RECUERDOS DE LA VIDA DE UN NIÑO DE SON RAPINYA

Papá, Mamá y Mis hermanos José Antonio, Miguel, Nicolas y Jesús (Yo en las manos de Papá) en la Foto para el libro de Familia Numerosa"

MI PRIMEROS PASOS EN LA ESCUELA DE LAS MONJAS DE SON RAPINYA
¡HAY QUE APRENDER A NAVEGAR SOLO!

No tenía nada claro aquello de que en el Colegio se pasaba muy bien jugando y aprendiendo muchas cosas y  haciendo muchos amigos con los que podías jugar, reír y cantar. Nada, pero nada de gracia, me hacía la idea de separarme de Mamá, por primera vez, para ir a la escuela. Mis tres hermanos mayores: José Antonio, Miguel y Nicolás me insistían en lo espléndido e importante que era ir al Colegio, todos ellos habían pasado por el y ahora ya estaban en la Escuela de los niños mayores, donde se divertían con sus amigos. Algunos de aquellos amigos los conocía muy bien ya que venían a menudo por nuestra casa a jugar con mis respectivos hermanos en los inmensos jardines de la casa donde vivíamos y recuerdo que alguno de ellos me había regalado alguna cosa que me hizo una especial ilusión que mereció que todavía lo recuerde con cariño..

Uno de aquellos regalos dejó en mi un grato recuerdo, fue un imán en forma de teja, que logró atraer mi atención al comprobar su poder de atracción sobre todos los objetos metálicos. Ese imán permanente inició en mi un interés investigador y científico que todavía hoy perdura.

Mis hermanos no paraban de animarme para que afrontara el día señalado (primer día de "cole") con valor y sin llorar demasiado. Yo entre tanto no tenía claro los conceptos de que podría hacerse mejor que estar en casa todo el día sin parar de jugar con mi hermano pequeño Jesús y al abrigo seguro de la siempre vigilante Mamá. De terror podría calificar el sentimiento que tuve al despertar al primer día de clase. No recuerdo muy bien la edad, supongo que sobre los 3 años, pero si recuerdo el miedo de mirar hacia atrás y ver mi calle alejarse mientras mi Madre tiraba de mi brazo hacia el terrible convento de las Monjas de las Hermanas de la Caridad de mi pequeño pueblecito de Son Rapinya. Era difícil soltarse de la mano de mi madre y tenía muy cerca la reclusión que tanto querían todos, HORROR, no podía librarme ¡ni llorando!, Por más que lloré, parecía que el asunto no era como los que había tenido entre manos hasta ese momento, en mis pensamientos por un momento temí por mi integridad física allí dentro de lo desconocido. Por desgracia ninguno de mis tres hermanos mayores: José Antonio, Miguel o Nicolás estaba ya con las monjas y por lo tanto estaba totalmente desprotegido y solo frente a los que yo consideraba mis enemigos naturales, los niños de mi edad, que ese mismo año comenzaban como yo en la monjas. En cambio mi hermano pequeño Jesús se quedaba en casa tan ricamente, eso también me fastidiaba bastante; en fin, parecía que no había más remedio que enfrentarse a lo inevitable: el comienzo de mi casi interminable etapa escolar que se dilató en el tiempo de forma considerable.

Muchos niños en la puerta de entrada del Colegio y una monja vestida toda de negro con manos blancas y limpias como el cielo, que los recibía uno por uno con una amplia sonrisa. Sor Barbara Mayol Mayol había llegado a Son Rapinya en el 11 de Noviembre de 1934 y era natural de Fornalutx que es un hermoso y tranquilo pueblecito cercano a Soller y había sido la Maestra de todos mis hermanos mayores y también lo sería de mi hermano pequeño Jesús llegado el momento. Sor Bárbara me infundió un miedo de espanto, me recogió de las manos de Mamá para introducirme en un aula de niñatos vociferantes y sucios con bata con rayas azules y blancas como la mía, hasta ese momento no me había dado cuenta de como iba vestido. Un intenso horror de colectividad me invadió, este tipo de miedo siempre me ha acompañado hasta hoy día. Me sentaron en un pupitre y creo, aunque no lo recuerdo muy bien, que me dieron un cuaderno y un lápiz. Sor Juana Estrany Martorell, a la que siempre llamábamos Sr. Juana, me sentó y me dedicó unos minutos a decirme algunas cosas que me tranquilizaron un poco, por supuesto referencias a mis hermanos que años antes habían pasado por allí, ella no sería mi futura maestra, pero no se porqué los primeros recuerdos los tengo con ella y estoy seguro que fue Sor Juana quien me enseño las primeras letras de nuestro alfabeto como mágica combinación de signos.

Del aula os puedo contar que tenía una serie de pupitres largos donde los niños y solo niños, ya que las niñas estaban en otra aula, estábamos juntos. En la pared de atrás había un ventanuco terrorífico, aun lo tengo tan hondo en mis neuronas que todavía hoy lo recuerdo cuando veo ventanucos de iguales características. La pequeña ventana comunicaba con un pequeño habitáculo oscuro y tenebroso llamado el “El cuarto de los ratones” para los niños malos, aquello si que era Horroroso, tenían razón mis hermanos que me habían avisado del oscuro cuarto, especialmente preparado para los niños malos o que no aprendían las cosas que te enseñaban las monjas con la celeridad esperada de ellos o se portaban mal. En el frente del aula había una pizarra gigantesca con un crucifico en la parte superior, unas ventanas que daban a la calle estaban en la lado izquierdo aunque las recuerdo siempre cerradas. En el patio de la escuela de las monjas los juegos en la hora del recreo eran continuos. El patio a modo de jardín con parterres de Plantas tenía unas paredes muy altas que me hacían pensar en que habría detrás de ellas.

