Androcentrismo y sexismo en el
mundo de las motos.
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José
María Espada Calpe
DEA y Licenciado en Antropología Social y Cultural
¿Qué
significa la moto en tu vida?[1][1]
-Tienes
el poder entre las piernas (Martin)
-Es
el sentido de la vida (Malcolm)
-¡Joder!
Te juro que amo a mi moto. (Jammie)
Durante el curso
1998/99 realicé una investigación sobre la relación entre las masculinidades y
la conducción de motocicletas, que incluyó trabajo de campo en la Motorcycling Society de la
Universidad de Kent, con el objetivo de mostrar como
el sexismo afecta negativamente a los hombres y cómo se pueden abrir vías para
mejorar la calidad de vida de los hombres en sí. Durante el año 2003 seguí
desarrollando esta investigación con trabajo de campo en el “Poniente”
almeriense. Este artículo expone algunas de las reflexiones al hilo de estos
trabajos.
Felix Ortega señalaba en ‘Masculino y femenino en la identidad de la juventud española’[2][2], como
uno de los elementos definitorios de la masculinidad de los Jóvenes varones
españoles el gusto por la velocidad, las motos y los coches. Esta pauta de
consumo diferencia juega un papel importante en el proceso de generización en occidente. Luis Bonino
en su artículo ‘Varones y comportamientos
temerarios’[3][3], desarrolla la hipótesis de que los varones que se
adhieren y rigidifican los mandatos de la
masculinidad hegemónica tradicional son más susceptibles a llevar a cabo
comportamientos aparentemente autodestructivos como fruto de la necesidad de
demostrar la condición masculina mediante pruebas y demostraciones de arrojo.
He tomado estas hipótesis para aplicarlas al campo del mundo de las motos. La
conducción de motos, ya sea temeraria o prudente, conlleva un alto nivel de
riesgo, un gran peso económico y un cierto grado de incomprensión y prejuicios
por parte del grueso de la sociedad. Mi tesis básica es que la moto constituye
un elemento central de la autoestima masculina tradicional, un falo.
Mi propósito
sería intentar explicar cuales son las poderosas motivaciones que llevan a los
usuarios de motos a conducir, identificarse con el vehículo y en casos, con un
estilo de vida, que se plantea opuesto a los convencionales y acomodados
estilos mayoritarios de vida. La aceptación del riesgo no proviene de intentos
autodestructivos, sino que tiene que ver con la necesidad de mantener, reforzar
y adquirir el modelo hegemónico tradicional de masculinidad viril, forma parte
de la cultura heterosexista occidental y sus
presiones para conformarse e identificarse con el modelo hegemónico de
virilidad.
También realizaré una revisión del
artículo de Andrew Maxwell, ‘Motorcyclists and community in post-industrial urban America’. La escasa
bibliografía antropológica dedicada al tema resulta fuertemente androcéntrica, ya que no sólo no contempla las presiones
para identificarse con los modelos hegemónicos de masculinidad como una de las
principales motivaciones latentes de los varones para ser rotundamente
mayoritarios en el mundo de las motos, sino que enmascara el sexismo del mundo
de la moto, y en algunos casos trata con condescendencia y paternalismo a las
moteras.
a.
Arriesgar la vida y utilizar el cuerpo como
forma de probar, identificarse y adquirir
masculinidades hegemónicas.
b.
Sexismo en
textos antropológicos sobre el mundo de las motos:Revisión crítica del artículo de Andrew
Maxwell ‘Motociclistas y comunidad en la América urbana post-industrial’.
Durante el mes de mayo hice una salida a Hastings con algunos moteros. Me preguntaba entonces por
qué las fuertes sensaciones que la velocidad nos hacía vivir durante el viaje, para
ellos significaban placer y diversión, y yo lo único que podía pensar era que
no quería morir. En ese viaje tomé muchas de mis mejores fotos. Creo que motivé
a estos moteros a hacer las cosas más arriesgadas que nadie pudiera imaginarse
con la presencia de mi cámara.
Cuando comencé a tirar fotos de moteros encontraba sumamente difícil
capturar las situaciones con espontaneidad. La presencia de la cámara
entorpecía la interacción, o simplemente la vehiculaba,
la creaba modificando de una forma nueva el juego de actuación cotidiano de la
gente. No se trataba sólo de la cámara sino del hecho de que alguien los estaba
observando, alguien posiblemente tramposo[4],
pero que les llevaba a medir sus comportamientos. Mi pasado no estaba limpio.
Vendí mi moto el verano pasado, y esto es lo peor que un motero puede hacer.
Pude sentir sus dudas sobre mí. Soportaba una imagen sospechosa. Me encontraba
en una posición peligrosa haciendo que el grupo sintiese que su gran pasión era
cuestionada por alguien perteneciente a la mayoría social. Yo podría ser un
representante de esa sociedad, un espía, alguien que iba a estereotiparles de
nuevo y que iba a promover renovados prejuicios. Mis objetivos no tenían nada
que ver con un intento de promover nuevos ‘pánicos morales y demonios
populares’[5],
sino que se trataba más de un intento de comprender esta ‘cultura’. Al utilizar
el término ‘cultura’ quiero referirme a un ejercicio de comprensión y
crítica -que implica autocrítica- y no siempre
justificación.
He sido motero durante nueve años y sigo encontrando la ‘alteridad’ u
‘otreidad’ de los moteros, estimulante. Es una interesante área de estudio.
Cualquiera podría decir que están como una cabra, pero creo que esto es
precisamente lo que tenemos que entender, porque esta otra ‘weltanschaung’ es
precisamente parte de nuestra propia cultura. Para A. Maxwell[6] lo que motiva a la gente a realizar una actividad
que generalmente se percibe como extremadamente peligrosa y en la que uno se juega
el pellejo, es la implicación con la moto y el sentido de comunidad entre los
moteros. Esta comunidad se convierte en una herramienta efectiva de resistencia
contra la fragmentación social que caracteriza la sociedad urbana
post-industrial. Considero que el argumento es parcialmente correcto pero no
enteramente satisfactorio. Surge así una segunda pregunta: ¿Por qué la mayoría
de los moteros son hombres? Y paradójicamente la pregunta se convierte en
respuesta, o por lo menos una respuesta parcial que nos da razón de procesos
sociales generales sobre ser hombre hoy en día. Los moteros pueden ser
representantes de los procesos generales de producción y reproducción social de
las masculinidades.
Los comportamientos de riesgo desarrollados en las modernas sociedades
occidentales, específicamente la conducción de motocicletas, aportan un marco
muy fructífero en el que profundizar en las subjetividades masculinas
contemporáneas. La mayoría de los motociclistas son hombres. Además, las
estadísticas de accidentes muestran como los hombres están implicados en
accidentes consecuencia de comportamientos temerarios en mayor medida que las
mujeres[7].

Es entonces cuando la construcción social de las diversas
masculinidades, y las relaciones entre los modelos hegemónicos y subordinados
devienen en un marco válido de comprensión sobre las poderosas motivaciones que
explicarían el gusto y la atracción masculina hacia las motos. Felix Ortega expuso con relación a los
jóvenes españoles de mediados de los 90, que –mientras que el alcohol parece
haber dejado de ser un objeto de consumo, cuando menos, exclusivamente
masculino-, otros objetos de consumo y valores asociados a éstos, surgen
como elementos típicamente definitorios
de la masculinidad común. Los coches, las motos y el gusto por la velocidad son
algunos de estos valores consumísticos. Todos los
indicadores disponibles son totalmente concluyentes. La investigación de Ortega[8] muestra que la mayoría de los
hombres (por encima del 90%) están altamente implicados con cualquier cosa que
tenga que ver con la conducción. Así la pasión por conducir resulta más
atractiva para los chicos. Esa es la razón por la que ellos comienzan a
conducir antes, tienen coche o acceso al coche paterno antes. Ser propietario
de una moto es un deseo ampliamente satisfecho por los padres.
Además los chicos disponen de más dinero, de normas horarias menos
estrictas y de un menor control de su sexualidad y amistades. Podríamos decir,
que a grandes rasgos, las normas parentales les dan
un mayor margen de autonomía y una menor sobreprotección frente a sus hermanas.
Dentro del ocio que se comparte con las chicas existen además patrones de
consumo claramente diferenciados. Principalmente los chicos dedican una mayor
parte de su presupuesto a bebidas y tabaco, a cines y espectáculos y a invitar
a amistades, mientras que las chicas se centran más en objetos de uso personal
y comidas. En relación al consumo de alcohol, son los chicos los principales
consumidores, aventajando las chicas a éstos, levemente en el consumo de
tabaco.[9]
Los comportamientos de riesgo con motos no provienen de intentos
auto-destructivos. Se tratarían de comportamientos identificados con la
masculinidad hegemónica en la que los hombres deben negociar su condición mediante
demostraciones públicas, y pueden ser entendidos como formas mediante las que
los hombres pretenden conservar y salvar su propia imagen en el ámbito público
–entendiendo por público no únicamente situaciones con presencia de otros sino
situaciones en las que se actúa en referencia a otros-. Los hombres no solo
pueden usar sus cuerpos sino que coquetean con el riesgo ya que ‘deben’ hacerlo
para ser considerados ‘hombres’. Los daños que en ciertos casos ocurren como
consecuencia de los comportamientos de riesgo son consecuencias no deseadas de
diferentes intentos de probar y afirmar la virilidad.
No todos los modelos de masculinidad hegemónicos o tradicionales llevan
sus mandatos a extremos auto-destructivos pero en los extremos de la sumisión al
modelo hegemónico tanto de feminidad (anorexia) como de masculinidad (accidente
laboral, accidente de coche o moto, accidente en práctica deportiva de riesgo,
adquisición de ETS o SIDA por no utilizar preservativos, peleas cuando no su
participación en ejércitos y conflictos armados, o en grupos violentos o
paramilitares...) existe una elevada susceptibilidad a poner la vida al
servicio de la afirmación de género, elevando este rasgo de la subjetividad al
principal rasgo identitario de la persona. En el caso
de las mujeres existen estudios sobre como la anorexia viene provocada por una
adhesión a los modelos de belleza femenina y que cómo éstos están en función de
los hombres y llevan a la autodestrucción o negación de sí mismas[10].
En el caso de los hombres, las exhibiciones de audacia están en relación a
mostrar a otros hombres su virilidad. Evidentemente estoy simplificando aquí en
cuanto a las diferentes formas en que hombres y mujeres se conforman a los
modelos, simplemente quiero subrayar que en ambos casos estos modelos
benefician a los varones y sitúan a las mujeres como objetos sexuales y a los
hombres como sujetos en lucha entre sí.
En los modelos tradicionales de
masculinidad existe una relación íntima entre las definiciones sociales de la hombría
y su autoestima. La masculinidad no está dada en la condición biológica sino
que debe ser probada por la adquisición de la condición masculina (=humana)
mediante ritos de paso. La masculinidad está siempre en manos del
reconocimiento y la aprobación social. La adherencia con las definiciones
sociales hegemónicas de la masculinidad es necesaria bajo el riesgo de estigmatización. La masculinidad puede ser perdida si no se cumple
con los roles básicos asignados socialmente. Las motos serían potentes medios
para mostrar y construir esta adherencia.
Por ejemplo, cualquier tipo de
cuestionamiento de la condición masculina (ya sea negando su heterosexualidad
–marica-, o su arrojo –medianena-) es experimentado
como un ataque a la persona en global, a su condición humana, como puede
observarse en la frase de una de las ilustraciones del texto: ‘No balls, no falls’; significando
que si no hay cojones, no eres lo suficientemente hombre y consiguientemente no
mereces reconocimiento ni respeto, si no tienes caídas o simplemente arriesgas
con la moto. La masculinidad es corrientemente identificada con una sexualidad heterosexista y homofóbica. E.S. Person expuso como fenómeno central, que la sexualidad
consolida y confirma el género en los hombres, mientras que puede ser un rasgo
de identificación más variable en las mujeres. Aunque suele estigmatizarse a
las lesbianas como marimachos y no femeninas. Las
formas en que la sexualidad confirma el género varían y mientras en las mujeres
ciertas preocupaciones centrales giran entorno a decencia/no decencia y
placer/peligro; en los varones giran entorno a competencia/no competencia y
miedo a la homosexualidad y respuestas agresivas a muestras afectivas entre los
varones. La masculinidad hegemónica se expresa a través de la sexualidad del
hombre contemporáneo. El hombre que se vive como incompetente sexualmente pone
en peligro su identidad y también su
sexualidad. La eficiencia sexual cuenta como uno de los pilares de la identidad
masculina heterosexual[11][11].
Mi tesis es que las motos son herramientas para una autoestima dentro de
los modelos hegemónicos tradicionales de subjetividad masculina. La moto es un
‘falo’, una herramienta de placer, una herramienta de auto-estima, y un medio
fundamental con el conseguir reconocimiento social. El exhibicionismo de los
moteros y su audacia en la conducción convierte a las
motos más en símbolos que en meros medios de transporte. Las motos representan
la independencia, el riesgo y la valentía, status y poder. Esta esfera simbólica
está relacionada con el individualismo, el heroísmo y la agresividad. Andrew Maxwell afirma que implicarse con la moto demanda asertividad incluso en las formas más tranquilas y
sofisticadas de conducción. Algunos moteros se refieren también a este
individualismo en el sentido de que la moto es ‘un excelente vehículo para
auto-expresarse’. Se apoya en la idea de que las motos son vehículos más
accesibles y tienen un tamaño más personal en comparación con los coches. Pero
estos argumentos no son más que mistificaciones que conllevan una ideología
‘psicologista’ del individuo. Habitualmente, las grandes compañías ofrecen
accesorios para personalizar o ‘customizar’ las motos y evidentemente influyen
poderosamente en los significados asociados con los accesorios y las motos a
través de sus campañas de marketing y la imagen del producto que venden. El
‘mundo de las motos’ es un mundo altamente comercializado.

