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Tras el colapso de las redes informáticas, y las grandes guerras ocurridas en la Tierra entre los siglos XXI y XXII, la Humanidad que allí habitaba estuvo a punto de extinguirse.

A las guerras les sucedieron las conocidas como Décadas Imperiales, durante las cuales, varios estados adquirieron más poder que el resto, pero a costa de que sus habitantes vivieran bajo el yugo de sus mandatarios y los afanes expansionistas de éstos.

Superados aquellos años oscuros, el hombre se convenció al fin de las ventajas que podía tener una unidad de la que nunca se había disfrutado en el tercer planeta del Sistema Solar. No fue fácil, y el proyecto estuvo en muchas ocasiones a punto de aban­donarse.

Finalmente, se logró el equilibrio entre la identidad de cada grupo y la necesidad de encaminar sus pasos hacia un obje­tivo común. Fruto de aquel esfuerzo, nació la Federación Mundial, que aglutinaba a todos los habitantes de la Tierra.

Alcanzada al fin la que había sido una quimera durante toda la Historia de la Humanidad, los ojos de los hombres se al­zaron hacia el cielo, sabiendo que el siguiente paso había que darlo en aquella dirección; llegó el momento de saber qué había más allá.

El progreso resulta más rápido cuando se aúnan los es­fuerzos de todos, y por ello se logró que en pocas décadas comenzasen a surcar el espacio las primeras naves que lograban viajar a velocidades sólo un poco por debajo de la de la luz.

Fue entonces cuando los hombres se dieron cuenta de la aterradora inmensidad del espacio…

Disponiendo de una capacidad de análisis de cuerpos ce­lestes impensable para los terrestres de la Era Atómica, se organizaron multitud de viajes de exploración a los sistemas que reunían condiciones adecuadas para la vida tal y como ellos la concebían.

Todavía no existían métodos eficaces de terraformación, por lo que el número de planetas capaces de acogerles era toda­vía muy limitado. Aun así, no faltaban animosos voluntarios que sabían que, mientras ellos viajaban en aquellos primitivos trans­portes, allá en la Tierra el tiempo transcurría mucho más rápidamente.Las condiciones eran tremendamente duras y adversas para aquellos primeros valientes: no había posibilidad de solici­tar más material para la colonización de los sistemas y, si los cálculos habían resultado ser erróneos, se encontraban solos en mundos imposibles de habitar. Sabían que no había vuelta atrás…

Durante casi un milenio, de la Tierra siguieron partiendo transportes, y el Hombre que allí permanecía era ajeno a una sorprendente revelación que habían tenido muchos de los que partieron; no estaban solos en la inmensidad del Universo. Pero, aquella forma de viajar hizo que hubiesen de pasar mil cien años hasta que llegaron las primeras noticias de una de las colonias humanas, y hasta entonces, permanecieron ajenos a la vida que bullía a su alrededor.

La primera parte de la Era Expansionista, la más dura, terminó el día en el que se logró que un prototipo recorriese la distancia de un año luz en apenas cincuenta horas, sin que existiese desfase tem­poral de ningún tipo entre la tripulación y la base de seguimiento. Los viajes a velocidad hiperlumínica acababan de nacer un milenio después de la Era Atómica. Comenzaba la Era Expansionista propiamente dicha.

Durante muchos años, los esfuerzos se dedicaron en su mayor parte a recabar información sobre las colonias humanas. Algunas de ellas habían desaparecido sin dejar rastro; sin que se supiesen las causas o a consecuencia de enfermedades o condi­ciones adversas, mientras que otras se consideraban ya independientes de la Tierra, e incluso unas pocas rechazaron todo contacto.

Sin embargo, la mayoría recibió con los brazos abiertos a aquellos hermanos que ponían a su disposición la posibilidad de proveerse de material y tecnología en viajes que habían pasado de durar siglos a tan sólo unos meses, unos pocos años a lo sumo.

Con los viajes hiperlumínicos, también llegó la noticia de la existencia de otras razas, más o menos evolucionadas y más o menos similares al Ser Humano, y lo que resultó más sorpren­dente e inquietante aún; muchas de aquellas razas –lo que más tarde se conocería como humanoides- parecían tener un origen común con ellos que se remontaba muchos milenios atrás en el tiempo. A pesar de que las diferencias genéticas no les permitían considerarlos de la misma especie que los humanos, era induda­ble que en algún momento de la Historia había ocurrido algo que había hecho que apareciese una misma especie en distintos y alejados puntos de la Galaxia. Después, con el paso de los mile­nios, cada grupo había evolucionado independientemente del resto, comenzando a mostrar diferencias, debidas algunas a las distintas condiciones de vida de cada planeta o, el resto, simple­mente, al azar.

De qué o quiénes eran responsables de tan sorprendente circunstancia, no se tenía el menor indicio…

Como no todo iban a ser buenas noticias, pronto se pro­dujeron los primeros contactos con la que, seguramente era la otra raza más numerosa de la Galaxia; los neomasianos.

Increíblemente, también ellos tenían un origen común, aunque las diferencias entre los distintos grupos que habían per­manecido aislados durante milenios eran apenas dignas de tener en cuenta. El neomasiano era un ser de similar envergadura a la de un humano, aunque de un aspecto que recordaba a un insecto terráqueo en el que todos los órganos sensoriales se alojasen en el abdomen; no poseían cabeza.

