RECUERDOS DE LA VIDA DE UN NIÑO DE SON RAPINYA

¡Días de Playa en Palma Nova "Nuestra Playa"!

Llega el Final de la Escuela Parroquial
¡Ingreso en la Escuela de Maestría Industrial de Palma con la mayor de las alegrías!

Antes da trabajar en la fábrica de muebles Juncosa de Palma de Mallorca, José Antonio, mi hermano mayor, cursó estudios, como os dije en anteriores capítulos, en la vieja Escuela de Maestría Industrial de Palma, donde se impartían clases más conocidas hoy día por Formación Profesional. En aquellos tiempos se trataba de una formación marginal, que tenía como objetivo la formación profesional de los chicos que querían estudiar alguna determinada especialidad profesional. Un oficio como decía mi Madre. También se convirtió en la alternativa para los chicos que no aprovechaban en Bachiller y que no lograban aprobar algunos de los cursos y eran rebotados, por sus familias, a la Escuela de Maestría Industrial.

Mi hermano había estudiado allí algunos cursos en la especialidad de Ebanistería y como tal tenía en casa los libros de las materias que habían impartido en esos cursos. Un día, buscando entre los tratos viejos de casa, encontré sus viejos libros y después de sumergirme en sus contenidos, fue el libro de física y química el que más me llamó la atención, así que no tardé en estar inmerso en sus lecciones de química elemental, que daban satisfacción a mi incipiente saber científico.

No tardé en tener la idea de montar un laboratorio en el cuarto de los trastos que Papá había construido en el jardincito trasero de nuestra casa, junto al gallinero. Mi hermano Jesús y yo trabajamos de lo lindo para llenar las estanterías de botes de cristal, que encontrábamos entre los vertederos de basura, por el momento vacíos, que yo imaginaba pronto llenos de interesantes compuestos químicos con los cuales poder realizar experimentos.

Lo primero que me enseñó, la elemental química de aquel libro, eran algunos de los diferentes elementos químicos de este mundo relacionados en la tabla periódica y después de estudiar las diferentes propiedades de los más conocidos, incluidas sus valencias, que no son más que un conjunto de números enteros que describen las propiedades de combinarse de cada elemento para formar compuestos, me gustaba buscarlos, entre los que tenía a mi alcance, para guardarlos en un bote en el cual rotulaba su nombre.

Una tarde en la Escuela Parroquial vino a vernos mi buen amigo Tomas Cerdá, que solía hacerlo a menudo, y que cursaba estudios de Bachiller en el único Instituto de Palma y además con muy buen aprovechamiento, era un buen estudiante y apuntaba alto. Tomás se fijó en el libro que tenía entre manos y me comento si me gustaba la química, a lo cual le conteste que mucho. En ese momento se inició una amistad que duraría mucho tiempo y quizás también fue determinante en mi futuro inmediato. Me ofreció un libro de física y química de cuarto de Bachiller, lo que realmente me hizo mucha ilusión. Además de la amistad que podríamos llamar académica, Tomás y yo empezamos a salir juntos los domingos por las discotecas de Palma, más exactamente las del Arenal, y fue en una llamada “Bacomo” donde con 13 años iniciamos muestra andadura por los mundos de las discotecas, claro que en las sesiones de tarde. A Tomas le encantaba la música y me metió el gusanillo a mi también. Por el momento nos contentábamos con escucharla y bailarla, siempre que encontrábamos pareja. Mas adelante os contaré algunas aventurillas vividas con mi buen amigo Tomas tanto por las cutres discotecas que frecuentábamos como por nuestra afición a la música.

Como no podía ser menos le comenté mi gran proyecto, lo que yo venía en llamar mi laboratorio, donde con toda la ilusión del mundo, los botes de vidrio se iban llenando de elementos que tenía a mano en mi entorno cercano: los metales conocidos, diferentes rocas y piedras y hasta elementos de construcción u otros que compraba en las droguerías, como el azufre o el sulfato de hierro (que se empleaba como abono). Como Tomás cursaba quinto curso de bachiller, tenía ya unos conocimientos sólidos de química mucho más amplios que los que yo había podido sacar del humilde libro de primero de formación profesional de mi hermano José Antonio y por lo tanto me indicó algunos experimentos que ni cortos ni perezosos llevamos a la práctica en mi Laboratorio.

No tardé en involucrar a mi Madre en los experimentos que me traía entre manos y entre mis tareas de aprender química estuvo identificar los compuestos líquidos de limpieza que utilizaba mi Madre. Mamá quedo de una pieza al conocer que el salfumán de toda la vida, químicamente se llamaba ácido clorhídrico y yo lo utilizaba para hacer mis primeras reacciones con aluminio para producir hidrogeno e hidruro de aluminio, lo cual descubrí de forma un tanto violenta. Una tarde junto a mi Madre puse laminaduras de aluminio en uno de mis botes de reacción y añadí ácido clorhídrico (salfumán), el error fue tapar el bote con su tapón de corcho. Justo después de unos cuantos segundos se podía escuchar una relativa fuerte explosión que propulsaba el tapón al cielo de forma violenta, la presión del hidrogeno generado en la reacción hizo saltar el tapón y gracias a Dios, porque si no, el recipiente hubiera reventado con cierto riesgo de proyección de ácido por todas partes.

