona
que los conoció bien, me dijo que él prefería enfrentarse a diez Valencians,
personas infames por su ferocidad y sedientas de sangre, que enfrentarse a un Maragato enfadado; estando en otras
ocasiones flojo y tonto.
Los hombres escasamente alguna vez se ocupan de la agricultura, la cual
ellos abandonan a las mujeres, que aran los campos pedregosos y recaudan las
escasas cosechas. Sus maridos e hijos están lejos y en diferentes empleos:
porque ellos son una nación de arrieros o portadores, y casi consideran una
desgracia, seguir cualquier otra profesión. En cada camino de España,
particularmente en el Norte de las montañas que dividen las dos Castillas,
puede verse las cuadrillas de pífanos y equipos de estas personas colgando o
durmiendo bajo el ardiente sol, sobre las
gigantescas y muy abrumadas mulas. En una palabra, casi el comercio
entero de una mitad de pasos de España,
se efectúa a través de las manos de los Maragatos cuya fidelidad y confianza es
tal, que nadie que acostumbró a emplearlos dudaría de confiar en ellos el
transporte de una tonelada de tesoro del mar desde Vizcaya a Madrid; bien se
sabe que no seria por su culpa, cuando ellos no pudieran entregar la carga a
salvo y sin mermas, incluso de un grano, y que atrevidos y osados deben de ser
los ladrones que buscaran arrebatarlo a los temidos Maragatos, que se aferraría
a él aunque ellos pudieran levantarlo, y lo cubriría con sus cuerpos cuando
ellos se tumbaran en el acto de carga o descargando de sus largas carabinas.
Pero ellos están lejos de ser desinteresado, y si ellos son los más fidedignos
de todo los arrieros de España, ellos exigen en general por lo menos para el
transporte de artículos una suma doble a qué otros del comercio estimaría una
recompensa razonable: por esta razón ellos acumulan grandes sumas de dinero, no
obstante ellos se complacen en una tarifa superior, muy lejana a las aplicadas
en general por español parsimonioso; - otro argumento en favor de su pura
descendencia goda; para los Maragatos, como verdaderos hombres del norte, se
complacen en emborracharse con licores y cebarse de gruesas y deliciosas
carnes, que ayudan a aumentar sus figuras altas y graciosas. Muchos de ellos se
han muerto en posesión de riquezas considerables, parte de las cuales ellos
frecuentemente han dejado para la construcción o embellecimiento de casas
religiosas.
En el extremo oriental de la catedral de Astorga que sobresale encima de la
alta y escarpada pared, una colosal figura en primer lugar puede verse en el
tejado. Es la estatua de un portador Maragato que dono a la catedral una gran
suma de dinero. Él está con su vestido nacional, pero su cabeza se aparta de
las tierras de sus padres, y aunque él ondea en su mano una especie de bandera,
él parece estar llamando a su raza desde su región estéril a otros climas,
donde un campo más rico está abierto a su industria y empresa.
Yo hablé a algunos de estos hombres respetando el asunto para todos
importante de la religión; pero yo encontré "sus corazones duros, y sus
orejas torpes a escuchar, y sus ojos cerrados". Había uno a quien yo
mostré el Nuevo Testamento en particular, y a quien yo me dirigí durante un
tiempo considerable. Él escuchó o parecía escuchar pacientemente, tomando
ocasionalmente grandes tragos de un inmenso jarro de vino blanquecino que
estaba de pie entre sus rodillas. Después de que yo había concluido él dijo,
"Mañana yo partiré para Lugo, adonde, según me dice, usted va. Si usted
desea enviar su cofre, yo no tengo ninguna objeción para tomarlo a tanto
(nombrando un precio extravagante). En cuanto a lo que usted me ha dicho, yo
entiendo poco de ello, y no creo una palabra; pero en respeto a los libros que
usted me ha mostrado, yo tomaré tres o cuatro. Yo no los leeré, es verdad, pero
no tengo ninguna duda que yo puedo venderles a un precio más alto que usted
exige". Mucho mas para los Maragatos