RECUERDOS DE LA VIDA DE UN NIÑO DE SON RAPINYA

Mi Primera Fotografía con el Rdo.D.Francisco

Mi mundo se hace más Grande
¡EL DESPERTAR A MI ENTORNO MAS CERCANO!

Como os podéis imaginar, las condiciones de la "casa" donde vivíamos eran muy deficientes en todos los aspectos, pero  a esa edad, un niño como yo no se daba cuenta de tal circunstancia. La antigua casa de "Ca'n Eulesa" se alejaba de mis recuerdos a medida que el tiempo pasaba, y las intensas vivencias en nuestra nueva vivienda me eclipsaron casi todos los recuerdos de la vieja casa donde nací. El tiempo fue pasando y la familia se tubo que adaptar, por cojones, a la nueva situación, que como os dije antes, desde el parecer de un niño de mi edad no estaba tan mal.

A medida que el tiempo pasaba, las fronteras de mi mundo se hacían más grandes y la fascinación por lo desconocido crecía en mi. Ya quedaron atrás los juegos en el “algarrobero tuerto”, el “castillo de las miñonas” o el torrente que pasaba por Son Fila, incluso los felices días de verano de recogida de almendras por las tierras de Son Fila. Mi pueblecito de Son Rapinya empezaba a cambiar y pronto dejaría de ser un pueblo casi agrícola muy cercano a la capital (Palma),  donde vivían muchas familias del trabajo en la ciudad, para incorporarse plenamente como un barrio mas de la Ciudad.

Como os decía, mis escapadas de los limites de mi pequeño mundo se hacían más y más frecuentes y por ello os quiero contar como eran esas, mis fronteras, en aquellos tiempos. Son Rapinya estaba comunicada con Palma mediante una carretera que partía donde acababa el camino vecinal del pueblo, en el punto llamado “ La Cruz” o “Sa Creu”, justo donde había y hay el cruce con el “Cami des Reis”, antigua ruta seguida por las tropas del “Rei en Jaume” cuando conquistó la capital de Mallorca (Palma), desde la pequeña ensenada donde dejó los barcos de su flota anclados, llamada Santa Ponsa. La carretera era muy estrecha y delimitada por dos muros de piedra que dejaban justo el paso de dos vehículos pequeños, los muros separaban tierras de almendros y algarrobos en ambos lados del predio de “Son Moix”. En dirección a Palma la carretera atravesaba y dejaba a la izquierda las casas de “ Sa Possesió de Son Moix”, que se configuraba en un precioso conjunto de casas, establos y eras, muy pegados a la carretera donde, además, había una parada de autobús. Mas adelante se llegaba al barranco donde había el desvío para ir al seminario de los Teatinos y que yo conocía muy bien por las veces que tuvimos que ir a ver a mi hermano Miguel. Mas adelante había algunas construcciones de casas solariegas que dejaban notar la cercanía de Son Espanyolet y Santa Catalina ya integradas en la Palma de aquel entonces. La ruta del autobús dejaba esta carretera para virar a la derecha en el lugar llamado “La punta” y seguir por el camino vecinal de Son Espanyolet hasta Santa Catalina donde había un mercado de abastos y donde tantas veces bajé con Mama, Nicolás y el pequeño de la casa Jesús, para hacer la compra de los sábados.

El mercado me asombraba y fascinaba de forma mágica. El bullicio de las mujeres y hombres de los puestos me atraía de forma que no puedo explicar, solo sentía un poco de temor y angustia cuando Mamá discutía con el o la tendera de cualquier puesto por motivo del genero o la medida. Por otra parte al ver tantas veces a Mamá pelear lo indecible por una peseta hasta extremos casi increíbles, infundió en mi algo parecido, que me fue muy útil no mucho tiempo después cuando como estudiante fuera de casa tuve que volver a frecuentar los mercados de abastos, para hacer la compra de toda la semana a precios asequibles ya que me jugaba el escaso dinero de que disponía. En esas bajadas al Mercado Mamá nos compraba pedazos de coca de verdura o dulce, que Jesús y yo nos comíamos con todas las ganas de este mundo, y de nuevo de vuelta a la parada del autobús, ayudando en lo que podíamos con las cestas de la compra, donde después de esperar su debido tiempo, con todas las demás Mamás o Papás de otras familias del caserío tomábamos el autobús por la parte de atrás, ya que en aquel tiempo en los autobuses además de conductor había cobrador que estaba situado en un pequeño habitáculo en la parte trasera del autobús y que al pasar te cobraba en trayecto según la longitud de este, para lo cual, tenía un artilugio con unos pequeños talonarios de colores según precios o trayecto que al fin y al cabo era lo mismo, donde arrancaba el o los correspondientes billetes de trayecto. Recuerdo que me ilusionaba mucho cuando caía en mis manos alguna parte gastada de esos talonarios que parecían pequeños librillos, jugaba mucho tiempo con ellos y me servia como un librillo de notas.

