JUAN RAMÓN SANTOS DELGADO EN TREINTA CORTOMETRAJES[1]

Francisco Rodríguez Criado

 

Creo que llego a destiempo a la tarea de presentar Cortometrajes, la excusa literaria que hoy nos convoca en esta Feria del Libro de Cáceres. Y digo “a destiempo” porque se me ha adelantado el filólogo y ensayista Simón Escudero, una suerte de heterónimo o alter ego o pseudónimo del autor, o como queramos llamarle. Como intuyo que algunos de ustedes aún no han tenido la ocasión de leer esta recopilación de relatos, y apelando al sabio refrán de que cuatro ojos ven más que dos, hago un ejercicio de humildad y recupero las palabras del señor Escudero, que se ha tomado la molestia de explicarnos en una suerte de preludio el porqué de este sugerente y breve título. Al parecer son tres las causas:

Una, etimológica, por la brevedad de los textos. Dos, por la devoción que el autor siente por el cine. Y tres, por el paralelismo hallado entre los cortometrajes (normalmente primeros “tanteos de futuros directores de cine antes de dar el paso al largometraje”) y los relatos, esos textos breves que muchas veces sirven de ensayo antes de emprender “tareas de mayor envergadura, léase la de escribir una novela”. (Aquí yo quisiera abrir un paréntesis para discrepar ligeramente de tan ilustre filólogo, pues tengo la sensación de que a veces géneros como el cortometraje o el relato breve, erróneamente considerados menores por muchos, transmiten mayor sensación de envergadura que sus distinguidas hermanas la película o la novela. Pero dejemos el debate para otra ocasión).

Ahora que ya tenemos respuestas a la pregunta “¿Por qué Cortometrajes?”, llega el momento de analizar someramente su contenido, y mencionar –por fin– a su autor, Juan Ramón Santos Delgado, a quien yo no conocía hasta hace muy poco, y con quien he ido intercambiando lazos de amistad mediante el más moderno de los géneros literarios: el correo electrónico.

Nacido en Plasencia en 1975, Juan Ramón alterna sus quehaceres laborales con la dedicación a la que es una de sus pasiones: la literatura. Miembro activo de la Asociación Cultural Alcancía, se ha formado como escritor en los talleres literarios de Gonzalo Hidalgo Bayal en 2001 y 2002, cursos tutoriales que le han ayudado a perfeccionar su innato pulso narrativo. Aunque sus páginas delatan ya a un escritor avezado, es éste el primer manuscrito que entrega a la imprenta, y que ha visto la luz en la colección de Narrativa de la Editora Regional de Extremadura.

Respecto a su vida privada sabemos que vive con Lola, una inteligente aunque iletrada perrita, mezcla de pekinés y fox terrier, a la que Juan Ramón intenta infructuosamente inculcar el hábito de la lectura; sabemos también que en las baldosas del baño de su casa brotan personajes históricos como Mao o Cristo; y que en ocasiones come caramelos que despejan no la garganta sino la mente. En fin, de esos sucesos y otros similares se entera uno leyendo estos –por partida doble– cuentos fantásticos.

Una de las virtudes de Cortometrajes es presentar precisamente ese particular mundo de juegos de magia de manera atractiva incluso para aquéllos que son reacios al género, y esto se da porque logra hipnotizar al lector desde la primera página.

La literatura, la buena literatura, se sedimenta en la experiencia personal y, de manera muy notable, en la lectura. ¿Qué sería de un escritor sin esas lecturas? Ya decía John Donne que “ningún hombre es una isla”. Juan Ramón asiste a esta primera entrega como heredero de la mejor tradición del cuento latinoamericano fantástico, que ya desde las primeras décadas del pasado siglo empezó a incorporar lo irracional en sus historias, desafiando así las hasta entonces omnipresentes estructuras realistas. Es muy probable que autores como Felisberto Hernández, Bioy Casares y Jorge Luis Borges, padrinos entre otros del cuento fantástico hispanoamericano, hayan dejado su impronta en el joven escritor placentino. Harold Bloom, enfant terrible de los cánones literarios, afirma en Cómo leer y por qué su convicción de que “hoy los cuentos tienden a ser chejovianos o borgianos. Sólo en raras ocasiones son ambas cosas”, añade Bloom. Los de Juan Ramón son básicamente borgianos. Pero yo destacaría una influencia aún mayor, la de Julio Cortázar, incorregible circense de las palabras del que nuestro invitado parece haber aprendido mucho y bien.

Hay algo, sin embargo, que no comparte Juan Ramón con los narradores latinoamericanos: el pesimismo. Muy al contrario que prosistas como Rulfo, Onetti o García Márquez, por citar algunos, que nos ofrecen una visión mágica pero desencantada de la cruda realidad político–social de América del Sur, Cortometrajes hace alarde de un espíritu positivista y lúdico que deja en segunda plano ciertas críticas a la sociedad actual que –no lo niego– también están presentes tangencialmente en esta antología.

