La toma de conciencia y los grupos de hombres

José María Espada Calpe.

DEA y Lic. Antropología Social y Cultural.

www.heterodoxia.net

 

͢            Presentación

͢            El sexismo es un problema de los hombres

͢            Nuestra participación y la autonomía del movimiento de las mujeres

͢            No queremos ser machistas, la falta de modelos

͢            Anexo

͢            Bibliografía

 

 

 

La intimidad creció y rompió el tono perentoriamente helado de mi discurso, mi papel: el intenso ‘Yo’ y ‘Nosotros hombres’, proyectado en los otros sin desear escuchar sus respuestas. Aprendí a dudar sobre mis certidumbres, a relativizarlas en contacto con otros hombres. Allí, en el grupo, el deseo latente de hablar para enseñar lo que sabía, que tenía una respuesta para todo o para casi todo... no funcionó. Esto no era porque hubiera encontrado gente que supiera más que yo (forzándome a escuchar con admiración hacia un conocimiento superior al mío), yo no estaba allí para ser escuchado sino para escuchar e intentar comprender. Este descubrimiento podía parecer banal. Sin embargo, no fue para nada una experiencia fácil. Estar atento, para no entrar en competición –la permanente lucha entre hombres- era algo que no me preocupó en el pasado dentro de las estructuras militantes.

Jean Yves Sparfel

 

 

Presentación.

 

Me gustaría ofrecer en este artículo una aproximación al proceso de toma de conciencia de los hombres con respecto a la discriminación de género, analizando el papel que han tenido los grupos de hombres de toma de conciencia. Como varón que se dedica a la investigación y la docencia, me resulta muy difícil resistirme al discurso teórico en el que solemos envolvernos para evitar cuestionar los aspectos personales más dolorosos de nuestra implicación con la dominación masculina. Con la humildad del que se sabe mil veces equivocado y sin más preámbulo desearía ofreceros una aproximación personal a los grupos de hombres y el proceso de toma de conciencia y comenzaré presentándome.

 

Actualmente formo parte de Heterodoxia: Red de Hombres Profeministas, y también me he reunido con otros hombres en varios grupos de reflexión de hombres, como el Grupo de Reflexión y Estudio sobre Masculinidad en el año 97/98  y con otro grupo que decidió no tener una visibilidad pública ni un nombre y que se vino reuniendo en Madrid durante el año 2002.

Heterodoxia. Red de Hombres Profeministas es un foro público de debate e intercambio en internet, de hombres que apoyamos las reivindicaciones feministas y cuestionamos la dominación masculina y el machismo. Ofrecemos una weblog o foro para que entre todos analicemos lo que significa ser hombre aquí y ahora, intercambiemos y promovamos campañas y acciones que amplíen el marco de acción de los grupos de hombres.

Los grupos de hombres en los que he participado han sido grupos informales que se han reunido con cierta periodicidad para, desde el intercambio de las vivencias personales de sus miembros, discutir sobre los problemas de incomunicación que los modelos tradicionales de masculinidad nos han producido. En el grupo hemos buscado abrirnos y ensayar nuevas formas de relacionarnos entre hombres, rompiendo ese discurso teórico e impersonal que utilizamos siempre para des-responsabilizarnos de nuestra participación cotidiana en el sexismo. No solo hemos tratado de comprender cuales han sido las condiciones y expectativas que han marcado nuestras vidas, sino que el grupo es una herramienta de auto-apoyo en el cambio, teniendo en cuenta los entornos altamente agresivos que vivimos en la sociedad para aquellos varones que no queremos cumplir con lo que se nos exige por el hecho de haber nacido con unos determinados genitales. Estos grupos tienen por lo general un efecto terapéutico importante y suelen ser la savia de un compromiso con el feminismo más consciente y basado en un replanteamiento personal real.

 

El sexismo es un problema de los hombres.

 

Frecuentemente cuando mis amistades, conocidos, compañeros de trabajo o de agrupación deportivas han sabido de mi compromiso con el feminismo surgía la sorpresa ¿Qué hace un hombre defendiendo las reivindicaciones feministas? ¿Pero que hacéis un grupo de tíos hablando de intimidades? ¿Para qué hacéis eso? Etcétera.