El trayecto de subida a Son Rapinya, ya que tenéis que recordar que el pueblo esta en las primeras elevaciones del arranque de la sierra de "Cans" en dirección norte y por lo tanto en subida, era rápido, solo complicado alguna que otra vez, por el excesivo numero de ocupantes del Autobús y sus cestas de la compra. Muchas veces las cestas y su contenido corrían por el suelo del coche con el consiguiente enfado de sus dueños, especialmente en verano, los melones y sandias corrían como queriendo salir de sus cestas, a veces con resultado fatal para el dueño de la cesta y el servicio de limpieza del autobús.

Ya en aquel entonces las máquinas de cualquier tipo me gustaban mucho y os puedo contar como eran aquellos viejos vehículos, en lo que yo podía ver y entender claro. Aquellos autobuses marca Pegaso y de fabricación nacional tenían el volante gigantesco y casi estaba en posición horizontal, natural si tenemos en cuenta que no había dirección asistida y todo el esfuerzo del trapecio de dirección se hacia a mano. Había una enorme palanca de cambios en forma de “L” que salía del piso del vehículo muy cerca del abultamiento que había al lado del asiento del conductor que denotaba que allí se encontraba el motor “sanctasantorum” de los vehículos y que cada día me atraía más entender su funcionamiento. El resto de cosas eran unos pocos asientos de madera y dos barras en el techo de la que colgaban unas asas para sujetarse, donde yo evidentemente no llegaba todavía. La ruta de ese Autobús fue durante muchos años la misma y creo que ahora la sigue también con pequeñas variaciones. Durante mucho tiempo lo utilice para mis diarias subidas y bajadas a Palma y donde pasé muchas horas de vivencias, muchos recuerdos tengo en esos autobuses, pero eso os lo contaré un poco más adelante.

Al Norte, el Camino Vecinal de Son Rapinya al dejar el “Garrigó” un poco más adelante donde luego estaría el bar “Gran Parada” se convertía en la carretera de Son Vida que discurría entre las tierras de las Fincas de Son Muntaner y Son Xígala. Sin lugar a dudas era la parte que más me gustaba y posiblemente la que más frecuenté unos años más tarde, cuando trabajé como "Cadi" en los campos de Golf de Son Vida. Hasta esa edad solo nos acercábamos hasta la fastuosa mansión de “Los cuatro Vientos” que como os conté estaba situada a mitad de camino entre Son Rapinya y Son Vida situada en un altozano de la constante subida que hay entre el pueblo y Son Vida. La finca estaba abandonada y era lugar de juegos entre los jóvenes de mi edad y creo que era lugar, con la complicidad de la noche, de otro tipo de juegos entre parejas más mayores. Del camino vecinal que partía el pueblo en dos mitades nacía, justo en su mitad, donde estaba y está la Plaza y la Iglesia, una calle que pasando por delante las fastuosas casas de Son Quint y su plaza, que no era más que un ensanche de su propia calle, se dirigía hacia la cuesta de Zaragoza que era la unión entre Son Rapinya y el pueblo vecino de La Vileta, sin solución de continuidad, ya que estaba unidos por casitas y casas solariegas. La cuesta de Zaragoza bajaba, desde los límites de Son Rapinya, justo en la finca de la muy respetada familia Mir, hasta el camino vecinal de La Vileta y Son Serra jalonada de casas señoriales y solariegas todas ellas llenas de encanto. Por el camino vecinal de La Vileta a Palma también circulaban autobuses de la entidad municipal, pero en aquellos años habían unos privados, cuyo nombre no recuerdo pero que eran más baratos, por eso mucha gente de Son Rapinya bajaba la cuesta de Zaragoza y tomaba el Bus en La Vileta.

En esa calle y muy cerca de la Iglesia y por lo tanto del centro neurálgico del pueblo y de mi nueva “casa” se encontraban “Ses casses de Son Quint” que era un conjunto arquitectónico precioso. El edificio se separaba de la propia calle con un murete de piedra de unos 40 centímetros de alto que cercaba un espacio de terreno a modo de separación entre esta y la finca, donde había una cisterna que recogía las aguas de lluvia y las almacenaba para todo el año, la cisterna estaba unida a las casas de la finca mediante un canalillo elevado que era usado para enviar agua por el. En ese punto se encontraba la entrada principal que después de atravesar ese pequeño espacio de tierra, dejando la cisterna a la izquierda, estaba construida por una enorme puerta en un arco de medio punto de piedra caliza con dos bancos también de piedra a sus lados jalonandola . La puerta conducía a un patio central del conjunto de casas donde había una señorial escalera que conducía a las dependencias de los señores de la finca de Son Quint, herederos de la familia Quint Zaforteza. Por supuesto al patio central daban todas las demás dependencias de ese tipo de fincas agrícolas que como os dije, en Mallorca, se llaman “Posesións”. Como en todas los grandes predios, Son Quint tenía una era y bien hermosa, lugar de juegos constantes mientras nos dejaban los capataces y Amos de Son Quint. Mirando la entrada principal y a la derecha de las casas había unas cuadras donde se guardaban los muchos carros que tenía la finca y desde allí partía un camino, por supuesto de carro, que volteaba la finca entera y pasaba por la entrada trasera de las casas y donde se encontraba la Era, un poco mas elevada que el nivel del camino. El camino seguía hasta salir por el final del muro que separaba la “tanca” del pueblo, justo en la casa del Maestro D. Juan Torres. Así muchas veces era utilizado por la gente que quería ir en dirección al camino de la Vileta como atajo. De hecho el pueblo abrazaba a la finca de Son Quint como si de un niño se tratara y no muchos años más tarde se urbanizaría esta última “tanca” junto con las casas del predio en lo que se llamaría urbanización “Los Almendros”.