Prácticamente todo sobre las motos está diseñado para la exhibición: los
sonidos, las fachadas barrocas de algunas motos, y las formas de conducción son
concebidos como un espectáculo. Conducir es actuar. Las velocidades
desarrolladas, la imagen de la moto, el tipo de sonido de los sistemas de
escape[12][12], son buscados
para asegurar la atención de los espectadores[13].
No sólo las carreteras, sino bares, pubs, discotecas,
entradas del lugar de trabajo, garajes, gasolineras, concentraciones de motos,
‘rallies’, carreras... son los habituales lugares de encuentro y exhibición[14].
La exhibición pública tiene una doble función en la autoestima masculina. Como
símbolo de poder económico y status las motos refuerzan la autoestima del
propietario,
basándose más en valores o ‘logros sociales’
(poder económico, status, prestigio social basado en cualidades de
competitividad) que en logros afectivos u otro tipo de reconocimientos sociales
que no estén asociados con los roles masculinos tradicionales. Gran parte de
las prácticas en relación a las motos podrían caracterizarse con el concepto Vebleniano del consumo ostentoso.
Es así como he intentado mostrar
en mi reportaje fotográfico ‘Motos, hombres y riesgo’, este coraje masculino.
Esta valentía o coraje se desarrolla en dos escenarios. La conducción
temeraria, o incluso simplemente la conducción, y en segundo lugar la posesión
de una motocicleta lleva asociado un alto peso económico –vestimenta
especializada, accesorios, impuestos, gasolina, seguros, mantenimiento, la moto
en sí... - que hacen que el propietario dedique gran parte de sus recursos a la
moto. En este sentido la moto es un objeto de lujo magnifico para mostrar el
status económico, por otro lado existen propietarios que no tienen un poder
económico muy alto pero que trabajan muy duro para mantener un objeto que para
muchos de ellos es lo más preciado en su vida. A.Maxwell
da cuenta de estos fenómenos de dos maneras. Una es que examina la media de
ingresos anual de los motociclistas norteamericanos. La media de los moteros es
sensiblemente más alta que la media de la población general ($33.200 frente a
$28.900). Y sobretodo, la media de ingresos anual de los miembros de la
‘Asociación Americana de Motociclistas’ es de $57.300. En segundo lugar,
Maxwell da cuenta de la siempre masculina identificación y preocupación por el
trabajo como símbolo de status. Sus informantes a menuda habla de la ansiedad
asociada a la pérdida del trabajo o producida por movimientos laterales o de
bajada en la escala social. Cita entonces un famoso dicho: ‘Trabajar para
conducir, conducir para trabajar’[15][15]. Las motos
son máquinas muy caras. El mantenimiento de los costes para los moteros son un
peso económico muy alto que garantiza que el propietario tiene una situación
económica acomodada o que se deja la piel en mostrar un supuesto poder
económico. Habría que matizar ya que
existen motos de diversa cilindrada pero en general cada propietario adapta
motos de distintos precios y prestigio a los entornos sociales a los que
pertenece. Así un alto ejecutivo mostrará una moto de gran cilindrada con
orgullo, mientras un adolescente de barrio se mostrará orgulloso con su scooter.
Pero para Andrew
Maxwell existen tres tipos de ideas estereotipadas, que han sido creadas y
difundidas por el periodismo sensacionalista y que no responden a la realidad
de los moteros:
-
Los moteros no son, fueron o
potencialmente pueden ser rebeldes moteros fuera de la ley.
-
Los moteros no son varones de clase
media que están intentando revivir su juventud al tomar la decisión de hacer una
inversión en una cara moto (generalmente una Harley-Davidson). A este grupo se le ha asignado el nombre de
‘rubbies’ jugando con el sonido de la palabra ‘yuppies’, y señalando su alto
poder adquisitivo, su falta de lazos familiares y de pareja y su búsqueda de
aventura y eterna juventud.
-
Y el tercer estereotipo que Maxwell
ataca sería que los motociclistas son unos irresponsables que aman el riesgo y
que como tal se merecen sufrir accidentes.
De estos tres
estereotipos, que Maxwell plantea como falsos, no puedo aceptar como
estereotipo más que el primero, pero en cualquier caso no creo que la cuestión
sea estar de acuerdo o no, para mí el problema es más radical y pasa por
formular correctamente el problema, y para mi lo problemático del artículo de
Maxwell es que pretenda hacer un retrato robot que retrate a un motero medio,
que finalmente deforme una realidad que por diversa no se atenga a medias
(pongamos que porque la varianza sea muy alta). ¿Tiene alguna utilidad hacer un
retrato de un motero medio, de la sociedad norteamericana? Si bien hay una
perspectiva de fondo que a mí parece acertada: evitar cierto peligro de la
antropología que es la exotización; sin embargo falta
en este artículo la descripción en sí... Maxwell nos dice que ‘NO’ son los
moteros pero jamas intenta describirnos quiénes son,
y mucho menos intenta hacer un análisis epistemológico de sus presupuestos
teóricos, de su metodología de investigación, ni de las hipótesis de las que
parte para formular su investigación.
Y volviendo al
tercer de sus ‘estereotipos’ por combatir, Maxwell acepta que la conducción de
motos implica unos riesgos mayores frente al coche pero expone que no hay
estudios sobre seguridad en la conducción de motos y la visión de los moteros
como unos locos por el riesgo responde a los estereotipos creados por los
automovilistas, ya que para él los moteros son unos incomprendidos y la
sociedad no conocen quiénes son en realidad. Para reforzar la idea del
estereotipo cita como los automovilistas suelen referirse a las motos como
‘matacicletas’[16][16]. No negaré que existan grados altos de desconocimiento sobre la seguridad
en la conducción de motos en la población general pero no puedo apoyar la idea
de que no exista un grupo amplio de motociclistas que juegan con su vida y la
de los automovilistas con gran asiduidad y que los moteros encuentran especial
placer en aterrorizar a los automovilistas. Lo cual no significa que sea
justificable ni una condena ni una absolución para todos los motociclistas, o
ni siquiera para aquellos que disfrutan de poner en peligro a otros vehículos.
Podría citar el
caso de ‘Jerome’ uno de mis informantes en la Universidad de Kent, que encontraba especial placer en tomar las curvas
pegado a los coches mientras conducía a
su misma velocidad; y sólo después de la curva y después de haber asustado al
conductor y pasajeros, decidía adelantar dando gas a final de curva. Por
supuesto esto ocurría en carreteras sin arcén, sin visibilidad y de doble
sentido, porque sino no tenía gracia. En cualquier caso este fenómeno no es
algo anecdótico pero tampoco aplicable a todos los moteros. Valorar en qué
medida este rasgo puede ser característico es una tarea a realizar todavía. En
cierta manera Maxwell reconoce este especial placer que un grupo bastante
amplio de moteros tiene en fastidiar a los automovilistas:
Posando,
manteniendo una pose, en el caso de los conductors de
motos custom, por ejemplo, implica la suposición de
la admiración por parte del público. Él o ella asumen que alguien, frecuentemente
desconocido, les presta atención y esa atención supone una aprobación. Aunque
en ciertos casos la desaprobación es igualmente deseable (p.291)[17][17]
La imbricación entre heterosexismo, demostraciones de habilidad y poder,
enmarcan, en mi opinión, el contexto del uso de motos. Conducir puede ser una
experiencia muy satisfactoria, puede ser una práctica muy segura y no
necesariamente tiene por qué estar vinculado a comportamientos de riesgo aunque
la realidad muestra que de hecho existe esta relación. Sin embargo, los moteros
son conscientes del factor inevitable de riesgo que está implicado en el uso de
las motos y que es necesario aceptar. Esto no significa decir que los
accidentes están siempre causado por la imprudencia de
los moteros.
A partir de esta introducción sería necesario comenzar a desglosar entornos
sociales y grupos que conducen motos, las características de las redes de
moteros y el significado que da cada agregado social implicado a la conducción
a su actividad. En este sentido me referiré al artículo de Andrew
Maxwell para criticar aproximaciones mistificante y reduccionistas de las distintas formas de comprender el uso
de motos. Mi interés será discernir hasta que punto el uso de motos sirve como
apoyo a la reproducción de visiones androcéntricas y
sexistas, así como para ilustrar nuevos procesos de afirmación de
masculinidades discriminatorias hacia las mujeres y agresivas hacia los
hombres. Poseer una moto aporta refuerzos a hombres con relación a su
autoestima, comprender estas motivaciones ayudaría a la toma de conciencia de
los propios hombres sobre las limitaciones y problemas que acarrea la adhesión
a unos modelos que les benefician pero sólo relativamente, dado que los costes
personales pueden ser muy altos: altos niveles de estrés o accidentes con
consecuencias muy graves. Sobretodo, desde un punto de vista eudemonista, cabría considerar que una auténtica felicidad
solo cabe con justicia y ésta está más que en entredicho con el sexismo actual
de los varones occidentales, y entre ellos los moteros.
-Introducción.
-Los moteros como víctimas.
-Auto-justificándose como
motero.
-Paternalismo y sexismo en la aproximación a las mujeres en el mundo de la moto.
En la percepción común de la población el uso de motos tiene una alta carga simbólica como una actividad arriesgada. Ningún motero suele negar el riesgo que implica la conducción, aunque suelen enfatizar los elementos de seguridad frente a otros vehículos y se plantea que conducir motos no es mucho más arriesgado que otras actividades[18][18]. Evidentemente, los y las moteras no están locos ni el uso de motocicletas está sancionado socialmente más allá de un incremento del precio de los seguros y cierta mala fama y rechazo por parte de los conductores de vehículos de cuatro ruedas. Mi centro de interés gira entorno a cuáles son las fuerzas positivas, las motivaciones y valores que hacen atractiva la moto a sus propietarios y propietarias por encima de todos los inconvenientes, qué hace que el riesgo no sólo no sea vivido con miedo sino que precisamente sea lo que hace atrayente la conducción de motos. Mis tesis dan un peso fundamental a los valores asociados a masculinidades hegemónicas tradicionales. La construcción social de diversas masculinidades y las relaciones de la masculinidad hegemónica con las subordinadas[19][19] puede mostrarse como un marco válido para entender las potentes motivaciones que explican el gusto masculino por las motos y la velocidad.
Sin embargo para Andrew Maxwell lo que motiva a la gente a
realizar una actividad que es generalmente percibida como extremadamente
peligrosa y en la que uno arriesga la vida y la integridad física, es que la
implicación y el sentido de comunidad de los moteros, unidos por lazos de
solidaridad, les permite resistir a la fragmentación del globalizado y
capitalista final de siglo. Esta solidaridad se propone es inclusiva de
diferentes grupos sociales (rompiendo las barreras de género, edad, raza,
posición social)[20][20]. El
autor reconoce una diversidad de estilos de vida dentro del mundo de los moteros
e intenta atacar los prejuicios y estereotipos contra los moteros como seres
antisociales, y que son promovidos de forma decisiva por los medios de
comunicación de masas y el periodismo. Para Maxwell la imagen de los moteros
como seres antisociales responde a una minoría que no es representativa del
motero medio, al que él pretende defender de los estereotipos y prejuicios en
virtud de su condición de experto. Discutiré aquí el artículo de A.Maxwell intentando extraer algunas conclusiones sobre su discursividad dentro del contexto de una lucha política por
la definición de las prácticas asociadas a este vehículo y las enmarcaré en las
dinámicas de reproducción social de la subordinación de las mujeres.
‘Dadas presiones externas en forma de incomprensión
del público, de políticas de acoso y discriminación, y las fricciones
internas... ¿Cómo es que los moteros han seguido conduciendo durante los últimos
treinta años?. (p.286).[21][21]
‘Argumentaré que en contra de la incomprensión
general, el motociclismo es un elemento fundamental en la vida de los
americanos comunes, y que han persistido conduciendo durante varias décadas’
(p.265)[22][22]
Comparto con
Maxwell un cierto punto de partida, que es el intentar comprender qué hace a
los moteros persistir en una práctica que parece llena de tantos inconvenientes
y dificultades. Pero a la hora de situar cuáles son estas dificultades e
inconvenientes, y de intentar entonces explicar cuales son los procesos que
hacen que el balance de elementos positivos y negativos se decline por los
primeros, diferimos. Para Maxwell los inconvenientes están fuera de la práctica
en sí, y los puntos positivos son bien sabidos para los que cómo él participan
del motociclismo. En mi caso creo que la interacción entre el público y los
actores situados en esta arena son de otro carácter. Si bien podríamos
coincidir en contemplar en cierta manera a los hombres como víctimas, en el caso
de Maxwell son víctimas de la incomprensión social y la marginación, mientras
que yo no considero que estén siendo marginados y sólo en ciertos casos los
podría considerar víctimas de un sistema sexista internalizado
que les puede llevar a la autodestrucción o a sufrir graves daños físicos y/o
psíquicos. Desde mi punto de vista el androcentrismo
no es positivo para los varones.
El autor del
artículo intenta hacer una caracterización de los moteros en la que oscila por distintas
formas de definición. Atiende desde su punto de vista las visiones exteriores e
interiores. Intenta trazar los límites que delimitan la comunidad atendiendo a
la negociación intra y extragrupal.
Comienza intentando romper con los estereotipos exteriores sobre los moteros
como seres al margen de la ley, como seres peligrosos y antisociales[23][23],
analiza tanto las imágenes construidas desde la segunda guerra mundial en EE.UU. como las sensaciones de discriminación y las
políticas de las organizaciones de consumidores de motos frente a la
discriminación.
