JUAN RAMÓN SANTOS DELGADO EN TREINTA CORTOMETRAJES[1]
Creo que llego a destiempo a la tarea de presentar Cortometrajes,
la excusa literaria que hoy nos convoca en esta Feria del Libro
de Cáceres. Y digo a destiempo porque se me ha
adelantado el filólogo y ensayista Simón Escudero, una suerte
de heterónimo o alter ego o pseudónimo del autor, o como
queramos llamarle. Como intuyo que algunos de ustedes aún no han
tenido la ocasión de leer esta recopilación de relatos, y
apelando al sabio refrán de que cuatro ojos ven más que dos,
hago un ejercicio de humildad y recupero las palabras del señor
Escudero, que se ha tomado la molestia de explicarnos en una
suerte de preludio el porqué de este sugerente y breve título.
Al parecer son tres las causas:
Una, etimológica, por la brevedad de los textos.
Dos, por la devoción que el autor siente por el cine. Y
tres, por el paralelismo hallado entre los cortometrajes (normalmente
primeros tanteos de futuros directores de cine antes de dar
el paso al largometraje) y los relatos, esos textos
breves que muchas veces sirven de ensayo antes de emprender
tareas de mayor envergadura, léase la de escribir una
novela. (Aquí yo quisiera abrir un paréntesis para
discrepar ligeramente de tan ilustre filólogo, pues tengo la
sensación de que a veces géneros como el cortometraje o el
relato breve, erróneamente considerados menores por muchos,
transmiten mayor sensación de envergadura que sus distinguidas
hermanas la película o la novela. Pero dejemos el debate para
otra ocasión).
Ahora que ya tenemos respuestas a la pregunta ¿Por
qué Cortometrajes?, llega el momento de analizar
someramente su contenido, y mencionar por fin a su
autor, Juan Ramón Santos Delgado, a quien yo no conocía hasta
hace muy poco, y con quien he ido intercambiando lazos de amistad
mediante el más moderno de los géneros literarios: el correo
electrónico.
Nacido en Plasencia en 1975, Juan Ramón alterna sus
quehaceres laborales con la dedicación a la que es una de sus
pasiones: la literatura. Miembro activo de
Respecto a su vida privada sabemos que vive con Lola,
una inteligente aunque iletrada perrita, mezcla de pekinés y fox
terrier, a la que Juan Ramón intenta infructuosamente inculcar
el hábito de la lectura; sabemos también que en las baldosas
del baño de su casa brotan personajes históricos como Mao o
Cristo; y que en ocasiones come caramelos que despejan no la
garganta sino la mente. En fin, de esos sucesos y otros similares
se entera uno leyendo estos por partida doble cuentos
fantásticos.
Una de las virtudes de Cortometrajes es presentar
precisamente ese particular mundo de juegos de magia de manera
atractiva incluso para aquéllos que son reacios al género, y
esto se da porque logra hipnotizar al lector desde la primera página.
La literatura, la buena literatura, se sedimenta en la
experiencia personal y, de manera muy notable, en la lectura. ¿Qué
sería de un escritor sin esas lecturas? Ya decía John Donne que
ningún hombre es una isla. Juan Ramón asiste a esta
primera entrega como heredero de la mejor tradición del cuento
latinoamericano fantástico, que ya desde las primeras décadas
del pasado siglo empezó a incorporar lo irracional en sus
historias, desafiando así las hasta entonces omnipresentes
estructuras realistas. Es muy probable que autores como
Felisberto Hernández, Bioy Casares y
Hay algo, sin embargo, que no comparte Juan Ramón con
los narradores latinoamericanos: el pesimismo. Muy al contrario
que prosistas como Rulfo, Onetti o García Márquez, por citar
algunos, que nos ofrecen una visión mágica pero desencantada de
la cruda realidad políticosocial de América del Sur, Cortometrajes
hace alarde de un espíritu positivista y lúdico que deja en
segunda plano ciertas críticas a la sociedad actual que no
lo niego también están presentes tangencialmente en esta
antología.
