Logros sociales y logros relacionales,

¿Dónde ponen su autoestima los hombres?

José María Espada Calpe

DEA y Lic. Antropología Social y Cultural.

www.heterodoxia.net

 

(Extracto de ponencia ofrecida en el Curso Técnico Especialista en Igualdad de Oportunidades en el Empleo, IMUMEL, 7 de Mayo de 2004, Albacete, España)

 

Índice:

o       El relanzamiento de la precariedad y la cuestionada autoridad masculina.

o       Androcentrismo del modelo de integración social por el empleo.

o       La reconstitución de la autoridad del proveedor y la hipervirilidad.

o       En definitiva, ¿Cómo nos valoramos como hombres?

 

Logros sociales y logros relacionales: ¿Dónde ponen la autoestima los hombres?

 

El relanzamiento de la precariedad y la cuestionada autoridad masculina.

 

Uno de los principales mandatos de los modelos de masculinidad hegemónicos actuales (Marqués y Osborne, 1991; Marqués, 1993; Vale de Almeida, 1995) es el de la independencia económica y la provisión en el marco de la familia tradicional. Tradicionalmente se nos ha exigido que demostremos lo importantes que somos, cumpliendo con “aquello” que se supone debe hacer un hombre. El “trabajo remunerado” ha representado una de las fuentes de poder y recursos más importantes para la generalidad de los hombres, así como una forma de identidad. Y en un escenario de desempleo, empleo precario o subempleo; en definitiva, en un escenario dónde no tenemos garantizado el acceso al “salario familiar”, “se produce un sentimiento de demasculinización –no equiparable al caso de las mujeres-“ (Sánchez-Palencia e Hidalgo, 2001: 15), debido a las resistencias y dificultades de los hombres para adaptarse a una nueva situación social y psicológica en la que ya no somos el único sostén de la familia, ya no somos los que traemos el pan a casa.

 

Debate: Los lunes al sol. 11 de diciembre 2002

www.heterodoxia.net

 

luther_blisset nos ha enviado el dichoso artículo. Apenas lo he ojeado pero me ha parecido que dice cosas muy importantes, y que da en el clavo. Os lo reproduzco aquí.

TRIBUNA: JOAN SUBIRATS Los lunes en casa EL PAÍS | Opinión - 02-12-2002

Los hombres hemos estado, y estamos aún, excesivamente centrados en el mundo laboral y aledaños. La gente era, y es en una buena parte, lo que era su trabajo, un trabajo socialmente reconocido como tal, y como tal retribuido. El trabajo, la profesión, el "curro", constituía y constituye un elemento nuclear sobre el que se han ido construyendo amistades, camaraderías, vínculos, alegrías y penas. Esa fijación y restricción vital puede generar grandes dificultades para reorganizar las propias narraciones individuales si falla o se deteriora ese aspecto cardinal de nuestra existencia. Y ése parece ser el camino en el que nos encontramos. Estamos crecientemente abocados a un mundo en el que la vinculación laboral se hace más precaria, más inestable, menos determinante de lo que somos o acabemos siendo. Precisamente por ello debemos ser capaces de saber construir más espacios vitales, aventuras y proyectos en los aledaños de ese fragmentario y discontinuo universo laboral. En este sentido, podríamos preguntarnos hasta que punto hemos aprendido los hombres a movernos en ese gran espacio del hogar y del microcosmos cotidiano en el que siguen persistiendo y floreciendo, a pesar de todo, vínculos y lazos. Lo cierto es que todos los datos indican que, a pesar de la tendencia a homogeneizar la presencia de hombres y mujeres en el mercado de trabajo, en la casa el papel del hombre es residual y periférico. ¿Qué ocurre cuando un hombre todo trabajo, todo profesión, todo colegas, se ve obligado a salir de ese mundo por edad o por despido? ¿Cómo reingresa en el hogar?

Pronto serán un millón, si no lo son ya, los espectadores que han visto la película Los lunes al sol en toda España. Es una buena noticia que alguien en España siga con voz propia caminos que, en un contexto muy británico, ya nos había presentado Ken Loach. Y que además consiga llegar al gran público con un tema alejado de la concesión y la sonrisita fácil. Pero, a pesar de ello, convendría repensar el escenario que se nos ofrece en el filme en cuestión. La vida de los parados de la película transcurre en un porcentaje muy alto alrededor del bar, las copas o los caminos de nostalgia. Las casas de esos hombres, sus mujeres, ocupan un lugar secundario o contradictorio. Al ver el filme, a uno se le ocurre, ¿cómo transcurriría la película si en vez de contarnos las peripecias de un grupo de hombres desempleados nos narrara las vicisitudes de un grupo de mujeres en paro? ¿Estarían también todo el día en el bar de un antiguo colega o en la cubierta del trasbordador tomando el sol?