Solo una anécdota más de mis vivencias en mi "Laboratorio" de casa. Una tarde Tomás me convenció para hacer sulfuro de cobre y para tal reacción necesitábamos azufre y cobre y un poco de calor. Nos preparamos en el laboratorio y después de montar el dispositivo comenzamos a calentar el azufre. En ese momento mi hermano Jesús nos cerró la puerta del cuartito por fuera, quizás enfadado porque le hicimos salir del laboratorio antes del experimento, justo en el momento que nos dábamos cuenta de que el azufre emanaba gases tóxicos al ser calentado y parábamos el experimento a toda prisa, aunque ya teníamos el cuarto lleno de gases y nuestras gargantas irritadas. Al final Jesús, al llamado de tantas voces, se apiado de nosotros y nos abrió la puerta por donde salimos a toda prisa para tomar aire fresco. Aprendí que la Seguridad es fundamental en los laboratorios de química y esta se basa en el conocimiento que solo se adquiere estudiando y trabajando duro.

Mi afición por la química no era un capricho ocasional y todavía puedo sentir como todos los temas relacionados con esta materia me producen una especial satisfacción, siempre fui un buen estudiante de química y nunca suspendí ninguno de los muchos exámenes que hice de esa materia durante mi época estudiantil.

Aquellos días fueron tiempos divertidos y alegres, sin las tensiones ni los malos momentos que habíamos vivido no hacia mucho tiempo. En casa como ya os comenté Papá seguía trabajando en el Matadero Municipal acarreando cuartos de carne a las carnicerías de Palma, de donde sacaba buenas propinas cada día debido a su esfuerzo y disposición para trabajar mas allá de sus obligaciones, esas propinas que al llegar a casa siempre le entregaba a Mamá y de las cuales vivíamos el día a día. José Antonio trabajaba en la fábrica de muebles Juncosa y Miguel estaba a punto de salirse del Seminario con el consiguiente disgusto de Mamá. Nicolás seguía trabajando en el Colmado España y Jesús estudiaba conmigo en la Escuela Parroquial donde le quedaba por cursar algunos años.

 El vivir en nuestra casa, como no se cansaba de decir Mamá, era maravilloso y cada día representaba una nueva ilusión. En la sala de estar habían colocado un tresillo de “Skay” de colores negro y rojo que era muy moderno y poco a poco Papá y Mamá llenaban cada rincón con todo el amor del mundo. Mamá encargó un cuadro de grandes dimensiones a un pintor que tenía su estudio en Son Rapinya que posiblemente se ofreció a pagarlo en módicos plazos. El cuadro todavía está en casa y refleja la costa de rocas de algún lugar de Mallorca con su mar eternamente azul.

Por aquellas fechas leí mi primer libro, si un poco tarde ya lo se, pero en casa solo había el libro que os comente anteriormente. Alicia en el País del Espejo de Lewis Carrol, con tapas rojas y duras. Yo quería tener mi propios libros y Mamá me compró uno que habían recomendado en algún programa infantil. Se trataba de una novela muy interesante cuyo titulo era "Una Colonia sobre un Volcán" de Fenimore Cooper. Pero el libro que más me impactó y que me produjo un especial recuerdo fue “Abajo las armas” de la Baronesa Berta Suttner El libro relataba los horrores de las  guerras, ambientándose en la primera gran guerra Mundial. No tarde en darme cuenta de quienes sufren y mueren en todas guerras, incluso las que tristemente se producen hoy en día, en eso no hemos cambiado casi nada o nada en absoluto.

Entre tanto llegó el Primer Amor (Muchos dicen que quizás el único verdadero y en este caso puede que sea así). Como era natural, al grupo de niños de mi edad le correspondía un grupo de niñas de similares edades (vamos de la misma quinta como se decía antes). La niñas tenían las clases en el convento de las mojas de la caridad, convenientemente  separados de la clase de los niños y donde los niños estudiábamos hasta los seis años y ellas hasta los catorce, recuerdo a Loli, Humi y Herminia y su hermana Vicenta. El hecho de ir a clases separadas influyó de forma acusada en que cada grupo jugara por separado y muy esporádicas veces nos juntáramos, así que las miradas desde lejos y los paseos por las cercanías de uno u otro grupo era los signos de interés y complicidad por algún o alguna niña.

Recuerdo una tarde de verano, luminosa como solo puede serlo en Mallorca,  en la que una nueva niña llegó a la pista (que era como conocíamos al patio de la Escuela hoy convertida en frontón de Pelota Vasca "JAI ALAI"). Una niña rubia de pelo liso y largo como si fuese de oro recogido en una coleta, con los ojos castaños mas hermosos del mundo, que junto a su familia había venido a vivir a Son Rapinya, creo que desde Francia, y ella se había incorporado a las clases de las monjas concretamente la de la Hermana Sor María. Me quedé como paralizado al verla bajando las escaleras de la Pista y al instante puse mis ojos en ella ¡Quizás para toda la vida!. María era y seguro que seguirá siendo ahora  muy hermosa, pero iba a destacar especialmente por su inteligencia entre su clase. De inmediato me enamoró para siempre, como a tantos niños de mi edad ¿supongo?. Mi despertar al amor no se hizo esperar con mi rubita de gafitas y brillante mirada, y entre bromas y chiquillerías llenamos muchos momentos de juegos y alegrías que se dilataron en el tiempo. Quizás las costumbres sociales de aquellos años nos privaron (QUE PENA DIOS MIO) de la oportunidad de crecer más juntos en unos años muy importantes en nuestros desarrollos como personas.