 

Bueno, mi compromiso cuajó en el asociacionismo universitario. La Universidad me abrió muchas puertas y dejó una honda huella en mi. Yo vengo de una familia con un padre muy autoritario y tradicional, con una situación conflictiva que desembocó en el divorcio de mis padres y en la ruptura familiar. Además me formé en una escuela religiosa masculina. Fueron diversas experiencias las que me llevaron a querer conocerme mejor y mis problemas de comunicación. Entre ellas tuve algunos problemas de pareja, contradictorias experiencias con homosexuales, una relación conflictiva con mi padre, pero sobretodo una gran ignorancia sobre las relaciones y la sexualidad. Y fue en la Universidad dónde tuve acceso al discurso feminista, que ha sido el que realmente me permitió comprender mis malestares y puñeterías. Pero ¿por qué tomar un papel activo a favor del feminismo?

 

Porque mis malestares personales lejos de ser individuales forman parte de un conjunto de problemas sociales  mucho más amplio, el sexismo, del que soy parte y víctima al mismo tiempo. Sin embargo la mayor parte de los hombres no entienden qué significa el sexismo, e incluso aquellos que reconocen que las mujeres están discriminadas en nuestra sociedad, en pocos casos entienden que este sea un problema de o para los hombres.

 

Han sido generalmente las mujeres, no sólo como movimiento social y político, sino como parejas, amigas, compañeras o familiares, las que nos han enfrentado con quiénes somos y cómo nos comportamos, ya que en realidad parece que hemos cambiado bien poco y seguimos siendo “los hombres” el problema: hombres que ejercen la violencia contra las mujeres que se niegan a seguir siendo dominadas (ola de asesinatos), hombres que ejercen la violencia contra otros hombres que se salen de la versión oficial de lo que debe ser todo un hombre (la homofobia, los blandos, etc), hombres que detentan la hegemonía y el poder en definitiva.

 

Parece que no somos capaces de ver cómo estamos implicados en el sexismo si no es por la fuerza con la que ellas nos han confrontado con nuestras puñeterías y privilegios. Pero creo que sería también muy importante partir de la idea de que el feminismo nos ha abierto un nuevo campo en positivo para redescubrirnos.

 

Muchos empezamos a sospechar desde pequeñitos que había algo que fallaba, generalmente por nuestra incomodidad con aquello que se supone que nos daba acceso a ser esos seres tan importantes, ser todo un hombre.

 

Muchos hombres viven mal esa presión que continuamente nos auto-inflingimos, nos inflingen e infligimos a otros hombres. Pocos somos capaces de romper el silencio, y menos son los que podemos acceder a la información que nos permita identificar certeramente el origen de nuestros malestares, comprenderlos y cambiar. En general, tenemos poco contacto con nuestras emociones y hemos sido educados para dar respuestas inmediatas, mediante la acción. Nuestra socialización nos ha supuesto una traba para comprender nuestro papel como agentes de la discriminación y estamos cargados de resistencias.

 

Tendemos a buscar chivos expiatorios, que para mayor desgracia suelen ser nuestras víctimas. Estamos llenos de resistencias y cuando se habla de los hombres parece que no somos capaces de distanciarnos y ser autocríticos. En cuanto se habla de los hombres solemos saltar a la defensiva y buscar todo tipo de agravio comparativo estúpido -y marginal al debate-, para defender que “yo” no soy culpable. Siempre nos sentimos aludidos personalmente ¿Por qué?

 

Aunque fuera doloroso reconocer mi culpabilidad en el dolor que he causado, o simplemente reconocer el dolor sufrido por no adecuarme a lo que esperaban de mí como varón, fue cuando empecé a interesarme y escuchar las reclamaciones de las mujeres, cuando muchas de mis experiencias comenzaron a cobrar sentido.