Es cierto que en el filme que sirve de excusa a este comentario las mujeres ocupan un cierto lugar. Se observa, por ejemplo, cómo la ausencia de la mujer desencadena un proceso de deterioro sin límites de la existencia de uno de los afectados, que ve imposible seguir viviendo más allá del trabajo asalariado. En otro caso, la presencia femenina se constriñe al ámbito de la casa y del cuidado de la prole. En el caso más relevante, en fin, la actividad laboral de la compañera de uno de los parados provoca tensiones muy significativas por lo que tiene de cambio de los roles tradicionales. En ningún caso se observa una capacidad de los parados de acometer su reingreso en el hogar, su capacidad de construir un nuevo universo de obligaciones y relaciones en las labores de cuidado o de atención, y tampoco sabemos muy bien si al margen del trabajo ausente o el hogar marginal, esos hombres tienen otros vínculos, otros lazos con el entorno, algo que permita imaginar una sociedad de actividades plurales, justo cuando el pleno empleo nos está abandonando.

De hecho, muchos observadores atentos de la vida cotidiana han destacado las enormes dificultades de los jubilados, voluntarios o involuntarios, para superar lo que implica su nueva vía poslaboral. En muchos casos se despiden con fingida alegría de su lugar de trabajo, en el que quizás gozaban de consideración, prestigio y respeto, para empezar a detectar que las cosas en casa no van a ser igual. Ni saben ni les dejan meterse en terrenos en los que sus carencias resultan muy evidentes. Algunos pueden llegar a sufrir depresiones ante lo que aparentemente es un vacío existencial, y pasean sus malos humores por sus escenarios más cercanos. Otros más afortunados van encontrando sus nuevos roles. Disfrutan de los nietos, hacen chapuzas, encuentran segundas oportunidades y segundas "carreras" o se atreven con fogones y cesta de la compra. Las mujeres parece que están mejor preparadas para esas transiciones, y de hecho lo que ocurre es que no dejan de trabajar nunca. En el mejor de los casos, reducen su doble jornada anterior a una única jornada de labores de cuidado y atención a la casa y al núcleo familiar. No resulta imaginable un grupo de desempleadas tomando copas y pasando el tiempo como mejor se pueda. Uno las puede imaginar trasteando de aquí para allá, creando valor no mercantilizado, aprovechando, al fin y al cabo, su oficial situación de "paradas". Quizás ésa es otra manifestación de la necesidad de repensar roles y dedicaciones temporales de hombres y mujeres. El hombre precisa compartir espacios y responsabilidades en el hogar y en el ámbito familiar en general, más allá de las tradicionales coartadas de poner la mesa o hacer la paella el domingo. Las mujeres han tenido que llegar a ser fiables y consistentes en sus compromisos. Sus propias especificidades reproductoras lo requerían. ¿Pueden los hombres generar sus propias responsabilidades familiares y ser tan fiables como lo son en su mundo profesional, o hay algo genético que lo impide? ¿Es posible generar cordones umbilicales específicos con neveras, fogones o lavadoras? Quizás el filme que comentamos nos muestra la importancia de ser no sólo adaptables y reciclables en el mundo profesional en sentido estricto, sino también lograr serlo y tener nuestras propias responsabilidades y habilidades en ese mundo familiar y cotidiano al que siempre hemos considerado como secundario. Quizás así, no sólo lograríamos articular mejor ese reinvento diario en el que se está convirtiendo la familia, sino que además prepararíamos mejor nuestro voluntario o involuntario retiro de la esfera laboral. Acabaríamos ganando todos. Y podríamos ir explorando nuevas maneras de pasar los lunes no sólo al sol, sino también en casa.

Respuesta: Marvin.

Por fin vi la película. Ciertamente me han gustado tanto la película como el artículo de Joan Subirats.