Dibuja a los
moteros como una comunidad en lucha, cohesionada[24][24] y
persistente en su lucha por conducir motos, practica que ha sido socialmente
estigmatizada fruto de los estereotipos promovidos por los medios de
comunicación[25][25]. En
este sentido parece teorizar según el mismo modelo tomado por teorías
americanas de las comunidades discriminadas por razones étnicas, o de
preferencia sexual. El modelo americano de lucha contra la discriminación que
ha triunfado entre gays y lesbianas, ha sido el de
creación de una comunidad segregada en la que refugiarse y apoyarse para luchar
por la aceptación social y el reconocimiento. Si bien se ha mostrado una
poderosa herramienta para la consecución de derechos civiles para estos grupos,
querer pasar por el aro de este modelo de comunidad a la comunidad motociclista
me parece una tomadura de pelo. Los moteros pueden estar mal vistos por ciertos
sectores sociales, pero ni hay legislaciones que les nieguen el derecho a
adoptar, a casarse, o a montar en moto en público o en urinarios públicos,
pocas familias echan a sus hijos o hijas de casa porque se hayan comprado una
moto, y no conozco de ningún país donde los grupos reaccionarios apaleen
motociclistas, donde se diga que los motociclistas sufren de pandemias por su
fallo moral de conducir motos o que exista la pena de muerte para los que
monten en moto.
Por otro lado, las
organizaciones de motociclistas giran entorno a distintos modos de entender el
uso de motos: desde la industria con todas sus ramificaciones, a asociaciones
de consumidores, hermandades, asociaciones que contemplan su práctica como un
hobby, asociaciones de trabajadores con motos, grupos deportivos, grupos
deportivo-comerciales, grupos identificados con ciertas marcas o modelos,
grupos de las fuerzas de orden público o del ejército que utilizan motos,
grupos juveniles con una estética determinada en la que la moto constituye un
elemento central, etcétera.
Andrew Maxwell sitúa como modelo de referencia de la
comunidad a la Asociación Motociclista Norteamericana (AMA). Hace un rápido
repaso a la historia del boom del consumo de motos en
EE.UU. a partir de los años 60. La rápida expansión
del mercado de las motocicletas se debió a diversos factores: el nuevo acceso a
máquinas baratas y potentes provenientes de Japón –que trajo consigo una nueva
concepción del motero ya no más identificada con el ‘bad boy’-, a un ambiente
de crítica radical de la cultura, de descrédito de las instituciones y de inestabilidad
económica y política que invitó a refugiarse en mundos privados. El grueso de
los moteros llevaría conduciendo desde aquellos años, dando una media de 21
años conduciendo). Los procesos macro de fragmentación por la reestructuración
del capital en los años 80 explicarían por qué no es una comunidad localizada
sino que se constituye en su interacción en el viaje para Maxwell. Es cierto
que es observable como la solidaridad entre moteros se percibe con mayor
facilidad en las carreteras que en los entornos urbanos, se podría citar el
caso de la ‘obligación’ de asistencia al motero con problemas mecánicos o el
saludo, que Maxwell señala, pero de ahí a hablar de una comunidad creo que
existe un salto. Por otro lado su discursividad es
poco clara en cuanto a la relación de los procesos de expansión del capitalismo
y los motociclistas. Una de sus tesis parece consistir en que los moteros
resisten los procesos de fragmentación porque sus actividades forman parte
precisamente de la cultura comercial capitalista y participan del capitalismo[26][26]. Su
mundo no es viable sin las inversiones y apuestas del capitalismo en la energía
de los hidrocarburos, en las infraestructuras de carreteras y en grandes
compañías multinacionales de motos, con el marketing asociado, etc.
Con esto y otros
datos podemos inferir que para Andrew Maxwell los
moteros son ‘viajantes’. Básicamente son propietarios de motos de gran
cilindrada que utilizan las motos en viajes de larga distancia y que tienen una
fuerte identificación personal con la moto, de manera que consideran este
tiempo montando en moto como la parte importante o significativa de su vida.
Pero esta definición es excluyente y contradice sus propias proclamas de cómo
la posesión de una moto unifica e integra a la comunidad[27][27].
Intenta matizarse señalando que: ‘(...)
sería inapropiado sugerir que la comunidad motociclista esta siempre tranquila,
confiable y armoniosamente unida entorno a un grupo central de valores. Existe
frecuentemente, un considerable nivel de sospecha y desconfianza’.[28][28] Pero
cuando pretende desarrollar los motivos de diferenciación interna y conflicto,
los trivializa remitiéndonos a las discusiones sobre
si los moteros se saludan o no entre sí cuando circulan por las carreteras[29][29], si
las motos japonesas son mejores o peores que las americanas y a las discusiones
relacionadas con el ruido de los silenciadores y del uso del casco. El autor contextualiza esta última discusion
en el americano debate entre la santificación de los derechos individuales y
los derechos de la sociedad. Los dos grupos en pugna serían ‘bad boys’ (Harley, customs) y ‘good boys’ (sportbikes, turismo). Ambos proclaman la seguridad de sus
prácticas. Unos plantean que una moto ruidosa es el mejor seguro y alerta para
el resto de automovilistas (legitimando así su negativa a usar casco, no
atendiendo al problema del ruido y el rechazo social que provoca hacia los
moteros, y situando a los coches como el peligro y principal enemigo al mismo
tiempo que se niega la posibilidad de sufrir caídas en solitario). Otros
defienden el uso de casco al mismo tiempo que acepta la inevitabilidad
de sufrir accidentes y ataca el uso de silenciadores muy ruidosos,
abanderándose así como el lado sensato de los moteros frente a los ataques de
la sociedad[30][30].
Pretende también tratar el papel del género y la raza en los encuentros de
moteros, pero este punto lo desarrolla posteriormente y yo lo así lo haré
también.
Casi al final del
texto expone su tipología (Motorcycles and people) que constaría de:
‘cruisers’ llamadas comúnmente en España ‘customs’ o ‘chopper’; ‘sportbikes’,
llamadas comúnmente en España ‘deportivas’, ‘pepinos’ o ‘batidoras japonesas’;
y ‘touring and
sport touring bikes’,
también llamadas ‘dressers’ y en España denominadas ‘motos de viaje’[31][31]. A
cada subtipo le corresponde un tipo de moto que está diseñada para un tipo
diferente de conducción y que resulta en un rasgo de identificación de cada
subgrupo, pero según el autor a todos les corresponde una funcionalidad de
exhibición pública, y reconocimiento (ya sea positivo o negativo)[32][32].
Como seguiré analizando, de esta forma excluye muchos uso
de las motos y construye una categoría de motero medio, que resulta fuertemente
discriminatoria. Básicamente es discriminatoria porque al construir esta
categoría del motero medio y asignando a ésta una esencia o ethos,
resulta la exclusión de todos aquellos que usando motos no se identifican su
requerimiento de implicación con la moto. De nuevo casi como en las primeras teorizaciones sobre la homosexualidad, todos aquellos que
utilizan la moto como un hobby, como un deporte, como una forma de transporte,
o como una forma de ganar dinero, no son moteros porque no han internalizado el ‘ethos’ característico o han hecho una internalización parcial. Por su interés reproduzco el pié
final al que relega, lo que para mí es muy expresivo de sus presupuestos
ideológicos:
‘No trato de sugerir que cualquiera que compre y
conduzca una moto es un motociclista. Ser meramente propietario no es
equivalente de, ni resulta necesariamente en ser un motero. Para algunos y en
contra de la naturaleza de la máquina y de la relación de uno con ella, la
propiedad y la conducción de una moto es más un hobby que un estilo de vida.
Para tales personas la internalización del ‘ethos’ es
incompleta, parcial e instrumental, y es expresada por ejemplo durante
los fines de semana y en ciertas situaciones para la gestión de la apariencia.’
(Pie final nº10)[33][33]
Durante el
texto intenta hacer una definición del motero por exclusión. Montar en moto no
sería ni una afición, ni un deporte (dejando de lado una parte importantísima
de la industria, imagen y gente que construye, forma parte y se mueve en el
mundo de las motos, y dejando de lado fundamentalmente todo lo que se refiera a
las motos trail, moto-cross o de trial.)
De hecho afirma que para el motero medio conducir no es un deporte borrando así
cualquier diferenciación interna y un alto porcentaje de las actividades de la
moto. Y si hay algo que evita fundamentalmente es centrarse en uno de los
elementos centrales y que la moto es un negocio, es un mercado de consumo en el
que se mueve un volumen económico muy importante como el mismo reconoce y al
que apela para atacar la desatención de las ciencias sociales hacia este mundo.
Construye la
idea de un ‘ethos’ motociclista sobre la idea de una identificación del motociclista con la máquina, de una
fusión de máquina y conductor en interacción con el medio en el viaje de larga
distancia. Quedarían fuera todos aquellos que no se identifiquen como
pertenecientes a la comunidad de los moteros, que no posean motos de viaje de
larga distancia o que utilicen la moto para actividades lucrativas (o para
actividades lucrativas de transporte y no de imagen, matizaría).
De hecho, el
uso de motos para el autor no es un hobby porque es un estilo de vida, pero se
practica en el tiempo libre y él mismo analiza las dinámicas de trabajo, tiempo
libre y peso económico de mantenimiento de la moto. Aporta como apoyo a su idea
de las motos como estilos de vida, que gente que ha perdido su trabajo sin
posibilidades reales de viajar en moto lo sigue realizando, vive para la moto a
pesar de no tener dinero para las actividades necesarias de la vida cotidiana.
Esta aparente contradicción, es posible gracias a las sensaciones de libertad y
de felicidad personal por esta ‘sensación de libertad’ (las comillas son mías)
que el motero experimenta.
Pero la
propia sorpresa que el autor expresa es una forma de llamarnos la atención sobre
las fuertes motivaciones que llevan a los moteros a continuar ‘en la carretera’
por encima de todo tipo de costes personales y renuncias. Con lo cual enfatiza
que existen fuertes satisfacciones personales en el hecho de conducir que
compensan todos los inconvenientes, discriminaciones y frustraciones
provenientes de una sociedad alienante. Pero sitúa los inconvenientes y
problemas siempre fuera de la actividad de la conducción de la moto, negando
que simplemente conducir una moto implica unos niveles de riesgo altos y un
peso económico muy fuerte. Mediante sus propios ejemplos queda patente que él
es profesor universitario y que está dando por supuesto un mundo de seguridad
económica, una sociedad fordista que se está viniendo
abajo pero a la que él pertenece y queda patente que la realidad general del
propietario de motos medio americano es más que solvente que la media de la
población, y que las motos se convierten en muchos casos en objetos de lujo, y
en útiles herramientas de ‘distinción’ con las que mostrar el poder económico y
la independencia, ya sea fingida o real. Él mismo aporta datos sobre el elevado
nivel socioeconómico de los moteros en EE.UU.[34][34]
Por
otro lado al utilizar los conceptos de estereotipos y discriminación basada en
el estereotipo (prejuicio deberíamos decir), se está apuntando a una serie de teorizaciones que tuvieron gran predicamento en los años 60
pero que incluso hoy en día están en declive en la Psicología Social. El
estudio de las formas en que construimos inferencias sobre las acciones de los
otros y las propias, el análisis de la atribución causal y más recientemente el
‘análisis de discurso’[35][35], ha
llevado a romper con la moderna y etnocéntrica idea de que existe una forma
correcta de percibir las intenciones de los otros y de que existe gente con
estereotipos y personas “desprejuiciadas”. Básicamente toda inferencia causal
tiene una apoyatura en estereotipos y prejuicios. Por ejemplo, recientemente se
están rescatando las teorías de Gustav Ichheisser. Este autor parte de la 'imagen del otro' para analizar los 'malos entendidos'. Las
personas piensan que perciben las cosas tal como son (sin problematizar),
pero están percibiendo bajo unos supuestos. Este autor distingue entonces entre
expresión e impresiones. La expresión relaciona las tendencias internas con las
manifestaciones. Las impresiones se refieren al significado de las
manifestaciones vistas desde fuera. Ambos están socialmente construidos y son
el terreno de los malos entendidos. La incoherencia se suele comprender como un
error pero Ichheiser expuso que el error es una
fuente de conocimiento. Hablar de falsas interpretaciones supone dar por
supuesto que existen interpretaciones correctas, de esta manera la tradición en
psicología social (especialmente en la cognitiva que habla de sesgos),
naturaliza éstas. Para Ichheiser los malos entendidos
son hechos sistemáticos propios de la naturaleza humana, y los enmarca en el
contexto social: se trata de sesgos ideológicos, propios de nuestra cultura. De
esta forma intenta explicar como la psicología a
naturalizado y asumido el individualismo que es propio de nuestra cultura,
sobreestimando así la unidad de la persona, su coherencia y estabilidad. De
hecho la psicología se alinea constantemente en el marco de la salud y de la
intervención, sus objetivos están mediados por la eficacia y la operacionalidad del conocimiento, intentando predecir. Pero
Ichheiser diría que la persona no es idéntica a lo
largo del tiempo y el espacio, y que el individualismo lleva a situar en la
persona el locus de la responsabilidad y de la acción, siendo funcional a un
sistema capitalista que necesita de sujetos predecibles. De hecho, ya Weber había situado en la ética protestante y el espíritu
del capitalismo, en su liberalismo está atención al individualismo.