 

Mucho de ese dolor y experiencias no compartidas hasta ese momento surgían en todos nosotros cuando comenzábamos a abrirnos en las reuniones de hombres: la crueldad con el débil, con el que transgrede la norma y hace cosas de chicas, el colegio y el respeto y admiración a través de los éxitos deportivos, las difíciles primeras relaciones con chicas, las no menos difíciles primeras relaciones con hombres, los celos, las complejas relaciones con nuestros padres, las dificultades para establecer amistades íntimas con varones, el tan falso "mito del mejor amigo", los problemas de la homofobia, los mandatos de competitividad ("complejo de llanero solitario"), la prevención contra toda relación afectiva en todo ámbito excepto en el sexual heterosexual, la sexualización de lo afectivo, la primacía de la demostración de la virilidad en las relaciones con los amigos (colegueo por encima de la amistad), la supuesta autosuficiencia, la tendencia a no reconocer aquellos sentimientos que nos producen vergüenza, etc.

 

Es cierto que hubo algunas posturas dentro del feminismo que han podido frenar una mayor implicación de los hombres con el feminismo. El feminismo es y ha sido un movimiento de mujeres y para las mujeres, en el que los hombres no deberían meter las narices, dada nuestra tan probada tendencia a saberlo todo y dar consejos a troche y moche sobre como solucionar los problemas del mundo.

 

Nuestra participación y la autonomía del movimiento de las mujeres.

 

Deseaba entonces incorporarme de alguna manera al proceso de cambio, pero desconocía cómo, y comencé a acudir a charlas, leer libros, buscar información y tener conversaciones en las que tuve que comprender por qué no me dejaban formar parte de sus organizaciones. Así tuve que comprender la importancia de la autonomía del movimiento feminista.

 

Responder positivamente a las demandas de la mujeres no era fácil, ya que como hombres estamos acostumbrados a dar soluciones en lo público y con la razón. Y resulta que fuimos al feminismo y nos encontramos que ellas nos reenviaban al ámbito de lo personal y nos pedían que no hiciéramos nada en sus organizaciones, sino que nos replanteásemos nuestra forma de ser en lo personal y nos responsabilizásemos de nuestras emociones y nuestros problemas de comunicación. El feminismo era un movimiento de mujeres para las mujeres. Resultaba duro comprender por qué no nos dejaban unirnos cuando deseábamos fervientemente formar parte de su movimiento al que vivíamos como prioritario y justo.

 

Imelda Whelehan dice que los debates iniciales del feminismo de los 60 se centraron sobre si los hombres podían ser excluidos de las organizaciones y si se aceptaba que 'la creación de la nueva mujer pasaba necesariamente por la creación del nuevo hombre'. La mayoría del feminismo de la segunda ola señalaba a los hombres como el 'enemigo', lo que fue aceptado, tácitamente, como un posicionamiento temporal y socio-histórico, que sería abierto a transformación posterior.

 

La mayoría de las feministas no preveía el separatismo total como una solución de trabajo a largo plazo. Ellas deseaban autonomía para construir un movimiento para las mujeres, querían su movimiento, no tanto expulsar a los varones como ser independientes de ellos, dado que los problemas de las mujeres eran siempre postergados y arrinconados de las agendas de las principales agencias políticas dominadas por hombres. Esto implicó que sólo las mujeres pudieran denominarse feministas y que se creara un espacio segregado sexualmente para compensar las recalcitrantes prácticas excluyentes de los hombres en partidos políticos, empresas y organizaciones sindicales. Y desde entonces esta autonomía ha sido una de las tácticas feministas menos comprendidas.

 

Además resultaba difícil sentirse cómodo cuando se hablaba de los hombres como un conjunto absolutamente homogéneo, y esencialmente violento y opresor, cuando nos decían que éramos privilegiados, pero no éramos conscientes de cuáles eran nuestros privilegios; y no sólo eso, sino que además estábamos percibiendo lo negativo que resultaba ser varón y todas las dificultades emocionales y de relación que teníamos por nuestra educación. Por ejemplo, Seidler señaló que durante años el análisis feminista radical insistió en que los hombres no podían cambiar y que cualquiera que sugiriera lo contrario no estaba tratando con la dureza y severidad que se debe a los hombres. Este análisis implicaba que todos los hombres eran potenciales violadores y jamás se debería confiar en ellos. Así, los hombres que se presentaban como hombres diferentes resultaban aún más sospechosos para las feministas (lo cual tiene un base). De esta forma parece que los hombres no podíamos escapar de un esencialismo que paradójicamente era el que nosotros habíamos utilizado para legitimar la opresión de las mujeres, gays, lesbianas, esclavos, etc.