Tanto María como yo éramos dos enamorados del dibujo y destacábamos en nuestras clases por nuestra facilidad para dibujar, así que un año nos seleccionaron para "bajar" a Palma a un concurso de dibujo en la plaza de las Tortugas y "Es Born" que creo había organizado el Ayuntamiento de Palma. Convenientemente repartidos entre niños y niñas de otros colegios. Yo comencé a dibujar, por cierto fatal, la fachada de lo que hoy son unos grandes almacenes cuyo nombre no recuerdo y María dibujó unas de la cuatro Leonas que jalonan los extremos del paseo "des Born" Seguro que lo hizo mejor María que yo ¡Siempre me superó y siempre me superará en todo!.

No se si en aquel mismo año u otro, nos dieron el papel de María y José en un Belén viviente que organizaba el Rvdo. D. Francisco en el teatrillo de la Pista. Nunca me sentí más orgulloso que en aquella representación. María lucia como María Madre de Dios y el niño entre sus brazos presagiaba el inmenso amor de esa "casi mujer" por con sus futuros hijos. Seguro que debe haber sido así y añoro la suerte de esos hijos al tener una Mamá como ninguna en el mundo.

Nuestros caminos se separaron en el tiempo y en el espacio, pero aquellos lugares son testigos mudos del sentir de dos niños, entre juegos, risas inquietas y nerviosas, de los fugaces e infantiles encuentros llenos de emoción y quien sabe si de Amor del que nunca se vuelve a sentir ¿No Se?. María deseo que la Felicidad te haya acompañado a lo largo de estos muchos años y no olvides que tu Santi siempre fue tu chico de la infancia. ¡Que Dios te bendiga a ti y a toda tu familia allá donde te encuentres!

Mientras tanto en casa una inolvidable tarde de un sábado, ya casi anocheciendo, una furgoneta se paró delante de casa y Papá salió a toda prisa, un poco inquieto, conocedor de la sorpresa que nos deparaba. Entró en casa, ayudado por un señor, con un gran televisor de 24 pulgadas de la marca Vanguard, por supuesto era en blanco y negro, el color no llegaría al País sino algunos años más tarde. De nuevo me invadió una gran alegría y estuve muy expectante cuando Papá y el señor colocaron el Televisor encima de una coqueta mesa que también trajeron con la furgoneta e instalaron la antena en la terraza. Estaba casi paralizado con las operaciones que veía hacer al señor con los cables de la antena y con la manipulación del televisor, para que no mucho mas tarde al encender el televisor se pudieran ver las primeras imágenes que no olvidaré nunca. Se trataba de la serie “Viaje al fondo del mar”, donde el “Seeview”, un submarino de la flota de Estados Unidos, a propulsión nuclear, pasaba las mil peripecias al mando del almirante Nelson con una valiente y aguerrida tripulación de hombres y mujeres. La emocionante serie me hizo pasar horas y horas de diversión y sueños que me llevaron a los más lejanos mares de este mundo, sobre todo a los fondos que era donde el submarino daba con su estructura en cada episodio. Monstruos de todas clases y naves increíbles llenaron las tardes de los sábados durante la emisión de aquella serie. Me impresionaba mucho cuando el reactor nuclear se salía de madre y algún valiente oficial del submarino entraba en la sala de este y sacaba las barras de control para parar la reacción en cadena. Muchos años mas tarde, ya en la Universidad, estudiando mi especialidad de Ingeniero Energético y en las clases de Tecnología Nuclear, me acordaba como la operación en la serie que de niño me entusiasmaba, estaba mal hecha y era precisamente al revés como se paran las reactividades de nuestros reactores nucleares, las barras de Cadmio absorbedoras de neutrones, se tienen que meter dentro del núcleo, evidentemente no a “pelo descubierto” como en la serie, pero yo no sabia en aquellos días, que era la radioactividad y el paro del reactor del “Seeview” me sobrecogía y emocionaba por la valentía de los oficiales del submarino.

La vida en casa cambió, como en casi todas las casas que entraba un televisor por aquellos años. Las noches en familia alrededor del televisor fueron haciéndose habituales y los programas de TV1 que emitía en VHF, ya que solo había una emisora, fueron los pasatiempos de toda la familia. La programación era corta pero variada. Además de la emisión matinal, la de la tarde se iniciaba a las 17 horas, justo la hora de salir de clase. Llegaba a casa como una bala y la carta de ajuste me hacia compañía durante un rato antes de que se iniciaran las emisiones desde Prado del Rey. Tenía que vencer una gran tentación cada determinado tiempo, al no poder meter la mano dentro de la caja negra que era el televisor, como hacía con la radio que Papá reparaba con tanta facilidad. La emisión acababa por la noche hacia la una de la madrugada con la foto del General Franco como Jefe del Estado y el Himno Nacional. Por las noches se hizo costumbre que el pequeño Jesús se durmiera en algunos de los sillones o en el sofá viendo algunos de los programas o películas que emitían cada noche y cuando tocaba despertarlo, para llevarlo a la cama, se montaba un pollo de mucho cuidado ya que se ponía de muy mal humor y despotricaba contra todos medio dormido, hasta que Mamá lo metía en la cama, donde un poco más tarde entraría yo, con la cama un poco más calentita por cierto.

