
Mi vida se repartía entre la Escuela y los juegos con los niños de mi edad, y por supuesto en casa, donde con Papá, Mamá y mis cuatro hermanos crecía muy feliz a pesar de las condiciones de nuestra "casa". Aunque en mi formación académica fue determinante el Maestro de la Escuela D.Juan Torres Rullan, en mi formación espiritual y personal tubo un papel determinante el Rdo.D. Francisco Adrover Ballester que había tomado posesión del rectorado de la parroquia de Son Rapinya en el año 1948 y por lo tanto había bautizado y dado la primera comunión a todos mis hermanos, y a mi también por supuesto. Con los años y debido a su siempre atenta protección para con toda la familia el Rdo., se convertiría en un miembro más de ella. D.Francisco, en Son Rapinya, se encargaba, entre otras cosas, de la formación religiosa de los niños de la Escuela Parroquial.
Las tardes que teníamos religión nos trasladábamos a la Iglesia y después de ocupar los primeros bancos, el Ecónomo, D. Francisco, nos impartía sus personales clases de religión, nos hacía la historia Sagrada divertida y entendible, lo cual no es nada sencillo, y sobre todo aprovechaba sus clases para inculcar valores espirituales, tan escasos en estos días, en aquellos niños con bata a rayas blancas y azules, algo sucios y por supuesto muy impertinentes. Al tener una clase de niños que en buena parte éramos hijos de familias venidas de fuera de la Isla, “Forasteros” como nos llaman por la Isla (Algunos con simpatía y otros con menos simpatía), y dado que el Ecónomo, como llamábamos al cura de la parroquia, era natural de “foravila”, es decir, nacido en uno de los pueblos del campo mallorquín, concretamente en el pueblo llamado Campos, aprovechaba muchas de las clases para hacer cultura del pueblo que nos vio nacer, haciéndonos sentir la tierra a través de sus historias y anécdotas.
¡Cuantas “Rondaies Mallorquines” nos contó!, todas muy divertidas y emocionantes. La “Rondaies” son cuentos cortos al estilo de los de “Las Mil y Una Noche” del mas profundo acerbo cultural de la Isla, que describen, en su mayoría, situaciones fantásticas de gentes humildes de la Mallorca ancestral: Na Filet d’Or; Tres Germanes i un Gegant; S’Anellet y muchas otras llenaron mi joven mente de paisajes llenos de gigantes y "serpetotas", pero sobre todo me enseñaron la lengua y las tradiciones de las gentes de los campos y pueblos de la Isla.
A modo de homenaje a esos pequeños cuentos, y por supuesto a aquellas inolvidables tardes con el Rdo. D. Francisco, quiero reproducir aquí un pequeño fragmento de una “Rondaie” que me enamoró especialmente:
NA FILET D’OR
Això era una pobra viuda que només tenia una fia, que nomia Catalineta
Eren tan pobretes, que no tenian a on caure mortes.
Sa veieta gunayava tres doblers filat cada dia, i els compraven de llet, i d’allò es vivien.
Na Catalineta anava a costura; i heu de creure i pensar que en dia troba en terra una cosa prima, prima i rossa rossa.
Creguda de que era un filet d’or, ho agafa i ho posa dins sa panereta que duia, i cap a costura! Tot d’una que hi arriba, ho mostra a sa Mestra dient-li tota gojosa.
--Quin filet d’or que he trobat en terra, senyora Mestra.
Sa Mestra s’ho mira, i exclama:
--Bona casta de filet d’or! Una serpetota és ell! Tira-ho més que de pressa, gran brutanxa!
Na Catalineta surt a defora per tirar-ho, i sa serpetota ja li diu:
--No em tirs, Catalineta, si vols estar bé de mi!
¿Dius ver? – Diu Na Catalineta.
Na Catalineta la guarda ben guardada dins sa panereta, i cap a ca-seua; i va donar entenent a sa mare que allò era un filet d’or que s‘agradaba de lleteta.