Se desprecian así los aspectos que no concuerdan con la
identidad personal (Por ejemplo, los estudios de disonancia cognitiva que
enfatizan la necesidad de coherencia lógica). Windisch
desde otro enfoque coincidiría con Ichheiser en que
las formas cotidianas de explicar los fenómenos no guardan necesariamente una
lógica formal pero que a pesar de ello son perfectamente efectivos. Por otro
lado y más relacionado con el juego de las máscaras interaccionistas,
Iccheiser señala que la psicología no solía atender
tanto a que los sujetos forman parte del contexto, de la situación así como que
los sujetos son diferentes en las diferentes situaciones institucionalizadas,
de forma que varían las expectativas recíprocas y en cada contexto se mantiene
una relación focal diferente.
El énfasis en el concepto de ‘éxito/fracaso’ que hace la
psicología supone una fuente de errores mediada por la mitología burguesa del
éxito y del mérito personal. Se instituye así una meritocracia
en la que los resultados de la acción son debidos a los méritos de los
individuos y no a factores situacionales. Imbuidos en nuestra cultura en una
mitología de la felicidad donde si uno hace lo que ‘debe’ hacer, tiene que
necesariamente tener éxito, de manera que si uno no tiene éxito es que no ha
obrado correctamente (sería entonces un desviado). La exteriorización (impresión) de felicidad o
del pesimismo cumple entonces funciones diversas según los valores culturales
vigentes. En un mundo mediado por la injusticia y cruzado por vectores de
poder, el estereotipo supone una forma de blindar la propia imagen y la
autoestima. Pero los estereotipos ya no pueden ser sesgos de ciertas clases de
personas que no han alcanzado un desarrollo intelectual y moral superior, sino
que es un factor de “malos entendidos” en cierta manera universal. El buen
‘conocimiento’ consistiría en la capacidad de poner en cuestión los propios
prejuicios y marcos de interpretación (obvios, no problemáticos). Pero se trata
de una cuestión de grados de flexibilidad-rigidez entorno a la autoreflexividad. A su vez, nuestros marcos simplificadores
están mediados por las relaciones en las que estamos insertos, por el contexto.
En una situación de grave conflicto existe una menor capacidad de
distanciamiento que en una situación distendida.
De este esquema teórico podríamos subrayar el intento de superar los
extremos del circulo de la interpretación, en el que discursividades
diferentes resultarían absolutamente inasequibles e inconmensurables, se
legitimarían por sus propias normas; y el círculo de la universalidad, donde
todo es conmensurable gracias a una razón universal. En la vida cotidiana se
nos plantea la unidad (univocidad) como un ‘desideratum moral’, pero lo
evidente es la pluralidad. Ser consciente de que hay personas y situaciones que
nos resultan opacos, incomprensibles sería un paso hacia una actitud
democrática.
Habitualmente se da la tendencia a moralizar situaciones de
incomprensión, de malos entendidos, situaciones de desacuerdo. Y esto es creo
lo que Andrew Maxwell está haciendo en lugar de
intentar desentrañar las dinámicas sociales entorno a la moto. Cuando se
refiere a estereotipo señala en ocasiones las respectivas formas despectivas
que tienen conductores de motos y coches para referirse entre sí, pero su
núcleo central gira entorno a los estereotipos externos hacia los moteros y el
nefasto papel de los medios de comunicación. En las conclusiones reiterará este
esquema teórico apuntando que el público general necesita de éstos para poder
dar una respuesta sobre cuestiones que desconoce y que son de gran complejidad:
‘Los limites que delimitan la
comunidad frente al resto de la sociedad son erigidos y mantenidos también por
aquellos que no montan en moto. Es central a este proceso el acto de estereotipación realizado por los medios de comunicación.
Como mecanismo que posibilita a la gente simplificar las dificultades
comprendidas en una consideración rigurosa de las complejidades que entrañan
las diferencias ( y mientras tanto también definir en
parte la naturaleza de la diferencia), la estereotipación
provee respuestas preparadas y frecuentemente incorrectas sobre quiénes son los
motociclistas y por qué conducen.’ (p.293)[36][36]
‘¿Qué ha hecho conducir durante los
últimos treinta años a los motociclistas? (...) Las motos son máquinas que
encienden pasiones. La gente las ama o las odia. Aquellos que las aman conducen
porque es divertido. Las sensaciones físicas son comparables con aquellas
experimentadas cuando se monta en bici. Los niños intuitivamente lo saben, y
automáticamente saltan del asiento trasero de los coches cuando un motociclista
pasa. También otra parte de la respuesta de por qué la gente conduce tiene que
ver con el hecho de que la moto es un excelente vehículo para auto-expresarse[37][37]. La
auto-expresión a través de las motocicletas se deriva de su accesibilidad. La
escala de la moto es mucho más personal que la de un coche. Una moto puede ser
fácilmente modificada para expresar la individualidad del propietario. A través
del uso creativo de los accesorios los moteros pueden fácilmente convertir su
moto en una exclusiva afirmación rodante sobre quiénes son, o quiénes se
imaginan ser. Otra razón muy importante que es frecuentemente señalada, para
conducir es que montar en moto le da a uno sensación de libertad, puedes salir
de la rutina y el estrés de la vida cotidiana. Pero la necesidad de libertad ha
sido tomada en un nuevo sentido’. (p.286-297).
El autor en
su apartado donde trata la tensión entre una concepción de la moto como medio
de transporte o como estilo de vida toma una estrategia discursiva que
consistiría en explicar el uso de las motos mediante razonamientos psicologicistas, afirmando y haciendo propio el discurso de
ciertos moteros. A.Maxwell nunca entra a analizar con
profundidad las razones que los moteros aducen como motivaciones que les llevan
a identificarse como tales. Maxwell señala entre las razones que hacen de la
conducción de motos un estilo de vida y no un mero medio de transporte, que
conducir es divertido, que las motos frente a los coches son un excelente medio
de auto-expresión por su tamaño más humano o personal, y que da al motero una
sensación de libertad que le libera de las presiones y el estrés de la vida
cotidiana. Su argumentación se limita a hacer afirmaciones sin ningún tipo de
apoyatura o quizá su apoyatura sea su observación del trabajo de campo, pero en
ese caso tendría que dar cuenta sobre cuando se produjeron esas observaciones,
que reflexiones surgieron, que preguntas, por qué eligió esas respuestas, que
base teórica esta utilizando y como intentó confirmar sus ideas. Que afirme que
las motos son máquinas que encienden pasiones puede ser una afirmación
aceptable siempre y cuando no se quiera decir que para toda persona, en toda
sociedad y en todo tiempo, es un enunciado válido. Que constituya una pasión
sería conflictivo en cualquier caso. La segunda frase es más explícita: La
gente las odia o las ama. Sencillamente una afirmación inaceptable y
tautológica.
Sociocentrismo y escasa autoreflexividad.
Me voy a detener
en este parágrafo para analizarlo con detenimiento pues creo que es sospechoso
de socio-centrismo y de falta de reflexividad. La
tesis es que las motos no son meros medios de transporte y que su uso esta
cargado de contenido afectivo y simbólico. Estaría de acuerdo en el hecho de
caracterizar a gran parte de los conductores de motos como pertenecientes a una
‘gemeinschaft’, a una ‘comunidad’ con la que se identifican y para los cuales
esta identificación juega un papel central en sus vidas. Incluso estaría de
acuerdo en defender que ciertos grupos de moteros declaran que las motos les
aportan diversión, medios de auto-expresión y sensaciones de libertad. Pero no
puedo estar de acuerdo en esencializar este discurso
y en justificarlo.
Para Maxwell ‘los
que aman las motos’ (o sea, él) conducen porque es divertido y hasta ‘los niños
intuitivamente lo saben’, ya que las sensaciones que se obtienen son similares
a las de la conducción de bicis, lo cual se ve reforzado por su observación de
que los niños corren automáticamente al parabrisas trasero del coche cuando una
moto va a pasar el coche en el que viajan. Los niños saben lo divertido que son
las motos y las aman –como queda demostrado por el hecho de mirar por la
ventana trasera del coche- no sólo por observación de las veloces motos (que
cuando viajan en el coche de sus papas por las carreteras del primer mundo) que
les pasan, sino porque todos los niños tienen bicicleta y montan en ella y se
lo pasan muy bien con ellas porque sólo la utilizan para divertirse. Y es que
los niños si que saben divertirse. Esta extraña asociación entre inocencia
infantil y placer, es uno de los mundos simbólicos en los que gira el mundo de
la moto. Frecuentemente, los moteros se hacen abanderados de la diversión, de
la bacanal y del desenfreno. Las motos son jóvenes, y en un mundo donde la
juventud se ha convertido en una exigencia, las motos sirven a fines de
identificación con esta juventud.
Con estas
afirmaciones, Maxwell, esta negando tener que auto-explicarse y está
demostrando su sorpresa ante ‘los que no aman las motos’ que parecen no
comprender a los moteros, demostrando así no sólo su identificación con estas
explicaciones, sino que parece erigirse en representante y abanderado de la
lucha por la causa de los moteros incomprendidos. Al afirmar que ‘hasta los
niños lo saben’, está sibilínamente infantilizando a
los que no comparten su amor por las motos, irracionalizándolos
cuando no negándoles la inteligencia. Lo que los niños saben, podemos inferir,
es que las motos son divertidas y que es perfectamente justificable y
éticamente legítimo amar las motos.
Tenemos así que
está afirmando su identificación con valores lúdicos que son incuestionables.
Pero que montar en moto en sí sea divertido me parece ciertamente discutible y
cuestionable. Cuando menos es discutible que sea así de una forma esencialista y apoyaría esta afirmación en mi propio trabajo de campo en el que en
varios ocasiones, viajando como pasajero en moto, tenía el convencimiento de
que iba a morir en vista de la conducción temeraria del piloto. No sé si morir
es divertido, pero yo no lo he experimentado así. Sin embargo, mi amigo y
piloto con el que viajé estaba experimentando sensaciones placenteras. Se puede
argumentar que las sensaciones que se experimentan como ‘paquete’ son muy
diferentes que las que se experimenta cuando es uno el que conduce, pero llevo
más de nueve años montando en moto y no encuentro nada que me diga que conducir
motos sea divertido en sí, además de que abría que analizar cómo esta
hipotética diversión motiva o no, a seguir conduciendo motos. Depende de para
quién, cuándo se utilicen, en qué condiciones de uso. En la conducción de motos
no reside ninguna esencia o ethos que las haga
atractivas universalmente. Y es a partir de la observación de que la mayor
parte de moteros son hombres desde la que parto para afirmar que este gusto
masculino por las motos y la velocidad, forma parte de formas de identificación
y construcción de masculinidades hegemónicas heterosexistas.
En todo caso hay cientos de actividades humanas que son atractivas, divertidas
y en las que no se asumen tantos riesgos. Con lo que el autor no está
explicando: 1º ¿Quiénes son los motociclistas (Si es que se puede dar una
respuesta sencilla a la pregunta)?, 2º ¿Qué hacen estos grupos y cual es la
base de su identificación como comunidad? 3º ¿Por qué estos grupos humanos
desarrollan actividades entorno a las motos y no entorno a otras actividades
humanas –en su caso-?
No me he detenido
aquí sobre las otras dos razones que aduce, que serían las posibilidades de
expresión personal que dan las motos y las sensaciones de libertad. Pero si
quería retomar aquí brevemente una serie de reflexiones al hilo del libro
‘Classic Motorcycles’ de Gary
Johnstone. Existe una tensión básica entre los
conductores de diferentes vehículos: motos, coches, camiones y autobuses.
Maxwell señala la tensión básica entre coches y motos. Gary
Johnstone señala como en diferentes momentos
históricos coches y motos han cumplido funciones diferentes y han entrado en
conflicto en distintos momentos. Me refiero básicamente a una lucha de
intereses comerciales y a unas políticas que han beneficiado la expansión de
medios de transporte impulsados por motores de explosión con combustibles
fósiles. Gary Johnstone
señala que a comienzos de siglo, ante una necesidad de medios de transporte
baratos se solía a recurrir a la motocicleta, pero como la revolución
‘Fordista’ unido a políticas de familiarización hicieron que el mercado del
transporte privado fuera copado por nuevos vehículos que ofrecían una serie de
comodidades superiores y a un precio comparativamente mejor. Esto hizo que en
los EE.UU. y específicamente tras las dos grandes
guerras la mayoría de las marcas y fabricantes de motos se hundieran y ‘Indian’
y ‘Harley-Davidson’ quedaran como únicas supervivientes, pereciendo
posteriormente ‘Indian’. En Europa, específicamente en Italia, las necesidades
de transporte económico tras la segunda guerra mundial, llevaron a la
reconversión de la industria militar en industria civil y a la creación de un
nuevo tipo de motos: los scooters. Innocenti y Piaggio liderarían la
producción de motos, que de nuevo eran protagonistas como medio básico de
transporte. Sin embargo en el otro lado del Atlántico las motos sobrevivieron
como objetos de culto y lujo. Especialmente Harley Davidson sobrevivió por un control de proveedores férreo y
una política comercial agresiva. Ellos construyeron su propia imagen mítica y
legendaria, pero Harley-Davidson
es un invento de postguerra, mecánicamente son
máquinas de calidad muy pobre y no aportaron gran cosa en cuanto a innovación
técnica o tecnológica, pero han sobrevivido gracias al glamour con el que han
rodeado a la moto, y eso se ha incorporado históricamente en formas de
comprender la moto que son más lúdicas y cargadas simbólicamente que en otros
lugares del mundo. Pero para Maxwell la forma lúdica de entender la conducción
de motocicletas tiene un claro responsable-culpable: los medios de comunicación
y los periodistas. Cito aquí uno de sus parágrafos:
‘(...)En los EE.UU., sin embargo, las
motos no son percibidas de esta forma tan utilitaria. (...) Además la
redefinición de las motos con otras cosa que lo que históricamente han sido se
vincula con el encumbramiento de los coches como el medio preferido de
transporte en la cultura americana. La fuente de la redefinición ya ha sido
señalada en otro lugar de este ensayo, son los medios de comunicación.’