De ese pequeño patio recuerdo sus muchos rincones y unas colas peculiares cuando las monjas repartían la leche de los Americanos en unos vasos metálicos. En casa Mamá me daba un poco de Cola-Cao envuelto en un papel para que pudiera tomar la leche en polvo que nos daban en los recreos de la escuela, el sabor de aquella leche no me gustaba mucho, aunque si me gustaba antes de ser hidratada, es decir en polvo. El queso era más raro todavía con un color amarillo intenso, pero me apetecía mucho el comerlo, aunque nunca me tocó mucho del que repartían, quizás llegaban menos que la leche o quizás se lo quedaban los que no lo necesitaban tanto ¿no se?, siempre a sido así.

La hora de salida fue una liberación de aquel primer encierro escolar que tantas veces se repetiría en mi vida, mama vino a buscarme y de nuevo la libertad y seguridad fueron totales, aunque en el fondo de mis sentimientos había algo de victoria, de gesta, que todos en casa sabrían reconocer. El primer día de clase era un día especial para toda persona, o por lo menos eso decían, aunque a mi no me gustó nada en absoluto y seguía pensando que en casa se estaba mejor. Los días, semanas y meses siguientes están confusos en mis recuerdos, agolpados con retales inconexos de patio de juegos, monjas, familia y oraciones en la capilla del convento y la Iglesia Parroquial. Por supuesto con el paso de los días y las semanas mi maestra Sor Bárbara me iba enseñando todas esas cosas básicas tan importantes en ese periodo inicial en la formación de toda persona. Se trataba de una escuela de monjas de la caridad pero su dedicación, preparación y esmero no podían desmerecer del más caro de los Colegios de Palma, de hecho de los niños que entramos en aquellos días dos llegamos a la Universidad y nos Titulamos en Ingeniería Industrial, algo difícil si pensamos que el vecindario éramos sobre todo de gente obrera y trabajadora, y los niños estábamos preparándonos para cumplir con la formación obligatoria en aquellos tiempos que era hasta los catorce años y tras la obtención del Certificado de Estudios Primarios comenzar cualquier trabajo para ayudar en casa.

Os debo decir que era un niño de lagrima fácil y solitaria, no me gustaba llorar en compañía, por aquello de que llorar era de niñas. Yo no era una niña, o eso suponía, ya que no sabía muy bien la diferencia entre niños y niñas, aparte del modo de vestir y de jugar (diferencia fundamental para mi). Lo que tenía claro, parece ser, era que un hombre no podía llorar, por lo menos llorar mucho, de alguna manera lo había aprendido de mi entorno y lo había oído muchas veces. Debió ser por aquel tiempo cuando descubrí la diferencia fundamental entre los niños y las niñas, fue jugando con un grupo de niños y niñas posiblemente hijos de amigos de mis Padres que estaban en casa cuando por casualidades del juego o el instinto de investigación que siempre tuve, me encontré debajo de las piernas de una niña sin braguitas, de la que no recuerdo el nombre, pero si lo que vi. Me quede estupefacto le faltaba el ¡pitero! que era como en casa se le llamaba al órgano para hacer pipi . No podía entender aquello, nadie me había explicado nada y la imagen me resultó tan impresionante que perduró a lo largo de los años. Inmediatamente se lo comente a Papa, que no recuerdo que explicaciones me daría, pero no debieron ser muy convincentes ya que no seguí entendiendo la diferencia y sobre todo el porque de tal diferencia. Debía ser una pena no tener “pitero”, como podían hacer pipi, que pena debía ser nacer niña. Entonces me convencí de que efectivamente era poco importante ser niña y que difícil era ser niño en este mundo, con la mucha responsabilidad de tener que hacer pipi de pie. Creo que por aquel entonces y supongo que debido al duro golpe de la incorporación al colegio de las monjas, que comencé a darme cuenta del entorno en el cual transcurría mi vida. Hasta esos momentos mi familia representada en Papá, Mamá y mis cuatro hermanos era mi único mundo, especialmente Mamá a la cual hasta esa edad un niño como yo estaba pegado a su falda como una lapa, a pesar de que el pequeño me quitaba mucho protagonismo, pero en resumidas cuentas, para mi contaba el que estuviera bien protegido y lo demás no me importaba, supongo que el haber nacido el cuarto te obliga a buscarte un poco la vida por libre y recoger justo lo que te dan, aunque estoy convencido que a mi me toco más de lo que había para repartir, posiblemente por el oficio de estar pidiendo continuamente.

Papá llegó a Mallorca desde su Granada natal el 10 de Agosto de 1945. El barco "Jaime I" le trajo desde el puerto de Alicante pasando por Ibiza con el encargo de montar la fabrica de barquillos propiedad de D. Antonio Company y D. José Martí. Papá era un profesional de la fabricación de barquillos y venía a Palma con el propósito de iniciar los trabajos y la formación de otros profesionales. Mamá llegó en Noviembre y se fueron a vivir a una habitación en casa de la familia Linares, cerca de “Sa Creu” donde nació mi hermano mayor José Antonio. Mis otros hermanos Miguel y Nicolás nacieron en la casa de la calle Conejera. En “Can Eulesa”, donde estábamos en aquellos momentos, nací yo solo ya que mi hermano Jesús nació en la clínica de Son Dureta aunque vivíamos todavía en “Can Eulesa”.

