Tengo una necesidad. Vivo en ella. Y no siempre la deseo. Un mal asunto. La miro incesantemente intentando rescatar  la verdad de su ser. Un ser con múltiples facetas que me asaltan cada una de ellas. Es chocante ponerse delante como un mero observador y siempre obtener la misma revelación: el mundo no es de ningún color. Es tan personal como todo lo que vives, aunque pareciera que su existencia, la de ella desbordara lo minúsculo de nosotros. Es mentira. No es más que una percepción. Esa es la idea. La percepción. Trivial. Pero es lo que queda de cada día de cámara en mano, de cada ensoñación inacabada, imperfecta en la vigilia, obsesivamente vigilante.

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