(p.291). [38][38]
Podíamos colocar
el coche dentro de esta tensión como el triunfador por el espacio situado al
medio de transporte predilecto y la moto como el medio que en cierta manera se
ha retirado a un medio de culto y sobre el que se han construido estilos
juveniles, valores y hasta una serie de redes y comunidades. Pero este fenómeno
no es exclusivo de las motos, sino de cientos de actividades humanas y en el
mundo de los coches también podemos observar pasiones por marcas, por modelos,
por coches antiguos, por la velocidad. Gran parte de los análisis que presento
sobre los comportamientos de riesgo y las motos serían aplicables a ciertos
ámbitos del automovilismo, pero la diferencia básica estriba en que estos
círculos son minoritarios en comparación con la moto. ¿Por qué defender que los
motociclistas constituyen una comunidad? Para Maxwell los enemigos parecen
situarse en las filas de los automovilistas que estigmatizan a los moteros y
que además prácticamente los ‘asesinan’. Pero ambos medios de transporte, son
básicamente esto, y no deberíamos olvidar otros medios como camiones,
furgonetas, autobuses y las tensiones generadas en las carreteras, aunque estos
medios no suelen competir en el mismo terreno que sería el mercado del
transporte privado de personas. Motos: medios de transporte o estilo de vida.
Coches: medios de transporte o estilo de vida.... depende de para quién, cuándo... .Pero para dar respuesta a estas preguntas deberíamos
atenernos a la historia y la construcción intersubjetiva
de significados en un proceso social e histórico. Los trazos históricos que el
autor presenta son escasos y nunca coherentes.
Caracterizaría las ideas de Maxwell como socio-céntricas,
racistas y sexistas. Con esto no quiero hacerme participe del acríticismo satanizador. Pero
creo que es necesario señalar como a través de sus omisiones se construye una
imagen que responde a una política de integración del motero, que el autor
representa, en la imagen decente de la sociedad
WASP (Blanca, anglosajona, protestante) norteamericana. En cierta manera
se lamenta de la visión generalizada de las motos como simples medios de
transporte, objetos simplemente útiles. Cita como ejemplo el masivo uso de
motos de baja cilindrada en los países del Tercer Mundo[39][39]. Pero no
solo eso, sino que se asombra de que ‘incluso en Londres’ las motos sean
utilizadas como taxis y sean el vehículo favorito de las mensajerías.[40][40] Opone a
la imagen del motero solitario y fuera de la ley, la de felices parejas de
clase media que viajan por la red inter-estatal de
autopistas, imagen que tengo la intuición representa la práctica habitual del
autor. Por otro lado dedica algunas líneas a la discriminación de género y la
discriminación racial dentro del mundo de los moteros pero magnifica la
existencia de grupos de mujeres moteras y de grupos de moteros afro-americanos,
mistificando su aceptación por parte del grupo mayoritario, y sitúa a estos
subgrupos como minorías integradas y no en conflicto con el grupo mayoritario.
Casi los presenta como supervivencia ritualizadas de una situación que parece
haber desaparecido y que se sustentas en dinámicas e inercias que parecen estar
desfasadas temporalmente. Al intentar explicar los cambios ideológicos dentro
de los grupos de moteros, en lugar de enfatizar los nuevos procesos de
discriminación y reproducción de sistemas de opresión, desproblematiza
éstos para vender una imagen normalizante de los
moteros. Sus datos sobre Estados Unidos le parecen magníficos, dado el cambio
desde un 1% de propietarias de motos en 1960 a un 8% en 1990. Este cambio
parece ir acompañado, según sus propios datos, por una elevadísima posición
social de estas mujeres (con una media de $57.300 de ingreso medio anual,
frente a los $28.900 dólares de la población general y los
$33.200 de media de los y las moteras en su conjunto). Lo cual muestra que para
un nivel de ingresos similar las mujeres no compran motos en igual medida que
los hombres o puede que implique que solo mujeres con elevado nivel de ingresos
e independencia económica, quizá con una mentalidad ‘masculinizada’ compran
motos. En cualquier caso magnifica el hecho de la aparición de una organización
propia de mujeres (WOW) como demostración de la falsa incorporación de la mujer
al mundo de las motos. El autor incluso se asombra del incremento de mujeres
propietarias de motos señalando como el AMA organizó en 1997 un Congreso Inter-estatal, el ‘Women & Motorcycling
National conference’[41][41]. Pero lo
más paternalista es su forma de referirse a la incorporación de las mujeres al
mundo de las motos como propietarias unida a la otra imagen que para el autor
parece mostrarse como la imagen de la decencia y la respetabilidad de los
moteros. Las confronto aquí:
‘Las mujeres en número
creciente están comprando y conduciendo sus propias motos, y lo están
haciendo con el apoyo y aliento de los hombres.’[42][42]
‘Incluso la simple observación
de aquellos que conducen, por ejemplo, de las múltiples parejas con cascos a
juego que conducen grandes motos de viaje por la red interestatal de
autopistas, sugiere que alguna gente que conduce no son los moteros fuera de la
ley’. (p.265) [43][43].
Las mujeres
¿propietarias o paquetes, parejas de los moteros?. La
realidad es que las mujeres siempre han estado presentes en el mundo de las
motos como acompañantes, casi como un complemento necesario de la moto, como
otro objeto de consumo ostentoso añadido a la moto. Que algunas mujeres decidan
comprar motos no creo que tenga mucho que ver con el apoyo y el aliento de los
moteros como si éstos estuvieran muy preocupados por la igualdad y la
discriminación de las mujeres o fuese su aliento tan importante e
imprescindible para que las mujeres compren motos. Las mujeres que he conocido
que tenían moto en cualquier caso nunca conducían motos de gran cilindrada o de
tipo más deportivo. Eso sí, las parejas viajando en grandes motos turismo con
casco y equipación a juego ofrecen una imagen muy
respetable.
Cuando enfoca la
cuestión de las minorías dentro del mundo de los moteros el autor desvía la
atención situando el problema en una simple cuestión de afirmación de
diferencias, y en la creación de subcomunidades
basadas en experiencias compartidas, descargando estas diferencias de cualquier
tipo de significado político conflictivo[44][44]. Jamas trata seriamente el sexismo en el mundo de las motos
y de hecho lo sitúa como un problema marginal para las mujeres moteras frente a
sus problemas principales y sus experiencias comunes que se suponen son las que
las unifican como subgrupo y que radican en que las motos no fueron diseñadas
para ellas y en la escasez de accesorios y trajes específicos para sus
necesidades, ya que las mujeres tienen, para el autor, unas medidas más
pequeñas[45][45]: ‘En los rallies de
mujeres, por ejemplo, una experiencia común (además del sexismo) radica en el
hecho de que las mujeres tienen necesidades especiales de equipamiento que
difieren de aquellas de los hombres. Trajes protectores de su talla, o el
tamaño de las motos en sí en relación a la altura de los asientos que son
demasiado altos, son dos ejemplos.’ (p.282)
En primer lugar
las motos en general, según mi experiencia, y con excepción de las motos trail, están diseñadas para gente de baja altura, el peso
se gestiona con un buen equilibrio no con muchos músculos, y no se puede
afirmar que la altura y los cuerpos de las mujeres sean un problema. En
cualquier caso señala con absoluta claridad como el mundo de las motos es un
mundo masculino y diseñado para los hombres y en el que las mujeres no suelen
estar a gusto al ser androcéntrico cuando no sexista
o directamente misógino. Decir que el
problema que las mujeres tienen en el mundo de la moto es su tamaño es una
tomadura de pelo, pero Maxwell insiste: ‘Estos
son temas significativos ya que afectan directamente a la habilidad de las
mujeres para engancharse al motociclismo’ (p.295)[46][46]
Quizá el problema
sea el tamaño de los hombres y que las motos están diseñados
para ellos. En cualquier caso, ese no es el problema... el tamaño de las
mujeres es idóneo para la conducción de motos. Es más, incluso yo personalmente
he tenido problemas con algunas motos por ser demasiado alto para algunos de
los modelos de los que he sido propietario.
Recapitulando, A.Maxwell magnifica la presencia de mujeres moteras, ya que
la forma más común de uso de motos por mujeres es como pasajero, pero no
desarrolla este tema, y sus dos únicas menciones son la de la idílica pareja
viajando a través del país, o una actitud de asombro sobre que las mujeres
puedan comprar sus propias motos. Seguido a este asombro, un tufillo
paternalista aparece al señalar que, además, las mujeres están comprando motos
con el aliento y apoyo de los hombres, como si este apoyo fuese también algo
extraordinario. Con todo esto delata dos realidades fundamentales: que la
presencia de mujeres en el mundo de las motos como legitimas moteras y
propietarias sigue siendo casi pintoresca y accidental, y por otro lado, con
este movimiento me parece que esta ocultando la realidad de que las motos sigue
siendo un mundo de virilidad y no un mundo de solidaridad y no-sexismo hacia
las mujeres como parece mostrar, por ejemplo, al señalar que la razón de las
dificultades de las moteras con el tamaño de las motos están en que cultural e
históricamente, y vinculado a las compañías de motos, no era considerado como propio de las mujeres
que condujeran sus propias motos. Pero jamás hace referencia a la entrada de
las mujeres como consecuencia de una lucha política de las mujeres contra su
subordinación.
En el apartado que
dedica a repasar las estereotipadas imágenes ofrecidas por los medios de comunicación
de masas hace una referencia al artículo de la revista ‘New Yorker’,
‘An American Attitude’[47][47]. La
pregunta central del artículo gira entorno a quienes son los moteros de hoy,
pero según A.Maxwell, el artículo va acompañado de un
reportaje fotográfico con imágenes de moteros barrigudos y barbudos, llenos de
tatuajes y vestidos de cuero y tela vaquera, con motes, enormes egos y
actitudes agresivas. Esta imagen no hace justicia al motero medio que él
representa, y se queja de la imagen sexista que se muestra de los moteros al
identificarles con estos ‘bad boys’, grupo en el que,
según el mismo enfatiza: ‘las mujeres son relegadas al asiento de atrás, una
posición descrita como ‘conducir putas’.’ Lo que A. Maxwell no señala es que si
bien esta imagen corresponde a ciertos grupos y no al colectivo general de los
moteros, es una imagen que responde a una realidad muy extendida cuando menos
en los EE.UU. Un análisis muy somero que realicé
sobre la revista virtual ‘Motorcycle On line’ y sobre la página web del
vendedor de motos Harley Davison,
Billy Bartels, revela el
altísimo grado de objetualización sexual que se hace
de las mujeres, y actitudes más que misóginas y despreciativas hacia con las
mujeres. Y en estos casos no sólo se trata de grupos identificados con la
ideología ‘bad boy’, sino una revista que muestra información sobre todo tipo
de motos. Y esta es una realidad ineludible. Los rallies
que Maxwell cita como rituales de creación de comunidad están fotografiados y
mostrados en esta revista, y lo visible en los reportajes, por ejemplo, de la
concentración de Daytona es una exaltación de
erotismo androcéntrico, de poder económico, de
misoginia, de ultranacionalismo americano, de
militarismo en casos.
Por ejemplo,
en un reportaje comparativo sobre los modelos: Buell
S1, White Lightning, Triumph T509 Speed Triple y Ducati M900 Monster, denominado
‘Open Bikini Shootout’, encontramos una apartado
denominado ‘Tías, repúdialas’[48][48],
acompañado de fotos de tetas, imágenes mostrando la
temeridad y destreza de los conductores que probaron las motos y una imagen del
casco de uno de los redactores del artículo con una pegatina donde reza el
mismo lema, ‘Tías, repúdialas’. Otro ejemplo serían los reportajes fotográficos
sobre eventos del mundo de la moto que recoge la misma revista dentro de su
apartado ‘Galería de pibas’[49][49] y su
vinculo superior ‘Archivos multimedia’. El reportaje fotográfico sobre la
‘Semana de Daytona, 1999’ merece un análisis aparte.
Los redactores de la revista están sobre aviso sobre su abierto sexismo pero en
lugar de considerar las quejas que parecen les han llegado -según declaran, la
abrumadora mayoría provenientes de otros varones- toman una actitud de
enfrentamiento y atrincheramiento, usando de la mofa y la ironía para reírse
desde su posición de las acusaciones vertidas sobre ellos. De hecho, en esta
misma página web establecen un ‘link’ para los
descontentos que lleva directamente a la página web
de la NOW (National Organisation
of Women), una de las más
importantes
federaciones feministas de los EE.UU. De esta forma
niegan toda legitimidad a estas acusaciones, lo que indica la posición de poder
en la que se encuentran y su descarado uso del poder para reificar
su sexismo[50][50].
Simplemente quería señalar como otro ejemplo del sexismo en el mundo de la
moto, y no sólo en lo que Maxwell caracteriza como grupos ‘antisociales’, una
de las imágenes del reportaje en la que aparece una imagen de dos mujeres en
bikini tumbadas en la parte de atrás de un ‘truck’, tomando el sol y cuyo pie
de página dice: ‘Los perros aman las camionetas’[51][51].
Otro ejemplo de la
exaltación de la virilidad identificada con el riesgo y las motos sería otra
imagen del mismo reportaje en la que aparece un motero con una camiseta donde
reza el lema ‘Sin caídas, no hay cojones’, junto al famoso Erik
Buell en Daytona 1999.[52][52]
Con esta larga
argumentación no pretendo identificar a A.Maxwell con
los contenidos e ideología de la citada revista virtual sino que pretendo
mostrar como el sexismo es una realidad omnipresente en todo el espectro del
mundo de la moto y no como pretende Maxwell, una imagen estereotipada y
construida por los medios de comunicación sobre la base de una desafortunada
minoría de moteros ‘bad boys’.
