
Para todos los niños de Son Rapinya el final del periodo del colegio de las monjas suponía el comienzo de la escuela de los mayores. La Escuela Parroquial de Son Rapinya, donde ejercía como Maestro Don Juan Torres Rullan, desde hacia muchos años y por la que habían pasado mis tres hermanos mayores junto con todos los niños del pueblo de Son Rapinya. Cuando llegó el momento de dejar las monjas y pasar a la Escuela Parroquial, todavía quedaba un hermano mío en la escuela, era Nicolás, y no cabe duda que eso hace que un niño pequeño se sienta protegido en un colegio con nuevos niños y donde los pequeños siempre están más desprotegidos. Al comenzar el curso los recién llegados ocupábamos los primeros puestos (bancos en aquellos años) y a algunos niños mayores les tocaba la tarea de enseñar a los recién llegados, mientras el Maestro se ocupaba de la clase de los mayores.
En aquella querida Escuela Parroquial comencé mis estudios primarios y allí los acabé con buen aprovechamiento. La Escuela Parroquial del pequeño Pueblo estaba en un edificio anexo a la iglesia y justo debajo de las dependencias de la vivienda del cura párroco de la parroquia que por aquel entonces era el Reverendo D.Francisco Adrover Ballester. Estaba junto al pequeño teatro/cine de que disponía el Pueblo al cual lo unían dos arcadas de punto. El Ecónomo, como lo conocíamos todos, se encargaba de la formación religiosa de los niños de la escuela y por supuesto del cuidado de la Iglesia y del gran jardín de la entrada de esta y la Escuela. El patio de la Escuela era lo que en todo el pueblecito se conocía por la “pista” y se trataba de una cancha de cemento que mas adelante os describiré con más detalle, ahora solo quiero destacar que se trataba de un recinto cerrado que era utilizado para los actos sociales y fiestas del Pueblo.
La Iglesia de Son Rapinya recuerda una pequeña catedral de estilo gótico y fue muy importante en mis jóvenes años por muchas razones que más adelante podréis comprobar, pero por ahora tengo que contentarme solo con contaros que era, y es todavía, muy bonita. La Iglesia fue construida en 1880 en unos terrenos cedidos por D. José Quint Zaforteza con bloques o sillares de arenisca llamados en la Isla “mares”. La Iglesia fue dedicada a San Bartolomé como patrono cuya onomástica se celebra el 24 de Agosto. Posteriormente D. José Quint-Zaforteza y Amat cedió los terrenos de lo que sería la futura zona ajardinada de delante de la Iglesia, conocida por todos como la “plaza”. En esos mismos terrenos se ubico la vivienda parroquial y del solar de la pista.
La Iglesia de San Bartolomé cuenta con un retablo muy antiguo que según parece procede del antiguo Gremio de Carniceros de Palma y representa la joya artística más preciada de la Iglesia. Protegido por las arcadas, pilares y bóvedas de esa Iglesia querida se produjeron los acontecimientos más importantes de mi vida y seguro que todavía el futuro me tiene deparado alguno más.
El horario de las clases fue el mismo durante toda mi permanencia en la Escuela Parroquial: de 9 a 12 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde y los sábados de 9 a 12 solo por las mañanas. Entre horas de clase estaba la fascinante calle y sus interminables juegos con los amigos, que durante muchos años fueron los mismos, es normal estar con los niños de tu quinta y así fue por mucho tiempo.