Mis programas favoritos fueron los dedicados a los niños y las series de aventuras. Destaca sobre todos los demás el programa del Capitán Tan, Locomotoro y Valentina, que me regalaron horas de diversión y alegría. También me gustaban, y me gustan mucho todavía, los anuncios y se convirtió en un juego con mi hermano Jesús el adjudicarnos correlativamente los anuncios que iban saliendo con la consiguiente diversión según el tema que le tocaba a cada uno.

Hubo una serie que me impresiono de verdad, se trataba de una serie de terror ambientada en el museo del “Louvre” que se llamaba Belfegor, donde un fantasma horroroso hacia terribles apariciones en las amplias y oscuras salas del museo de París. La cara del fantasma me daba tal miedo que temblaba solo de pensar en que podía aparecer en cualquier momento, tanto fue así, que muchos años después y sabedor que el papel del fantasma lo hizo una espléndida mujer como “Juliett Grecco”, la miraba, en las fotos de las revistas y esporádicas apariciones en la Televisión, con cierto temor. ¿Que cosas?

 Me gustaría dejar un emocionado recuerdo a un programa para chicos que tuvo un especial éxito entre los mayores “Cesta y Puntos” y reunía en torno al televisor a familias enteras. Era un programa donde al estilo de un partido de baloncesto dos equipos se enfrentaban, con delantera formada por dos chicos, medía formada por otros dos chicos y defensa formada por un chico y posibilidad de rebote del equipo contrincante, a las preguntas que un señor les planteaba. Las preguntas eran de las distintas materias de Bachiller y los equipos concursantes que llegaban a las finales, como no podía ser de otra forma, eran los colegios de elite de las principales ciudades del Estado. Así los Maristas, la Salle, los Jesuitas y otros nombres de colegios de renombre llenaron muchas tardes de sábado en este País. ¡Que suerte tenían aquellos chicos!, pensaba yo desde mi humilde Escuela Parroquial.

Mientras tanto yo seguía en esa Escuela Parroquial más pasando el rato que haciendo otra cosa, y Mamá no era ajena a aquella circunstancia. D. Juan (El Maestro) una buena mañana nos comunicó que le habían solicitado unos productores cinematográficos americanos la participación de los niños de su clase en una película ; ¡si una película de verdad!, que se estaba rodando en Mallorca. Efectivamente allí fuimos todos a rodar en el maravilloso mundo de la farándula y la ilusión. Durante una semana, más o menos, un Autobús nos recogía en la plaza del pueblo y nos llevaba al edificio de la antigua casa cuna en “Can Redo” de Palma. El encargado de producción que nos venía a recoger con el Autobús era, ni mas ni menos, que el novio de Marisol, Carlos Goyanes en persona ¡Que emoción!. Era motivo de regocijo entre los vecinos y sobre todo entre las vecinas cuando el famoso novio llegaba al pueblo para recoger a los niños; por cierto una vez Jesús y yo nos dormimos y el autocar tuvo que llegarse hasta delante de casa y el famoso novio bajar a llamar a casa, dejando a Mamá emocionada para todo el día.

Una vez en los escenarios de grabación donde se rodaban escenas de la película de “El Mago”, un grupo de chicos de producción nos enseñaban el verbo “To Be”, que era el que teníamos que representar que aprendíamos en una determinada aula, además las cuatro reglas básicas de la grabación, como no mirar nunca a la cámara, etc. Aquel mundo me cautivo con sus equipos de grabación e iluminación y cientos de personas que se movían, a mi parecer, caóticamente. La película “El Mago” estaba ambientada en la Grecia de la segunda guerra mundial y los niños de la escuela parroquial de Son Rapinya con las batas a rayas blancas y azules y especialmente nuestras caras y aspectos íbamos al pelo para tal representación. Una vez repetido hasta la saciedad el verbo “To Be” hicieron la selección entre los que lo hacían mas o menos creíble, entre los cuales estábamos mi hermano Jesús y yo.

Las escenas que grabamos aquel día no serán fáciles de olvidar, ya que en cierto momento en que se debía hacer la grabación de verdad, después de cientos de ensayos, en el aula ambientada en aquellos años entró “Antoni Quinn” y delante del equipo de grabación en pleno, nos tomó la lección de ingles que tanto habíamos ensayado con otras personas. El equipo de producción nos pagó religiosamente todos los días que estuvimos ensayando la inolvidable clase y los paseos por los claustros del edifico de la "Casa Cuna" bajo los equipos de grabación de aquellos tiempos, que por cierto eran muy voluminosos, también nos daban unas inolvidables meriendas, cada mañana, no se si por obligación o porque les dábamos lastima. A Mamá le fue muy bien el dinero que le dimos Jesús y yo por aquellas aventuras cinematográficas. En casa era necesario todo lo que se podía aportar para seguir adelante y cubrir los prestamos solicitados para el gran gasto de la obra de la casa, yo hasta ese momento y con trece años, solo había tenido los intentos de aportar algo, los años de la recogida de la almendra y algarroba que se perdían en mis recuerdos y habían sido más un juego que otra cosa.