Me gustaban mucho los carros que se guardaban en el cobertizo que tenían para tal efecto y dado que ahora vivía casi al lado empecé a merodear por allí muchas veces, siempre con mucho miedo a que no me descubrieran los capataces o los señores de de la finca. Una vez encontré en el lugar donde tiraban las cosas rotas de la casa un trozo de figurilla de porcelana que era una pequeña figura que estaba rota, era evidente que le faltaba un trozo y representaba a un doncel grácil y esbelto en porcelana de calidad. Se la lleve a Mamá y su lógica fue aplastante, si era de los señores de Son Quint debía ser de porcelana buena ¡a lo mejor china!, yo no sabia ni lo que era porcelana ni menos china y por supuesto, razonó mamá, que si faltaba algo a la figurilla podía ser que estuviera en el lugar mismo donde la encontré. Tenía razón, al volver encontré la otra parte del conjunto de la figurilla que era una especie de jarroncito para colocar o poner flores o lo que fuese. Mucha ilusión le hizo a Mamá y después de un buen pegado quedó como nueva y todavía está en casa de mi Padre como trofeo. Efectivamente era una buena porcelana, como no podía ser de otra forma en esa señorial familia.  Aprendí que las cosas que unos no quieren pueden hacer feliz a otros.

La Era de Son Quint en los meses de verano fue, cuando nos dejaban, un lugar de incesantes juegos entre los montones de paja. Después de la Trilla quedaban unos enormes montones de paja de diferentes gruesos según venían de trigo o cebada, aunque los dos tipos de paja se te metían por todo el cuerpo y te picaba como un diablo, pero no era para dejar de tirarse desde lo alto de los montones hacia abajo como locos por un simple picor.

Así eran las tres arterias principales y con calles asfaltadas, por llamarlas así, de Son Rapinya. Otras vías de comunicación eran, como ya os he comentado el “Cami des Reis” que cruzaba en dirección perpendicular al camino vecinal justo en el lugar llamado la Cruz, donde en el chaflán en semicírculo de la primera finca de entrada al pueblo viniendo desde Palma había y hay una cruz de piedra sobre un pilar que descansa sobre una pirámide escalonada de base poligonal, también de piedra, en cuyos peldaños se podía sentar la gente y descansar. Pues bien, por ese camino hacia el Oeste se llegaba hasta las tierras y casas de “ Sa Possesio” de Son Fila, dejando a la izquierda en esa dirección una pequeña tanca de Son Moix, donde por cierto, se localizaban dos pozos muy profundos que me infundían un miedo tremendo, y seguía hasta el Campamento militar donde hicieron la instrucción básica militar mis dos hermanos mayores, en cuyo punto se juntaba con la carretera de Palma a Génova.

Aunque en menor medida que en los años en que vivíamos en la calle Garrit también jugábamos mucho por las tierras de Son Fila como ya os comente antes, especialmente nos gustaba a los niños de nuestra edad la Plaza de Toros. ¡Si! Una auténtica plaza de toros que estaba muy cerca de las casas de Son Fila. La plaza tenía un embrujo especial debido sobre todo a su estado de abandono en aquellos años. Se trataba de un placita circular excavada en la roca caliza (posiblemente fue una pequeña cantera de sillares de caliza) que debía ser muy pequeña, pero que yo la recuerdo muy grande, al estar excavada en la roca las paredes eran la misma roca donde habían excavado también los corrales para las bestias. Recuerdo que en el centro de la plaza había un gran agujero que conectaba con una galería subterránea a una de esos corrales y el paso de un lado a otro era todo un reto para los más pequeños.

A la plaza se llegaba desde el camino de Son Fila que como os dije nace en el “Cami des Reis” y a través de una pequeña subida de unos 500 metros a las casas de “Se Possesió de Son Fila”, preciosa finca al más puro estilo Mallorquín de principios de siglo, que estaba y está situada en una elevación que le permite divisar desde sus torres todas las tierras de su propiedad. El camino pasaba justo delante de la puerta principal de las casas, dejando a un lado la Era, seguía en una ligera bajada entre las “tancas” de higueras de “Figues de Moro” o higos chumbos, por cierto muy sabrosos, para llegar a un lugar entre pinos llamado “La Font Santa” por el que corrían tenues fuentecillas que alimentaban un aljibe tapado. El sitio tenia incluso mesas y bancos de piedra para descansar o hacer una buena merienda. El camino seguía hasta llegar a las puertas de la Plaza de Toros donde años antes, yo casi no lo conocí, se habían celebrado multitudinarias fiestas de gentes de todos partes. De hecho la plaza de toros que se hizo con motivo de la extracción de sillares para la construcción, contaba con dos gradas igualmente excavadas en la roca que divisaban la plaza desde arriba. Recuerdo haber ido allí con Mamá y Papá paseando desde casa en las frescas tardes de primavera y otoño cuando la luz de esa Mallorca maravillosa invita a pasear sin parar entre los campos ya verdes en Primavera ya ocres y trabajados en Otoño.