De esos inicios en la Escuela Parroquial tengo un vivo recuerdo de mi primera comunión. Cuando tenía 6 años y recién incorporados a la nueva escuela, todos los niños de esa edad teníamos que hacer la primera Comunión, así que el Ecónomo D. Francisco nos preparaba a conciencia desde muy temprano para el señalado día que debía ser en primavera como es rigor en Mallorca. Verdadera ilusión teníamos todos para que llegase el gran día, mas teniendo en cuenta los posibles regalos que en rigor debían llegar, aunque no esperaba muchos, alguno seguro que llegaría amen de los consabidos juegos de cuchara y tenedor muy usados como regalos de primera comunión en aquella época, que sin duda tendría. No le di mucha importancia a que el traje de comunión fuera corto e incluso negro y de marinero raso hasta que vi a los otros niños, entre los cuales lucia como un almirante mi buen amigo Tomás Cerda Martorell, me quede estupefacto, ¿como podía ser yo el único con pantalón corto y de negro?. Por aquel tiempo quería ser de mayor Capitán de Barco y allí estaba de marinero raso, el alma me cayo a los pies, pero en fin, no era cosa de ponerse triste el día de mi primera comunión y con los regalos sobre la mesa del comedor de casa, que reclamaban a voz en grito mi inspección cuanto antes.
La mañana señalada del día 21 de Mayo de 1961 mi Madre preparó la mesa del comedor con los escasos regalos de los amigos más allegados a la familia y por supuesto invitados al “chocolate con cuartos y ensaimadas” que se dió en casa al acabar la misa, bueno, en casa de los Señores Eulesa que amablemente permitieron a Papá y Mamá abrir sus dependencias para tal eventualidad, pero vayamos por partes. Me desperté muy pronto aquel día y me colocaron el traje de Primera Comunión, de marinero raso con pantalón corto y de color negro. Mi Madre colocó los regalos en la mesa del comedor para que el fotógrafo pudiera hacer las fotos en casa. De entre los regalos puedo recordar un juego de coches en miniatura para montar a mano incluso con un juego de llaves y destornilladores que me resulto genial, y por supuesto los consabidos juegos de cuchara y tenedor en caja. Podéis imaginar la ilusión del juego de montaje de coches que mis padrinos (Margarita y Santiago) Hijos de los señores de Can Eulesa, me regalaron, creo que por primera y última vez, fue genial, nunca había podido imaginar algo tan especial como aquel juego. Estoy convencido que aquel juego me inició en las labores de montar y desmotar coches y descubrió en mi la vocación de “manitas” y futuro Ingeniero que a bien seguro heredaba de mi Padre que metía mano en todo, a veces sin mucho conocimiento, pero casi siempre muy efectivo y acertado solo a base de intuición y no poca valentía.
La Iglesia Parroquial estaba a rebosar de gente y yo perdido como casi siempre entre la gente, hacía tiempo que yo campaba por mis fueros por el pueblo y creo que llegué solo a la iglesia desde casa, al ver a los niños y niñas que tenían que hacer la comunión conmigo me di cuenta por primera vez en mi corta vida, que había diferencias entre las distintas familias y esas diferencias se hacían mas patentes, si cabe, en esos actos precisamente. De negro y con pantalón corto me encontré muy ridículo especialmente cuando me percaté de los otros niños, con galones de capitán y almirante y YO NO LLEVABA NADA, solo un rosario y un misalito en mis manos.
Pensaba que no podía se peor, pero lo fue, cuando me colocaron junto a una de las niñas de pudiente familia de Son Rapinya que llevaba un vestido grandioso, evidentemente de color blanco como la nieve a base de seda y tul expandido en un millón de capas, que por supuesto su madre se encargo, una vez sentada, de colocar de forma que a mi solo se me viera por el color negro de mi traje, totalmente tapado por el entramado de gasas de tul y seda. Creo que mi Madre no aguantó la afrenta y con la educación debida, pero con la personalidad que le caracterizaba, me rescató de tan siniestro secuestro y me liberó de parte del vestidito de la niña que tenía delante y encima de mi. Después de tan movido comienzo llegó el gran problema de la ceremonia, con tanto tul y tanta gasa era lógico que la cruz de mi humilde rosario se enredara en su vestido como un pez en las redes y en vano mis intentos de desenredaría no pudieran liberarlo en toda la primera parte de la ceremonia, mi miedo fue incrementándose hasta llegar al terror a medida que llegaba el momento de salir a recibir la comunión y yo seguía intentando, con esfuerzos vanos, en liberar a mi rosario del vestido de la niña. Llegado el momento crucial no pude por menos que romper las gasas que lo tenían prisionero para que la niña pudiese levantarse para que junto a sus padres se acercara al reclinatorio preparado para tal fin.