Algunos de mis amigos ya trabajaban como “cadis”, o “recoge-pelotas” como se les conocía mas comúnmente, en el campo de Golf del Hotel Son Vida, que como os comente, estaba hacia el Norte del pueblo y subiendo hacía la sierra de Cans. Mamá sabedora de tal posibilidad de ganar un dinero me animó a subir al club de golf para probar suerte y así lo hice una tarde de sábado venciendo mi pertinaz timidez y con pantalón corto, ya que todavía llevaba pantalón corto en esa época, estuve toda la tarde aguantando a los niños como yo, que como principiantes nos colocaban en un determinado lugar. No pude, como era natural el primer día “salir”, que era como llamábamos el que alguien te eligiera como “cadi” o en su defecto el “Cadi Master”, que repartía el trabajo entre los chicos que esperaban sentados en los pollos de la caseta de cadis. Pero Mamá me animó y me explicó que los principios no son fáciles en ningún sitio, solo había que esperar la oportunidad, que trabajando duro, a bien seguro llegaría algún día y luego todo iría sobre ruedas.

Esa oportunidad llegó, Mamá tenía razón de nuevo, y un Domingo especial llegaron un sin fin de oficiales y marinos Norteamericanos de un portaaviones de la sexta flota sita en el mediterráneo, que se podía divisar desde los altos de Son Rapinya anclado en la Bahía de Palma ya que su calado no les permitía atracar en los muelles del puerto. Me tocó “salir” al campo con dos jugadores juntos, con las bolsas al hombro casi tan grandes como yo, y con dos o tres palabras de ingles que había practicado con algunos de los niños principiantes que esperábamos. Nos hicimos 18 hoyos, que eran dos vueltas de 9 hoyos, ya que en aquel entonces el campo solo tenía 9 hoyos. Al final me soltaron casi cuatrocientas pesetas y algunos dólares que sobrepasaban las 50 pesetas que me correspondían por cada nueve hoyos. Una vez finalizado el trabajo y bajando andando desde al campo de golf hacía Son Rapinya, con toda la ilusión del mundo con el dinero en el bolsillo, derecho hacía casa, me encontré con Mamá y Papá que subían a verme al campo de golf. Con la mayor de las alegrías y todo lo orgulloso que puede sentirse un niño de 13 años al dar su primer dinero ganado a casa, le di todo a Mamá que se impresiono de verdad, y no era para menos, había ganado mas dinero que Papá en una semana. Entre la moneda extranjera había un dólar de plata con la cara de John F.Kennedy que Mamá se guardó ya que lo admiraba mucho, por haber sido un presidente de América Católico y además recientemente asesinado en Dallas, en un magnicidio que conmociono al mundo entero, desde las gentes mas humildes hasta los dignatarios mas importantes. Unos años mas tarde hizo prender ese dólar a una de sus pulseras de plata.

El club de golf se convirtió en mi habitual obligación y en verano no había día que faltara para hacer todo aquello que tocaba hacer a los principiantes, sin ninguna remuneración por supuesto. Recoger pelotas en el campo de prácticas era una de esas tareas sin remunerar, especialmente encomendada a los principiantes. Pronto se inició una buena relación con el profesional (para nosotros Profesor) que había en el club y el “Cadi Master” que era por así decirlo el Jefe de los chicos que habíamos allí. Ese verano me gané la confianza de varios señores socios del club que me tenían como cadi fijo y siempre que llegaban a jugar, yo sabia su hora habitual, me solicitaban a mi como cadi, que raudo preparaba sus juegos de palos y limpiaba las pelotas para estar listo a iniciar el juego en el hoyo nº1, cuando los señores querían.

Uno de aquellos señores era D.Antonio Buades que tenía negocios en Palma y era codueño de una fabrica de grifería muy importante en la Isla. La señora del Arquitecto Sobrón, era otra socia que me solicitaba a mi como cadi generalmente, que como no podía ser de otra forma me tenía locamente enamorado, y no era para menos, su gran belleza era bien conocida por todos. Mi estilo de cadi era simple pero efectivo, siempre callado como una piedra, mientras no se me preguntará, era el cadi ideal para mucha gente y las horas que pasé en los campos de hierva escuchando a los señores jugadores y en definitiva trabajando seriamente me sirvieron de mucho en mi vida.

Casi siempre llegaba a casa con el dinero, según los días, de una, dos o tres vueltas, como le decía a Mamá, y ella se alegraba mucho, lo que me llenaba de ilusión para el siguiente día, sentía la necesidad de ver contenta Mamá ya que en aquellos años yo me apoyaba casi exclusivamente en ella dado que Papá estaba todo el día trabajando muy duro acarreando cuartos de carne por las calles de Palma para sacar a sus hijos adelante en la nueva casa, lo cual no debió ser nada fácil. Mamá siempre se adelanto a mis inquietudes y angustias satisfaciendo, en la medida de lo posible unas y aliviando las otras.