A veces íbamos a lo que por allí se llamaba “Pellucar”, que no era otra cosa que rebuscar en los almendros ya trabajados para recoger las últimas almendras olvidadas por las cuadrillas de recogedores. Siempre encontrábamos almendras perdidas para tener para todo el año y como decían que era una practica legal, de esa legalidad que nace del pueblo para el pueblo, Mamá estaba feliz y por ende yo también, así que durante muchos años fuimos a “Pellucar” entre los rastrojos, arbustos de lentisco “Mata”, esparragueras y piedras de los bancales donde habían almendros próximos y donde nuestra experiencia como recogedores nos decía que quedaban alguna de ellas. Los almendros “Prunus Amigdalus”, que pellucabamos eran de distintas Variedades de las que no recuerdo el nombre, solo recuerdo la que me hacia más ilusión y de la que había muy pocos árboles, era la denominada en Mallorquín “Mollar” que eran de cáscara muy floja que se podían romper con la boca y por lo tanto eran de fácil apertura. Por supuesto también recuerdo la variedad amarga por su fuerte y desagradable sabor.

Tanto desde el “Cami des Reis” como de la calle Garrit, nuestra antigua calle, se podía tomar el camino de “Son Muntaner”, que después de pasar por las tierras de Son Fila, se adentraba en sus propias tierras hasta llegar a las fastuosas casas del predio. A ese camino de Son Muntaner también se podía llegar desde las calles Set y Conejera que llegaban hasta el bajando por unas escalinatas de piedra que todavía se conservan.

Como podéis imaginar en este punto, el pueblo de Son Rapinya, como ya os dije en los primeros capítulos, esta en un altozano en las primeras elevaciones de a Sierra de Cans y elevada en relación al Sur, Este y Oeste, por eso desde el pueblo hacia Palma se bajaba, hacía La Vileta se bajaba y por supuesto también se bajaba hacia el camino de Son Muntaner. El viejo camino fue un lugar privilegiado de juegos en mi joven vida, sobre todo el cruce de este camino con el torrente que antes comente y por multitud de lugares entre pinares de pinos carrascos, matas de lentisco y madroños que hacían las mil delicias de la chiquillería de aquel entonces.

¡Pero Cuidado! las garrigas y montañetas de Son Muntaner no me gustaban mucho debido a la presencia de un señor que con una escopeta a la espalda y una bandolera de piel con una gran insignia que rezaba "Guardabosques" que me asustaba sobre manera. A este señor se le llamaba el “Garriguer” y la escopeta la tenía cargada de cartuchos de sal. No cabe duda que probé el cartuchazo, por lo menos parte del cartuchazo, alguna vez. Cierta vez que no puedo recordar una pequeña porción de sal me dio en la nalga derecha, en una de las incursiones que hacíamos los niños de mi edad por las motañetas del predio, lo que fue suficiente para que corriera tanto como en una maratón y llorara tanto como un niño pequeño. No dije nada en casa y me cure solo como pude con la inseparable mercromina que tenía siempre Mamá guardada. No fue la única vez que me cure solo alguna herida de las que yo consideraba grave y podía representar algún disgusto en forma de reprimenda.

Ya que os estoy contando temas de mis inseparables heridas no puedo por menos que recordar a la monja que todo lo curaba. Sor. Juana fue la más fiel amiga de los enfermos y necesitados del pueblo (Enfermera, Practicante, Médico, Asistente Social, y Amiga, etc.) pero sobre todo, desde el punto de vista de un niño de mi edad, era la monja cura-todo. Si alguno de nosotros jugando se hacia daño, algo habitual por cierto, íbamos corriendo a ver a Sr. Juana, en el convento de las Mojas de la Caridad, el mismo donde comencé mis estudios, y todo solucionado.

Recuerdo con amargura una vez jugando con mis amigos en las cercanías del “Algorrobero Tuerto” mi hermano pequeño Jesús se cayó sobre unos vidrios rotos de una botella de Cava, haciéndose un gran corte en la pierna y sangrando mucho. Me asuste muchísimo, como siempre me pasa ante cualquier situación que no domino, y lo tome en brazos y corrí como un desesperado hacia la monja o casa que al fin y al cabo estaban muy cerca, desde que vivíamos debajo de la Iglesia. No podía con el peso de Jesús y los piernas no me respondían después de un buen rato creo que ya no podía ni ver por donde iba, toda la calle Garrit hacia la Plaza, pero la fuerza de creer que era algo importante me hizo llegar a la monja para que lo curara. Hace poco también hubiera querido hacer el mismo esfuerzo para ayudarle pero no pudo ser. Dios lo había llamado.