De la ceremonia no recuerdo nada solo mi personal batalla con la cruz de mi rosarito y las gasas de la niña, a la salida todo era tranquilidad y felicidad no se si por recibir la comunión por primera vez o por haber quedado libre de tan apurado trance. Me esperaba la merienda en casa con “chocolate, cuartos y ensaimadas” era la segunda parte y esa si que fue feliz, lejos de tan apurado trance y entre los míos era todo felicidad. Dado que mis padrinos eran los hijos de los señores de Can Eulesa, como os he contado antes, permitieron a mis padres celebrar la merienda en unos de los salones de la casa grande, donde con mucho cariño las amigas de mamá nos sirvieron un chocolate y unos cuartos buenísimos, incluso el momento que yo creía que sería problemático, la poesía, me salió de mil amores y recuerdo un aplauso de todos los asistentes, junto con unas lagrimillas de Mama, Mamá siempre se emocionaba (como yo ahora), cuando acabe de recitar no recuerdo que poesía que nos habían enseñado en la escuela.
La Primera Comunión fue un gran paso en mi caminar en esta vida y además fue de los que quedan en el recuerdo, no se si por el acontecimiento en si, o por el mal momento pasado en la Iglesia. Seguro que fue porqué yo era un niño muy religioso a imagen de Mama y según lo que había vivido hasta esos años. Tal era la devoción religiosa de todos que buena parte de los juegos de casa era celebrar misas donde mi hermano menor Jesús y yo éramos los monaguillos. Recuerdo a mi hermano Nicolás celebrando muchas misas y los pequeños de rodillas detrás del oficiante de mentirijillas, cualquier momento era bueno para celebrar una misa y así fue durante muchos años.
Tanto fervor religioso no podía acabar de otra forma y así un hermano mío el segundo en orden de mayor a menor Miguel ingresó, con la mayor de las felicidades de mi Madre, en el Seminario de los Teatinos que no estaba muy lejano del pueblecito de Son Rapinya. La ilusión de mi Madre era desbordante con todo el orgullo del mundo y mucho trabajo se paso mucho tiempo preparando toda la ropa para que mi hermano Miguel ingresara en el Seminario, bordaba el nombre en todas las prendas que tenía que llevar de acuerdo a una rigurosa lista que le habían dado los Padres Teatinos. Del ingreso en el Seminario no recuerdo mucho, pero si de las visitas a mi hermano Miguel que cada fin de semana hacíamos desde Son Rapinya, y especialmente cuando mi hermano Miguel salía a la visita con su sotana negra con ribetes rojos en los puños y cuello haciendo las mil delicias de Mamá. Por supuesto algunos Padres del profesorado salían a comentar asuntos con las familias y eran momentos de autentica felicidad para mis padres y también para los pequeños que les acompañábamos.
El Seminario no estaba muy lejos de Son Rapinya y por eso lo normal era ir andando desde el pequeño caserío o con el autobús que tenía parada en el sitio conocido por el "barranco". El Seminario era un edificio grande en una zona de extenso pinar que me gustaba mucho, la piscina me fascinaba y me encantaba pasear por la zona de los campos de deportes en general, recuerdo al campo de fútbol de tierra y los hermanos y algún que otro Padre jugando al fútbol con la sotana puesta, previo sujeción de la misma con las dos manos por supuesto, lo que le daba un aire muy gracioso a los partidillos de futbol. Quiero destacar de entre todas las experiencias vividas en las visitas a mi hermano Miguel, cuando conocí a un Padre Blanco teatino de cuyo nombre no me acuerdo, amigo de Miguel y Profesor Teatino en el seminario donde mi hermano estudiaba, su sotana blanca me impresionaba como nada en este mundo, que unido a los relatos de misionero en los pueblos africanos, creó en mi una imagen de héroe colosal. Sus palabras me transportaban a otro mundo y su forma de hablar, su alegría y su paciencia impregnaron en mi una vocación de misionero que evidentemente no pude llevar a cabo hasta ahora (Solo Dios sabe lo que me depara el futuro).