La personalidad de Mama marcó de forma acusada, como no podía ser de otra forma, mi crecimiento en aquellos años, no cabe duda que en relación directa a Papa, pero siempre teniendo en cuenta que el trabajo de Papa en dos sitios diferentes hacía muy difícil un contacto tan intimo y continuado como con mi Madre. Con Papá jugábamos cuando llegaba del trabajo y nos hacia las mil alegrías a todos, siempre fue un buen Padre y lo llevó en el fondo de mi corazón ¡Te quiero Papá!.

Me asome a la ventana del mundo en una casona de veraneo de una familia adinerada de Palma donde vivíamos de "posaderos", esto quería decir que Papá y Mamá trabajaban las 24 horas del día para tener a punto una casa grande con un mayor jardín, para cuando los Señores, dueños de la finca, venían al Pueblecito de Son Rapinya a veranear los meses de Verano o pasar unos días el resto del año. Nosotros vivíamos en las dependencias especificas destinadas para estos menesteres en los bajos de la fastuosa finca, convenientemente separadas de la vivienda principal. Yo nací allí en la habitación de mis padres un mes de Noviembre, amparado por las ramas de una mimosa que unos meses después desplegaría toda su magia amarilla. Las dependencias de los posaderos, nuestra casa, tenía dos entradas con sendas escaleras que bajaban desde el nivel del jardín hasta dos pollitos que daban al comedor y a la cocina respectivamente, los pollitos hacían las veces de sillas y mesas a los más pequeños, es decir a mi hermano menor Jesús y a mi, siendo lugar de interminables juegos amen de otras muchas actividades. Bajando por la escalera de la entrada del comedor a la izquierda estaba la habitación de Papa y Mama, y también era la nuestra cuando estábamos enfermos, y a la derecha la habitación de mis hermano Nicolás y mía, más allá la cocina y en el otro lado de esta la otra habitación de José Antonio y Miguel. En el comedor había un pretil a media altura con una vieja radio de lámparas y algunos objetos de decoración de loza y porcelana, una mesa y cuatro sillas grandes, las recuerdo muy grandes, completaban una humilde decoración de cerámicas y platos graciosamente colocados por Mamá en las paredes. Las habitaciones tenían dos camas cada una que eran muy altas para mi altura. Una vez que el pequeño de la casa, Jesús, dejó la cuna tenía que dormir conmigo y así fue durante muchos años. Jesús y yo compartimos cama durante mucho tiempo a la vez que habitación con nuestro hermano Nicolás, los tres menores de la casa, y así tenía que ser. Siempre dormimos juntos hasta que mi hermano mayor José Antonio se casó, ya que incluso en la casa nueva solo había dos habitaciones para cinco hermanos.

El dormir juntos tiene muchas ventajas y pocos inconvenientes cuando eres joven, cada día el ir a dormir se convertía en un interminable juego de mil formas y contenidos. La oscuridad me daba miedo, como a cualquier niño de esa edad, y las noches se hacían largas mirando por las ventanas de las puertas siempre hacia arriba a la permanente oscuridad ya que el jardín no estaba iluminado. Recuerdo con cariño el jugar con el vaho de los cristales en las largas noches de invierno.

Para salir por la noches había que hacerlo con un farol de minero, con una vela en su interior que alumbraba la, para mi, terrible oscuridad. El farol con la vela en su interior me fascinaba de forma casi mágica y el rompimiento de la llama al pasar por la rejilla superior dejo en mi la inquietud de la fragilidad de la llama y no pocas preguntas que con aquella edad no sabia ni expresar. El jardín de la casa lo recuerdo muy grande con multitud de sitios donde un niño, y más un grupo de niños, pueden hacer en cada uno de ellos un mundo. Un mundo lleno de ilusión y fantasía donde el continuo despertar al entorno más cercano se hacia con toda clase de facilidades, no cabe duda que el ser un cuarto de familia, como ya os he dicho, tiene muchas ventajas, pero una de las principales es que vas observando como tus hermanos mayores juegan y se lo pasan bien. De aquellos jardines tengo bastantes recuerdos inconexos, y ahora estoy haciendo verdaderos esfuerzos para ordenarlos. Los grandes árboles del jardín me daban mucho miedo, sobre todo en las largas noches de invierno con viento, cuando azotaban sus ramas de aquí para allá, haciendo un ruido infernal que no presagiaban nada bueno. Quizás ese miedo comprensible a la oscuridad a esa edad, estaba incrementado por el miedo de Mama a esos días de viento, por el elevado riesgo de caída de grandes ramas de los grandes pinos, que había y que por supuesto ocurrió mas de una vez. Una noche con un viento terrible una de las grandes rama de uno de aquellos pinos se rompió y en parte entró por la ventana de la habitación de mis hermanos mayores poniendo en verdadero peligro la integridad física de los niños, Mamá casi llega a la histeria y no paraba de clamar contra los dichosos y peligrosos pinos. El árbol más grande era un gigantesco y viejo pino carrasco (Pinus Halepensis) cuyo tronco no se abrazaba entre varios niños, este junto con otros dos ejemplares no menos grandes reinaban entre otros árboles como los dos cipreses enormes que jalonaban la casa en su vertiente oeste y varios otros cipreses y pinos más pequeños sembraban el fabuloso jardín, aunque en el recuerdo encuentro más claridad en el granado que nos proporcionaba suculentas granadas en cada otoño y en la espléndida mimosa que cubría la esquina sur-oeste de la finca y llenaba con su amarillo manto de cada enero la ventana de la habitación de mis padres. De entre las plantas más abundantes cabe destacar los grandes captus (Agaves Americanos) que en diferentes variedades se repartían por todo el jardín de la casa. Mi Padre los cuidaba con mucho amor, era su deber, y no pocas picadas de sus aguijonadas espinas del final de cada hoja me lleve por jugar demasiado cerca de ellos, lo que evidentemente enfurecía a Mama que los odiaba por el peligro que representaba para sus crías pequeñas. Había dos grandes gallineros en la casa donde Mamá tenía no pocas gallinas y gallos y por supuesto una gallina Clueca que no paraba de dar pollitos para alegría y solaz de los más pequeños y no tan pequeños. Las visitas a los gallineros para jugar con las gallinas o buscar los huevos eran diarias en aquellos años.