El estar todo casi todo el día por la calle y frecuentar todo tipo de sitios y lugares me ocasionó mas de una herida que pudo ser de importancia, mas si tenemos en cuenta que no estábamos vacunados del tétanos, pero eso no lo consideraba importante. La subida a los árboles y postes de la luz estaba a la orden del día sobre todo para buscar nidos en los huecos de los postes de los cables eléctricos que eran de cemento y que facilitaban de forma peligrosa la subida de cualquiera ya que estaba compartimentado en secciones y hacían las veces de escalones. Yo tenía claro que los cables eran peligrosos y de hecho la placa de metal que había abajo no me hacia ni pizca de gracia ya que tenía una calavera con dos tibias cruzadas y rezaba “ Peligro de Muerte”, aunque yo entendida también que era el escudo de los piratas que sin duda debían de navegar por el ancho mar que se podía divisar desde los altos de Son Rapinya mirando hacia la bahía de Palma.

Por otros lugares ya un poco mas alejados para ir solo me gustaba ir acompañado o en excursiones con la Escuela o con el Ecónomo D.Francisco en las fechas próximas a Navidad, para, como ya os comente, buscar musgo para los Belenes. Algunos de esos sitios un poco mas alejados de los que habitualmente jugábamos, como por ejemplo “El Pinot” que se encontraba en la “Caseta D’Ribas”. El Pinot que se trataba de un enorme pino piñonero (Pinus Pinea) de bastantes años de edad, a cuya sombra se podía descansar y respirar el aire puro de los pinares de aquella finca, fue frecuentemente visitados por mi, convencido que estaba a cientos de kilómetros de casa y lleno de ese temor que nos invade cuando nos encontramos lejos de lo nuestro y de los nuestros y con el sabor de la aventura.

Había dos bares en Son Rapinya y uno de ellos era el conocido por el Bar de “Jeroni” estaba en el camino vecinal a la altura de la pared de “Sa tanca d’Alt” Son Quint, circunstacia que aprovechaban para tirar, mas allá de la pared, la basura del bar. Cosa que yo conocía muy bien ya que, llegado el tiempo oportuno, me dedicaba a buscar en esa basura las chapas de las botellas que tanta ilusión me hacían, sobre todo si eran raras. Como todas las “bruscas” que nos daban a los niños de aquella edad, en determinado momento tocaba hacer colección de chapas y todo el mundo a buscar chapas como condenados. El otro bar estaba justo delante de la Iglesia y se llamaba "La Sociedad", donde tuve una de mis mayores experiencias de aquella edad, allí fue donde vi por primera vez un Televisor. ¡Grandioso!, solo lo pude calificar de grandioso. El Televisor estaba colocado en un rincón del bar y lo suficientemente elevado como para que todo el bar pudiera verlo. Era otro artefacto electrónico que aumentaba mi inquietud por esa disciplina tecnológica. Partidos de fútbol, festivales de Eurovisión, combates de boxeo, corridas de toros y por supuesto películas hacían las mil alegrías de la gente del pueblo. Al llegar a casa después de esas sesiones miraba nuestra pequeña radio y estaba convencido que algún día podría ponerle una pequeña pantalla para ver la Televisión ¡No podía ser tan difícil!. La verdad es que no pudo ser ya que la radio se perdió, pero la intención la tuve durante mucho tiempo (Lo doy por realizado ya que los materiales los llegué a reunir).

Mientras tanto en casa las cosas iban de mal en peor y las discusiones seguían a la orden del día. Mamá se encontraba muy mal en aquella situación, que a mi me parecía perfecta, ya que tenía el Cole al lado y en los fiestas de cada año por San Bartolomé entraba gratis en todos los acontecimientos que se celebraban en la pista. ¿Qué más se puede pedir? cuando eres un niño de esa edad. Como ya os dije Mamá empezó, después de mucho discutir con Papá, a trabajar en el Hotel Son Vida en el servicio de limpieza y eso ayudo a la casa mucho, pero a Papá no le gustaba y tubo que dejarlo, solo le quedaba para ganar algún durillo para ayudar en casa los veranos, cuando trabajaba en la finca de Son Quint seleccionando almendras que previamente había pelado una horrible máquina que hacia un ruido infernal. Un conjunto de mujeres a cada lado de una cinta transportadora hacia el trabajo en alegre bullicio, entre chismorreos y habladurías de la gente del pueblo. Más tarde Mamá se puso a trabajar en la misma finca de mujer de la limpieza ganándose el afecto de los señores Son Quint. Dª. Xxxx la apreciaba mucho y muchas veces le hizo algún que otro regalo para nosotros.