Por otra parte entre tanto fervor religioso era lógico que yo pensara en ser también sacerdote, me gustaba pensar en ser cura y pronto inicie mis trabajo de ayuda en la iglesia del pueblo como monaguillo y en ello encontré unas de mis primeras obligaciones que podríamos llamar oficiales, además de los Domingos, cada día teníamos misa a las 7:30 y durante muchos años corrí desde cualquier punto del pueblo o campo donde estaba jugando a la iglesia para vestir la sotana roja y el roquete blanco y asistir el Ecónomo en la misa como monaguillo unas veces acompañados y otra solo.
En aquellos años la iglesia de Son Rapinya generaba en mi el suficiente embrujo y asombro como para pasarme horas en ella. Sus numerosos rincones y recintos me hacían pensar en un mundo de sombras, santos y religiosos que me producían una gran atracción, entremezclada con un terrible miedo. Quizás la estancia que más miedo me producía era donde se guardaba el catafalco para los funerales, lo recuerdo con tanto miedo que tiemblo incluso ahora solo de pensar en lo horroroso que era su abombada cúpula y el aspecto terrible del mueble cuando se le colocaba la negra tela en los funerales del pueblo. Estaba muy claro para mi, que la muerte, si tenía forma, era en ese recinto y de alguna manera dentro de esa estructura que se utilizaba en los oficios religiosos en caso de defunción. En aquellas ocasiones en que me encontraba solo y quería poner mi valentía a prueba, cosa muy habitual en mi en aquella edad, me presentaba en la puerta del recinto y me obligaba a pasar por delante del siniestro aparato acojonado de verdad, el pasar la prueba me daba fuerzas para futuras misiones.
Después de hacer la primera comunión yo presentí que ya era mayor y por lo tanto podía hacer lo que tanto había añorado de mis hermanos mayores, campar por mis fueros por la calle y los campos de Dios. Así que poco a poco el mundo se fue ensanchando a mis ojos y las incursiones con o sin amigos se hacían más y más frecuentes tanto por los campos vecinos a la casa como a los pueblos vecinos: Son Roca y La Vileta. Por aquel entonces en la Escuela Parroquial había un equipo casi invencible de un deporte llamado Balón Tiro, una modalidad de juego que no he vuelto a ver en ningún otro sitio. Los componentes eran niños de la clase de los mayores y por supuesto eran mis héroes particulares, pensaba que de mayor podía jugar igual que ellos y ganar las copas de campeones tan deseadas. Los partidos eran oportunidades de salir del pueblo y llegar a la Escuela de Son Serra e incluso de Son Espanyolet que generaban un influjo extraño en mi, nuevos niños nuevos ambientes y el sabor del enfrentamiento ejercían en mi el embrujo de algo desconocido.
Todavía en mi joven vida destacaban y por eso han quedado en mi recuerdo, los días festivos con celebraciones de todo el pueblo. Evidentemente todas esas fiestas comenzaban con la ceremonia religiosa y en torno a ellas todos los actos sociales contaban con el Ecónomo, Rdo. D. Francisco, como personaje central. Los tres Grandes actos sociales del año eran, como no podía ser de otra forma: La Semana Santa, Las Fiestas de San Bartolomé como patrono de la Parroquia y por supuesto La Navidad, en ellas casi todo el pequeño pueblo se unía en comunión en variopintos actos religiosos y sociales. Ya he comentado en el capitulo anterior como vivíamos la Navidad en casa pero a medida que me iba haciendo mayor y mi participación en los actos religiosos se incrementaba, la Navidad incrementaba su embrujo en mi.