En el primer caso porque creo que hace un retrato relativamente realista de un cierto tipo de hombres, ya que la película va de hombres, no de desempleo por mucho que digan... va de hombres estupidos, con cientos de trabas vinculadas a un orgullo estupido que va más allá del orgullo de clase a un orgullo basado en una masculinidad absoleta. Yo he visto la película como una película sin heroes, de hecho todos son más bien ambivalentes, un poco valientes tirando piedras pero cobardes para salir de su marasmo, responsabilizarse de su vida y no comportarse como unos parásitos; fuertes en cuanto a enfrentarse a poderes establecidos pero débiles para reconocer sus sentimientos y poder asumirlos y cambiarlos: frágiles en definitiva, por mucha facha de dureza que le pongan... andan toda la película como queriendo decirse que se importan y autocompadeciendose.

Esta bien, porque son reales, y el director no dulcifica los personajes. En el lado negativo veo que mucha gente los puede contemplar como heroes, lo cual me preocuparía... porque son hombres que no cuestionan nada sobre su forma de ser hombre, que se comportan como tiranos en la casa, que cultivan la tradicional homosocialidad masculina del bar y el futbol, etc. Lo que más peligroso es que, lejos de que adaptarse sea visto como rendirse al capital (en el viejo discurso), estos hombres no asumen que deben responsabilizarse de sus sentimientos y de ellos mismos y que ya basta de que sean sus compañeras, familiares y esposas, las que tengan que comprenderles, arroparles, ayudarles, salir a trabajar y lavarles los calzoncillos. Mientras a ellos se les llena la boca de que han perdido el empleo de sus hijos, que al echarles a la calle están condenando a familias, niños y mujeres. Y en cierto modo es cierto, pero desgraciadamente lo es porque tienen a su disposición a una mujer que les lava, les cuida, les cocina... a él y a su prole... Para mi el peligro es que alguna gente que no se cuestiona la masculinidad vea esta pelicula viendo unos heroes, que para mi son bastante villanos.

Hay que rescatar la escena en la que Santa expone la tipica verdad de perogrullo: la unión hace la fuerza. Pero la unión de hombres y mujeres, no la de la cuadrilla de obreros y al resto que les zurzan.

En cuanto al articulo de Joan Subirats me encanta, y solo comentaría que toma la película como pretexto para llamarnos la atención sobre la gran revolución pendiente de los hombres: la lucha contra el androcentrismo, contra el heterosexismo... las mujeres llevan siglos y décadas luchando por demostrar su valía, por la equiparación, por el respeto de sus más básicos derechos humanos y cívicos. Como tales han dado una lección y nos han mostrado como pueden perfectamente competir con los varones en su mundo con igual o mejor competencia. Pero los varones seguimos haciendonos los despistados para no asumir nuestra responsabilidad y para no darnos cuenta de todo lo que perdemos por no romper los rígidos moldes de una masculinidad tradicional que nos lleva a la autodestrucción, moral y en casos física, como en el caso de Amador en la película... ¡son tan comunes y tan cercanas estas historias! El recurso al alcohol y al silencio para expresar el dolor, la debilidad, la frustración! La bronca y el insulto como forma de negociar el conflicto, el ocultamiento y el silencio ante aquellas cosas que nos producen vergüenza, como que tu hijo te enseñe informática, etc...

Hartos de "llevar los pantalones" [8)]

 

Si ya no somos los que traemos el pan a casa, consiguientemente nuestra autoridad, fraguada en la compenetración entre provisión y masculinidad, ha perdido su soporte: los hombres ya no pueden afirmar alegremente que “aquí, quien lleva los pantalones soy yo”, o aquello de “niño, cuando seas mayor comerás huevos”. Estos “dichos populares” pueden servir de expresión sobre la dimensión de género y edad sobre la que se ha construido la autoridad y dominación masculina en la cultura de nuestro país.

 

Pero lo que está socavando las bases de la autoridad masculina en la familia, no es únicamente este nuevo escenario de la precariedad en el empleo de los hombres, sino los crecientes niveles de empleo de las mujeres,

 

En primer lugar, el creciente empleo de las mujeres está produciendo nuevos acuerdos en las relaciones conyugales, ya que la existencia de una doble renta posibilita que los arreglos convivenciales se vean modificados (vamos que las mujeres puedan negociar desde una nueva posición de mayor fuerza frente a sus compañeros y esposos). Se ha señalado (Oakley y Rigby, 1998) que la implicación masculina en las tareas domésticas depende más de la falta de disponibilidad del trabajo doméstico de la mujer -habitualmente porque ésta desarrolle una vida laboral-, que del empleo o desempleo del hombre –esto es, su presencia y disponibilidad de tiempo para el cuidado-.