Mamá sabia ganarse el afecto de todo el mundo con su trabajo, rayando la perfección en casi todo lo que hacia, siempre fue educada y respetuosa con todas las gentes y ello le llevo a ganarse la simpatía y el cariño de todas aquellas personas que la conocieron. Yo he intentado caminar por los mismos caminos de respeto y educación, pero unas veces lo he conseguido y otras no. Mientras tanto la vida pasaba a grandes pasos y en la Escuela Parroquial solo quedábamos Jesús y yo, ya que, como os dije antes, mi hermano Nicolás había acabado la Educación Primaria y a diferencia de mi hermano mayor José Antonio que había seguido estudiando en la Escuela de Maestría Industrial la especialidad de Ebanistería, el no quiso seguir estudiando, quizás llevado por el afán de ayudar en unos momentos tan delicados para la familia. Nicolás se puso a trabajar nada mas salir de la Escuela Primaria y lo hizo de mozo en un hormo de pan que había en el “Jonquet” de Palma que se llamaba “La Espiga de Oro”. Recuerdo con mucha ilusión el pan de 2 Kilos que traía cada día y que Mamá esperaba para no comprar el habitual, ahorrando el gasto. No mucho tiempo después dejó el horno y se puso a trabajar en una tienda de ultramarinos de Palma llamada el Colmado España que estaba situado en la Plaza de España y era un establecimiento de renombre en toda la Ciudad. Nicolás subía y baja de Palma con una bicicleta del propio Colmado España de color negro que el muy capullo pinto como una cebra. Me hacia mucha ilusión la bicicleta, como a cualquier niño, pero como no podía tener una bicicleta a mi medida no tuve más remedio que aprender a montar como todos los niños de misma edad y condición, que no era otra forma que “a pedal” con la bicicleta grande. Se trataba de montar con tu pie derecho sobre el pedal de la bicicleta y con el izquierdo darte toda la fuerza del mundo para impulsarte, después de pasado un tiempo prudente con esa forma se pasaba a montar “a cuadro”, que no era sino que pasar tu pierna derecha por entre el cuadro de la bicicleta y tu pierna izquierda en el pedal izquierdo, con lo cual se montaba bastante bien hasta que el suelo reclamaba sus derechos sobre todo lo que esta formado por masa y tiene peso.

Mientras tanto mi hermano Miguel estaba ya en el seminario de los teatinos con lo cual la situación se hacia mas llevadera, ¿supongo?, ya que había una boca menos que alimentar y un sitio más en la casa. Por otra parte mi hermano mayor José Antonio que había empezado, la ahora llamada formación profesional, antes Escuela de Maestría Industrial, mas conocida por todos como la Escuela de los Pobres, tubo la oferta de una empresa de fabricación de muebles de Palma de nombre “Juncosa” que estaba muy cerquita de la mencionada Escuela, donde yo unos años mas tarde también ingresaría, que por supuesto aceptó, dejando la Escuela de Maestría y poniéndose a trabajar todo lo duro que sabe hacer el, con el convencimiento de que su trabajo ayudaría a paliar tan delicada y casi dramática situación familiar. Algo dentro de mi me dice, que mis hermanos: José Antonio, Miguel y Nicolás, eligieron sus caminos mediatizados por la situación de la familia y de alguna manera fueron sacrificadas ilusiones, esperanzas y anhelos de personas especialmente dotadas para seguir cualquier tipo de estudios. Nuestra Madre siempre insistió, desde muy chicos, en la necesidad de seguir estudiando y todos desde muy pequeños estábamos mentalizados para ello. Ellos trabajaron duro desde muy jóvenes para la Familia y ellos son mi única Familia

Mamá me contaba a veces lo feliz que era en su Granada natal cuando veía a los estudiantes Universitarios pasear por las calles con sus características capas y soñaba que alguno de nosotros pudiera, sino la Universidad que estaba muy alejada de una familia humilde como la nuestra, por lo menos estudiar un oficio. Estaba convencida que estudiar era la solución para poder vivir sin las penurias que estábamos pasando y se lamentaba de no haber podido hacerlo ella. Le hacía mucha ilusión que sus hijos estudiaran un oficio digno con el cual ganarse la vida cristianamente. Mamá sabía leer a duras penas y un día me confesó que había aprendido sola a base de mucho esfuerzo y no poca perseverancia. Yo también soy así y si tengo algo bueno, que eso habría que verlo, es la perseverancia en mis objetivos marcados que sin duda he heredado de Mamá y Papá.

Yo por mi parte sentía la vida en casa la recuerdo muy cómoda, si descontamos los momentos de angustia cuando Papá y Mamá discutían, buena parte del tiempo lo pasaba en la pista que se había convertido en mi patio de juegos de casa y con mi hermano menor Jesús hacíamos cuanto podíamos para pasar el rato. Los mil lugares escondidos de una Iglesia y su plaza fueron lugar de investigaciones y visitas. El campanario fue con todo el mejor y más visitados de los sitios prohibidos, sobre todo después, de que colocaran los altavoces a los cuatro puntos cardinales, me pasaba horas mirando desde tan privilegiada atalaya divisando toda la bahía de Palma y el “Pla” de la ciudad. Al campanario se subía desde un portalón que había en la sacristía que daba paso a la vivienda donde estacamos. El portalón accedía a un hueco que subía hasta el campanario mediante una escala de gato que estaba hecha de barrotes de madera empotrados en la pared, de los cuales varios se movían bastante. A pesar del riesgo y la tajante prohibición de subir a los mas pequeños, era mi lugar preferido. La escala de gato daba a una cámara desde donde se podía acceder a las bóvedas de la Iglesia y desde donde mediante dos escalas más de gato se podía llegar, ya definitivamente, a una pequeña terracita donde se encontraba la espadaña de la Iglesia y la campana.