De los vecinos que teníamos en aquella casa recuerdo con especial cariño a la familia Alemany, cuya hija Margarita, nos dedicó a los más pequeños muchas horas de juego y entretenimiento. En su casa tenían un periquito que hablaba algunas palabras y por lo tanto hacia las delicias de todos los niños. Margarita me enseñó las primeras palabras en Mallorquín desde muy pequeño, auque yo no comprendía muy bien para que podía servir, aunque desde muy pequeñito me daba cuenta que ciertas familias utilizaban para hablar entre ellos un idioma diferente al de casa, faltaban muchos años para que me diera cuenta de lo que pasaba. No cabe duda que Margarita realizó una labor muy importante en nosotros enseñando y sumergiéndonos en la propia cultura de la tierra donde nacimos.

Había otras familias vecinas amigos de la familia y no pocas veces pasábamos algunas tardes de domingo en sus casas. Las zonas de juego no acababan en los interminables lugares del jardín de la casa, la calle y el campo cercano eran lugares alejados de casa y suponían la exploración del mundo para un niño como yo. Los campos sembrados según las estaciones anuales con sus almendros y algarrobos eran las fronteras lejanas de ese primer mundo de mi vida. Aunque no faltaban muchas ganas no podía salir por esas zonas de juego solo y tenía que esperar a que mis hermanos estuvieran por allí y buscarme la vida como pudiera, aunque la atracción de la aventura me llevó muchas veces solo por esos campos de Dios. Desde la puerta sur de casa “Ca Na Diamant” como la habían llamado hacia años y en aquellos días “Can Eulesa”, se salía hacia al final de la calle Garrit que daba a un pequeño barranco con unos caminillos por donde la gente bajaba al nivel del camino de la finca de Son Muntaner y a las tierras de labor y almendros de Son Fila, por la otra parte la calle Garrit acababa en el “Camí des Reis” que llegaba hasta las casas de Son Fila por un lado siguiendo luego hasta Génova pasando por los cuarteles del CIR-14. El vivir en “Can Eulesa” nos permitía tener el campo muy cerca y los paseos en los atardeceres del verano con Papá y Mamá y mis hermanos no eran pocos y muchas veces vi como el Sol se ponía en las montañas del oeste y casi siempre me preguntaba a donde se marchaba, que tierras acogían a ese Sol tan maravilloso. Justo al bajar por el pequeño barranco que Mamá denominaba la “cabana” se encontraba un pequeño camino de carro adentrándose en la finca de Son Fila, que llegaba al punto de juego que mas intensamente viví en mi infancia, el “Algarrobero tuerto” como era conocido entre la chiquillería, era como su nombre indica un viejo algarrobo (Ceratonia Siliqua) con el tronco tan inclinado que facilitaba el subir incluso a los más pequeños. Camión, coche o castillo inexpugnable, el algarrobo tuerto fue sin duda un punto de encuentro y juego sin fin. Solo o acompañado con mi hermano menor Jesús los días de juegos en ese punto fueron interminables e incontables

 De los compañeros de juego solo puedo recordar con claridad aparte de mis hermanos, a unos vecinos de la también fastuosa finca de enfrente en la misma calle Garrit, que tenían de toda clase de juguetes. Mi joven hermano y yo nos fijamos especialmente en un coche a pedales espectacular y maravilloso que nunca más he visto y que los niños vecinos no hacían ni caso, por lo que yo consideré que lo habían desechado. Ni cortos ni perezosos pensamos en como hacernos con el, a modo de préstamo, y así lo llevamos a cabo en una primera gran aventura en que Jesús y yo tomamos prestado el coche y lo escondimos en casa para que Mamá no lo pudiera ver. Parece ser que los Padres de los niños vecinos si se dieron cuenta de la falta del dichoso coche y sin dudarlo ni un momento se lo dijeron a Mamá que con una vergüenza tremenda, que aún recuerdo, nos hizo devolver el coche y pedir perdón por tan doloso acto. Fue la primera vez que “tome algo prestado” me siento responsable ya que era el mayor, pero no deja de extrañarme que la siguiente vez que “tome algo prestado” y me pillaron, que os contaré con todo detalle llegado el momento, fuese también algo relativo a la mecánica. En fin, el castigo de Mamá no se hizo esperar pero creo que no se lo contó a Papá que casi seguro que, con ese mal genio que hace falta para educar a cinco hijos, nos hubiese tocado algo más que la moral. En esa casa vecina frente por frente de la Can Eulesa donde ocurrió el episodio del coche había grandes granados que daban a la calle Garrit desde su pared Sur y en otoño y desde la pared de la casa dábamos buena cuenta de las suculentas frutas que tenían. En otra parte de ese jardín también maravilloso había un gran ciprés de leyland desde donde y en una de sus grandes ramas habían colocado una anillas para hacer gimnasia, ni que decir tiene que las anillas desde mi altura estaban altísimas y siempre tuve ganas de poder llagar a ellas y por lo menos quedar colgado como hacían mis hermanos mayores.