Como casi en cada casa del Pequeño caserío de Son Rapinya la Navidad de la Iglesia comenzaba con la colocación del Belén que tenía un lugar fijo y construido de obra, pero que había que adornar con musgo de diversos tipos y formas. Así que la primera acción era acompañar al Ecónomo Rdo. Don Francisco al monte cercano a buscar musgo en los sombríos de los pinares próximos al pueblo y en algunas de las fincas de Son Muntaner o Son Fuigdorfila. El acto central de la Navidad era sin duda la misa del gallo, y el asistir a ella era para mi edad, una especie de gesta, ya que mantenerse despierto no era tarea fácil, así que durante algunos años tuve que volver en los brazos de Papa ya que los de Mama estaban ocupados por mi hermano pequeño Jesús. Bueno la misa era como en todos los sitios pero con la singularidad del canto de “La Sibila”. Un canto ancestral Mallorquín, posiblemente precristiano, que es tradición en toda la Isla de Mallorca. La cantaba un niño de la Escuela Parroquial con buena voz y que con el pasar de los años también me toco a mi cantarla, pero en este caso sin buena voz, por cierto horriblemente, por el acojono de cantar en público y solo, fue mi primer gran fracaso a nivel social, al cual, evidentemente, se sumaron otros con el tiempo, pero desde mi edad actual estoy convencido que no solo fueron necesarios sino muy positivos.
La Semana Santa marcaba el cenit de los actos religiosos en nuestra Iglesia y se preparaban con mucho fervor por el Ecónomo de la Parroquia D. Francisco. El Domingo de Ramos se celebraba por todo lo alto y era obligado ir a misa para recordar con ramas de olivo la entrada de Jesús en Jerusalén. La bendición de los ramos era la parte mas emocionante y recuerdo a Mama recoger todos los ramas posibles de olivo y hacer un pequeño hatillo que posteriormente ataba en algún lugar de casa, alguna ventana por ejemplo hasta el año siguiente. El Jueves Santo que por aquel entonces era fiesta de mediodía, se iniciaba con la misa de la tarde que incluía el tradicional lavado de los pies de doce niños del pueblo. Por supuesto que me tocó lo del lavado de pies por el Cura alguna vez y de cara a todo el pueblo, pero recuerdo sobre todo los tres o cuatro lavados previos que nos hacia Mama en casa, para ir bien limpios a la ceremonia con calcetines nuevos y los zapatos o nuevos o bien limpios. Lo que más me gustaba de la misa del Jueves era el esplendor del “monumento” que preparaban las mojas con un esmero y amor solo posible en ellas. Los monumentos son clásicos en Mallorca y son los altares adornados con mil maravillas que acogen la formas sagradas que fuera de esos días se guardan en el Sagrario que quedaba con la puerta abierta. El Pan consagrado se guardaba hasta la ceremonia del fuego Pascual del Sábado Santo. Los monumentos de Son Rapinya eran espectaculares y verdaderas obras de arte trabajadas por las mojas de las hermanas de la caridad posiblemente durante todo el año, casi siempre los adornaban a base de flores, plantas y palmeras de un blanco de cielo.
Era costumbre entre los chicos "bajar" a Palma acompañando a D. Francisco para visitar los monumentos de los distintas parroquias e iglesias de la ciudad que en reñida pugna competían para tener el más espectacular. Gloriosos “monumentos” de belleza sin igual que confirmaban los más profundos sentimientos de religiosidad de los gentes de Mallorca. Los recuerdo adornados con todo tipo de plantas blancas como el mismo cielo.