Cortometrajes, sin ser un hecho insólito dentro del panorama literario extremeño (a rasgos generales imbuido de la tradición realista), es al menos un libro poco frecuente por la variedad de sus propuestas aperturistas. Pese a seguir la estela de los citados narradores del boom, que crearon sus mejores obras en los 60 y los 70, Cortometrajes sigue manteniendo hoy cierto aire de vanguardia. No ya sólo por la inclusión de ese heterónimo a lo Pessoa, a quien por cierto dedica el primer relato, Poliedros (estableciendo ya de paso la primera interconexión textual), sino por la desinhibida libertad de movimientos y amplitud de objetivos del autor a la hora de encarar el folio en blanco. ¿Cómo si no podríamos viajar de la vetusta Roma de Rómulo y Remo al Lejano Oeste tras haber disfrutado un paseo en autobús urbano por la ciudad moderna?

Aunque resultado de un proceso de trabajo minucioso, casi matemático (y en esto volvemos a evocar necesariamente a Borges), estos treinta relatos, narrados en primera o en tercera persona, adictos al final climático, metaliterarios a veces, amenos y chispeantes siempre, son servidos al lector de manera “digestiva”, adjetivo que tomo prestado de la contraportada. Haciendo una simbiosis de cotidianidad y revisión de pasajes históricos, trufado con algún que otro guiño al cine clásico (al que le roba sus actores para hacerlos aparecer en capítulos posteriores como por arte de magia), los límites de lo real y lo surreal, lo racional y lo absurdo, la literatura y la vida, se nos presentan en equilibrado matrimonio.

El azar, los juegos de espejos, el misterio de la Trinidad o las humoradas del esquivo amor explican lo inexplicable una vez autor y lector han pactado ciertos códigos de comunicación que serían difíciles de admitir en la vida –por así decirlo– real. Pero si es cierto, como aseguraba Paul Klee, que el arte hace visible lo invisible, ¿por qué no podría la literatura hacer comprensible lo incomprensible?

El relato y la poesía comparten algunos rasgos. Hablamos, en ambos géneros, de textos breves, intimistas y sintéticos que ofrecen además una ventaja añadida en estos tiempos de premura, la de favorecer la lectura creativa, es decir, la opción de leer o releer páginas en cualquier momento del día, sin un orden estricto, como si de una obra de consulta se tratara. Aquí, sin embargo, seguir esas pautas aleatorias de lecturas sería un error. Mi consejo: adentrarse en Cortometrajes como si fuera una novela, en orden correlativo, desde la primera página hasta la última –para así no perder la esencia de su estructura hipertextual. Apoyaré esta recomendación con varios ejemplos: el relato “Dardos” recupera a la simpática perrita Lola, a la que habíamos dejado páginas atrás descalificando las vaporosas virtudes de la lectura; “Gymnopedies” es una vuelta de tuerca a “Línea seis”, un cuento previo. (El protagonista de “Línea seis”, por cierto, al leer Gymnopedies –y aquí nos topamos con una atrevida licencia literaria– se entera de que había desperdiciado una gran ocasión de abordar a la mujer de la que se había enamorado; de ahí que decida subir a ese autobús varias veces al día para disfrutar de esta segunda oportunidad que le brinda Cupido); la actriz Leslie Caron, desaparecida en la primera emisión de la película de Minnelli, Gigí, reseñada en “La fuga”, decide regresar en “Óleo en los labios”. Todos estos elegantes recursos de estilo, digo, se echarían a perder si nos saltáramos el método de lectura lineal.   

Entre los cortometrajes se ha colado algún texto más extenso (calificado de “mediometraje”) como La rebelión de los espejos, curiosamente uno de los más logrados del libro. Narrado en primera persona con un ritmo pausado y un lenguaje pulcro, el texto muestra la complicidad entre los irreverentes espejos del hogar y el autor, que acaba por rendir un homenaje a la convivencia entre hombre y mujer, o por qué no decirlo sin tapujos, al amor.

En fin, no quisiera extenderme más. En la Nota del autor, Juan Ramón Santos Delgado menciona la posibilidad de que este sea su último libro. Aquí tendría yo que expresar palabras de ánimo para que no abandone la batalla de las Letras, y alentarle sobre todo a que no se aparte un milímetro del camino que ha escogido; pero soy consciente de que no necesita mi apoyo. Para cerrar, sólo me gustaría emitir un deseo: que no demore mucho la publicación de un segundo libro. Igual consigue mientras tanto convencer a Lola para que aprenda a leer. Ésta no se arrepentiría en absoluto: por suerte se siguen publicando algunas obras capaces de transmitirnos en apenas cien páginas la esencia de la mejor literatura.

 

 

 

Francisco Rodríguez Criado

E–mail: morrisito67@telefonica.net

 



[1] Este texto fue leído por Francisco Rodríguez Criado el 30 de abril de 2005, en el salón de actos de la Feria del Libro de Cáceres, durante la presentación de Cortometrajes, de Juan Ramón Santos Delgado.

 

 

 

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