Otras zonas de juego de intenso recuerdo son también todos los lugares de la pequeña cuenca del torrente que bajaba de Son Muntaner, pasaba por Son Fila para ir a desembocar en Palma. En invierno cuando las lluvias llenaban el torrente con su agua, marrón al principio y limpia como el cristal después en los azudes naturales permitían a los más atrevidos incluso bañarse e intentar nadar, con el consiguiente peligro de ahogarse. Una vez, después de una intensa lluvia, me decidí a ir siguiendo el rastro de mis hermanos mayores, ya que normalmente no me dejaban ir con ellos, los encontré bañándose en el azud natural del torrente que era más concurrido y que se accedía desde el "algarrobo tuerto" bajando por un estrecho caminillo entre rocas calizas cristalizadas con bordes brillantes como tesoros y matorrales de lentiscos, musgo y otras plantas silvestres. No tardé en llegar, y naturalmente con ganas de hacer justo lo que los mayores estaban haciendo, meterme en la balsa de agua que corría ya limpia por todo el torrente. El agua estaba muy fría y primero los pies y luego todo el cuerpo al resbalar en la pulida roca dieron con mi cuerpo al fondo del azud, recuerdo estar dentro del agua sin poder hacer nada y como desde arriba unas fuertes manos me sacaban del agua, era mi hermano Miguel, que me sacaba del azud medio muerto de miedo y remojado del todo, aunque creo que no tragué mucho agua en aquella aventura. Mi primer contacto con el agua me enseño que antes había que aprender a nadar para poder hacer lo que los niños grandes hacían, aunque no aprendí a nadar hasta bastante más tarde ya que quizás algo de temor al agua quedó en mis neuronas.

Como os dije antes, de la vida en casa por aquellos años recuerdo solo pequeñas cosas cotidianas siempre en relación con la casa, el colegio y mis padres y hermanos que eran toda mi familia. Como por ejemplo el ir a los montes cercanos a buscar leña para la cocina y la chimenea casi siempre con Papa y algún hermano mayor, a veces, y dependiendo de la estación del año encontrábamos frutos y bayas del bosque como madroños y bellotas en otoño y almendras, algarrobas o moras en verano. Todas esas salidas extendían el tamaño de mi mundo y me gustaba pensar, como ya os he dicho, en que habría más allá de las montañas donde el sol se ponía cada tarde, si tenía claro que cuando la noche caía sobre el pequeño pueblecito, las luces de la vecina Palma podían verse desde casa, solo había que subirse sobre la terraza de la entrada principal y podíamos ver las torres iluminadas de la catedral de la ciudad aprovechando la posición elevada en unos 100 metros sobre el nivel del mar del por aquel entonces pequeño pueblecito de Son Rapinya.

El pequeño caserío de Son Rapinya cercano a Palma unos cuatro kilómetros esta situado en las laderas de las primeras elevaciones de la sierra de “Cans” y su posición elevada de unos 80 a 100 metros sobre el nivel del mar lo hace un lugar idóneo para divisar la gran urbe de la ciudad desde casi cualquier sitio del pueblo, sobre todo por las noches, cuando podían divisarse las luces y sobre todas ellas, las torres iluminadas de la Catedral en la bahía tenuemente encendidas. En verano todo era diferente, los días más largos y el buen tiempo merecían jugar todo el día en el jardín o en la calle en busca de mis hermanos o quizás acompañándolos cuando trabajaban recogiendo almendras en los campos de "Sa Possessió" de Son Puigdorfila que nosotros llamábamos Son Fila a secas..