 

En segundo lugar, el empleo de las mujeres –unido al empuje del movimiento de liberación sexual-, está posibilitando la emergencia de una diversidad de nuevos modelos familiares (familias monoparentales, familias reconstituidas, familias basadas en parejas homosexuales y en uniones de hecho, etc) que cuestionan el carácter heterosexista del proyecto de la familia tradicional.

 

Así, los hombres pierden:

û       por un lado, la legitimidad como proveedores –ganapanes-;

û       por otro, los privilegios asociados a la condición de  progenitores (dados los avances en las técnicas de reproducción asistida);

û       y finalmente, la autoridad como supuestos inexcusables referentes simbólicos en la crianza de los niños.

 

Androcentrismo del modelo de integración social por el empleo

 

Las condiciones en las cuales las parejas deciden sobre los arreglos en sus vidas familiares y laborales están fuertemente condicionadas por el androcentrismo implícito en el “modelo de integración social por el empleo” –como forma legitimada de acceder al consumo y generadora de reconocimiento social- propio del modelo económico del fordismo, el keynesianismo y el modelo bismarckiano de Estado de Bienestar.

 

 Esto significó que los beneficiarios reales del modelo de empleo estable a jornada completa “durante toda la vida laboral” han sido los varones de clase media. Mientras, el modelo hegemónico para las mujeres era ejercer el trabajo no remunerado de cuidadoras dentro de la familia tradicional y su integración mediante el empleo del cónyuge (el salario familiar y la generación de derechos derivados), lo que las excluyó de las bases centrales de la protección social y la ciudadanía.

 

Diversas analistas suelen describir el “salario familiar”, la “división proveedor/cuidador” y el “matrimonio tradicional” como un conjunto de mecanismos de discriminación compenetrados, que pueden ser legitimados y apoyados en menor o mayor medida por un régimen de bienestar concreto.. Lewis (1992, 1993) diferencia tres tipos de regimen de bienestar según su cercanía o lejanía al modelo típico de “ganapanes masculino”: regimen ganapanes fuerte, débil y modificado.

 

La escala de modelos societales de provisión masculina. Lewis 1992,93

 

 

 

En el modelo típico, la mujer está excluida del mercado de trabajo, está firmemente subordinada al marido, que es el titular del “salario familiar”, las ventajas fiscales y los beneficios sociales según un modelo contributivo, y se espera que realice todo el trabajo de crianza y educación de los niños sin apoyo público. El salario familiar consiste en un sistema de remuneraciones elevadas justificadas bajo la idea de la eficiencia de la economía de escala familiar para el apoyo de los miembros dependientes de la misma. En el extremo opuesto estaría un modelo de familia con ingresos dobles (dual-breadwinner form, dual-earner households) apoyado por la provisión pública.

 

Sainsbury (1994) propone una tipología similar a la de Lewis, que va desde el “modelo del ganapanes” (breadwinner model) a un modelo de individualización de derechos (individual model) en el que tanto mujeres como hombres sean apoyados como asalariados y cuidadores, y en el que gran parte del trabajo de cuidado sea pagado o provisto públicamente.

 

Las dimensiones que Sainsbury señala para esta evaluación serían: el tipo de ideología de la familia, el modelo de titularidad de los derechos (incluyendo su base, receptores, unidad de ayuda, unidad contributiva, y formas fiscales), las políticas salariales y de empleo, y la organización del trabajo de cuidado. Enfatiza la necesidad de atender a las bases de los “sistemas de reclamación” frente al Estado (asistencia social, seguridad social o individualización de derechos sociales universales) y las características programáticas de los diversos Estados.

                                                               

Resulta altamente ilustrativo distinguir cuando las reclamaciones hacia el Estado se basan en la participación en el mercado laboral, en la necesidad o en la ciudadanía. En este sentido, el sistema sueco, por su universalismo, es el espejo a través del que se miran muchas otras políticas. Estas tres formas de realizar reivindicaciones no están desvinculadas y en el caso del “universalismo” sueco -basado en la participación masiva de las mujeres en el trabajo remunerado-, las reivindicaciones de las mujeres se han realizado tanto como trabajadoras como ciudadanas. Pero no podemos identificar los intereses de las mujeres con los intereses como simples trabajadores, ya que la discriminación sigue reproduciéndose a pesar de las generosas políticas socialdemócratas.