Considerando
que los moteros parecen estar “tarados” lidiando con el riesgo como lo hacen,
mientras que Maxwell dibuja una teoría en las que valientes moteros luchan
contra una sociedad que los estigmatiza y discrimina, yo sitúo la lucha entre
el sentido común de los moteros y las motivaciones internalizadas
y vinculadas a modelos de masculinidad hegemónica. En este sentido, Maxwell
construye una teoría de los moteros muy similar a aquellas de las comunidades
gay y lesbiana. Los moteros comparten un ‘ethos’, una experiencia común que es
incomprendida por la sociedad. Entonces son los estereotipos difundidos por los
medios de comunicación los que provocan la discriminación. Esta injusta
discriminación, en mi opinión, no es comparable como la discriminación por
preferencia sexual o la discriminación de género o la discriminación étnica.
Incluso su defensa de un ‘ethos’ común a los moteros considero que es una
mistificación. Apoyo la idea de que para la mayoría de los moteros, conducir es
más que un simple medio de transporte y que puede constituir un estilo de vida,
pero para muchos moteros la moto no es su elemento central de identificación en
su vida. Mientras Maxwell defiende que las motos son un estilo de vida y no un
medio de transporte, para mí las motos son ambas cosas y dependerá de personas,
entornos, grupos, etc, en el nivel de implicación que
se tenga y como se interprete la participación en este ‘mundo’. Por supuesto
los moteros no están locos, pero las razones para conducir son diversas y no
existe un ‘ethos’ místico-trascendental que unifique a los moteros. Lo que es
más, los moteros como actores sociales no son siempre plenamente conscientes
sobre las constricciones sociales y sus presupuestos e ideología. Y hoy por
hoy, conducir moto constituye una actividad masculina.
Atendiendo a la
estrategia discursiva y el mensaje A.Maxwell, en
primer lugar, se dirige en exclusividad a una audiencia americana. El lenguaje
resulta inexacto y coloquial, y en este sentido parece mas
un texto divulgativo o político que un ensayo antropológico. El argumento es
explícito, y para mi este es el centro del articulo,
se dirige a una audiencia general y norteamericana: intenta convencer al
americano medio de que el motero es un igual, es otro americano medio[53][53]. Los
moteros siempre estuvieron ahí y nunca fueron antisociales sino que se
identifican con su sociedad y sus valores. Esto puede ser discutible pero de su
texto se extrae que lo central es que él es ese motero americano que él intenta
presentar como el motero medio americano. Y defendiendo la respetabilidad de
ese motero parece estar defendiendo sus propias identificaciones en lugar de problematizarlas. Se centra así exclusivamente en los
elementos cohesivos de la comunidad de moteros frente a una sociedad que los/le
estigmatiza injustamente. En ciertos parágrafos los moteros parecen ser gente
superior a la media, solidarios e integradores, casi unos héroes incomprendidos
del siglo XX e injustamente marginados, gente preocupada de construir una
comunidad con la que resistir la fragmentación e individualismo de los procesos
globales de reestructuración del capital. En este sentido magnifica y mistifica
a estos grupos sociales y redes.
Este enfoque que
enfatiza el sentido de comunidad puede tener su explicación atendiendo a los
avatares de la vida académica. Este articulo fue presentado en el XCIV
Encuentro Anual de la Asociación Americana de Antropología, que aquel año
(1995) tenía como título ‘Constructing Identity and Community in Post-Industrial North América’. El propio autor reconoce que está basado en
su trabajo de campo durante el verano de 1994[54][54]. Con
estos precedentes y con mi experiencia de asistencia a Congresos Científicos,
no resulta difícil imaginar que el autor hizo juegos malabares para encajar un
trabajo escaso y provisional en el tema de ese año. Sería lo que coloquialmente
llamaría, una comunicación metida ‘con calzador’ en un Congreso. Práctica
bastante habitual en el mundo académico y que se hace necesaria con el fin de
publicar para engrosar el curriculum vitae. En ese sentido su introducción al concepto de
comunidad y su énfasis en defender el mundo de los moteros americanos como una
comunidad cohesiva resulta insultantes y mistificante.
El cuadro general que pinta sobre esta comunidad responde a las más clásicas teorizaciones sobre las comunidades gays,
lesbianas americanas. Sitúa a la comunidad motera como un grupo marginado y
discriminado socialmente y hace todo el repaso del catálogo de conceptos
creados y/o utilizados en los estudios lésbicos y gays
(estereotipo, prejuicio, estigma, comunidad como respuesta colectiva al
estigma) en una asimilación que me parece cuando menos peligrosa y falsable.
A.Maxwell irónicamente maneja con gran habilidad los códigos sociales de manera que es consciente sobre la audiencia a la que se está dirigiendo y qué mensaje quiere trasmitir a esa audiencia. De esta forma elige una serie de códigos que enfatizan la unidad sobre la base del nacionalismo americano y sobre una vivencia de discriminación. Pero el autor se delata a sí mismo en sus objetivos políticos y sus estrategias retóricas, ya que no parece prestar atención a aspectos de autorreflexividad y epistemología. Con todo ello, al pretender romper con los estereotipos que provienen del cuerpo general de la sociedad, no solo no resulta convincente sino que hace patente como él mismo autor no ha podido alcanzar una comprensión profunda, pues no ha superado sus propios estereotipos –en este caso identificados con la comunidad estudiada, y ni siquiera con toda ella sino con el tipo de motero que él representa. El autor hace una exposición interna sobre el mundo de los moteros, exposición que esta sesgada por su personal vivencia de este mundo y su compromiso con cierto sector del mundo de la moto. En este sentido queda patente que Andrew Maxwell es un profesor universitario, blanco, de mediana edad, americano. Esto no tiene nada negativo si el autor mantuviese una posición más autoreflexiva. Su principal error esta en tener precisamente esa visión interna no crítica. Sus tesis fundamentales se contradicen cuando se hace una lectura desde otro lugar del mundo que es el de un antropólogo que ha sido motero por nueve años, español, más joven, en una situación socio-laboral de precariedad y comprometido con el feminismo.
El articulo resulta muy valioso pero solo si lo consideramos como un discurso de un motero, como un documento etnográfico en sí y no como un texto de reflexión antropológica, a pesar de que el autor es un profesor de antropología y que su texto tiene puntos acertados.
Desde
un punto de vista hermenéutico o interpretacionista,
podríamos afirmar que en la actualidad los
antropólogos dan cuenta de sus observaciones. No se limitan a narrar textos
meramente culturales, sujetos a interpretación, sino que escriben, hacen
textos. Desde el siglo XVIII la ciencia occidental ha excluido ciertos aspectos
significativos y definitorios: la retórica (en nombre de la explicación
clara, trasparente); la ficción (en nombre
del valor de los hechos en sí); y la subjetividad (en nombre de la
objetividad). Y estas cualidades, al quedar relegadas por la ciencia, pasaron
a formar la categoría de lo literario. Geertz en
"El antropólogo como autor" muestra como no es cierto que la
antropología clásica haya estado exenta de estas características literarias
mostrando como el estilo del autor deja patente tanto la intención práctica del
autor, como el aporte de su subjetividad y como construyen la ficción del
relato etnográfico (lo que no quiera decir que estos autores estuvieran
manipulando su relato intencionalmente). En este sentido gran parte de la
antropología puede ser tildada de ‘colonialista’ en el sentido de que la
construcción teórica sobre alteridades ha servido a propósitos de
autodefinición normalizadora y exotización
del otro. Bien sea por los límites de las metodologías holísiticas
de trabajo de campo, por las presiones de la academia antropológica, o por los
ideales mesiánicos y aventureros de antropólogos y antropólogas concretas, la
antropología ha manifestado su preferencia por agregados sociales situados en
países del Tercer Mundo, o por agregados del Primer Mundo que se caracterizaban
por su marginalidad y atraso (ya sea contraponiendo el folklore y las
tradiciones de entornos rurales, ya sea estudiando grupos subordinados).
Atendiendo a estos agregados ha atendido los aspectos tradicionales en
desaparición y ha sobre-estimado en muchos casos la cohesión social. Cierta
estrategia retórica básica consistía en traducir lo exótico de las formas de
vida de estos agregados sociales a los términos de la sociedad ‘normal’ de
referencia, para acentuar la racionalidad del otro y la irracionalidad propia.
Esta ha sido una interpretación del relativismo cultural. Y esta me parece que
es en cierta manera la forma en que Andrew Maxwell
nos quiere presentar a las redes de conductores de motos. Pero al pretender
‘normalizar’ la imagen que del motero se tiene, lleva su discursividad
a extremos de mistificación.
Su
estrategia retórica combina elementos ‘normalizadores’ que pasan por la
acentuación de los elementos comunes que comparten estas redes con el grueso
social, y una retórica que exalta lo positivo y superior de la especificidad de
los moteros, y que Maxwell lo sitúa en la capacidad superior de negociación de
las diferencias dentro de la comunidad, la capacidad para agruparse y las
capacidades psicológicas adquiridas por la conducción y que sitúa en la asertividad y la solidaridad intragrupal.
Por
ejemplo, tanto en política feminista o en política de liberación sexual, se ha conceptualizado profusamente sobre la dicotomía de enfoque
diferencia/similaridad, dicotomía con la que están muy familiarizados los y las antropólogos/as. En el campo
del feminismo, por ejemplo, Leonore Tieffer (Tieffer, 1995, p,187-189) señala dos tendencias en tensión: la tendencia a
la magnificación y la tendencia a la reducción al mínimo. La tendencia a la
magnificación trata de ahondar, fortalecer y tornar máxima la comunidad
femenina, poniendo de relieve la cultura de las mujeres y sus experiencias
singulares, brindando la exaltación de lo que ellas tienen en común y
postulando la rehabilitación y el respeto a la feminidad. Mientras la tendencia
a la reducción al mínimo señala que la disolución de los estereotipos genéricos
es la condición necesaria para la emancipación y que las diferencias observadas
entre los géneros no son inevitables sino que reflejan una desigualdad
estructural persistente e interiorizada. En políticas de liberación sexual se
ha teorizado sobre modelos de igualdad y políticas queer.
Frente a las teorizaciones de la comunidad gay que
han enfatizado que el dinero rosa -y la creación de barrios y mercados de
consumo gay- llevaría a la consecución de la influencia y el poder necesario
para conseguir las reformas, la política queer ha
enfatizado que el mercado gai es funcional al régimen
político, normativo y excluyente de la heterosexualidad sexista y homófoba, ya
que se articula como gestor efectivo de la exclusión sexual (Andrade y Centeno,
1997, p.133-134). Las políticas gay de la igualdad enfatizarían los elementos
comunes y normalizadores, ocultando lo que
precisamente les constituye en diferentes, esto es su sexualidad proscrita. En
este sentido, la política queer no sólo enfatizaría
los elementos diferenciadores luchando por la visibilidad de su sexualidad,
sino que pretendería romper con las categorizaciones heterosexisto-céntricas
que plantean la dicotomía hetero-homo. Las políticas
de la ‘igualdad’ reducirían al mínimo la visibilidad de los elementos más
socialmente sancionados, mientras que enfatizaría todo aquello que convierte a
los y las homosexuales en iguales (ciudadanos, trabajadores,...); mientras que
la política queer atacaría radicalmente las
definiciones sociales sobre la homosexualidad con una política agresiva de
afirmación de la diferencia.
Esta
injusta y somera introducción a las teorías de la diferencia y la igualdad, me
sirve para explicar la retórica de Andrew Maxwell. Por
un lado su estrategia busca la minimización de los aspectos más proscritos, de
los estereotipos e ideas que promueven el rechazo social, mostrando una imagen
aceptable y decente de los motociclistas, y al mismo tiempo magnifica los
elementos heroicos y positivos de esta comunidad. Por una lado enfatiza el
americanismo (el motociclista es una americano como todos), el familismo burgués (la imagen de las felices parejas
viajando por la red interestatal de carreteras), la identificación como
trabajadores con un alto nivel de ingresos; y al mismo tiempo, propone la
excelencia de su comunidad (su solidaridad interna y su apertura mental en
cuanto a la negociación de las diferencias, las cualidades de la conducción
como adaptación al capitalismo de final de siglo –liberación del estrés de la
vida cotidiana, comunidad que lucha contra la fragmentación social-).
Construye
así un relato de victimismo y mesianismo. Pero ni los
motociclistas son seres marginales ni discriminados, ni los motociclistas
tienen unas cualidades excelentes y superiores a los de la sociedad en general.
Ni el mal está situado en los medios de comunicación y los periodistas que
difaman, ni en el enemigo de los moteros es el
capitalismo de final de siglo; ni el bien puede estar representado en
una supuesta comunidad incomprendida y contracorriente, en una comunidad casi
‘profética’. Maxwell utiliza estrategias discursivas tomadas prestadas de otros
movimientos sociales que en mi opinión sí tienen la legitimidad moral para
defender que son discriminados. Y no sólo utiliza estas estrategias discursivas
sino que además utiliza al mismo tiempo ambas estrategias -minimalista y
maximalista- para proclamar una excelencia muy discutible. Sus proclamas de
solidaridad y de cómo se negocian y superan las diferencias son patéticas y
como ya he argumentado rezuman xenofobia, clasismo,
sexismo y racismo. Sus argumentos sobre el ‘ethos’ motociclista rezuman esencialismo impropio de
un antropólogo, y su defensa de las motivaciones que llevan a conducir motos rozan
una ingenuidad teórica (conducir motos es divertido, es un medio ideal de
auto-expresión, etc) en la que nada es argumentado y
se auto-justifica en la sola afirmación de sus ideas.