Los días de fiesta mayor, cuando había que hacer voltear la campana, los monaguillos subían a esa terracita y lo hacían mediante una cuerda que estaba atada a una manivela del mecanismo de la campana. Yo lo haría cuando fuera mas mayor, pero hasta ese instante tenía que concertarme con leer en la campana el nombre de Son Rapiña escrito mal. ¿Cómo podía ser que en una campana se hiciera una falta de ortografía?, habían puesto “Son RAPINYA” y no Son Rapiña como yo creía que se escribía. Nadie me había hablado de que el mallorquín también se podía escribir y que, de hecho, había hasta libros en ese idioma, Fue el Ecónomo Rdo. D.Francisco que en respuesta a mi pregunta me informó de tan, para mi, extraña noticia.

Un lugar especialmente singular que me gustaba frecuentar era el sitio donde D. Francisco tiraba sus papeles viejos entre los cuales había los sobres del abundante correo que recibía y naturalmente con los sellos de correos. Siempre que podía visitaba el lugar y los sellos que podía recoger eran como trofeos para mi joven e incipiente colección. Unos años más tarde monte varios ceniceros y hasta un plato con los sellos que durante muchos años pude ir recogiendo, al estilo de cómo lo había visto en algunos casas de abolengo de Son Rapinya.

La nueva situación nos hacía a todos mucho más cerca del Rdo. D.Francisco. A mí me gustaba mucho estar con el Ecónomo y ayudar en todo aquello que podía, aunque eran muchas las cosas que hacia y muchos los proyectos que siempre tenía en marcha. Aficionado como pocos a los aperos del campo mallorquín y a los artilugios antiguos, solía tener siempre entre manos gran cantidad de ellos. De esos trabajos en donde me gustaba estar con D.Francisco puedo recordar de forma muy clara la construcción de un pequeño aljibe en su huerta-jardín privado para almacenar agua. Los trabajos fueron llevados a cabo por el mismo Ecónomo y el “Mestre d’obras" el “Mestre Gafet” un hombre ya mayor y muy sabio que tenía una casita en la misma calle Garrit y nos conocía a todos desde que nacimos, entre otras cosas D.Francisco Cañellas que era como se llamaba el Mestre Gafet, enseñaba a bailar típicos bailes mallorquines a la gente joven del pueblo y entre ellos a mis hermanos Miguel y Nicolás. Me sentía muy bien en aquella obra y algo quedó en mi que me dijo el “Mestre Gafet” en el sentido de que cuando fuera mayor recordaría aquellas jornadas vividas con ellos y podría rezar por el, ya que no estaría con nosotros. Efectivamente no mucho tiempo después nos dejó, pero muchas veces le recuerdo cuando paso por donde estaba su antigua casa y donde nosotros jugamos no pocas veces, y seguro que le llegan mis oraciones. Aunque estoy convencido que para esa gente tan buena y sencilla Dios los recibe en si, ya en vida y solo el partir mas allá, se separan de nosotros para estar mas cerca de Dios. Al "Mestre Gafet" tengo que decirle que toda nuestra Familia le estará eternamente agradecida por todo lo que hizo por nosotros y por Papá.¡ Igual en el Cielo tienen Internet! 

Miguel y Nicolás aprendieron a bailar Boleros mallorquines con personas mayores como el "Mestre Gafet" que guardaban celosamente el preciado tesoro de su cultura pero que no dudaron en trabajar muy duro para enseñar a un puñado de niños y niñas tan importante acerbo cultural mallorquín. Nicolás todavía era muy joven así que durante las fiestas de verano de un año fue el “Clavaries” y le dieron un bastón con un muñeco en uno de sus extremos y allí que lo colocaban en un sillón de la Iglesia junto a una niña de la misma edad para hacer las veces de "mascotas" infantiles del grupo de baile, a un lado y otro del escenario. Miguel que era mayor danzaba todo tipo de Boleros y Jotas mallorquinas para disfrute y orgullo de sus Padres y hermanos.

Esos esporádicos trabajos con el Ecónomo y las pequeñas obligaciones que me encomendaba, como barrer un poco aquí y un poco allá y poco más, fueron determinantes en mi educación. Por supuesto desde que se percató de mi interes por saber y entender todo lo relacionado con el idioma y la cultura de la Isla me habló en Mallorquín lo que me obligaba a practicarlo con mas frecuencia, ya que entre la chiquillería de mi edad, no se hablaba en absoluto o solo lo hablaban los niños hijos de Mallorquines, éramos más los hijos de la gentes venidas de fuera que los hijos de los propios lugareños.

En Verano pocas veces íbamos a la playa, aunque no estaban muy lejos, pero el trabajo de Papá no dejaba mucho tiempo para ir de playa. Pero hubo unos veranos que fuimos con cierta frecuencia a la playa de Ciudad Jardín, muy cerca del “Coll d’Rabasa”. Joan Salleras conductor de la furgoneta DKW del Matadero Municipal en la que trabajaba mi Padre como ayudante para hacer el reparto, tenía una casita muy cerca de la línea de playa. Por la mañana tempranito Papá y Mamá nos hacían coger el autobús para bajar a Palma, para posteriormente coger otro autobús para llegar hasta el Coll D’Rabasa y presentarnos en la casa de Juan, que tenía dos hijas de más o menos nuestra edad.