A su aspecto de insecto ayudaba su exoesqueleto, sus dos pares de extremidades superiores y su aparato fonador, que emi­tía una especie de chirridos semejantes a los de la cigarra terrestre.

Poseedores de una tecnología equivalente a la de los humanos –que ya por aquel entonces poblaban más de un cente­nar de sistemas-, las escaramuzas a nivel local se produjeron casi desde el primer contacto, como si el Universo resultase dema­siado pequeño para ambas razas. El Ser Humano acababa de encontrar a un enemigo irreconciliable.

Mientras tanto, el afán por estrechar lazos con las distin­tas colonias, e incluso con las razas que se iban conociendo, dio origen al germen de lo que más tarde se conocería como la Fede­ración de Estados, que intentaba unir a todos los sistemas que así lo solicitasen y sirviera para un intercambio, sin precedentes en la Historia, de tecnología, materia prima y cultura.

Al cabo de tres mil años más, prácticamente en todos los sistemas conocidos, incluidos los neomasianos, sus habitantes conocían el llamado “idioma estándar” y eran capaces de realizar la conversión de sus propias unidades de medida a las corres­pondientes del Sistema Métrico Estándar.

Fue entonces cuando se proclamó el primer Imperio Neomasiano, que puede que surgiera como una reacción al cre­ciente poder de la Federación de Estados, y que aglutinaba a sistemas neomasianos y otros, poblados por distintas razas, que optaron por unirse a ellos por diversas razones, entre las que no era inusual encontrar las presiones o imposiciones imperiales.

Tras varios siglos de incesantes conflictos entre el Impe­rio y la Federación, ésta logró diseñar las primeras puertas dimensionales; los viajes instantáneos acababan de ver la luz, y con ellos el recién constituido monopolio de Transportes Fede­rales.

Aunque de un costo inmenso –mucho mayor que el pro­ceso completo de terraformación de un planeta-, las puertas dimensionales supusieron un acercamiento entre los distintos sistemas y sirvieron para estrechar la unión entre ellos, aunque muchos, después de milenios casi incomunicados, habían evolu­cionado al margen del que fuera planeta de origen de sus antepasados; la Tierra.

Transportes Federales logró hacerse con el control de todas las puertas dimensionales, ya que, aunque otra compañía hubiese podido asumir el tremendo gasto que suponía la cons­trucción y puesta en funcionamiento de una de ellas, el monopolio habría impedido que ésta se comunicase con las que tenía en servicio, y poseer una Puerta Dimensional de origen, sin otra que sirviese de destino, era como no tener nada.

Tampoco el Imperio Neomasiano afrontó inmediata­mente la construcción de puertas dimensionales. Sus principales sistemas se encontraban en un radio de setenta años  luz, y  el  re­sto, así como los que se habían anexionado más o menos voluntariamente al Imperio durante las últimas décadas, termina­rían por beneficiarse de las puertas que Transportes Federales tenía en proyecto instalar por los alrededores, ya que el mono­polio permitía su uso a todo aquél que pudiese pagar la tarifa correspondiente.

Sin embargo, con el paso del tiempo, debieron pensar que, al fin y al cabo, Transportes Federales era un monopolio de la Federación, y optaron por realizar el esfuerzo que suponía comunicar los sistemas alejados más importantes del Imperio mediante tan novedoso método.

Mucho antes del desarrollo de las puertas dimensionales, y basándose en lo que no era más que el principio de éstas, se había producido una revolución técnica no menos importante; las puertas de comunicación, que permitieron que naves y sistemas lograsen la panacea de las comunicaciones, que no era otra cosa que hacer que éstas fueran instantáneas independientemente de la distancia.

Casi siete mil años después de que el Ser Humano aban­donase por primera vez la atmósfera de la Tierra en una tosca nave, comenzó la guerra de la Federación contra el Imperio Neomasiano…

Tras ser vencido varios años después, el Imperio terminó por rendirse y firmar un tratado de paz que, aunque extremada­mente generoso, fue considerado humillante por ellos, e hizo que el odio hacia la Federación, lejos de mitigarse, se incrementase aún más…

En tanto, tras la guerra, varios sistemas integrados en la Federación de Estados se unieron en lo que se denominó la Alianza de Sistemas, que pretendía aumentar el poder de sus miembros dentro de la Federación, pero no siempre de forma legal ni ateniéndose escrupulosamente a las normas federales.

La Vida en la galaxia que habitaban no es un fenómeno habitual, pero, dada la inmensidad de ésta, y los avances en el terreno de los viajes espaciales, durante la época de la Federa­ción de Estados, se daban en ella todo tipo de confrontaciones, luchas de intereses, política, poder… Y todo ello vivido por se­res que habían evolucionado socialmente de forma más lenta que la técnica que tenían al alcance de la mano.

De esta era convulsa y tecnificada es de la que tratan las Crónicas de la Federación.

Quizás, las Crónicas no nos cuenten más que aventuras que pudieron tener más o menos influencia en la Historia, pero, ¿acaso no es ésta la suma de pequeños acontecimientos que pa­saron casi desapercibidos en su época?...

 

 

 

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