Recuerdo, muy en la lejanía, como alguna tarde con D.Antonio Buades hablamos de mi futuro y el también influyo para que al acabar la Escuela Primaria siguiera en la Escuela de Maestría Industrial. Creo recordar que alguna vez me dijo que todo se podía lograr solo trabajando duro y con ilusión y que valía la pena esforzarse cuando eres joven. No tardé en ser de los cadis mas apreciados del club y el Profesor me elegía cada vez que tenía que salir al campo para jugar, lo cual me fastidiaba bastante, ya que solo pagaba las 50 pesetas de los nueve hoyos y nada de propina, después de nueve hoyos infernales por el acojono de perder una bola al Maestro, amen de que sus golpes eran, como media, el doble de fuertes que los “Amateurs”. El aprecio que me tenían se me demostró cuando me ofrecieron un trabajo fijo en el club de Golf, concretamente en la tienda de venta de artículos de golf que el club quería montar, al tratarlo con Mamá , ella me animo a que siguiera estudiando y que otros muchos trabajos me estaban esperando en este mundo y a bien seguro tan buenos como el que me ofrecían.

 Al contrario de lo que se podía pensar después de estar inmerso esos años en el golf nunca fui un buen jugador y en los campeonatos que había cada año entre cadis nunca gané el primer premio. Si me hice con un pequeño juego de palos que me fui agenciando entre los que tiraban los socios del club y otros que me regalaron. Hoy todavía tengo en casa un “pat” y mi colección de pelotas de aquellos años, para las ocasiones en que me entran las ganas de patear unas cuantas bolas. El resto de palos se los deje algunos años mas tarde a mi buen amigo Julio Peralta que desgraciadamente perdió la vida en un accidente de coche cuando empezaba a vivir y perdí a un amigo y a mis palos.

El verano siguiente y después de mucho rogar convencí a Mamá y Papá para que me compraran una bicicleta ya que la necesitaba para subir al Golf (esa era una buena excusa). La verdad es que todos mis amigos tenían una y yo me paseaba con una especia de basura ambulante que había logrado montar con trozos encontrados en los vertederos de basuras. Después de dar mucho la vara y el coñazo, Mamá comprendió que en verdad la necesitaba y solo, según mi parecer, se trataba de unas 2.500 Pts. No cabe duda que el trabajo de Cadi en el club de Golf me daba la oportunidad de tener algún dinerillo en el bolsillo y siempre me quedaba lo que necesitaba mas allá de las 50 pesetas que Mamá me daba los Domingos para mis gastos. En los casos de las del arenal, Bacomo por ejemplo, tenía que pagar los dos autobuses de Son Rapinya a Palma y los otros dos de Palma al Arenal, ya solo la entrada de la discoteca eran 50 pesetas, así que tenía que quedarme con 25 pesetas de entre las que ganaba en el golf. Cuando llegaba el invierno y no acostumbramos ir al campo de Golf yo me agencie unas cuantas escapadas a las 5 de la tarde cuando salía de clase para llegar allí y esperar a dos señores que nunca faltaban ciertos días de la semana. La verdad es que no me daban propina, pero las 50 pesetas por los nueve hoyos me venían como anillo al dedo.

Una maravillosa tarde de primavera bajé a Palma con Papá y Mamá y subí con una flamante bicicleta de color azul, marca Orbea, que fue inseparable compañera durante varios años de mi joven vida. A mis trece años, mas o menos, había llegado la hora de tener algo que podía saborear con orgullo y además fruto, por lo menos en parte, de mi trabajo. Esa misma tarde la enseñe a todos mis amigos y disfrutamos todos de una bicicleta nueva. La bicicleta extendió los limites de mis correrías que se hacían cada mas lejanas y extensas, a veces en grupo y otras en solitario. Me gustaba ir al club de Golf con la bicicleta y esperaba el momento de acabar mi trabajo para bajar, a toda velocidad, hacía el pueblo en la inacabable bajada que hay desde Son Vida hasta Son Rapinya. Me gustaba correr, más si no tenía que pedalear, como era el caso.

Recuerdo un día cuando llegaba al hoyo nº6 cerca de cuyo “Green” había un conjunto de encinas de bellotas dulces, muy frecuentada por los niños de Son Rapinya, me encontré con mi hermano pequeño Jesús que estaba subido a lo mas alto de una de ellas. No tarde en avisarle del riesgo que era estar subido en las traicioneras ramas de las encinas. Al acabar la vuelta con una de mis mejores señoras, pase a recoger a mi hermano por las encinas, que justo estaba al margen de la carretera de Son Vida a Son Rapinya, al llegar y llamar a Jesús este cayo desde lo alto del árbol rompiéndose la muñeca de la mano derecha. Al ver la situación y los fuertes gritos de dolor de mi hermano me asuste de lo lindo, sin saber exactamente que hacer y con mucho miedo, recogí a mi hermano que no paraba de llorar y lo llevé a la carretera con la esperanza de que pasara algún coche. Justamente en ese momento la señora del club, a la cual yo le hacía de cadi habitualmente, pasó por la carretera con su coche y nos recogió para llevarnos a la Casa de Socorro que estaba en Palma junto al Ayuntamiento, la casualidad también quiso que al pasar por delante del mismo, divisara a Papá que caminaba por la misma acera del Ayuntamiento. Papá recogió, de inmediato, a su pequeño y lo acompaño hasta la casa asistencial donde le pusieron yeso para inmovilizarle el brazo. Jesús estuvo bastante tiempo con el brazo escayolado y bajo control médico Los años de cadi en el club de Golf me enseñaron otras muchas cosas de la vida. La amistad con chicos de otros sitios, pensad, que yo era de natural muy tímido y no tenía fácil comunicación con otros chicos de mi misma edad.