Por aquellos años el Viernes Santo se celebraba con una procesión por las calle principal del pueblo donde se sacaba en andas el Cristo de la iglesia sobre un pedestal con cuatro brazos y la imagen de la Virgen también en su pedestal. Evidentemente los hombres seguían al Cristo y las mujeres a la Virgen como era natural y común a todos los pueblos del País en aquellos tiempos (Pare evitar miradas o pensamientos digamos que fuera de la devoción cuaresmal). Pero ya que os estoy contando esta diferencia os diré que en la Iglesia también había dos zonas claramente diferenciadas. Entrando a la derecha se colocaban las mujeres con el pelo tapado por un pequeño velo, casi siempre negro, y a la izquierda los hombres, bueno los mas atrevidos, ya que era habitual que los más valientes o menos religiosos o un tanto “rojillos” se quedaran fuera de la Iglesia y algunos vecinos del pueblo ni siquiera iban a la Iglesia, cosa que me llocaba bastante, pasaría bastante tiempo para yo comprendiera, algo más de nuestra sociedad y las heridas nunca cerradas que produjo la no tan lejana guerra, aunque de eso os contaré cosas mas adelante. La Noche Pascual del Sábado Santo era grande y la ceremonia del fuego y bendición de los óleos y agua bautismal me parecía mágica (me sigue pareciendo mágica), y posiblemente fuera así. La ceremonia se hacia muy larga y acababa muy tarde lo que suponía que los niños se dormían en los brazos de sus respectivos Padres y digo se dormían porque estoy seguro que yo nunca me dormí.
El Domingo de resurrección era glorioso, grande y muy luminoso, también había una peculiar procesión en la que la Virgen y el Cristo de la Iglesia se encontraban en algún lugar de la calle principal del pueblo con la normal alegría de los distintos feligreses. Con esa ceremonia había acabado el Invierno y comenzaba la esplendida primavera de mi querida isla. Por supuesto que de la Semana Santa no puedo dejar de comentar las empanadas y los dulces que en rigor se preparaban en todas las casas del pueblo y que por contener carne se comían a partir del Domingo de resurrección y especialmente el día del Ángel. Yo me acostumbré a las empanadas que hacía Mamá con una pasta algo mas dulces que las del horno del Pueblo.
El día del Ángel, que coincidía con el Lunes siguiente, se vivía muy intensamente y era el momento ideal para salir al campo con la familia después del frío y largo invierno. El lugar conocido por el “merendero” se encuentra a pocos kilómetros del caserío hacía las laderas de la sierra de Cans, en dirección Norte, donde en aquellos años había unos pocas fincas de gente pudiente de Palma que pasaban allí el verano, el día del Ángel casí todo el pueblo marchaba en excursión hasta el lugar y se pasaba todo el día de campo y pinos. A mi personalmente me gustaba una finca que se encontraba en la cima de una pequeña elevación justo en la misma carretera principal de Son Vida llamada de los cuatro vientos que siempre la conocí deshabitada y posteriormente en ruinas, se encontraba en el cruce del camino que dejaba la carretera principal de Son Vida para adentrarse en las tierras de Son Cigala hasta llegar al lugar llamado por nosotros el Merendero La chiquillería nos dedicábamos a hacer incursiones en una antigua mina que había muy cerca en los bloques calizos a las que llamabamos las cuevas del pilar, habituales en este tipo de formaciones “karsticas” en toda la Isla. En aquellos años nuestra juventud junto con el desconocimiento del daño nos llevaba a cortar tanto las estalagmitas como las estalactitas como insigne trofeo de valencia por entrar en la cueva. Desde mis conocimientos actuales puedo valorar el Riesgo que tenían las antiguas galerías y pozos y las propias salas del Karst de aquella zona, pero no pocas veces y algunas de ellas solo, entré en las cuevas en busca de lo desconocido, estaba convencido de que había murciélagos y eso me llevo a buscarlos muchas veces allí. Se confirmaba que con la merienda en comunidad del “merendero” se podía decir que acababa el invierno y la primavera brotaba con todo su esplendor, así que el final de la escuela estaba próximo y por lo tanto la libertad total.