 

Para Warren (2000) las tipologías societales de clasificación basadas en la escala cuidador/ganapanes están limitadas, porque invisibilizan la situación de las mujeres como proveedoras, y no tienen en cuenta que se da una gran diversidad de configuraciones de roles de género entre las mujeres. Toma la idea de arreglos de género societales (societal gender arrengements) de Pfau-Effinger (1998) que en lugar de examinar las variaciones respecto a un modelo único de provisión masculina, incluye diversas subvariantes de modelos de relación de género. Los modelos que Pfau-Effinger identifica incluyen tanto el “arreglo de género” como los roles adoptados en la pareja. Por ejemplo, para Gran Bretaña señala como dominante un modelo de hombre ganapanes/mujer cuidadora a tiempo parcial. Finlandia tiene un modelo de dos ganapanes/estado-cuidador, mientras que otros países escandinavos tienen un modelo de dos ganapanes/dos cuidadores.

 

 

Los arreglos de género son los contingentes “acuerdos” que se producen en la interacción entre diferentes ordenes de género y culturas de género. He decidido traducir arrangement como arreglo, tomando en cuenta el sentido de arreglo como acuerdo provisional negociado con fines prácticos. El término gender arrangement podría entenderse como acuerdo sin más, pero he preferido darle un contenido más práctico que incluya en cierta manera los otros sentidos del término como preparativos o planes. En cualquier caso desconozco como se ha traducido este término en la bibliografía especializada, pero espero mi interpretación sea sugerente.

 

 

La reconstitución de la autoridad del proveedor y la hipervirilidad.

 

Pyke (1996), señala que la primacía del éxito de la carrera profesional de los hombres en el matrimonio, es la base de la diferenciación de género, y se racionaliza esta en el discurso de la masculinidad hegemónica como el mejor arreglo conyugal posible en beneficio de todos los miembros de la familia –teniendo en cuenta las condiciones del mercado de trabajo, y las necesidades de la crianza de los hijos-. “Es el acuerdo de género más eficiente económicamente”.

 

Una de las variantes subordinadas, respuesta a la masculinidad dominante y su empuje, ha sido la “hipervirilidad”. Se trata de un modelo de clase trabajadora ostentosamente exhibida en los lugares de sociabilidad masculina (la obra, el curro, la fábrica, el bar, los billares, peñas y partidos de fútbol, pandillas y bandas urbanas, encuentros y clubs de moteros, etc.). Los “obreros” (men on the shop floor), que experimentan su autoestima dañada y estigmatizada por su posición subalterna, reconstruyen su posición como una “auténtica” masculinidad en oposición a los varones de más estatus. Algunos de los rasgos que incluyen y que son propios al medio de clase obrera, son la resistencia física, la tolerancia al malestar (discomfort), y la identificación con el trabajo manual. Ridiculizan a los “cuadros” y los directivos como “mariquitas” ocupadísimos en sus labores de “mover papeles”. Un tercer rasgo sobre el que construyen su subjetividad son las proezas sexuales (heterosexuales), y la “caza y derribo” o conquista ritualística de mujeres.

 

A su vez, los hombres de clase media y alta, muestran desprecio por estas ostentosas exhibiciones de exagerada virilidad y misoginia de las subculturas masculinas de clase baja. Por ello pueden “exhibirse” como hombres ejemplares, responsables y atentos en las relaciones conyugales. Y esto les sirve para ocultar el poder que detentan, y camuflarlo bajo un aura de mérito y rectitud.

 

Pyke expone que se produce una división del trabajo de producción de las diferencias de género. Los hombres de clase baja arriesgan su vida y pagan el precio de la producción de la “hipervirilidad” físicamente. Mientras, los hombres de mayor estatus se benefician de la mística sobre la superioridad masculina, precisamente producida a través de la “hipervirilidad” (visible en la celebración masculina de hazañas deportivas y militares, o en la exaltación cultural de la maestría del galán en la conquista), y se sirven de ésta para afirmarse por oposición.

 

Señalar la misoginia, brutalidad e irracionalidad de la “hipervirilidad” de los hombres de clase baja o media-baja, sirve como medio de prueba de su superioridad. Sin embargo, el poder de los maridos, de clase media y alta, se encuentra más legitimado e invisibilizado gracias a la comparación con el ejercicio ostentoso de estrategias de poder en las relaciones conyugales por parte de los hombres de clase baja, a los que se considera malos maridos, irresponsables y vagos.