I es tres doblers de llet que compraven d’es filar, una era per sa mare, s’altre per Na Catalineta i s’altre per Na Filet d’Or, que se feia més bona de cada dia i creixia
i creixia.
Evidentemente la joven protagonista de la historia: "Na Catalineta", que era soltera, se casa con el Rey con la inestimable ayuda de la
"Serpetota" que, como no, era mágica y muy inteligente.
Mientras tanto en casa ya se notaba un cambio sustancial en el ambiente y las tensiones y angustias habían desaparecido casi por completo. La compra, por supuesto con el préstamo que ya os comente y con las gabelas pertinentes en este tipo de operaciones, del solar donde en un futuro no muy lejano estaría nuestra casa
había aliviado las tensiones y llenado a todos de un solo objetivo ¡NUESTRA CASA!.
El solar se encontraba en la calle Zaforteza, que nacía en la plaza de Son Quint y bajaba hacia el límite de Son Rapinya
hasta una “tanca” del predio de Son Peretó que ya pertenecía a la Vileta. Se trataba de
una parcela de solares que vendía una señora de cuyo nombre no me acuerdo, se
encontraba muy cerquita de la plaza de Son Quint y por lo tanto de la Iglesia. El solar que se trataba de un rectangulo de 8 metros de frente por 25 de fondo que hacía
por lo tanto 200 metros cuadrados,
se encontraba en unos terrenos que en tiempos pertenecieron a la finca de Son Quint, en la denominada “Tanca de Baix” donde ya había algunas construcciones levantadas. La calle no estaba asfaltada y por supuesto no había ni agua corriente ni saneamiento, solo había instalado la electricidad en toscos postes de luz. El solar quedaba a un nivel inferior que el nivel de la calle aproximadamente en un metro y medio y eso era un problema añadido para la construcción de la casa.
Papa, Mamá y mis hermanos mayores se preparaban para una tarea muy dura no poco complicada y larga en el tiempo, mientras los pequeños no sabíamos muy bien como era esto de construir una casa y lo veíamos mas como una futura diversión más.
Una hermosa y luminosa tarde de Domingo Papá nos llevó al solar acompañado por el “Mestre gafet”, ya jubilado, que había sido Maestro de Obras y como tal se disponía a llevar a mi Padre de la mano para iniciar los duros trabajos que le esperaban. Aquella tarde inolvidable, mis ojos no podían creer lo que veían, rápidamente trazaron en el suelo una circunferencia de casi un metro de diámetro y mi Padre con su habitual ímpetu
y valor se puso a picar el suelo, con pico y pala, de forma que en poco tiempo la circunferencia se convirtió en un agujero perfectamente cilíndrico de forma que a Papá solo se le veía medio cuerpo y fuera un montón de tierra rojiza. La cisterna de la casa había empezado a construirse al más puro estilo mallorquín y según las directrices de D. Francisco
Cañellas, más conocido en Son Rapinya como “Mestre Gafet”.
Evidentemente antes de comenzar las obras se necesitaba una cisterna con agua, dada la gran cantidad de agua que se necesita para hacer el cemento tan necesario en la construcción. La cisterna, que nosotros llamábamos fuente, se hacía cada día un poco más profunda y mas ancha, adquiriendo a pasos agigantados casi la forma de una colosal calabaza. Para bajar se utilizaba una cuerda sujeta a un pórtico artesanal donde colgaba una “corriola” o polea con la cual se pasaba una gruesa cuerda y una vez atada por debajo del culo uno mismo se auto descendía al fondo de la cisterna. Me gustaba mucho ver las tierras que salían del cada día más grande agujero y por supuesto me gustaba mucho bajar atado a la cuerda como hacían mis hermanos mayores y estar en el fondo donde los ellos picaban y acarreaban tierra y piedras hacia fuera. Dentro hacia fresquito en verano y podía sentir la humedad de la tierra en mi cara, a medida que profundizábamos salían más y más piedras que hacían el trabajo mas duro si cabe.