En el mes de Agosto se celebraban las fiestas del patrono San Bartolomé en la semana del día 24. El olor a albahaca de las macetas cedidas para la fiesta por la familia Mulet y el himno al patrono marcaban la religiosa fiesta, aunque para mi el signo evidente de que ya habían llegado las fiestas era la aparición de la “avellanera”, que era como se conocía a un puesto ambulante de venta de avellanas, pipas y algunos juguetitos como: pelotas con goma, petardos y bombas de tirar el suelo, que hacían las mil delicias de los niños del pueblo, así como de los mayores en sus obligados paseos en la “vesprada” a tomar “la fresca”. Varias eran las cosas que me atraían en aquella tienda ambulante, pero pocas las que llegaban de verdad a mis manos, siempre nos falto el dinero para tener cosas así y en esos años aprendí a mirar las cosas para disfrutarlas en la distancia cosa que realmente tuve que hacer mucho tiempo. Las gafas de sol de plástico con vivos colores y las pelotas con goma para golpear a los amigotes eran mis favoritas. Si llegaban a mis manos las pelotas no tardaban en romperse y salírsele el serrín que las rellenaba y las gafas quedan rotas a las primeras de cambio. Durante muchos años las fiestas de Son Rapinya daban comienzo con una pasacalles anunciador con “chirimias” que se componían de un señor tocando la Gaita Mallorquina, muy parecida a cualquier gaita de origen Celta y otro señor con una pequeña flauta y tamboril. Ya os he comentado que se procedía a la colocación de las “paperinas” en algún tramo de la calle principal y en la pista, que era como se llamaba a la cancha de juego de la Escuela Parroquial.
La Pista fue durante muchos años para mi y para todos los niños de mi edad del pequeño caserío el centro de juegos y de reunión, allí se gestaron, por razones que os contaré mas adelante, muchos de mis sueños, amores y desamores. A la pista se bajaba a través de una puerta desde el jardín de la Iglesia que tenía un antiguo letrero en su parte superior que rezaba “Obrería de San Bartolomé”, la escalera llegaba a una pequeña escalinata llegando, por un parte al rellano donde estaba la entrada de la Escuela Parroquial y a las dependencias de la pequeña sala teatro-cine que había justo debajo de la vivienda del cura párroco, y a un nivel algo inferior a la cancha de juego cementada del tamaño de un campo de balonmano. En uno de los lados de la cancha y elevado con respecto al suelo había un pequeño escenario al aire libre accesible desde una pequeña escalera de obra en uno de sus lados donde los veranos se celebraban obras teatrales y otros actos sociales. Enfrente de lo que se podían considerar las gradas de dos niveles de la pista había dos grandes pantallas de Yeso blanco en el muro principal enfrentado a la bajada de la escalinata, donde los veranos y especialmente en fiestas se proyectaban películas para la admiración de prácticamente todo el pueblo.
En ese teatro al aire libre se representaban distintos actos sociales entre los que destacaban por aquel tiempo los bailes populares y las pequeñas obras de teatro. En aquellos eventos se colocaban sillas plegables y un puesto de venta de refrescos a base de mucho hielo ya que todavía no había los sistemas modernos de refrigeración. Con mi edad no era difícil colarse en casi todos los acontecimientos de las fiestas y así fue durante mucho tiempo. Recuerdo mucho las correrías por el “patio de butacas” en los intermedios de los actos ya fueran obras de teatro o películas. Todos los niños del caserío correteábamos por las partes de la pista libres de sillas y esperando el comienzo de la siguiente parte, al apagar las luces el trabajo era encontrar donde estaban los padres de cada uno. Mil películas hicieron las mil maravillas de todo el caserío y por supuesto de también las mías. Marisol y Joselito junto con Antonio Molina llenaron de emoción mi joven cabeza. Pero sobre todo la llenaron de música, que de muy jovencito había aprendido a escuchar junto a las faldas de mi Madre y su inseparable radio. Mamá cantaba casi todo lo que escuchaba pero sobre todo coplas y canciones de aire Andaluz. Su casa, sus gentes y su cultura alejada por motivos laborales habían quedado muy lejos.