 

La supremacía de la carrera personal masculina es más visible en los arreglos conyugales de la clase media y alta, en la que los maridos se liberan relativamente de las obligaciones familiares cotidianas de forma que puedan atender a los requerimientos de sus importantes carreras. Esta primacía se racionaliza alegando el papel que cumplen como proveedores, lo que les otorga privilegios no vinculados a su masculinidad sino a su papel como “sostenedores” de la familia. Se justifica e invisibiliza, como algo necesario y sólo incidentalmente marcado por el género, la estructura de obligaciones y derechos maritales. La provisión es uno de los principales medios de construcción de la subjetividad masculina, que no tiene paralelo en la subjetividad femenina.

 

Sin embargo la hegemonía de la “carrera” masculina pierde importancia según se desciende de status, ya que los trabajadores tienen “empleos” pero no “carrera”, y son “trabajadores” pero no son “profesionales”. Estos hombres tienen ingresos más bajos y dependen en mayor medida de los ingresos de sus mujeres, lo que disminuye su legitimidad como proveedores y les otorga beneficios menguados. Así mientras los hombres de clase media y alta utilizan el trabajo como una “cortina de humo” para evadir las responsabilidades familiares y para disfrutar de un ocio personal -con amigos y amantes-, los hombres de clase trabajadora y baja exhiben un comportamiento más abiertamente hipermasculino.

 

El menguado papel como proveedor de los hombres de clase baja y la ostensible visibilidad de la primacía que conceden a su ocio personal sobre las obligaciones familiares hace que gran parte de sus esposas señalen que sus maridos son unos “vagos”, “carentes de ambición”, “egoístas”, “inmaduros” o “irresponsables”. Sin embargo, de la muestra de clase baja o trabajadora, la mitad de las esposas consideraban que sus maridos eran -y ellos parecían comportarse como- “buenos maridos”. En cuanto a los hombres, un 50% no tenía reparos en hablar sobre borracheras con compañeros de trabajo, consumo de drogas, polvos ocasionales (quick thrills) -y otras proezas sexuales-. De esta forma, se presentan como rebeldes y crean la ilusión de que ostentan una masculinidad dominante -porque exhiben su independencia del control de las esposas y del “establishment”-.

 

Las hipótesis para explicar la dominación, abierta y explícita, a la que las mujeres de los hombres de clase trabajadora se ven sometidas, pueden ser diversas. Una es que sin los ingresos que puedan legitimarlos como buenos proveedores y sus privilegios asociados, los hombres de clase trabajadora deben: o conceder poder a sus mujeres, o mantener el sometimiento por medios agresivos. En términos generales, y aunque pueda parecer chocante, los “obreros” se muestran más igualitarios, en cuanto a su implicación en las tareas domésticas –aunque con preferencia por aquellas marcadas como tareas masculinas- y el cuidado de los niños (Ferri y Smith, 1996); y sin embargo, se muestran más explícitamente autoritarios que en los estratos superiores. Para Pyke este tipo de contradicción tiene una explicación “procesual” pero también sincrónica.

 

Una investigación empírica profunda, como la de Ferri y Smith (1996), sugiere que los hombres se responsabilizan en el cuidado de los hijos y el trabajo doméstico, dependiendo de que sus compañeras trabajen fuera de casa: A mayor número de horas de trabajo remunerado de las madres, mayor es la implicación de los hombres en las responsabilidades de cuidado infantil y trabajo doméstico. Al mismo tiempo, las mujeres tienden a responsabilizarse de aquellas tareas que requiere un trabajo más intensivo en el tiempo (como el cuidado de los niños cuando están enfermos).

 

En contra de las ideas sobre el “hombre nuevo” de clase media, Ferri y Smith encontraron una marcada relación inversa entre la clase social (medida según la ocupación) y el reparto igualitario de la responsabilidad de cuidado de los hijos. Se encontró, en entrevistas con madres y padres, que la distribución igualitaria de las tareas de cuidado era más frecuente entre los trabajadores semi-cualificados y poco cualificados, por encima de los gerentes y profesionales, y ello a pesar de que los padres de clase media tienden a expresar actitudes más igualitarias. Parte de las razones descansan en la mayor jornada laboral de los profesionales y gerentes, pero se daban diferencias muy claras cuando estos hombres trabajaban menos de 50 horas semanales. Por otro lado, en aquellas situaciones en las que los padres estaban en paro y las mujeres trabajaban, el reparto de las tareas no era significativamente diferente de aquellas familias donde ambos trabajan. En otras palabras, el desempleo masculino no supone una inversión de los papeles y responsabilidades de cuidado. Los padres parecen resistirse al reparto igualitario del trabajo doméstico excepto cuando sus parejas tienen un poder económico igual.