Mientras tanto el pueblo era cada vez menos pueblo y se producía en mi un despertar a la adolescencia que no entendía muy bien. En la
Escuela Parroquial ya casi era de los niños mayores y me dedicaba muchas tardes a repasar con los más pequeños algunas operaciones de aritmética cumpliendo instrucciones de D. Juan. Creo que llegué al techo de lo que se podía aprender en una escuela parroquial algunos años antes de tener los catorce años y los últimos años fueron de total repetición de los temas ya tratados.
En la escuela parroquial me encontraba muy bien y raro era el día que faltaba a clase. Sobre todo me gustaban las clases de las tardes que el Maestro D. Juan dedicaba a relatar historias y gestas de cuando España era un imperio. Me encantaba oír año tras año las mismas historias de la traición al caudillo Lusitano Viriato o Aníbal y su eterno odio a los romanos fiel al juramento que hizo a su Padre Asdrubal. La gesta de Daoiz y Velarde valerosos Capitanes de
Artillería que encabezaron el levantamiento contra las últimas tropas de ocupación de nuestra tierra, junto con la gesta de Agustina de Aragón inculcaron en mi joven corazón el sentir patrio demasiado pronto.
Fue un día especial para todos los españoles y D. Juan (El Maestro) no pudo por menos que explicar a sus alumnos que España ya tenía petróleo. Si
PETRÓLEO el tan preciado
Oro negro, denominación que yo no entendía del todo. El día fue dedicado al descubrimiento del tan deseado petróleo,
¡como podía imaginar yo que años mas tarde trabajaría con algunos de los Ingenieros que trabajaron en ese proyecto!
(Un recuerdo especial para Mariano Barcenas que tanto me enseñó cuando trabajé
con el en Gijón).
La concesión del estado era “Ubierna” y pertenecía a la CAMPSA asociada con AMOSPAIN. El relato junto con detalles que posteriormente añadí al recuerdo, es como sigue:
En las pedanías de Ayoluengo de Valdeajos en la comarca Burgalesa de la Lora y en una llanada acostumbrada a todos los rigores invernizos, se plantaron los trenes de sondeo. Se había proyectado un pozo de hasta 4.000 metros. Entre los rumores de la primavera, la perforadora imponía su bronco ruido.
Fue el sábado 6 de Junio de 1964. Se habían alcanzado los 1.300 metros y se pensaba realizar una prueba de producción. Los Ingenieros y los trabajadores actuaban expectantes; algunos lugareños observaban también expectantes. De pronto, un chorro viscoso y negro brotó con violencia inundando el campo vecino ¡había brotado el primer petróleo del subsuelo español!.
Lo que ya no se informo con tanta alegría fue que el petróleo resultó con un elevadísimo contenido de arsénico por el cual su refino no era viable y se destino al consumo directo de la industria vidriera y de cemento.
El relato me hablaba de Burgos y en mi joven mente lo situaba muy lejos de mi natal Isla. La península estaba separada por un mar, para mi, muy grande y lleno de toda clase de monstruos, y como nunca habíamos viajado lo situaba si cabe más lejos. El destino me deparaba que algún día también me gustaría pasear, solo o con mis hijos, por esas burgalesas tierras un poco mas al sur pero con sus mismas características. Mi futura mujer
y Madre de mis hijos (Mª del Carmen) crecía y también se peleaba con la vida en uno de esos pueblecitos de Burgos no muy lejos de la comarca que yo adivinaba helada y con inmensos ríos. Los ríos me llamaban la atención ya que no podía imaginar como eran. En Mallorca no había ríos y solo los torrentes, en caso de lluvias, llevaban agua aunque algo turbias y embarradas.
Era evidente que el paso del tiempo sedimentaba en mi una cada vez más clara vocación técnico - científico que no podía desarrollar en una escuela de educación primaria. Por aquel entonces ya algunos compañeros de mi clase, no recuerdo cuantos, quizás tres o cuatro dejaron la
Escuela Parroquial para cursar estudios de Bachiller después de superar el
Ingreso. Recuerdo especialmente a mis buenos amigos: Tomas Cerda, Gabriel Lucas y Tolo Torres que era el hijo del Maestro. El paso a bachiller lo hacían los niños de familias
"pudientes" y que tenían expectativas de seguir estudios, por lo menos de Bachiller elemental y quien sabe si bachiller Superior e incluso la Universidad.