Sus
generalizaciones son muy bastas y su texto es una clara defensa de los
motociclistas, casi como una ‘etnia’, y ni siquiera es una defensa de todos los
motociclistas sino de los motociclistas tal y como él los entiende, esto es su
imagen del motociclista decente y honorable, que tiene suficientemente
interiorizado ese ‘ethos’ esencial, que dispone de trabajo y de una moto de
gran cilindrada que sólo utiliza para hacer viajes de placer. Con esta
ideología deberíamos estar preparados para la creación de tribunales sobre
quién es merecedor del calificativo de motero y quién no merece tan alto honor.
La raza motociclista parece elegida por Dios para llevar la verdad a los
pecadores, que ni vemos esa comunidad, ni vemos esa marginación, y que no
concebimos el uso de moto como él. Las motos en primer lugar son medios de transporte,
y posteriormente son vehículos que son utilizados siguiendo unos patrones de
estilos de vida que responden a la reproducción social, con todas sus
perversidades y desigualdades. La conducción de motos puede ser divertida o
aterradora, las motos pueden servir para identificarse o simplemente para
transportarse. El significado que se dé a estas acciones dependerá de una
negociación social sobre el significado y habrá que atender a redes, grupos e
individuos concretos.
Entender
las lógicas culturales que subyacen al uso actual de motos es una labor de
hermenéutica histórico-social, en la que se convierte en central las categorías
de status social y de género. Y es todavía una labor a realizar.
ANEXO.1.
EN TU AMBIENTE LO MÁS COMÚN
ES QUE:
|
Sexo |
Edad |
Actividad |
|
|||||||||||||
|
|
Total |
Chicos |
Chicas |
£18 |
19/21 |
22/25 |
Activos |
Inactivos |
|
|||||||
|
TOTAL |
1503 |
748 |
755 |
568 |
400 |
535 |
575 |
928 |
|
|||||||
|
SUELEN TENER COCHE O DISPONEN ANTES
DE ÉL... (Respuesta múltiple). |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
95.1 |
97.3 |
92.8 |
97.2 |
93.8 |
93.8 |
95.0 |
95.2 |
|
|||||||
|
Chicas |
7.2 |
4.3 |
10.1 |
4.4 |
7.5 |
9.9 |
8.0 |
6.7 |
|
|||||||
|
Ambos |
2.8 |
1.9 |
3.7 |
2.1 |
2.1 |
4.1 |
3.2 |
2.7 |
|
|||||||
|
NS/NC |
0.5 |
0.3 |
0.8 |
0.5 |
0.8 |
0.4 |
0.2 |
0.8 |
|
|||||||
|
COMIENZAN
A CONDUCIR ANTES (Respuesta múltiple) |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
95.5 |
97.9 |
93.2 |
96.3 |
93.8 |
96.1 |
95.7 |
95.5 |
|
|||||||
|
Chicas |
6.9 |
3.3 |
10.3 |
5.1 |
7.8 |
8.0 |
7.3 |
6.6 |
|
|||||||
|
Ambos |
2.9 |
1.6 |
4.2 |
1.9 |
2.1 |
4.7 |
3.2 |
2.9 |
|
|||||||
|
NS/NC |
0.5 |
0.4 |
0.7 |
0.5 |
0.5 |
0.6 |
0.2 |
0.8 |
|
|||||||
|
LOS PADRES
DEJAN SU COCHE A... (Respuesta múltiple) |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
91.6 |
93.7 |
89.5 |
92.8 |
90.8 |
91.0 |
93.6 |
90.4 |
|
|||||||
|
Chicas |
11.3 |
8.7 |
13.9 |
9.1 |
11.8 |
13.3 |
11.1 |
11.4 |
|
|||||||
|
Ambos |
3.9 |
2.9 |
4.9 |
2.3 |
4.1 |
5.6 |
5 |
3.2 |
|
|||||||
|
NS/NC |
1.0 |
0.5 |
1.5 |
0.4 |
1.5 |
1.3 |
0.3 |
1.4 |
|
|||||||
|
TIENEN
MAYOR EMPEÑO EN TENER MOTO (Respuesta múltiple) |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
92.1 |
92.5 |
91.7 |
90.0 |
92.8 |
93.8 |
91.8 |
92.2 |
|
|||||||
|
Chicas |
9.6 |
9.0 |
10.2 |
11.6 |
8.3 |
8.4 |
11.3 |
8.5 |
|
|||||||
|
Ambos |
2.2 |
2 |
2.3 |
2 |
1.6 |
2.8 |
3.4 |
1.2 |
|
|||||||
|
NS/NC |
0.5 |
0.5 |
0.4 |
0.4 |
0.5 |
0.6 |
0.3 |
0.5 |
|
|||||||
|
LA
VELOCIDAD ES UNA SENSACION QUE ATRAE MAS A
(Respuesta múltiple) |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
95.3 |
96.5 |
94.0 |
94.4 |
96.8 |
95.1 |
96.5 |
94.5 |
|
|||||||
|
Chicas |
8.1 |
6.7 |
9.4 |
8.8 |
7.3 |
7.9 |
7.5 |
8.4 |
|
|||||||
|
Ambos |
3.7 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||
|
NS/NC |
0.3 |
0.1 |
0.4 |
0.0 |
0.0 |
0.7 |
0.2 |
0.3 |
|
|||||||
|
LOS PADRES
ESTAN DISPUESTOS A COMPRAR UNA MOTO (Respuesta múltiple) |
|
|||||||||||||||
|
Chicos |
90.8 |
90.1 |
91.4 |
90.5 |
89.3 |
92.1 |
91.3 |
90.4 |
|
|||||||
|
Chicas |
11.0 |
10.8 |
11.1 |
11.3 |
12.5 |
9.5 |
11.1 |
10.9 |
|
|||||||
|
Ambos |
3.1 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||
|
NS/NC |
1.3 |
1.6 |
1.1 |
0.9 |
1.3 |
1.9 |
1.4 |
1.3 |
|
|||||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
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559 Nathan Abbot Way, Stanford, California 94305,
USA.
[1][1] Declaraciones de informantes
miembros del club motociclista de la Universidad de Kent,
Canterbury, Inglaterra. Dentro de proyecto
fotográfico ‘Motos, hombres y riesgo’. Curso ‘Antropología Visual’. UKC.
[2][2] Ortega, Félix. 1993.
[3][3] Luis Bonino Méndez, 1994, p. 24-26.
[4][4] >From a biker. A bird told me you want to interview us, or
something. I'm probably willing, unless it is dodgy. (E-mail, 27 de
febrero, enviado por G.R.). ‘De una motera. Una chavala me
ha dicho que quieres entrevistarnos, o algo así. Estaría dispuesta siempre que
no sea turbio.’
[5][5] Titulo del libro de Stanley Cohen.
[6][6] Ver bibliografía.
[7][7]
Ver L. Bonino
Méndez. (1994) Varones y
comportamientos temerarios. Revista Actualidad Psicológica, Junio, p.
24-26.
[8][8]
"Si el alcohol parece haber dejado de ser, al menos exclusivamente,
"cosa de hombres", otros productos y valores consumísticos
emergen como típicamente definidores de la masculinidad de nuestro tiempo. Se
trata de coches, motos y el gusto por la velocidad. Todos los indicadores de
que disponemos al respecto son abrumadoramente concluyentes. Según respuesta de
los jóvenes encuestados, en una mayoría casi unánime (siempre por encima del
90%), todo lo relacionado con la conducción subyuga a ellos y parece que poco a
ellas. Así, la pasión por conducir atrae más a los chicos, razón por la cual
empiezan a conducir antes, disponen prontamente de coche (suyo o dejado por los
padres), y tener moto es un deseo mayoritario prontamente satisfecho por los
padres (P.24). No es de extrañar por ello que gran parte de la mitología sobre
el sexo en la cultura de masas se construya en torno a la publicidad del
automóvil. Y esta publicidad es radicalmente conservadora: la mujer se muestra
en actitud pasiva, a la espera de ser conquistada por un hombre, que toma siempre
la iniciativa porque es quien se presupone que debe tomarla. El papel de la
mujer pertenece en este caso al mundo vebleniano del
consumo vicario. La diferencia estriba en que ahora esta condición se debe no a
la posición encumbrada del hombre, sino a algo más sutil: la naturaleza
dominadora del hombre, sea cuales fueren su status y el de la mujer." (pg.25) Félix Ortega:
(1993) "Masculino y femenino en
la identidad personal de la juventud española" en Ortega, F.: (Comp.) "La flotante identidad sexual: La construcción
del género en la vida cotidiana de la juventud". Madrid. Instituto de
Investigaciones Feministas (UCM), Dirección General de la Mujer, Comunidad
Autónoma de Madrid.
[9][9] Felix Ortega, 1993, p..
[10][10] Ver, por ejemplo, Susan Bordo, ‘Unbearable Weight. Feminism, Western Culture and the body’.
[11][11] Jeffrey Weeks. El malestar de la sexualidad. –Sexuality and its
discontents- 1985. Pp. 301-302. Ed.Talasa.
Madrid.
[12][12] Ver por ejemplo, la discusión
entre partidarios de ‘sistemas de escape ruidosos’ y partidarios del uso del
casco en Maxwell (p.285). Otro ejemplo es la página dedicada en exclusividad a
sonidos dentro del apartado de ‘Archivos multimedia’ de la revista virtual ‘Motorcycles on line’.
[13][13] ‘The
point is that the bike, and by extension its owner, will be admired’. Maxwell, p.291.
‘El punto es precisamente que la moto, y por extensión su propietario
sean admirados’.
[14][14] ‘ECF Bikini Bike Wash. Photos
and Layout By Billy
Bartels, Graphic Editor Once again Motorcycle
Online brings you the best in quality entertainment. The Bikini Bike Wash
was a fund raiser to benefit the Exceptional Children's Foundation, a
non-profit organization formed to help retarded and developmentally disabled
childeren. For information on the ECF call (310) 823-1112. Bartels'
Harley-Davidson donated the venue and the models donated their time and scooter
cleaning expertise’.
‘ECF
Bikini Bike Wash’. Fotos y textos por Billy Bartel, Una vez más, la editora gráfica ‘Motorcycle on line’ te presenta la mejor
calidad en entretenimiento. El ‘Bikini Bike Wash’ fue una acción benéfica a favor de recaudar fondos
para ‘Niños excepcionales’, una organización sin ánimo de lucro de ayuda a
niños con retraso y discapacidades en su desarrollo mental. Para más
información contactar con ECF... . Bartels
concesionario de motos Harley Davidson
donó la organización de la gala y las modelos su tiempo y pericia en el
limpiado de motos.’
[15][15]
Maxwell, 1998, p.287.
[16][16]
‘Another aspect of the stereotype is the assumption that motorcyclists are
irresponsible thrill seekers who take on too high a level of risk. In riding
motocyclists often must endure ridicule as non-motorcyclists constantly remark
that they must be crazy to ride ‘murdercycles’. Altough very few studies have
been conducted on motorcycle safety, common sense tells us that there are
risks. Motorcycles are not as safe as cars in that rider is more exposed and
vulnerable. The consequences of an accident can be more serious. Even
motorcycles acknowledge this fact.’ (p.275).
[17][17]
‘Posing, striking a posture in the case of the cruiser rider, for example, involves
the supposition of admiration. He or she assumes that someone else, often a
stranger, notices them and that notice is approving. In some instances disapproval
is equally desirable.’ (p.291)
[18][18]
‘Motorcycles, however, are not as dangerous as is commonly believed. And the
reasons for motorcycle accidents are not the ones usually expressed by the
non-riding public.’ ‘On the other hand, activities such a skiing or horseback
riding which are considered hobbies and /or sports also entails risks’
(p.288)
‘Las motos, sin embargo, no son tan peligrosas como corrientemente se
piensa. Las razones de los accidentes de moto no son las que usualmente son
expresadas por el público no-conductor de motos’. ‘Por otro lado, actividades
como el ski o montar a caballo implican también riesgos’. (p.288)
[19][19]
‘Finally, we suggest that ethnographic studies of the production of gendered
differences offers new ways of looking at ‘masculinity’ which take us beyond
the strictures imposed by continued use of a single category, ‘men’, on the one
hand, and the endless play of fragmented identities on the other. In its
hegemonic forms, masculinity privileges some people and dislocates and
disadvantages others. However, such hegemonic discourses may themselves be
dislodged over time. The shifting and contingent relation between ‘masculinity’
and ‘men’ and power becomes clear when we examine the enactment of hegemonic and subordinate masculinities in a single
setting.’
‘Finalmente, sugerimos que
estos estudios etnográficos sobre la producción de diferencias de género
ofrecen nuevas formas de observar la 'masculinidad', que nos llevan más allá de
las reducciones impuestas por el uso único y continuado de la categoría
"hombres", por un lado, y el juego infinito de las identidades fragmentadas
por otro. En sus formas hegemónicas, la masculinidad privilegia a cierta gente
y desestructura y excluye a otros. Sin embargo, estos
discursos hegemónicos pueden ser desmontados a tiempo. La flotante y
contingente relación entre la masculinidad, los hombres y el poder, llega a
hacerse clara cuando examinamos el estatuto de las masculinidades hegemónicas y
subordinadas en un escenario único’. (Cornwall y Lindisfarne, 1994, 10).
[20][20] ‘Moreover,
motorcycling appears to be unique in this society in that it cuts across the
major categories of class, race, ethnicity, gender and age. What accounts for
the apparent willingness of people to ignore or minimize the importance of
differences which historically have been
sources of misunderstanding and conflict?’ (p.265).