 

Muchas de las dudas y precauciones de las feministas ante los hombres que pretenden presentarse como feministas tienen una base importante. Ya desde los comienzos de feminismo de los 60 muchos hombres centraron sus energías en atacar este exclusionismo por parte de las feministas, en el plano académico diversos autores reivindicaron su derecho a ser parte del feminismo, y la respuesta feminista fue tajante: el feminismo cumple una función importante como modelo alternativo a la mística de la feminidad que el sexismo ha impuesto a las mujeres. Ellas han tenido que hacer un trabajo muy importante de reflexión conjunta para lograr identificar como el sexismo estaba íntimamente instalado en la subjetividad, ideas y formas de ser de las mujeres, y el feminismo ha servido para proponer nuevas formas de ser mujer fuera de su subordinación como reproductoras y cuidadoras dentro de la familia tradicional. Pero ¿Qué es lo que reivindica un hombre “feminista”?.

 

Merece especial mención como hace un par de años desde AHIGE se lanza el debate sobre el “masculinismo”. Quizá por nuestro aislamiento y falta de coordinación, quizá por nuestra falta de memoria histórica, quizá por nuestra falta de humildad, se viene repitiendo con incesante estupidez la ceremonia de la reinvención de la sopa de ajo.

 

Cada vez que uno de nosotros “nace” a la luz, resulta que el movimiento de hombres comienza en España con uno mismo, nunca antes nadie pensó en cuan necesario es fundar el movimiento de hombres en España y el primer gran debate es darnos un nombre, que en este caso, como si fuéramos el reverso olvidado de la discriminación de género, era el de masculinistas, ya que no nos querían dejar llamar feministas.

 

En mi opinión, y así la expresé, debemos seguir reservando el sentido fuerte del término y de la iniciativa al feminismo, y no necesitamos ser armados caballeros "masculinistas" para organizarnos y realizar una labor de cambio por la justicia que vivimos tan necesaria. Es más en mi opinión llamarse masculinistas es pretender fundar un movimiento como un reflejo espejo de "feminismo" y la discriminación de género no afecta de igual modo a unas y otros, y aunque creo firmemente en la necesidad del compromiso de los varones para transformar la discriminación de género,

no creo que:

1º sea tan fundamental al movimiento darse un nombre,

2º menos un nombre con un referente poco claro,

 3º menos un nombre que parece querer implicar un protagonismo 50%/50% con los movimientos de las mujeres.

 

En el caso de Heterodoxia, preferimos acoger un término que ya estaba consagrado en el ámbito anglosajón: profeministas. Con ello queremos indicar que explícita y activamente apoyamos el feminismo y los esfuerzos por hacer realidad la justicia de género y la igualdad.

 

Muchos hombres “progresistas” dicen que son feministas, y muchos además tienden a considerar que los grupos de hombres son una actividad privada e intrascendente, un pasatiempos de sensiblones egocéntricos. De esta manera se puede reinstalar de nuevo la distinción entre la política seria, la pública, por un lado; y lo emocional y  personal como el ámbito degradado, desvirtuando lo que ha sido una máxima de los movimientos sociales: lo personal es político.

El movimiento de hombres parece abarcar una multiplicidad de grupos en muchos casos aliados y en otros enfrentados. Una descripción sobre un movimiento altamente desarrollado en comparación con lo que sucede en España nos la da Michael Flood, que distingue cuatro corrientes en el movimiento australiano: Movimiento de liberación del hombre, movimiento mitopoetico, movimiento profeminista o antisexista, y grupos de defensa de los derechos del padre y del hombre. (Tienes una explicación mayor al final del artículo).

