Lunes, sí,
y además día de mercado. Las calles de la entonces Villa
y Corte abarrotadas. Gentes venidas de los pueblos de alrededor de la capital
compraban y vendían en confuso guirigay. Ni una sola nube en el
horizonte; ni una sola. Al menos de momento.
Joachim Murat, duque de Berg, mariscal de Francia,
cuñadísimo del emperador Napoleón, y flamante comandant-en-chef
des troupes françaises, acantonadas en los alrededores de Madrid
sin que nadie —excepto él, claro— supiera para qué, miraba
por la ventana de la casona de Doña María de Aragón,
contigua al Palacio Real, donde se hospedaba.
El duque de Berg sonreía. Abajo, en la plaza
de la Armería, comenzaba a arremolinarse un numeroso gentío.
Ese día, habíase dispuesto que el menor de los hijos de Carlos
IV, el infantito Francisco de Paula, aquel niño de ojos un poco
alucinados que Goya pintó con pantalones rojos en su “retrato de
la Real Familia”, fuera conducido a Bayona, donde se encontraban ya sus
padres y hermanos, invitados por Napoleón. La orden del Emperador
a su cuñado había sido terminante: ni un solo día
más debía retrasarse la partida del regio infante. Era necesario
despejar el camino para la coronación de su hermano José,
y entronizar así en España a la dinastía Bonaparte
en la persona del que los españoles llamarían “Pepe Botella”
a pesar de que, al parecer, era absolutamente abstemio.
Pasaron los minutos y la sonrisa de Murat fue convirtiéndose
en mueca malévola. Cada vez mayor gentío se arremolinaba
junto a Palacio. En algunos corrillos circulaba el rumor, cada vez más
creciente de que algo extraño estaba ocurriendo. Se oían
ya algunas voces de “¡traición!”. El duque de Berg, giró
su leonada cabeza hacia la izquierda. Allá al fondo, en el cruce
entre la calle Mayor y la Cuesta de la Vega, asomaban las negras bocas
de dos piezas de artillería de doce pulgadas.
Poco a poco, la atmósfera se fue caldeando
más y más y llegó al paroxismo cuando apareció
la carroza del infantito a la puerta de Palacio, rodeada de un bosque de
palafreneros y flanqueada por una fuerte escolta de dragones montados.
Se dijo entonces que el niño iba llorando porque no quería
salir de España. De repente, una voz temblorosa de barítono
destacó entre la multitud y gritó: “¡qué se
nos lo llevan!”
El tempo lento de aquel crescendo estalló
en desenfreno súbito y, en furioso tumulto, la multitud arrancó
los arneses de la regia carroza, dejándola inutilizada. Por doquier,
surgieron, de no se sabe de donde, facas albaceteñas, trabucos naranjeros,
estacas y un sin fin de instrumentos contundentes. La multitud se arrojó
sobre la escolta francesa y comenzó a correr la sangre..
Murat, que seguía observando la escena tras las cortinas
de encaje de su aposento, no dejaba de sonreír, aunque su rostro
habíase tornado más sombrío. En ese momento se produjo
un alboroto en la antecámara y su ayudante de campo irrumpió
en la pieza sin siquiera solicitar la venia. El teniente coronel
Bruslard venía desencajado, con uno de los alamares arrancados y
el rostro cubierto de sangre. Acababa de ser atropellado por un grupo de
paisanos armados y de no haber mediado la feliz intervención de
un oficial español que le salvó, no estaría allí
contándolo.
Tras el parte, el duque de Berg despidió a
su edecán y, sin inmutarse, con aquella parsimonia suficiente del
que se sabe en posesión de la razón de la fuerza, comenzó
a dar órdenes....