 

La fuerza del modelo proveedor se hace evidente en las vivencias de frustración en una situación de paro y la baja estima resultante de esta situación. Pyke anota aunque no desarrolla en detalle cual es la relación existente, pero se apunta que esta frustración es “descargada” en diversos ámbitos entre ellos el matrimonio (como se puede comprobar por la mayor incidencia en las estadísticas de abuso y violencia doméstica entre los maridos de clase baja, subemepleados o desempleados, que no pueden cumplir con el rol de proveedor). Pyke defiende que su posición subalterna exacerba su necesidad de utilizar el matrimonio como un lugar de afirmación de su superioridad cuestionada.

 

Al abuso le acompañan estrategias de violencia, críticas sistemáticas, insulto, y vigilancia constante de sus esposas. Cierta parte de los hombres de status más bajo, muestra temores más profundos a la infidelidad de su mujer. Estos temores son expresados como demandas de atención continua, y como control y restricciones en la movilidad espacial y en el empleo de su esposa -cuando no se basan en el espionaje directo-.

 

Sin embargo la brutalidad de sus estrategias de poder podrían llevarnos a pensar que poseen un poder interpersonal en el matrimonio superior al del varón típico de clase media o alta. Pyke defiende que el carácter invisible del poder de los hombres de clase superior es más efectivo y perverso, que el poder que se ejerce coercitivamente. Pero la ausencia de una violencia abierta y explícita por parte de los varones de clase media, no significa la ausencia de violencia o un igualitarismo. Bonino (1995: 189) acuña el término de “micromachismo” para destacar “el amplio abanico de maniobras interpersonales que realizan los varones para (...) aprovecharse, mantener el dominio, (...) o resistirse al aumento de poder interpersonal de una mujer con la que se vincula”. El ejercicio explícito del sexismo supone unos costes personales y emocionales muy altos para quienes lo ejercen. Para Pyke probablemente estos costes hacen que algunos hombres de clase trabajadora busquen alternativas a la dominación masculina como forma de sustentar su autoestima.

 

Los hombres de clase media alta utilizan diversos mecanismos que les excusan de realizar trabajo doméstico, generalmente los deberes laborales, o cursos de formación nocturnos entre semana, y los viajes de negocios, durante los fines de semana. En la mayor parte de los casos de la muestra, las esposas están de acuerdo o disculpan la “ausencia” de sus maridos. Muchos de ellos traen trabajo a sus casas, lo que les excusa de cualquier tarea doméstica. Pero los privilegios de la provisión también implican que, cuanto mayores son los ingresos, los hombres disfrutan de mayor margen de veto o presión para limitar o prohibir el trabajo remunerado de sus esposas. Algunos de los hombres de la muestra declaran abiertamente que su motivación para el matrimonio fue conseguir una esposa que se dedicara a la casa. Pyke señala que los hombres tienden a buscar mujeres orientadas al trabajo doméstico, y esta tendencia es especialmente más pronunciada según se incrementa la capacidad como proveedor.

 

A pesar de la evitación del trabajo doméstico, los hombres de los diversos estratos disfrutaban de la legitimación adquirida cuando participaban en él. Los hombres de menor estatus no ofrecían justificaciones sobre su falta de participación, y se remitían directamente a una rígida división de roles en la casa como forma de producir la masculinidad. Los hombres de estatus superior encontraban más excusas, ya que “los requerimientos de su trabajo” solían impedirles participar. Todo esto sugiere que los maridos de clase baja producen modificaciones en las formas de construir la masculinidad especialmente en el largo plazo, en matrimonios estables, en los que el empleo de sus esposas supone una fuente de ingresos imprescindible. Estos hombres cuidan más frecuentemente de los niños cuando sus mujeres se encuentran trabajando –siempre que no coincida con turnos de trabajo-. Además la implicación en la vida familiar y la crianza de los niños, parece suponer una fuente de refuerzo en la baja estima de estos hombres y su sentido de valía personal.

 

Esta situación transicional tiene una dimensión temporal y espacial. Mientras que se afirman los típicos rasgos de la hipervirilidad en el trabajo, se observa que aparece una forma más igualitaria de ser en las relaciones familiares. Cuando el contexto situacional varía, las forma de masculinidad producida, incluso dentro de la misma categoría de clase, puede cambiar. Así mismo hay un factor importante de edad y parece ser que los mismos varones de clase trabajadora que exhiben comportamientos hipermasculinos comienzan a abandonarlos en la madurez (midlife).