 

Los profeministas participamos en el activismo político. Por ejemplo, uno de los temas más comunes de compromiso es la violencia de género y el maltrato doméstico. Hay grupos de hombres en Europa, Australia, los Estados Unidos, Canadá, Sudamérica y África, (y muchos otros lugares) comprometidos en la lucha contra la violencia de género. Existen campañas internacionales como la del “Lazo Blanco”. En España, una serie de fundaciones, grupos y asociaciones se unieron a la campaña europea del “Lazo Blanco”. Entre ellos se encuentra el Proyecto Mercurio o el Grupo de Hombres de Sevilla, pero existen más profesionales, ciudadanos y asociaciones implicados.

 

Los profeministas, a nivel internacional, hacemos campañas de educación comunitaria y talleres con niños y jóvenes en las escuelas sobre la discriminación de género,  las relaciones sexuales, la prevención del SIDA y el uso de los preservativos, la lucha contra la homofobia; ofrecemos charlas en los lugares de trabajo sobre el acoso sexual, el riesgo y la masculinidad, el trabajo doméstico y el cuidado. También damos orientación y terapia a otros hombres que perpetran agresiones, y hacemos mediación en situaciones de conflicto en procesos de separación o divorcio, por citar otras actividades más controvertidas. También estamos preocupados por la salud masculina, realizamos activismo por los derechos humanos, luchamos por los derechos de las prostitutas y en contra del tráfico de “blancas”, nos preocupa además el tráfico de armas, el creciente militarismo y los valores que se cultivan en los ejércitos, realizamos investigación sobre las masculinidades a todos los niveles, y trabajamos en el desarrollo de currículos coeducativos en las escuelas. Solemos trabajar en colaboración con las feministas y los servicios para las mujeres (por ejemplo en los Centros de crisis para mujeres violadas y maltratadas, Casas de Acogida, etc.), apoyamos sus campañas y la consecución y consolidación de sus derechos civiles, educativos, laborales y sociales.

 

Algunos también participan o han participado en “grupos de toma de conciencia”. En todo caso, nuestro compromiso con el feminismo se manifiesta intentando vivir nuestra cotidianeidad de forma respetuosa e igualitaria con las mujeres y otros hombres, ya sea en nuestros hogares, lugares de trabajo, en la familia, en el ocio o en las calles.

 

No queremos ser machistas, la falta de modelos.

 

Esta distinción entre lo político como lo público, y lo personal como lo privado, puede reforzar la falta de compromiso de los hombres con la igualdad de género. Es fácil apoyar la igualdad en un plano formal, pero resulta más comprometido cuestionarse  a uno mismo y ser consecuente en la vida privada y personal. Nuestro primer paso puede ser tomar conciencia de en qué medida somos cómplices del estado de cosas.

 

"Creo que esta experiencia de retraerse de definir nuestros deseos y necesidades ocurrió a muchos hombres en los primeros años del movimiento de mujeres. Nos vimos abandonados sintiéndonos culpables, casi porque existíamos y éramos hombres. No queríamos que nos creyeran sexistas, por lo que nos analizamos muy cuidadosamente". Victor Seidler.

 

Esta tensión entre un supuesto igualitarismo de carácter más político y el trabajo más terapéutico, es una falsa distinción que muestra la incapacidad de la izquierda para comprender la discriminación no como una mera cuestión redistributiva de los privilegios y riquezas sino como una dimensión que se construye en las relaciones interpersonales a todos los niveles y que requiere un trabajo específico de exploración, auto-conocimiento y auto-apoyo en el cambio.

 

El feminismo requirió de este tipo de trabajo y mostró que el análisis en grupo de las historias y experiencias de vida era una herramienta potencialmente liberadora, acompañada, como estaba, por esfuerzos de cambio en la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres.

 

Las feministas radicales recalcaron las repercusiones que tenía el sexismo en las vidas domésticas y sexuales de las mujeres. Ellas analizaron sus vidas y experiencias personales, y encontraron que el problema de las mujeres estaba, a grandes rasgos, en los hombres -no sólo aquellos que sustentaban los mecanismos de poder en el gobierno, sino también los padres, los compañeros y coetáneos- y su androcentrismo.