Yo me quedé en la Escuela Parroquial, con la conformidad que da el saber que mi destino estaba echado y que pronto acabaría
los estudios y podría trabajar como mis otros hermanos. Yo seguí con las clases de los pequeños y las historias de D. Juan. Mis ansias de matemáticas, física y química no podía, por el momento, satisfacerlas.
Mientras tanto en casa cada día se trabajaba mas duro en la cisterna y Papa ya había contactado con un estudio de un Arquitecto donde un amigo de mi hermano mayor José Antonio trabajaba de Delineante. Una vez hechos los planos y trazados las líneas de los cimientos así como sus respectivos anchos toda la familia se puso a trabajar mas duro si cabe. Los cimientos se debían excavar a mano a una considerable profundidad y así fue durante mucho tiempo. Papá, Mamá y mis hermanos mayores trabajaron como burros en las duras labores de excavar
y luego rellenar de hormigón las zanjas de lo que eran las "zapatas corridas" de los cimientos. El solar vecino de la derecha ya estaba construido y eso nos ahorro el tener que preparar esa parte de la casa, pero no en disgustos como os contaré mas adelante.
Papá tenía que buscarse la vida como podía y además del trabajo diario tenía que dedicar tiempo al trabajo de la casa ayudado por algunos vecinos del pueblo como ya os comente. El “Mestre Gafet” fue fundamental en aquella ayuda y de sus directrices salieron los cimientos y las ideas fundamentales de construcción que Papá aplicó luego como ninguno mas podía hacerlo.
Una vez se hicieron los cimientos y se levantaron paredes de hormigón con encofrados a base de tablones
de madera hasta el nivel de la calle, todo estaba preparado para comenzar la labor de colocar los sillares de roca arenisca tan típicos en la Isla
y llamados "Mareses". En casa no había ni un duro y el material para la construcción lo consiguió Papá en una empresa de la Sociedad de Canteros que estaba cerca del campo de fútbol del Baleares. Papá con la sinceridad que siempre le ha sido característica se presento allí y dijo al encargado que estaba haciendo una casa para sus
5 hijos y que no tenía en aquel momento dinero para pagar los materiales que tanto necesitaba, dada la actual situación
de gastos de obra. El día siguiente Papá tenía un camión de sillares para comenzar las construcción de la tan deseada casa
justo delante en la calle (Se pagó poco a poco, pero se pagó Todo). ¡GRACIAS
SEÑOR!..
Es muy difícil desde aquí, lejos de los lugares de mi infancia, recordar, sobre todo los nombres de todas aquellas personas que ayudaron a la familia en aquellos días de tanta ilusión y
tan duro trabajo. Mamá estaba encantada y no había momentos de angustia que tanto me
hicieron sufrir, era ejemplar verla trabajando como cualquier hombre, trasegando agua o cemento para la “pastera” donde con una “cavic” se hacia el cemento y por supuesto Papá era tal como yo lo había imaginado siempre.
¡Papá lo podía hacer todo y además lo sabía todo!. Cuando estaba con Papá me sentía feliz y seguro y siempre supe que con el las cosas siempre tenían solución por complicadas que fueran.
Como ya os he comentado varias veces D. Francisco Canyellas, “Mestre Gafet”, que vivía en la calle Garrit con dos de sus hijas, fue quien más ayudó a Papá, pero no hay que olvidar a otras muchas personas de Son Rapinya como: D. Antonio Reig
y toda su familia dueño de la panadería que ayudó
en todo en cuanto pudo a la familia, y muchos otros que poco o mucho trabajaron para la nueva casa.
Espero que en el Cielo tengan "Internet" y os puedan llagar los justos
agradecimientos de todos los míos.