La Playa  era estupenda para los niños ya que no cubría por mucho que te adentraras en el mar. Ciudad Jardín fue una playa estupenda para nosotros y todavía sigue siéndolo ya que los veranos me gusta ir alguna que otra vez con mis hijos y disfrutar de un buen chapuzón en sus transparentes aguas disfrutando además de las entradas o salidas de los aviones del Aeropuerto de Son San Joan. Por otra parte de vez en cuando alguno de mis hermanos mayores nos llevaba a Jesús y a mi a la playa de Palma, justo debajo de la Catedral de Palma llamada en aquel entonces “Se Merdera” y sin importarnos lo mas mínimo el adjetivo dado a la playa disfrutábamos como nunca de nuestros chapuzones en las siempre preciosas aguas de Mallorca.

El cura del pueblo, Rdo. D. Francisco solía organizar excursiones a los lugares carismáticos de la Isla de entre la que recuerdo con mucho cariño una al Santuario de Lluch, que nos llevó por primera vez al núcleo del fervor religioso de las gentes de toda la Isla y de todas las gentes que desde lejos llegaron con la ilusión de una vida nueva para ellos y sus futuros hijos. El lugar me impresiono con fuerza, la imagen de la virgen y el lugar en si me hizo llegar su influjo de magia y atracción que sin duda tiene, pero a esa edad. Me ilusionaron mucho las pequeñas cintas de colores que adornaban la replica de la virgen que podías comprar en la tienda del santuario, y debías prender de tu ropa justo en el hombro derecho. Las cintas de mil colores marcaban a todos los peregrinos que llegaban al santuario y era un signo de devoción y sentimiento mariano hacia nuestra virgen de Lluc.

Todavía hay por casa una o dos fotografías de aquella excursión (Las podéis ver en la Página de Album Familiar). Una de ellas es en el patio central del monasterio donde se encuentra la entrada central al Santuario y es de todo el grupo de peregrinos de Son Rapinya, casi todo el pueblo diría alguno, en torno a un joven cura como Padre espiritual de todo el grupo.

No cabe duda que fue todo un éxito del Rdo. D. Francisco que demostró una vez más su profunda devoción Mariana a su amor por todas las gentes de su Pueblecito SON RAPINYA. Yo cada año que puedo ir por la Isla me gusta hacer la obligada excursión al Santuario de la Virgen de Lluc siguiendo la tradición de mis mayores y de los otros mayores que de alguna forma u otra influyeron en mi en aquellos primeros años de mi vida y sedimentaron principios de respeto y humildad delante de las tradiciones de la Isla que me dejo nacer.

Muchos, por no decir la mayoría, de los que se asoman a la fotografía ya no están con nosotros y al mirarlos me parece que quisieran salir del papel para contarme ¿no se? que historias de sus nuevos mundos. En cambio los que casi no llegaban a salir por su reducido tamaño y solo se les aprecia la cabezota, ahora son los respetables hombre y mujeres de la nueva Son Rapinya. Lo único que sigue igual en el Santuario es la estatua de un obispo que esta en el centro del patio, pero las paredes recuerdan aquellos tiempos y están impregnadas de recuerdos y emociones de las devotas gentes que han pasado por allí a lo largo de los años.

Las excursiones nos acercaban a la realidad de la Isla fuera de la Ciudad Palma y nos daban la oportunidad de conocer los principales pueblos ya fuera por llegar hasta ellos o por estar en la ruta por donde pasaba el autocar. El Rdo. D. Francisco solía alentar a la juventud para que competieran en descubrir, primero que los demás, los campanarios de las Iglesias de los pueblos que estaban por llegar, especialmente por la carretera de Luchmajor, recta como ninguna y con abundantes vaivenes que hacían la observación divertida y graciosa. Me encantaba ir de excursión y volar por las carreteras de la isla ya que eso hacia mi mundo más grande. Algunas veces llegábamos a playas como “Ses Selines” que estaban casi vírgenes y me chocaban mucho las algas que se amontonaban en las orillas formando pelotas de biomasa con las cuales era divertido jugar. En aquellos años las playas y las costas no estaban como ahora y prácticamente toda la Isla era agrícola y poco turística.

Desde aquí mi recuerdo y mi gratitud para todas aquellas personas y sus descendientes que nos vieron nacer y cuyos nombres no logro acordarme ahora y que nos enseñaron todo lo relacionado con la cultura de la Isla, que evidentemente Papá y Mamá desconocían. Nos inculcaron el querer no solo los lugares Sagrados de la Isla, sino a cada piedra, cada planta, cada árbol, cada ráfaga de viento, cada montaña, cada lugar, cada gota de lluvia, la brisa del mar y todo aquello que supone el tesoro de un pueblo al cual tuve la suerte de nacer.

 

Recuerdos de la Vida de un niño de Son Rapinya