‘Lo que es más, el motociclismo parece ser único en la sociedad ya que
se extiende através de las principales categorías
sociales de clase, raza, etnicidad, género y edad.
¿Qué es lo que cuenta para la ciertamente voluntad entusiasta de gente que
ignora o minimiza la importancia de diferencias que han sido históricamente
fuente de malos entendidos y conflictos?’
[21][21]
‘Given external stresses in the form of public misunderstanding, police
harassment and discrimination, and internal friction, why have motorcyclists
ridden for the past thirty years?’ (p.286)
[22][22] ‘I
will argue that, contrary to the common misunderstanding, motorcycling is a
critical element in the lives of mainstream Americans, and that they have
persisted in riding over several decades.’ (p.265)
[23][23] ‘To be sure, journalists have been
responsible for shaping an image that has achieved the status of an icon in
American popular culture, the image of the outlaw biker. This image is what the
non-riding public uses to interpret motorcyclists’,‘I argue here that the
outlaw image is an inaccurate representation of the majority of people who ride
motorcycle’ (p.264).
‘A ciencia cierta, los periodistas han sido responsables de dibujar una
imagen que ha alcanzado el estatus de icono en la cultura popular americana, la
imagen del motero fuera de la ley. Esta imagen es la que el público
no-motociclista utiliza para interpretar a los motociclistas’,‘Aquí
discuto que la imagen de ‘fuera de la ley’ es una representación inapropiada de
la mayoría de la gente que conduce motos’ (p.264).
[24][24]
‘Ultimately, however, the similarity of being motorcyclists cuts across these
larger socially bounded and culturally
constructed categories. Motorcyclists negotiate, traverse and attempt to
collapse such categories on the basis of shared identity and experience’
(p.293)
‘Ultimamente, sin embargo, la similaridad de
ser motociclista corta en mayor medidas estas categorías socialmente
delimitadas y culturalmente construidas. Los motociclistas negocian, cruzan e
intentan colapsar tales categorías sobre la base de una experiencia e identidad
compartida.’ (p.293)
[25][25]
‘What factors account for the widespread adoption of a lifestyle which, due
largely to the proliferation of media images, is considered deviant in American
culture?’ (p.265).
‘¿Qué factores dan cuenta de la extensa adopción de un estilo de vida
que, debido a la enorme proliferación de las imágenes de los medios de
comunicación, se considera como desviada en la cultura americana? (p.265)
[26][26]
‘Ironically, motorcycling is effective at resisting fragmentation precisely
because it incorporates central material and symbolic aspects of U.S.
capitalist-commercial culture, i.e., machines and individualism. Successful
resistance requires to some degree the reproduction of core capitalist values.’
(p.293)
‘Irónicamente, el motociclismo es resistente contra la fragmentación
porque incorpora aspectos simbólicos y materiales centrales de la cultura capitalista-comercial
de los EE.UU., como por ejemplo, máquinas e
individualismo. Una resistencia exitosa requiere de cierto grado de
reproducción de los valores fundamentales del capitalismo’. (p.293)
[27][27]
‘Motorcyclists are capable of minimizing and perhaps even ignoring differences
while emphasizing the similarity of shared involvement in motorcycles. Unity of
this sort entails an implicit acceptance of another rider as a rider.
Motorcyclists who differ in terms of constructed categories, who may even be total
strangers, believe that because they ride they can assume certain things about
each other’ (p.285)
‘Los moteros son capaces de minimizar y quizás incluso de ignorar las
diferencias mientras enfatizan la similitud de compartir su implicación en las
motocicletas. Una unidad de este tipo entronca con la implícita aceptación del
motero como motero. Los motociclistas que se diferencian en términos de
categorías construídas, que pueden incluso ser unos
absolutos extraños, creen que dado que conducen motos pueden asumir entre sí
ciertas cuestiones sobre los demás.’ (p.285)
[28][28]
‘(...) it would be inaccurate to suggest that the motorcycle community always
is tranquil, trusting and harmoniously united around a set of core values. There
can be a good deal of suspicion and distrust.’ (p.285)
[29][29] ‘It
often surfaces (or exists just below the surface) in debate over another point
of contention, namely whether or not to wave to a passing motorcyclist.’
(p.285)
[30][30] ‘Two
other major points of disagreement involve exhaust systems and helmets. (...)
Debate over helmets and loud pipes typically is couched in terms of safety.
Those who favor helmets argue that they reduce injuries in a crash, while those
in favor of loud exhausts argue that ‘loud pipes save lives’ because motorists
alerted to the presence of a motorcycle are less likely to drive into a
motorcycle.’ (p.285)
‘Dos de los puntos centrales de desacuerdo implican los sistemas de
escape y los cascos. (...) El debate sobre los cascos y los tubos de escape es
expresado en término de seguridad. Aquellos que están a favor de los cascos
defienden que reducen las lesiones en caso de accidente, mientras que aquellos
que están a favor de tubos de escape ruidoso argumentan que ‘el ruido salva
vidas’ porque los conductores alertados de la presencia de un motociclista son
menos propensos a chocar contra una moto’. (p.285)
[31][31]
‘Cruisers are fancy stylish machines, and are ridden so that the owner can be
seen and admired. Form is far more important than function in cruiser design.
(...) Sportbikes are technologically very sophisticated, and constructed with a
single-minded design objective, namely going quickly around curved roads. (...)
The admiration of one´s peers (or at times the ire of car dirvers) does matter.
Touring and sport touring bikes are extremely social machines (...) people ride
them because motorcycles bring them into meaningfull contact with other people
(...) also typically adorned (are called) ‘dressers’.’ (p291).
[32][32] ‘The
point is that the bike, and by extension its owner, will be admired’. p.291.
[33][33] ‘This is no suggests that everyone who owns
and rides a motorcycle is a motorcyclist. Mere ownership is not the equivalent
of, nor does it necessarily result in being a motorcyclist. For some and in
spite of the nature of the machine and one’s relationship to it, owning and
riding a motorcycle is more like a hobby than a lifestyle. For such a person
the internalization of the ethos is incomplete, partial and instrumental,
expressed for example on weekends and in certain situations for impression
management.’ (Note 10).
[34][34] ‘For
example, the average annual household income of this group is $57.300; 32% earn
between $50,000 and $74,999. As regards work, 33% are blue-collar workers while
63% are white-collar proffesionals (American Motorcyclists Readers Survey,
1994).’ (p.273)
‘Por ejemplo, la media de ingresos anual de este grupo es de 57.300 dolares; el 32% ganan entre 50.000 dólares y 74.999. En lo
que respecta a la ocupación, el 33% son trabajadores de cuello azul mientras
que el 63% son profesionales, trabajadores de cuello blanco. (Fuente: Encuesta
sobre los lectores del Américan Motorcyclists,
1994).’ (p.273).
[35][35] Ver
Uli Windisch, 1985.
[36][36] ‘The
boundary which sets the community off against the rest of society is erected
and mantained also by those who do not ride. Central to this process is the act
of stereotyping by the media. As a mechanism which enables people to simplify
the difficulties involved in coming to grips with the complexities of
differences (and thereby also definying in part the nature of difference),
steretyping provides ready, and often incorrect, answers to questions about who
motorcyclists are and why they ride.’ (p.293)
[37][37] ‘...why
have motorcyclists ridden for the past thirty years? (...) Motorcycles are
machines which inflame passions. People either love them or hate them. Those
who love them ride because it is fun. The physical sensations are akin to those
experienced when riding a bicycle. Children intuitively know this; they
automatically wave from the rear windows of cars as a motorcyclist passes by.
Yet another part of the answer why people ride has to do with the fact that
motorcycle is an excellent vehicle for expressing one’s self concept.
Self-expression through motorcycles derives from their accessibility. Their
scale is more personal than that of a car. A bike can be easily modified to
express the owner’s individuality. Through the creative use of accessories riders
can easily make their bike into a uniquely personal rolling statement of who
they are, or imagine themselves to be. Another
very important and often noted reason for riding is that motorcycling gives one
sense of freedom, you can get away from the stresses of daily life. But the need for freedom has taken on new
meaning.’ (pp.286-287)
[38][38] ‘In
the United States, however, motorcycles are not perceived in quite so
utilitarian a manner. (...) Moreover the redefinition of motorcycles as
something other than what they are historically has been linked with the
elevation of cars as the favored means of transportation in American Culture.
The source of the redefinition as have noted elsewhere in this paper is the
media.’ (p.291)
[39][39]
‘Motorcycling is how one gets to work and back. In this sense motorcycling
actually is rather ordinary, rather mundane. (...) Indeed, much of the rest of
the world’s people understand motorcycling and motorbikes this way, (...)
constitute inexpensive reliable transportation for people in many Third World
cultures.’ (p.289)
‘Conducir moto es la forma en que uno viene y va al
trabajo. En este sentido el motociclismo actualmente es sumamente mundano.
(...)De hecho, gran parte del resto de las gente del mundo entiende el
motociclismo y las motos de esta forma, (...) constituyen formas baratas y
asequibles de transporte para muchas culturas del terecer
mundo’ (p.289).
[40][40]
‘Even in London, motorcycles are used as taxies and as a favoured vehicle of
couriers’. (p.289)
‘Incluso en Londres las motos son usadas como taxis y
como vehículo favorito de mensajería’. (p.289).
[41][41] ‘In
1960 women owners amounted to a mere 1% of all motorcycle owners. The current
figure is 8% which is just under 500,000 owners (MIC Survey, 1990). Women´s
participation in motorcycling has grown to such extent that the AMA hosted the
‘Women & Motorcycling National Conference’ during the summer of 1997 on the
campus of Otterbein College.
[42][42]
‘women in ever increasing number are buying and riding their own bikes, and doing
so with the encouragment and support of men.’ (p.272)
[43][43]
‘Even casual observation of those who ride, for example the many couples with
matching helmets riding large touring motorcycles on the nation’s interstate
highway system, suggests that some people who ride are not outlaw bikers’
(p.265).
[44][44]
‘Finally, these are rallies which are organised on the basis of ethnic, racial,
or gender affiliation, for example, Native-American Indian rallies, the WOW
(women’s rally) annual rally or the ‘African-American National Bikes Roundup’.
Such rallies clearly are designed to promote a feeling of solidarity within a
communal segment. Solidarity is strengthened through addressing shared
experiences which are understood as unique to the subgroup, experiences which
signify group differences.’ (p.282) ‘Y por último, estos rallies
que son organizados sobre la base de afiliaciones étnicas, raciales o de
género, como por ejemplo, el Rally de
Indios Nativos’ o el rally anual de la WOW (rally de mujeres), o la ‘Caravana
Nacional Afro-Americana’. Tales rallies está
claramente diseñados para promover la solidaridad dentro de un segmento
comunal. Se fortalece así la solidaridad señalando experiencias compartidas que
son comprendidas como específicas del subgrupo, experiencias que significan
diferencias grupales.’ (p.282).
[45][45] ‘At
women’s rallies, for example, a common experience (in addition to sexism)
stems from the fact that women have equipment needs which differ from those of
men. Sizing of protective clothing or the size of motorcycles themselves in
terms of seats which are too high are two such examples’. (p.282)
[46][46]
‘These are significant issues as they directly affect women’s ability to engage
in motorcycling’.
[47][47] The
New Yorker, 1995, An American Attitude. July 10, pp.67-72.
[48][48]
‘Girls, kick ass’. Motorcycle On line web page, may 1999. Ver imágenes en
los anexos.
[49][49] (Traducción propia) ‘Babes gallery’.
[50][50] ‘So
here it is, Motorcycle Online's annual pictorial celebrating the bacchanal,
debauched excess of Bike Week, our Bikes and Babes of Daytona feature. It's our
most popular feature of the year. In fact, babe pictorials are always among
MO's most popular features, two-year-old pictorials often outperforming stories
linked from the home page.
Still,
we receive the shrill e-mails -- the overwhelming majority from men, by-the-way
-- objecting to our, well, objectification of women. We don't necessarily
agree, but if the presence of this page bothers you, we strongly suggest you click here
before we offend you even more.
One
of the questions angry readers ask is what, if we were married, would our wives
think? Scroll down to the two chicks in the picture second row center? Those
are our old ladies. As you can see they are very close. Very close. Sometimes, when they're in the right mood, they just
like us to watch. And videotape. They rule.’
[51][51]
‘Dogs love trucks’. Motorcycle On line web page, may 1999. Imagen en el anexo.
[52][52] ‘No
falls, no balls’. Motorcycle On line web page. May
1999. Imagen en el comienzo del texto.
[53][53]
‘motorcyclists as typical Americans who for several decades have remained loyal
to one another as a result of sharing the experience of intense commitment involved
in travelling on motorcycles.’ (p.292) ‘the typical motorcyclist also is part
of the American socioeconomic mainstream’. (p.272).
‘Los motociclistas son americanos típicos que durante varias décadas
han permanecido leales unos a otros como resultado de la experiencia común de
intensa implicación derivada de viajar en motocicletas’ (p.292) ‘El típico
motociclista forma también parte de la corriente central socioeconómico
americana’ (p.272)
[54][54]
‘This paper is based on the fieldwork which began during the summer of 1994.
The first version of the paper was presented in 1995 at the 94th
Annual Meeting of the American Anthropological Association in a symposium
entitled ‘Constructing Identity and Community in Post-Industrial North
America’. (Acknowledgments,
p.294).
‘Este artículo esta basado en un trabajo de campo que comenzó en el
verano de 1994. La primera versión del artículo fue presentada en 1995 en el
XCIV Encuentro Anual de la Asociación Americana de Antropología, en un simposium titulado ‘Construyendo identidad y comunidad en
la Norteamérica post-industrial’ (Agradecimientos, p.294).