Muchos fueron los veranos en que mis hermanos ayudaron en casa trabajando de Sol a Sol como recogedores de almendras y algarrobas en los calurosos días de Agosto de Mallorca que detallaré más adelante. Con aquella edad Mamá ya me encargaba pequeños recados y entre ellos recuerdo que el hielo para la nevera que tenía que ponerse cada día se compraba en el bar, con servicio de barbería, de “Jeroni”, propiedad de Jeronimo Fiol Sastre, más conocido como “Mestre Jeroni” y siempre comprábamos media arroba que traíamos a casa en una cesta de malla de plástico goteando desde la salida del bar, Mamá lo ponía en la nevera y listos para el próximo día. Papá tenía un procedimiento infalible para enfriar las frutas y bebidas de la comida del domingo: se trataba de poner los melones, sandias o lo que fuera en un cubo que bajaba hasta el fondo de una de las cisternas de agua de la casa para luego sacarlas en sazón al punto de comerlas. Había tres cisternas en la casa que mal llamamos fuentes, aunque utilizábamos una especialmente. La larga cadena y el cubo para sacar agua suponían otros elementos de juegos. Serpentear la cadena del cubo de la fuente en el suelo era un pasatiempo muy divertido a pesar del verdadero terror que le tenía Mamá, no se porque razón. Decía que traía mala suerte, supongo que formaba parte del adoctrinamiento que nos hacia Mamá en el sentido de mantenernos alejados del brocal de la fuente, debido a la posibilidad de caída al interior. Por cierto que tal posibilidad no me gustaba un pelo y cuando por diversas razones podía llegar al brocal de la cisterna, llamada por nosotros fuente, la mayoría de las veces en los brazos de mis hermanos o Papá, y podía ver dentro de ella, el negro de las aguas me asustaba tanto que para no tener la posibilidad de caer dentro tenía una zona de seguridad imaginaria alrededor del brocal de varios metros de longitud que no solía pasar nunca a no ser por fuerza mayor, como recoger algo que entraba en la zona prohibida. En esa zona de la casa se encontraba además de la fuente, los dos estercoleros donde se depositaban todos los desperdicios orgánicos de las cocinas, y donde se hacían los compostajes con tierra que posteriormente servia para abonar los abundantes parterres de la gran casa.

De aquellos años infantiles y especialmente en los veranos no puedo dejar de recordar el helado que nos hacía Papá, algunos Domingos y Fiestas de guardar, con una máquina manual para hacer esos menesteres y utilizando hielo, sal y un buen brazo. Recuerdo la máquina de forma casi perfecta, se trataba de un recipiente en forma de cubo hecho de tablillas de madera al estilo de un tonel, conjuntadas con dos aros de acero. En su interior se introducía otro recipiente cilíndrico de acero con un pivote en su parte inferior que encajaba en un resalte del tonelito donde podía girar libremente. En el interior del recipiente metálico se introducía un eje con palas que atravesaba la tapa y servia para remover el contenido que debía convertirse en helado, esta pieza era movida mediante un sistema de engranajes unidos a una manivela que se accionaba manualmente y que se colocaba en la parte superior del tonelito unido con dos pivotes metálicos diametralmente opuestos. Entre el recipiente metálico y el de madera quedaba un espacio de varios dedos que se rellenaba de hielo y sal y después de muchas vueltas y de meter muchos trozos de hielo y no poca sal se obtenía el preciado helado en los calurosos veranos de Palma. Muy en la lejanía de mis recuerdos hay un rinconcito para una vez que en casa mataron un cerdo ¡Si! Un cerdo y además al estilo mallorquín, lo que de algún manera lo hacia mas difícil si cabe. A los niños pequeños nos apartaron del lugar del sacrificio, pero no se pudo evitar que el ronquido agudo del animal herido de muerte resonara en mis oídos durante mucho tiempo y de alguna manera no entendía que para comer tenía que matarse a un animal. La verdad es que es que aún no lo entiendo muy bien. Una matanza de este tipo requería ayuda de amigos de mis padres y sobre todo de mujeres que tenían que hacer todo el trabajo de hacer la pasta de carne para las sobresadas, butifarrones y los demás embutidos que suelen hacerse en estos casos.

De zonas prohibidas teníamos varias en la casa donde vivimos, además de la vivienda principal existía la zona de las antiguas cuadras y el viejo pajar, ya en desuso, que debido al peligro que tenía, estaban prohibidas. Dentro de esas construcciones recuerdo con mucho terror el cuarto de la bomba, Papa siempre decía que allí había un bomba y yo, no se porque, sabía que una bomba era un artilugio para matar personas y que explosionaba de forma estruendosa. Efectivamente había una bomba pero no de matar a gente, sino de bombear agua, pero llegué a esta conclusión muchos años después de dejar aquella casa, cuando comprendí que la bomba no era lo que yo siempre creí que era. Como todos los niños del mundo lo secreto y peligroso nos atraía mucho y así que en varias incursiones en los cuartos de aquellas dependencias me llevaron hasta cerca de la bomba que efectivamente era panzuda y casi redondeada como yo entendía que eran las bombas de las guerras lo cual confirmaba todas mis sospechas, ¡en casa teníamos una bomba!.

Ya os he dicho que la vivienda principal era zona prohibida para nosotros, pero había ocasiones en que por diversas razones, principalmente por limpieza de la vivienda por parte de Mamá o en caso de alguna reparación que realizaba Papá, podíamos entrar en esa suntuosa mansión. Me deslumbraron muchas veces los colores de los cristales de la parte más alta de la casa, el terrado a modo de observatorio, tenía unos tragaluces con cristales emplomados de colores que hacían del espacio un pedazo de arco iris encerrado en una habitación donde la imaginación explosionaba en mi joven cabeza y hacia volar mi imaginación. La pequeña terraza como atalaya para todo el pueblo y la bahía de Palma al fondo con las torres de la Catedral vigilando el espacio de la Isla era otro punto deseado. Otra zona que recuerdo claramente era el cuarto de baño con una gran bañera empotrada en el suelo a la que se podía bajar por una escalera de peldaños embaldosados, cuanto miedo me daba la habitación de la bañera, no recuerdo exactamente porque, pero no podía dejar de tener pánico en aquella habitación con baldosines en la pared y grifos que yo nunca había visto. Nosotros no teníamos cuarto de baño, por supuesto, solo un retrete en el otro lado de la finca donde en los fríos días de invierno era muy aventurado ir a visitarlo. Mama nos bañaba en unas jofainas grandes con abundante agua que calentaba, si era invierno, en la cocina con las ollas de cocinar. Que bien se pasaba en aquellas duchas domesticas, casi siempre me tocaba a mi con mi hermano pequeño Jesús y era una buena ocasión para seguir con los interminables e infinitos juegos que siempre teníamos entre nosotros. El olor y el picor en los ojos a jabón del barato todavía lo recuerdo de modo especial.