Allí en aquellos campos de Golf aprendí, entre la chiquillería, que no solo me resultaba fácil, sino que era capaz de luchar por cualquier cosa que yo consideraba importante, discutir hasta el último argumento, y en definitiva comenzar a andar solo por la vida. Me di cuenta que podía ser de los mejores, que llegaría a ser de los mas respetados y con más amigos que ninguno si me lo proponía.

Entre los campos de golf y entre los juegos de palos y pelotas pase del pantalón corto al pantalón largo, claro esta, que de alguno de mis hermanos mayores y arreglados por Mamá.

Aquel día 20 de Julio de 1969 me fui a dormir pronto, pero Papá estaba avisado de que llegado el momento me llamará sin falta. A la madrugada y un tanto emocionado Papá me llamó y rápido me levanté de la cama y me dirigí a la sala de estar, donde todos mis hermanos esperaban junto con Mamá. En esos momentos la nave del proyecto Apolo-XI en órbita lunar se separaba en dos: la nave nodriza llamada “Columbia”, que se quedaba en órbita con el comandante Colling a su mando y el modulo de alunizaje llamado “Eagle”, donde los comandantes Neil Amstrong y Edwin Aldrin bajaban a toda velocidad hacia el primer astro visitado por los humanos. La comunicación era un tanto defectuosa y las voces, incomprensibles para nosotros, de los técnicos de Houston y del comandante Amstron casi no se podían oír. El paisaje lunar se veía acercarse a la nave de alunizaje a través de la cámara instalada en el exterior del módulo hasta que en cierto momento la nave se poso en la superficie lunar. A las 10:56 pm. hora local de Houston del día 20 de Julio de 1969, el comandante Neil Amstron bajó por la escalerilla, algo titubeante, y posó su pie derecho sobre la polvorienta superficie lunar. “That’s one small step for a man, one giant leap for mankind” La frase: “Un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad”, que el comandante Amstrong dijo, no pudo oírse claramente debido a los muchos ruidos que había en la transmisión. Posteriormente los astronautas, después de colocar una bandera de Estados Unidos, pasearon y saltaron por la polvorienta superficie de nuestro satélite durante 2 horas y 14 minutos, para solaz de casi medio mundo que estaba viendo las imágenes servidas por la Agencia Espacial Norteamericana (NASA).

La aventura espacial incrementó mis ansias de estudiar ciencias y llegar, quien sabe si algún día, a trabajar en aquellos proyectos espaciales. Desde hacia tiempo yo seguía, como podía, los proyectos espaciales de los americanos y sabia muy bien los objetivos del proyecto Apolo, como antes había seguido los últimos éxitos del proyecto Géminis y me interese mucho por el ya viejo proyecto Mercuri que casi nació conmigo. De los proyectos Rusos no sabíamos casi nada si exceptuamos los éxitos fuertemente comunicados y explotados por el aparato del Partido, que desde la puesta en órbita del primer satélite “Sputnik” habían sido y seguirían siendo muchos por cierto. De pura indignación se puede calificar lo que sentí cuando al día siguiente, cuando uno de mis amigos, me comentó, que su abuela le había dicho que todo era mentira y que posiblemente los americanos lo habían grabado en algún lugar desértico parecido a lo que debía ser la Luna, como cualquier otra película de vaqueros. Era muy joven para comprender que la ciencia podía ser utilizada por señores muy alejados de ella para otros usos diferentes a los ideales de todo hombre de ciencia y no podía ni imaginar que la llegada a la luna no había sido verdad.

Una tarde, como tantas otras, que junto a los amigos estabamos jugando al fútbol en la pista de la escuela, un señor se me acercó y me dijo si quería jugar al fútbol con su equipo, que no era, ni más ni menos, que el equipo infantil del CIDE. Se trataba de un Colegio Privado de educación secundaria que habían construido, hacia menos de un año, un poco mas allá de donde acababa el pueblo de Son Rapinya hacia el Norte, en el camino de Son Vida. El colegio CIDE (Centro Internacional de Educación) había construido unas enormes instalaciones en forma semicircular con aulas para impartir clases con la esperanza de captar buena parte del alumnado de Palma a un colegio laico con una fuerte proyección internacional. Me sentí muy feliz cuando me llevaron a las dependencias del Colegio privado y me dieron una caja de zapatos con un par de botas de fútbol, las primeras que tenía de verdad ¡y con tacos!, así como una equipación para entrenar con camiseta, del Barça por cierto, y pantalón corto.