 

De igual manera que los hombres de clase media-baja se ven sancionados por su incapacidad como proveedores; en los hombres de clase media se observan sanciones – en forma de hostilidad por parte de sus cónyuges- a aquellos que parecen abandonar la ambición de alcanzar un nivel alto de ingresos -al que sus mujeres aspiran en muchos casos-. Se observaba que la falta de “hiper-ambición” de ciertos maridos les ha llevado a ser objeto de reproches por parte de sus esposas. Estos reproches se daban incluso en casos en los que los maridos se muestran como personas ejemplares e igualitarias en la vida cotidiana. Esto sugiere que muchas mujeres frecuentemente participan en el proyecto de la dominación masculina o que juegan sus bazas dentro del tipo de contrato o reglas del juego -que ellas no han marcado-, ya que su bienestar, prestigio y estatus depende de la capacidad económica del conyuge.

 

 

En definitiva, ¿Cómo nos valoramos como hombres?

 

Seidler señala que en las sociedades capitalistas se espera que los hombres se identifiquen con la ambición y el éxito, y sean medidos de acuerdos a sus “logros sociales” en el ámbito público del trabajo, la política y la cultura. Es así como dejamos de lado nuestras relaciones con la pareja y los hijos, a los que solemos desplazar a un segundo plano en nuestras prioridades. Esta desatención solemos compensarla proveyendo de bienes y servicios, en lugar de ofrecer la atención que una vida conyugal o familiar requiere. Frecuentemente somos egoístas con nuestro tiempo y atención ya que ponemos nuestras mejores energías en el trabajo pagado, la revolución, el Estado, la liga de fútbol, o lo que quiera en lo que nos ocupemos. Y además nos sentimos irritados por las “constantes” demandas de atención de nuestra gente, sin entender por qué nuestras parejas o nuestros hijos parecen frustradas y vacías con lo que reciben de nosotros. Cuando además exigimos de nuestras parejas que nos reconozcan la importancia de lo que hacemos de manera que nos apoyen sin quejarse.

 

Anthony Giddens es uno de los defensores de la idea de que los hombres se encuentran ciertamente atrasados con respecto a las mujeres en el desarrollo de habilidades emocionales. Defiende que existen estilos emocionales diferenciales y que los de las mujeres son mejores y más adecuadas para establecer lazos vitales y de ciudadanía igualitarios. Si bien, dice Giddens, los hombres han sido influidos por los ideales del amor romántico, se han auto-excluido del dominio de lo íntimo, vinculando el amor romántico a la conquista y la satisfacción sexual, y desarrollando sus identificaciones (pongamos auto-estima) a través de los logros en el trabajo (logros sociales) más que a través de las relaciones amorosas (logros afectivos).

 

Se ha señalado como una situación muy plena de sentido en cuanto a las relaciones de género, las rupturas o pérdidas afectivas. Existen estudios que señalan que mientras que las mujeres viven sensaciones generalizadas de vulnerabilidad, no existe esa conciencia en los varones, o cuando menos no se habla de ella o no se la reconoce.

 

El batacazo afectivo en las mujeres supone unas implicaciones fuertes a otros niveles, se vive como algo global, más narcisista: Se ha perdido algo de sí, algo más interior. Perder una persona implica perder algo muy importante de uno mismo. Los hombres sin embargo pierden algo más exterior, algo que les interesaba, pero no pierden algo propio de sí. Además tienen la posibilidad de encontrar recambio afectivo más rápidamente acudiendo a madres, hermanas, amigas que están bien socializadas para asumir el rol de cuidadoras emocionales. Ellas se exigen el cuidado afectivo de manera que siempre se encuentran dispuestas a que sean invadidos sus espacios personales para atender las necesidades de los otros, sin embargo los hombres se dice ‘regulan su necesidad afectiva’ mostrándose muy inflexibles ante cualquier tipo de invasión de sus espacios horarios (no permiten ser molestados).

 

Esto apunta a que los éxitos relacionales (así como los fracasos) tienen un gran peso en la autoestima de las mujeres, frente a los hombres donde su autovaloración se hace en función de logros sociales. Esto nos da algunas ideas de dónde está la vida y los deseos de unas y de otros, nuestros desencuentros, expectativas, y dificultades para buscar una corresponsabilización en el trabajo doméstico y reproductivo.

 

José María Espada Calpe © 2004.

 

 

 

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