Un vecino de aquella zona que trabajaba en la construcciones de casas llamado Pepe puso la primera fila de sillares para que Papá pudiera ver como lo hacía.
Volviendo a la construcción de la cisterna o fuente, como la mal llamábamos nosotros, puedo recordar con gran nitidez cuando en la incansable excavación encontramos una gran roca que evidentemente no podíamos sacar a mano y Papá tuvo que llamar a un barrenero que la elimino en un segundo en trozos y también recuerdo como al llegar a las gravas encontramos una veta de gravas perfectamente limpias sin limos ni arcillas que evidenciaban el paso de agua a través de ellas. Estas eran fácil de quitar y trasegar en las “Senaeas” que alguno tiraba desde fuera mediante una gruesa cuerda. Me impresiono mucho eso de que había pasado agua a través de ellas y siempre que me encuentro en mi trabajo con un perfil litológico en subsuelo parecido al de aquella zona recuerdo aquellos trabajos
y recuerdo mi fuente.
La construcción de la casa ocupaba todo las actividades de la familia y no podíamos pensar en nada mas. Mamá era la más feliz, parecía que el duro trabajo no hacía más que alimentar su ilusión y siempre encontraba tiempo junto con Papá en estar por la construcción y adelantar cualquier cosa. El sentimiento de que la tierra era suya y
sobre todo que nada ni nadie podía sacarles de allí se sobreponía a todos los demás sentimientos y tal era la fuerza que les daba que no había ni tregua ni descanso para tanto trabajo.
A mis ojos la casa iba tomando forma a velocidad vertiginosa. Las filas de “mareses” iban siendo colocadas sin descanso y las paredes maestras de la casa crecían día tras día dejando ya ver las futuras puertas y ventanas y dando a la construcción el sentido espiritual que tiene la obra hecha con tanto amor y esperanza.
Los pequeños de la casa ayudábamos en todo lo que era posible, que no debía ser mucho, pero el estar allí con Papá y Mamá nos llenaba el espíritu de tranquilidad y nos daba esperanzas de que pronto podríamos disfrutar de tan enorme casa, aunque no sabíamos muy bien que otra forma de vivir podiamos tener como la que teníamos
en los Sótanos de la Iglesia del Pueblo.
Evidentemente los problemas no tardaron en salir y esa vez fue por el asunto de la medianía de la pared de los vecinos de la derecha. Los vecinos uno de cuyos hijos, Juan, era compañero de clase, nos solicitaron de acuerdo con la legislación vigente que compartiéramos los gastos de los paños que nos servían de paredes y además donde nosotros presumiblemente teníamos que apoyar las vigas de la parte trasera de la casa. Mamá monto en cólera al conocer tal asunto y se negó en redondo a pagar su parte, supongo que el escaso dinero que podían ahorrar estaba destinado a la casa por entero y el tener que pagar un asunto tan oscuro, según la interpretación de mi madre, no lo veía nada claro. Después de arduas conversaciones y de consultas con los respectivos aparejadores quedo claro que se debían pagar las medianías entre los dos usuarios.
Aún así mi Madre no claudicó y se negó en redondo a que las vigas de la parte trasera de la casa se apoyaran en la pared maestra del vecino y mando con un coraje inusitado y argumentando la poca fiabilidad de la pared en cuestión que se hiciera un pórtico con tres pilares de hormigón armado a lo largo de la pared de los vecinos donde las vigas de la parte trasera debían apoyar, asegurando el no apoyo de nuestro techo en su pared. Mamá se salió con la suya, aún con un gasto mayor supongo, y quien sabe si su saber innato le hizo ver la poca seguridad de la pared maestra de los vecinos.