Mi afición por las plantas y la naturaleza en general nació de Mamá y de su amor por las flores y plantas que en aquella casa tan grande y con tanto jardín podíamos disfrutar a lo grande, debido a los abundantes zonas con multitud de zonas sembradas que poseía el jardín. La llegada de cada primavera era anunciada por las orugas de la procesionaria que invadían el jardín y Papá tenía que recogerla y quemarlas ya que, aparte de la plaga que representaban para los pinos, algunos de nosotros nos encantaba jugar con esas interminables filas indias que formaban en el suelo al descolgarse de las bolsas donde nacieron. Por supuesto los consiguientes abones en la piel y un picor intenso que nos producían las desconocidas defensas de los “cucos”, que era como conocíamos a las orugas, producían el enfado de Mamá que nos cuidaba y curaba con vinagre. Evidentemente desconocíamos el verdadero riesgo de esas orugas con el poder de dejar ciego a cualquiera persona con sus agujas defensivas en forma de arpón que podían clavarse en la retina de cualquier ojo. También de aquellos años recuerdo a los señores dueños de la casa relacionados con cosas muy agradables D. Antonio Marques, permitió que dos de sus hijos: Santiago y Catalina fueran mis padrinos y debido a eso y otras cuestiones más mundanas como cuando a mi Padre le tocaba meter el carbón de la caldera que habían dejado en la calle de la fastuosa finca en el corazón de la misma Palma y que a veces me tocaba acompañarlo, tenía la suerte de poder estar, incluso quedarme algunas noches en la señorial casa de Palma. No se muy bien porque, a veces, me quedaba a dormir, quizás fuera porque les hacia gracia mi mucha afición a hablar de casi todo o porque realmente eran unos chicos muy niñeros y les gustaba estar conmigo. La cuestión es que en mi memoria han quedado unos recuerdos muy vivos de aquellas estancias en el señorial piso de los señores Eulesa en Palma. La casa piso al más puro estilo mallorquín y señorial de la ciudad tenía unas espaciosas habitaciones y una biblioteca muy amplia que recuerdo casi a la perfección. Las paredes con estantes hasta el techo repletas de libros por todas partes y una mesa con un cómodo sillón. La habitación con grandes ventanales a la calle en dos paredes estaba plenamente iluminada y desde los ventanales podía verse el jardín de la residencia del obispo de Palma con sus altísimas palmeras que se alargaban queriendo alcanzar el cielo con sus verdes palmas. No sabia porque había tantos libros en la biblioteca y en casa no había ni uno aparte de las enciclopedias Álvarez de los respectivos cursos de los distintos hermanos en la escuela. En casa había un libro con tapas rojas muy duras y con unos dibujos que me infundían un miedo horroroso, se trataba de Alicia en el País del Espejo de Lewis Carrol, y que cientos quizás miles de veces ojeaba dibujo a dibujo no entendiendo muy bien su contenido, yo sabia que en la casa de los señores en Palma había cientos de libros y seguro que contenían historias de hazañas en otros lugares lejanos más allá del mar que tenía como frontera. La azotea de la casa era una terraza muy amplia con vistas a las fincas vecinas y de nuevo al jardín de la residencia del obispo. En las noches que pasé en aquella casa dormía solo en una habitación y dado que yo no estaba acostumbrado a ello me era muy difícil dormirme y con la luz apagada veía la luz de fuera por abajo de la cerrada puerta y esperaba que alguien entrara para tranquilizarme. Las campanadas de alguna iglesia cercana posiblemente Santa Eulalia o la misma Catedral dejaban en mi una impresión cercana al embrujo.

De vuelta a casa el invierno representaba un sustancial recorte del tiempo de juego en los jardines y patios de la casa pero en cambio significaba la llegada de la navidad que con tanto fervor se celebraba en casa. Primero de todo se montaba el Belén con figurillas de barro que Mama guardaba de año en año envueltas en papel y cartón en una caja, luego íbamos a buscar el musgo a los montes y pinares cercanos para después montar el Belén en algún lugar de la casa que no recuerdo (todavía no conocíamos la moda del árbol de Navidad). El día 22 las voces de los niños del colegio de San Ildefonso llenaban el comedor de casa salidas de la vieja radio a lámparas que teníamos y que tanta compañía hacia a mama ya fuera con su música ya fuere con las interminables novelas de la tarde del sempiterno Guillermo Sautier Casaseca con el elenco de actores de Radio Madrid. El día 24 por la noche íbamos toda la familia a la misa del gallo que duraba un pico, pero a la cual no podíamos faltar, casi siempre en esas misas algún hermano mayor hacia de monaguillo y era otra razón para asistir con más alegría por parte de Mamá a la misa, al volver los pequeños casi siempre dormidos y en los brazos de Papá, ya que Mamá se encargaba del pequeño el camino se me hacia interminable, pero como recuerdo aquellos fuertes brazos de Papá. La ilusión de los Reyes Magos, algunos juguetes que nunca faltaron, a bien seguro que con mucho esfuerzo de Papá, y las celebraciones en la Iglesia del Pueblo, era nuestra Navidad.