En casa la llegada de la primavera coincidía con la aparición de un sinfín de hormigas aladas sobre la chimenea de la cocina, fenómeno que no gustaba ni un pelo a Mamá, pero que a mi me gustaba muchísimo, por otra parte la procesionaria de los pinos hacia acto de presencia y las incasables orugas en interminables filas pasaban de un pino a otro sin dar tiempo a Papa para acabar con todas las bolsas de tanto pino carrasco. No éramos conscientes del peligro de las pequeñas orugas pero Mamá de alguna manera sabia que había peligro y no pequeño, más tarde aprendí que el riesgo de quedar ciego si alguna de las pequeñas agujas de defensa de las orugas “cucos” como los llamábamos nosotros, nos hubiera alcanzado los ojos no era pequeño. Me gustaba jugar con las interminables filas de las peludas orugas y por supuesto acababa lleno de abones por todo el cuerpo, con los años comprendí que aquello no me convenía ya que los abones eran bastante molestos por su intenso picor, Mamá al no tener antihistaminicos nos trataba con vinagre que no se si iba bien para los abones, pero si picaba bastante en la zona rascada lo cual compensaba el picor de los habones.
Debió ser por ese tiempo cuando en los veranos mis hermanos mayores ya trabajaban duro recogiendo almendras en la finca de Son Fuigdorfila, llamada por nosotros para simplificar "Son Fila", los más pequeños a veces les acompañábamos y el duro trabajo de recoger almendras a pleno Sol, el contacto con el campo y todo el ritual que llevaba consigo la recogida de la almendra me gustaba mucho. Muy de mañana, casi a la madrugada, había que levantarse y dirigirse hacía donde tenía que pasar el carro que recogía a la personas que tenían que trabajar. Los trabajadores se dividían en dos grupos los vareadores y los recogedores, los primeros iban con grandes palos mediante los cuales desde el suelo y sobre los árboles tiraban todas las almendras de los árboles asignados por el capataz, posteriormente los recogedores con grandes cestos de paja acopiaban las almendras del suelo. No recuerdo muy bien pero creo que la cesta, bien llena eso si, se pagaba a 2,50 pesetas, un señor se dedicaba a recoger el contenido de las cestas en sacos que quedaban en el suelo bien llenos a la espera de que pasaran a recogerlos con carros. El trabajo era muy duro ya no solo por el eterno Sol del Agosto de Mallorca, sino por las condiciones de la recogida que obligaba a estar agachado todo el día sobre el rastrojo de los trigos y cebadas ya cosechados. Solo de tanto en cuanto el agua fresca de alguna “Jarra” te hacía pasar un buen rato. La merienda, la comida y la suerte que te tocara por orden algún árbol de la garrida te evitaba el suplicio del rastrojo que se clavaba como agujas en las zapatillas o sandalias.
El primer trabajo remunerado que hice solo fue muy temprano y en esa misma finca pero no recogiendo almendras, sino algarrobas, que evidentemente era más fácil. Una semana de trabajo en la “Tanca de Baix” me reportaron mis primeros ingresos que consistieron en unas pesetas que en el momento de recibirlas, el sábado al mediodía y en la fila que hacia el Amo para pagar a cada uno de los trabajadores, después de verificar las anotaciones de cestas que habías recogido. “L’Amo en Joan” me dijo algo que me hizo sentir muy importante, sobre que mi Madre se podía sentir orgullosa por tener a otro hijo que ya podía trabajar y aportar dinero a casa. Pocos días me he sentido tan orgulloso como cuando le di a Mamá el dinero que me habían pagado como a los mayores (tenía entre 6 y 7 años). Solo dos o tres veces más en la vida he estado tan orgulloso de mi, pero no pude dedicarlo a Mamá que ya que no estaba con nosotros.
En casa Mamá y Papá trabajaban como burros para tener el jardín de la casa en perfectas condiciones, muchas veces mis hermanos mayores, sobre todo José Antonio y Miguel tuvieron que olvidarse de salir con sus amigos para ayudar a mis Padres a recortar el corre-corre de los parterres o barrer las agujas de los pinos del jardín, regar las innumerables plantas o quedarse a cuidar de los pequeños que no éramos muy malos, pero si algo movidos. No cabe duda que las tareas eran muchas y mis hermanos trabajaron desde su más temprana edad tanto en casa como posteriormente en cuanto pudieran ayudar. La familia estaba sola y codo con codo todos los que podían aportar para el sustento lo hacían sin rechistar.