Después de mucho tiempo las paredes estaban listas para construir el tan traído anillo, lo digo así, porque últimamente oía hablar mucho de el. Mis Padres llamaban anillo a una construcción cerrada, que no era otra cosa que la coronación de las paredes maestras de la casa con una zapata corrida de hormigón donde debían apoyar las vigas. La zapata se hacía a base de hormigón hecho con cemento portland que era el bueno además de caro. El cemento mallorquín de menor calidad se utilizaba para las partes sometidas a menos esfuerzos y de argamasa entre los sillares de la casa. El anillo se construyó con un encofrado a base de tablones que se iban corriendo una vez el hormigón había fraguado. Una vez acabado llegaron las vigas y se colocaron con la ayuda de varios vecinos. Las vigas me sorprendieron mucho y pude ver como su perfil de carril de tren permitía el encaje de otras piezas prefabricadas que hacían de pequeñas bóvedas y por eso las llamaban bovedillas, también me pude fijar que la parte donde había mas hierro de la armadura iba abajo y no arriba lo que nadie supo explicarme
en aquel momento.
La casa llegó a su final a fuerza de mucho trabajo y con la ayuda de un préstamo de 50.000 Pts. que Papá solicito al Sindicado, que debían ir pagando cada mes a un interés que desconozco.
Uno de los recuerdos mas intensos que tengo es estar en la casa, casi construida con los suelos puestos y las ventanas colocadas, echado sobre el suelo
como en un sueño. Como era posible que aquello tan precioso era de Papá y Mamá y nuestro, no me cansaba de estar por allí y asombrarme casi hasta la fascinación de tener un cuarto de baño tan grande con bañera incluida. Los azulejos del baño eran de un color rosa precioso y los sanitarios eran de un blanco de cielo. Nunca habíamos tenido un retrete en casa y mucho menos un cuarto de baño tan completo incluso con agua caliente, Mamá ya no tendría que calentar mas ollas de agua caliente para lavarnos en invierno. Era una verdadera locura de sentimientos y emociones que no he vuelto a sentir, cada rincón de casa era sitio para mil y una alegrías y regocijo.
La casa había quedado como un modesto Chalecito de 160 metros cuadrados con un pequeño jardín a la entrada y un espacio en la parte de atrás que Papá y Mamá ya habían destinado, entre otras cosas, a un gallinero y quien sabia si en un futuro a un jardín y que en aquellos días estaba lleno de materiales de obra y otros equipos que hacían las alegrías de los juegos de un par de niños como Jesús y yo.
Y llegó el día en que Dios nos toco con su bendita mano y nos trasladamos todos a la nueva casa. ¿Cuantos sufrimientos, angustias y desazones habíamos pasado en aquellos años?, mis padres envejecieron muchos años más por el sufrimiento que por otra cosa. Mamá no podía ni hablar de la emoción y como siempre había pasado, sus sentimientos se me clavaban en el corazón, pero esta vez de alegría y regocijo, que feliz se veía en su querida casa, ya no tendría que andar con la cabeza baja por la vergüenza de sentirse acogida en la Iglesia por el cura del pueblo. La cocina, tenía armarios y una cocina nueva
de butano. Realmente todo era nuevo en ella y era tan grande que podíamos comer todos en ella en una super mesa y sillas de formica, todo un lujo de modernidad para aquellos tiempos. La cocina por un lado daba al comedor y por otro a una pequeña terracita justo encima de la cisterna con una puerta y ventana que daban al sur, lo que hacia que tenia el sol cada día mientras estaba en ella. Cada mañana al salir el Sol los rayos inundaban la cocina y le recordaba que su Virgen de las Angustias, que había dejado tan lejos, estaba con ella y con toda su familia.
Solo una pena embargaba el ya cansado corazón de Mamá: su familia ya no estaba bajo el altar mayor de la Iglesia tan cerquita de Dios como decía ella.
De esa terracita de la cocina donde estaba el brocal de la cisterna se bajaba al original nivel del suelo mediante una tosca escalera de obra y en esa zona de tierra, junto al gallinero, es donde Jesús y yo pasamos muchas horas de juegos continuos y dado que el solar vecino estaba sin construir y no teníamos pared que nos separara se convirtió durante muchos años en nuestro lugar de juegos preferido.