Cortometrajes, sin ser un hecho insólito dentro
del panorama literario extremeño (a rasgos generales imbuido de
la tradición realista), es al menos un libro poco frecuente por
la variedad de sus propuestas aperturistas. Pese a seguir la
estela de los citados narradores del boom, que crearon sus
mejores obras en los 60 y los 70, Cortometrajes sigue
manteniendo hoy cierto aire de vanguardia. No ya sólo por la
inclusión de ese heterónimo a lo Pessoa, a quien por cierto
dedica el primer relato, Poliedros (estableciendo ya de
paso la primera interconexión textual), sino por la desinhibida
libertad de movimientos y amplitud de objetivos del autor a la
hora de encarar el folio en blanco. ¿Cómo si no podríamos
viajar de la vetusta Roma de Rómulo y Remo al Lejano Oeste tras
haber disfrutado un paseo en autobús urbano por la ciudad
moderna?
Aunque resultado de un proceso de trabajo minucioso,
casi matemático (y en esto volvemos a evocar necesariamente a
Borges), estos treinta relatos, narrados en primera o en tercera
persona, adictos al final climático, metaliterarios a veces,
amenos y chispeantes siempre, son servidos al lector de manera
digestiva, adjetivo que tomo prestado de la
contraportada. Haciendo una simbiosis de cotidianidad y revisión
de pasajes históricos, trufado con algún que otro guiño al
cine clásico (al que le roba sus actores para hacerlos aparecer
en capítulos posteriores como por arte de magia), los límites
de lo real y lo surreal, lo racional y lo absurdo, la literatura
y la vida, se nos presentan en equilibrado matrimonio.
El azar, los juegos de espejos, el misterio de
El relato y la poesía comparten algunos rasgos.
Hablamos, en ambos géneros, de textos breves, intimistas y sintéticos
que ofrecen además una ventaja añadida en estos tiempos de
premura, la de favorecer la lectura creativa, es decir, la
opción de leer o releer páginas en cualquier momento del día,
sin un orden estricto, como si de una obra de consulta se tratara.
Aquí, sin embargo, seguir esas pautas aleatorias de lecturas sería
un error. Mi consejo: adentrarse en Cortometrajes como si
fuera una novela, en orden correlativo, desde la primera página
hasta la última para así no perder la esencia de su
estructura hipertextual. Apoyaré esta recomendación con varios
ejemplos: el relato Dardos recupera a la simpática
perrita Lola, a la que habíamos dejado páginas atrás
descalificando las vaporosas virtudes de la lectura; Gymnopedies
es una vuelta de tuerca a Línea seis, un cuento
previo. (El protagonista de Línea seis, por cierto,
al leer Gymnopedies y aquí nos topamos con una atrevida
licencia literaria se entera de que había desperdiciado
una gran ocasión de abordar a la mujer de la que se había
enamorado; de ahí que decida subir a ese autobús varias veces
al día para disfrutar de esta segunda oportunidad que le brinda
Cupido); la actriz Leslie Caron, desaparecida en la primera emisión
de la película de Minnelli, Gigí, reseñada en La
fuga, decide regresar en Óleo en los labios.
Todos estos elegantes recursos de estilo, digo, se echarían a
perder si nos saltáramos el método de lectura lineal.
Entre los cortometrajes se ha colado algún texto más
extenso (calificado de mediometraje) como La
rebelión de los espejos, curiosamente uno de los más
logrados del libro. Narrado en primera persona con un ritmo
pausado y un lenguaje pulcro, el texto muestra la complicidad
entre los irreverentes espejos del hogar y el autor, que acaba
por rendir un homenaje a la convivencia entre hombre y mujer, o
por qué no decirlo sin tapujos, al amor.
En fin, no quisiera extenderme más. En
Email: morrisito67@telefonica.net
[1] Este texto fue leído por Francisco Rodríguez Criado
el 30 de abril de 2005, en el salón de actos de la Feria del
Libro de Cáceres, durante la presentación de Cortometrajes,
de Juan Ramón Santos Delgado.