 

Analicemos un caso: Uno de los panfletos más importantes en circulación durante el final de la década de los sesenta fue el 'El mito del orgasmo vaginal' de Anne Koedt. Hasta entonces el intercurso coital representaba el símbolo central de la unión heterosexual, cuyo mito cúlmen modernizado vino a ser el orgasmo simultáneo en la penetración vaginal. Sin embargo para Koedt la penetración vaginal era una práctica sexual definida exclusivamente en términos del deseo y placer masculino. La sexología al uso certificaba a la penetración vaginal como la relación normal, condenando cualquier otro tipo de práctica como parafílica y generando toda una nueva serie de enfermedades y malestares para aquellos que fallaban en el rendimiento y eficacia en la penetración: vaginismo, frigidez o falta de deseo “para la penetración”, problemas de erección, eyaculaciones a destiempo (precoz o retardada), y un largo etcetera.

 

En su extremo, al defender el derecho al placer de las mujeres independientemente de los hombres, algunas feministas radicales lesbianas preconizaron el separatismo extremo, que sin embargo no era contemplado por la mayor parte de las mujeres heterosexuales como una alternativa feminista viable para su orden social cotidiano.

 

Pero lo fundamental es que al analizar cómo las normas heterosexistas hegemónicas reafirman la subordinación de las mujeres, se permitió que las relaciones heterosexuales fueran revisadas y se posibilitó hablar a las mujeres sobre su sexualidad, en sus propios términos, escapando de las definiciones masculinas de la 'normalidad' y la 'frigidez'; y sintiendo que se tenía el derecho de hacer reivindicaciones, al percibir que lo que anteriormente parecían ser paranoias y problemas personales de las mujeres formaban ahora parte de un patrón que, en realidad, era esencialmente político. 

 

La ideología androcéntrica forma parte del suelo mental, del sentido común de mujeres y hombres, y en su invisibilidad consiste su fuerza. Fueron las feministas radicales las que señalaron la importancia del trabajo de los grupos de reflexión para desterrar los efectos de este androcentrismo lejos de cada mujer, y surgieron grupos de toma de conciencia y exploración en el ámbito de las mujeres. Ellas exploraron la complejidad de sus necesidades, y desafiaron a los hombres a analizar cómo estaban organizando sus vidas.

 

Ellas se negaron a hacer nuestro trabajo emocional e insistieron en que nosotros teníamos que encontrar nuevas formas de apoyarnos y estimarnos. Y también nos mostraron lo poco que parecíamos saber, ya que por diversas razones los hombres no tenemos contacto con partes importantes de nuestra vida de las que somos especialistas en su ocultamiento/negación. Las formas de masculinidad que hemos aprendido nos han llevado a tener el mínimo contacto posible con nuestra intimidad y a tener grandes dificultades para establecer relaciones íntimas igualitarias con otros hombres y mujeres.

 

Sería muy fácil pensar que uno puede cambiar mediante una suerte de voluntad y determinación personal como nos han enseñado a pensar. El “self-made-man”, el hombre que se hace a sí mismo, el Robinsón Crusoe de Daniel Defoe.

 

Además, en el comienzo de la toma de conciencia nos hemos sentido terriblemente desorientados ante la falta de modelos. Estábamos deseando encontrar un modelo de cómo debíamos ser, para agarrarnos a él, cuando ni siquiera apenas sabíamos quienes éramos ni quiénes deseábamos ser. En términos freudianos estábamos impelidos constantemente a tomar la posición de nuestro superego: No quiero que digan que soy un machista, qué es lo que debo de hacer para ser un tio anti-sexista.

 

Una de mis primeras conferencias en la Universidad Complutense, fue allá por el 95. Para mí era una situación compleja porque las organizadoras querían que un chico enseñase a otros, una forma distinta de ser hombre. Con lo que tenía un problema ya que no tenía claro ni que yo fuera ese modelo alternativo, ni que existiera un modelo, ni que fuera conveniente incluso que hubiese un modelo claro y único frente al existente tradicional. Lo único que yo podía exponer, en aquella charla, era que es lo que no me gusta de lo que tengo y por qué. Podemos aprender de la experiencia del feminismo.