La primera noche fue muy difícil conciliar el sueño. En la habitación del fondo Mamá había puesto dos camas: una para José Antonio y otra para Miguel, en la otra habitación un poco más pequeña, pero que a mí me parecía un palacio al lado de donde veníamos, colocó otras dos camas: una para Nicolás y otra para Jesús y para mi, que como os comente dormíamos juntos desde que Jesús dejó la cuna. Las risas de alegría un poco histéricas llenaron todos los rincones de la nueva casa y está recibió la primera carga de felicidad de las muchas que tenía que recibir a lo largo de los siguientes años. Todavía hoy se puede sentir como sus paredes y toda ella evocan aquellos años de trabajo, ilusión y alegría de todos nosotros.
Entre las habitaciones de los niños y de mis Padres estaba el baño, no podía ni imaginar lo que era poder ir al retrete por la noche sin tener que caminar casi cientos de metros en plena oscuridad. Como nunca habíamos tenido agua corriente los grifos me encantaban y el tener agua caliente casi al instante me sorprendía sobremanera. La verdad es que me daba un poco de miedo el utilizar, a mis ojos, tanto lujo, solo pensar que se podía estropear me asustaba mucho.
A los pequeños nos encantaba subir a la azotea mediante una escalera de mano y ver la bahía de Palma desde allí. En la azotea debidamente embaldosada para recoger al agua de lluvia había un pequeño depósito para almacenar el agua que sacaba de la cisterna una bomba y luego distribuirla a los distintos consumos. Me gustaba ver a Papá poner la bomba en marcha con sus mil y un problemas de cebado y me gustaba mucho comprobar como el depósito se llenaba de agua hasta que una boya paraba la entrada del agua.
Después de la habitación de mis Padres acababa el pasillo en un gran salón donde teníamos hasta una pequeña y coqueta chimenea hecha de ladrillo que hacia las veces de separación entre la sala de estar y el comedor, cada una con dos grandes ventanales que daban a la calle a través del pequeño espacio de unos tres metros que había hasta la calle que en un futuro se convertiría en un coqueto jardín. La puerta principal quedaba en uno de los lados, a la derecha desde dentro, dando a la construcción un toque de modernidad que me gustaba mucho. Una cancela de hierro bajita separaba la pared del futuro jardincito de la entrada, de la calle, ¡Ya teníamos casa!, una hermosa casa construida con la ilusión mas grande del mundo.
En la Escuela y entre los amigos las cosas ya tenían otro color, ya no éramos los recogidos del cura del pueblo, teníamos una casa, ¡y que casa!, no me cansaba de llevar allí a mis amigos mas cercanos para certificar que vivía en una casita preciosa llena de ilusión y mucha felicidad. En aquellos días comenzaron los años más felices de aquella adolescencia llenos de trabajo, ilusión y amor.
Los trabajos siguieron por mucho tiempo debido a que nos cambiamos de casa con lo mínimo para poder vivir. La carpintería tenía que acabarse y mi hermano José Antonio que trabajaba fuera de horas de su trabajo, en la carpintería del pueblo propiedad de la familia March, montó todos las puertas y armarios que tanta ilusión hacían a Mamá. El armario de mi habitación tenía unas puertas correderas y era tan grande que podíamos tranquilamente estar dentro Jesús y yo juntos. Eso fue motivo de infinitos juegos durante muchos años.
La fuerte personalidad de Mamá y el empuje y fuerza trabajadora de mi Padre habían llevado a la familia de los momentos mas negros y desesperados a la más grandes
de las felicidades, siempre sus hijos fueron lo primerísimo y no escatimaron esfuerzos y sufrimientos para que los niños
tuviésemos la mejor de las infancias. Ahora lejos en el tiempo de aquellos días, por diversas manifestaciones de la vida, estoy conociendo un poco de la infancia de mi Madre en su natal Granada, lo que sin duda me ha llevado a entender muchas de las actitudes y valores morales tan estrictos que Mamá tenía y que nos inculco desde muy pequeños a todos los hermanos. De nuevo puedo sentir su falta como tantas veces la he sentido.