Los días de entreno eran los martes y los jueves a las 6 de la mañana y quizás fue una de las primeras obligaciones que me impuse desde joven. Papá cada día de entreno me llamaba y sin pereza saltaba de la cama y con mi humilde bolsa de deporte, que no era mas que una antigua bolsa de alguna compañía de aviación arreglada por Papá, me acercaba con mi bicicleta hasta las instalaciones del CIDE, donde un entrenador que había sido jugador de fútbol profesional, lo que suponía ser una casi dios a nuestros ojos, nos hacía las dos siguientes horas de lo mas divertido que he tenido en la vida. En aquel equipo jugaban chicos del colegio que cursaban cuarto y quinto curso de Bachiller y yo era el único que estaba en la escuela primaria lo cual me daba bastante vergüenza.

El primer partido oficial lo jugamos en el campo del collerense, en el Coll D’en Rebasa, una tarde de domingo a las 17 horas con los aviones de Son San Joan aterrizando por encima de nuestras cabezas. Cuando llegamos con el autocar, que especialmente tenía el equipo para sus dezplazamientos, una persona nos repartió a cada uno la equipación para jugar, con los colores verde y blanco y el escudo del colegio en el pecho a la derecha. En aquel partido yo salí de reserva, pero a mi me importaba un comino, lo que realmente me importó es que estaba junto con los chicos de uno de los Colegios mas caros de Palma y la gente no podía sospechar que yo no era alumno de tal Colegio. Me sentí realmente orgulloso y casi en el limbo de mis aspiraciones. Aquella tarde jugué un poco la segunda parte y desde entonces ya no deje de jugar de titular en la defensa de aquel equipo que tantos triunfos tuvo. Papá seguro que se alegraría de tal hazaña ya que el fútbol era uno de sus pasatiempos preferidos después de tan duro trabajo que tenía desde hacía muchos años.

Desde aquella fecha en adelante en bastantes años no dejaría de jugar al fútbol con ese mismo equipo en las categorías de infantil y juvenil. Tenía ya catorce años y al final del curso terminaba mi educación primaria en la Escuela Parroquial de Son Rapinya y en casa mi Madre y mi Padre me animaron a comenzar los estudios de Maestría Industrial que yo les propuse. No había otra salida en estudios oficiales en aquellos días. Mi amigo Tomas Cerdá me animo muchísimo al comunicarle mi decisión de seguir estudiando y lo primero que hizo fue acompañarme a la Escuela de Maestría Industrial que estaba cerca de la riera, para enseñarme mi futura casa por algunos años. El ya cursaba quinto de bachiller y yo le admiraba mucho. Algunas veces le acompañe por el Instituto de Educación Media que estaba en Palma y sentí la ilusión de estar entre los estudiantes que yo consideraba de verdad. Chicos de mi edad en los pasillos y las aulas hacían de aquellas visitas que me sintiera realmente feliz, ya que suponía que me confundirían con ellos y que yo podría pasar por estudiante de Bachiller como cualquier otro chico de buena familia de Palma. Al llegar el final de curso, obtuve el Certificado de Estudios Primarios, que todavía guardo con mucho cariño y D.Juan, el Maestro, me extendió un conjunto de notas para que pudiera ir a matricularme a la Escuela de Maestría Industrial.

Papá que conocía, al Secretario de la Escuela D. José Mir, por trabajar en el Ayuntamiento, me matriculó aquel primer año y se presentó un día en casa con un montón de libros de la especialidad de Electrónica y con los papeles de la matrícula en la mano y el Carnet de Identidad Escolar con foto y todo, que me acreditaba como alumno de otro nivel de estudios y comenzaba una andadura que duraría bastante en mi vida. Algunos días antes de iniciar el nuevo curso mi amigo Tomas me acompañó a Palma para conocer un poco más mi nuevo centro de enseñanza y fue la primera vez que subí orgulloso las escaleras de la, para mi, flamante Escuela de Maestría Industrial. Yo todavía no era consciente de que esa Escuela era conocida como de los fracasados en Bachiller y de los chicos de familias mas bien pobres. Para mi era un salto casi a la gloria y me gustaron todas las dependencias de la Escuela que incluso ahora las recuerdo como ninguna otra.

El curso se inició en el mes de Septiembre de aquel año 1969 y yo me convertí en un estudiante de primero de Oficialía Industrial en la especialidad de Electrónica, que cada mañana bajaba de Son Rapinya a Palma, con la bicicleta y con un montón de libros en el portabultos y sobre todo con algo en el corazón que me empujaba mas que cualquier cosa en este Mundo. Estaba seguro que Mamá y Papá se sentían muy orgullosos de mi y que los tiempos pasados, no muy lejanos por cierto, con sus penurias y sus muchas necesidades, habían pasado, y ahora se permitían el esfuerzo de tener un hijo estudiando después de la enseñanza obligatoria, ¡todo un lujo para una familia humilde!. Se debía, especialmente, al duro trabajo de Papá y por supuesto de mis hermanos mayores, que me apoyarían en mis decisiones en esos momentos y siempre ya que confiaban en mi de forma ciega. Una gran responsabilidad se cernía sobre mi y no podía bajo ningún concepto defraudar a toda la familia ni a mi mismo.

Recuerdos de la Vida de un niño de Son Rapinya