 

Para las mujeres, los grupos de reflexión y toma de conciencia, resultaban una respuesta política natural porque por su socialización estaban acostumbradas a realizar trabajo colectivo informal como parte de una subclase o subcultura del cuidado. Se suele entender que las mujeres estaban acostumbradas a cooperar, mientras que los hombres son impulsados a competir entre sí en todos los frentes. En contraste, los gays también se encontraron cómodos, en los comienzos de su movimiento de liberación, con las prácticas de sensibilización y toma de conciencia, y desarrollaron redes de apoyo mutuo entre varones. La política y experiencia de los grupos de mujeres facilitó que nosotros adoptásemos esta forma de discusiones basadas en la propia experiencia.

 

En este sentido los grupos de toma de conciencia cobran importancia como lugar donde construir una nuevas relaciones no-competitivas con otros varones, lugar donde podamos ensayar un grado mayor de honestidad sobre nuestras experiencias personales. Los grupos de hombres han servido además como marco útil para las feministas que creían que el feminismo transformaría las vidas de los hombres, pero que necesitaban mantener el separatismo al nivel de los grupos de toma de conciencia, la prospectiva y la acción política.

 

Anexo

 

La tipología de 4 tendencias en el movimiento de hombres (Michael Flood).

 

Uno de los creadores de la revista australiana ‘XY, hombres, sexo y política’, Michael Flood clasifica las tendencias dentro del movimiento de hombres australiano en cuatro tendencias: Hombre anti-sexistas y profeministas (dentro de estos algunos distinguen profeministas radicales y profeministas liberales), grupos del movimiento de liberación del hombre, grupos mito-poéticos y espirituales, y en cuarto lugar grupos de derechos de los hombres y los padres. Intenta describir éstas y cuales son las relaciones entre sí para intentar dejar claro quién es quién, teniendo claro que él se sitúa dentro de los grupos pro-feministas.

 

            Su principal interés es desenmascarar a aquellos grupos que se incluyen en esta especie de cajón de sastre y negar la existencia de un movimiento de hombres unitario. Así como denunciar como se silencia y trivializa el conflicto y la disensión dentro de los grandes eventos y reuniones en las existe un sector de hombres y grupos que están centrados en un trabajo más espiritual, terapéutico o de crecimiento personal, que enfatiza la armonía, la hermandad y que censura la disensión trivializándola como un posicionamiento intelectual ‘desde la cabeza y no desde el corazón’ y enfrentado a un sector más politizado y militante. Flood reconoce estrechos lazos entre movimiento de liberación y pro-feministas, y traza su linea divisoria con relación a los mito-poéticos y los grupos de defensa de los derechos de los hombres.

 

            Otros autores como Víctor Seidler desconfían de la cruzada abierta para desacreditar a Robert Bly, enfatizan la necesidad del trabajo de crecimiento personal, de terapia y ven con desconfianza a aquellos sectores que parecen más politizados pero que reinstalan la distinción público/privado, denigrando el trabajo de grupos más terapéuticos como no político. Flood en cualquier caso reconoce en su artículo que es una clasificación con cierta perspectiva pero que abría que anotar las peculiaridades y idiosincrasias de hombres socialistas, de clase obrera, negros y de homosexuales.

 




 

ANTI-SEXISTAS, O PRO-FEMINISTAS.

-Defienden que el modelo dominante de masculinidad es opresivo para las mujeres, así como constrictivo para los hombres.

-La sociedad está cruzada por injusticias y discriminación de género y los hombres deben responsabilizarse de su sexismo y trabajar por el cambio de otros hombres.

-Simpatizan con diversos feminismos.

-Son aliados de los grupos ‘Men’s liberation’ a pesar de ciertas diferencias en la forma de entender la ‘opresión’ que sufren los hombres.

-Comparten objetivos básicos de igualdad y justicia. Ambas ramas aprenden una de la otra.

-K. Clatterbaugh denomina a éstos como ‘Pro-feministas radicales’, que a diferencia de los profeministas liberales, enfatizan el papel de la violencia y la agresividad en la masculinidad y en que reconocen que los hombres gozan de privilegios frente a las mujeres.

-Ambos coinciden en las campañas contra la violencia hacia las mujeres y el trabajo educativo y terapéutico en relación a la agresión y la violencia masculina.

 

 

GRUPOS DE DEFENSA DE LOS DERECHOS DE LOS HOMBRES.