En aquellas fechas Papá y Mamá preparaban la compra de unos extras en Palma y todos juntos bajábamos en autobús a recorrer aquellos lugares donde comprar algunos turrones (de los dos tipos blando y duro), castañas, bellotas y alguna botella de Sidra Chanpang el Gaitero, alguna botella de anís y coñac. Lo más emocionante del paseo por Palma eran las luces de colores, nunca mas he visto luces de colores tan bonitas en ningún sitio, incluso los anuncios eran fantásticos. El recorrido del autobús me gustaba especialmente ya que pasaba por las principales calles de la Ciudad que estaban adornadas como merece la Navidad y todavía se conserva con algunas variaciones y aún hoy como antaño me sigue gustando ir en ese Autobús.

 El gran paso en sociedad que hice en el tiempo de la escuela de las monjas fue sin duda el formar parte de la banda de tambores de la escuela, eso si que fue un gran paso, realmente sucedió como sigue. Cierto día, la Madre Superiora vino al aula donde dábamos clases y me dijeron que me fuera con ella, al subir a las dependencias del convento en el primer piso, me pusieron un tambor en bandolera y me dieron unas baquetas muy artesanales, sin duda las habían fabricado ellas, y allí mismo recibí la primera clase de tocar el tambor con ritmo de pasacalles. La banda de tambores de los niños de las monjas se hizo más grande con el tiempo y llegamos a ser unos 6 niños de los que recuerdo a Tomas Cerda, Nicolás Mota el Hijo del Maestro y otros de los que logro acordarme. Por supuesto la banda de tambores estaba en todas aquellas ocasiones de fiesta del Pueblo, incluso en las fiestas patronales celebradas cada año la última semana de Agosto por San Bartolomé, era estupendo y no me desagradaba en absoluto hacer algo de cara al publico. Como era obligatorio en toda fiesta patronal no faltaban los boleros y las chirimías e incluso las obras de teatro que no pocas veces fueron representadas por gentes del propio pueblo, mi hermano José Antonio participó en una de esas representaciones haciendo el papel de camarero en una obra que no recuerdo ni nombre ni autor.

Las “paperinas” de colores que se colocaban en las principales calles y en la entrada de la Iglesia hacían las delicias de mi gusto por los colores, y no pocas veces me alegraba mucho cuando caía en mis manos algún trozo de esas “paperinas” cuando las colgaban. Desde muy pequeño pululaba solo por todo el pueblo sin ningún problema y cuando por alguna circunstancia había algún asunto extraordinario solía estar sino allí, probablemente muy cerca de forma que pudiera ver claramente lo que hacían. Como os decía por San Bartolomé teníamos fiestas y la banda de tambores participaba desde lo alto del escenario de la pista (Patio de la Escuela Parroquial) para todo el pueblo sentado en las sillas traídas al efecto seguramente por la empresa Radio España que atendía este tipo de eventos en los barrios de Palma.

Por San Antonio el pequeño pueblo celebraba, con el fervor típico de toda la Isla, una fiesta por todo lo alto en honor del patrón de los animales domésticos y de trabajo. Una gran cabalgata de carros y carrozas ataviadas con todo tipo de adornos, donde resaltaba las palmas de palmera canaria  y de Mirto, se preparaba cada año y desfilaban por la calle principal del pueblo, justo delante de la Iglesia donde el Rdo. D. Francisco como Cura Párroco del pueblo  los bendecía. La fiestas de “Sant Antoni” eran felices y de regocijo entre todas las gentes del pueblo, con sus carrozas adornadas y donde no podían faltar los muy queridos “Dimonis”, que no eran sino jóvenes disfrazados de demonios con sus trajes rojos, cuernos y colas de diablos que asustaban a los niños con sus bailes y sus engaños y que son tradición del más profundo acerbo cultural Mallorquín. En aquellos eventos también la banda de tambores hacía las delicias de las madres de los que tocábamos, no se si las demás pensaban igual al oír tanto ruido.

Por supuesto en la fervorosa Semana Santa de Son Rapinya la banda desfilaba delante de las procesiones con un pasacalles lento incrementando si cabe la devoción de la Parroquia. Una de aquellas Semana Santa, para asombro de todos, las monjas nos llevaron en una pequeña furgoneta a la ciudad a un convento de monjas de la misma congregación “Hermanas de la Caridad” de un barrio de Palma llamado "La Soledad". Allí practicamos con otros muchos niños que tocaban tambores y trompetas, así se completaba una banda de tabores y cornetas. Mas tarde nos llevaron a todos juntos a la Iglesia de la Sangre y salimos en la procesión del fervoroso Jueves Santo de Palma de Mallorca, no recuerdo en que cofradía, pero si recuerdo la interminable caminata jalonada por riadas de personas a ambos lados de la calle por donde discurría la procesión. Aquello que estaba viviendo me hacía sentirme feliz y que realizaba una labor importante, quizás era la primera vez que lo sentía en mi joven vida.

 

  • Recuerdos de la Vida de un niño de Son Rapinya