-Consideran que los roles masculinos son dañinos y letales para los hombres. Niegan el poder de los hombres y sostienen que los hombres son las auténticas víctimas.

-Apuntan a las mujeres y el feminismo como las responsables y a los hombres como las víctimas. El feminismo para éstos, ha perdido su carácter liberador para ambos sexos y se propone privilegiar a las mujeres sobre los hombres y discriminan entre feministas igualitarias (las buenas) y feministas victimistas (las malas).

- Defienden que existe la violencia de mujeres hacia los hombres que es promovida y tolerada por las feministas, y que los hombres son discriminados en la custodia de los hijos en separaciones y divorcios.

- 2 secciones: 1.- grupos defensa de los derechos de los hombres, con mayor vinculación con grupos religiosos carismáticos y la defensa de la familia patriarcal tradicional, 2.- grupos de separados y divorciados. Tienen una visión más laxa de la familia tradicional. Se organizan en forma de lobby y atacan la existencia de servicios estatales exclusivos para mujeres. Apoyan a otros hombres en procesos de separación y custodia de los niños.

- Algunos incluyen los lobbies de supremacistas blancos y de defensa de las armas.

 

 

LIBERACIÓN DEL HOMBRE.

-Defienden que los hombres están heridos por el rol masculino en el que han sido socializados, que es alienante, empobrecedor y va contra la salud de los hombres. Enfatizan que ambos hombres y mujeres están constreñidos por los roles de género, y algunos dicen que están oprimidos como hombres.

-Se hace hincapié en el daño, el aislamiento y el sufrimiento inflingido a los niños y hombres a través de su socialización.

-Centran su actividad en grupos de crecimiento, cambio y auto-apoyo. Es una actividad menos relevante públicamente pero constituye la savia del movimiento de hombres. Grupos altamente formativos que proveen profundas experiencias que ayudan al cambio personal-social.

-En su vertiente más pública se organizan acciones relacionadas con la terapia y la orientación en relación a la salud de los hombres y la violencia masculina.

-K. Clatterbaugh denominaría a estos ‘Pro-feministas liberales’.

 

 

GRUPOS ESPIRITUALES Y MITOPOETICOS.

-Derivan su pensamiento del psicoanálisis y el trabajo de Carl Jung y Robert Bly. En España hay ciertas tendencias al trabajo con terapia gestalt y una herencia reichiana fuerte.

-La masculinidad está enraizada en pautas inconscientes y arquetipos que se revelan a través de mitos, historias y rituales. Centran su trabajo en la recuperación de la unidad originaria de la persona que ha sido dañada y que se ha fragmentado. Es necesario conectar con los arquetipos del inconsciente y curar las heridas inflingidas hasta alcanzar un estado de paz, integridad y salud psico-espiritual.

-No es una corriente abiertamente política pero mantiene vínculos con el ecologismo y el pacifismo.

-Sus terapias de recuperación del guerrero pueden reforzar no sólo posturas pro-feministas sino posturas abiertamente sexistas relacionadas con los grupos de defensa de los derechos de los hombres.

 

Bibliografía citada.

 

Flood, Michael. (1996) Four Strands: Diversity and dissent in the men's movement. XY, Men, sex, politics. 6(3), Spring, Sydney.

Seidler, V.J. (1991) The Achilles Heel Reader, London, Routledge.

Seidler, V.J. (1991b) Recreating sexual politics: Men, feminism and politics, London, Routledge.

Seidler, V.J. (1994) Unreasonable men. Masculinity and Social Theory. Routledge, London.  (Existe traducción al castellano)

Vilchez Cambronero, J. (1991) Desde el corazón: el camino de los Grupos de Hombres. En "Ayer, hoy y mañana: IV Congreso Estatal de Sexología". Valencia. Generalitat Valenciana.

Villadangos, F. (1991) Grupo de hombres. Una experiencia liberadora. En "Ayer, hoy y mañana: IV Congreso Estatal de Sexología". Valencia. Generalitat Valenciana.

Whelehan, Imelda. (1995) Modern feminist thought: From the second wave to 'Post-feminism'. Edimburgh, Edimburgh University Press.

 

 

José María Espada Calpe © 2004

 

 

 

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