¿Que había pasado? ¿se trataba
de un motín espontáneo, consecuencia del sentir popular,
herido por los agravios del Francés o, algo provocado desde oscuros
gabinetes, tratando de salvar lo salvable en aquel mundo en el que el emperador
Napoleón había introducido una vertiginosa aceleración
del tiempo histórico? ¿Quién sabe incluso, si
a lo mejor se trató de una provocación surgida de las propias
autoridades francesas para llevar a cabo una represión desproporcionada
y brutal; una tropelía; una lección que mantuviera a los
españoles sumisos ante el nuevo orden que se avecinaba con la proclamación
de José I Bonaparte?
Fuere lo que fuere, motín espontáneo
o provocado desde el ángulo que se quiera, lo cierto es que, al
menos al principio el heroico pueblo de Madrid había tomado la iniciativa
y se había lanzado a la calle. Sobre todo al correrse la voz de
la masacre provocada por la batería de la cuesta de la Vega, que,
sin previo aviso, había disparado de forma indiscriminada
sobre la población arremolinada junto a Palacio, tras surgir el
primer grito insurreccional. La noticia se extendió pronto por todo
Madrid. En cada barrio se formaron espontáneamente partidas de paisanos
armados con los instrumentos más inverosímiles. Por doquier,
se oían gritos de: “mueran los gabachos” y de: “vasallos a las armas”.
El pueblo entero, mujeres inclusive, se lanzó a la calle y comenzó
a matar a todos los franceses que, aislados o en pequeños grupos,
encontraba a su paso.
De repente, las tropas napoleónicas acantonadas
en los pueblos vecinos a la capital, comenzaron a marchar al unísono,
con sospechosa precisión, rapidez y coordinación, hacia el
centro de la Villa, entrando por cada una de las puertas de la ciudad,
y peinando los barrios que iban encontrando en su camino en una maniobra
envolvente, a todas luces calculada de antemano. El avance en tenaza de
los franceses, obligó a confluir a los amotinados en la Puerta del
Sol, donde fueron masacrados por las tropas más sanguinarias del
Ejército Napoleónico: los temibles Mamelucos. Caballería
auxiliar reclutada por el Emperador en su campaña de Egipto.
Algunos grupos de paisanos, sin embargo, consiguieron
huir por la calle de la Montera hacia la Red de San Luis y, después
de remontar la de Fuencarral, llegaron al parque de Artillería de
Monteleón (situado entonces en la actual plaza del Dos de Mayo y
cuya puerta de entrada aun se conserva, sirviendo de marco a la estatua
de Daoiz y Velarde), frente al que se manifestaran pidiendo armas para
tratar de enfrentarse más eficazmente a las columnas francesas.
De súbito surge una pregunta que hasta ahora
ni se nos había ocurrido, ocupados racional, pero también
emocionalmente, en describir la tropelía. Nos referimos a
un dato esencial: ¿qué hacían en ese momento los jefes
militares españoles, hasta el punto de que nuestras tropas se vieron
reemplazadas por un pueblo en armas en defensa de lo nuestro? La contestación
es muy fácil y breve: los tres mil hombres que formaban la guarnición
de Madrid permanecieron acuartelados por orden estricta del Capitán
General Negrete, a quien esta inhibición le costaría luego
la cabeza.
Sin embargo, sucede que a veces no todo el mundo
obedece ciegamente. Hay casos individuales de gente que se la juega. Sobre
todo cuando ante sus ojos se presenta el terrible y luctuoso espectáculo
de ver a sus conciudadanos avasallados por un poder foráneo apabullante,
que unas veces muestra su rostro brutal (como entonces) y otras viene disfrazado
de lagarterana (como ahora).
En efecto: el capitán de Artillería
Velarde, con el teniente Ruiz del mismo cuerpo, desobedeciendo las severas
órdenes del mando, sacaron a la calle a su compañía
y se unieron a los grupos de paisanos armados.
Velarde fue uno de los que escapó de la Puerta
del Sol y llegó con sus soldados frente a Monteleón, donde
después de una breve conversación con el también capitán
del mismo arma Luís Daoíz, jefe del destacamento español
que custodiaba el mencionado parque, éste le franqueó la
entrada. Ya en el interior, Daoiz, Velarde y Ruiz, con sus tropas
desarmaron a la guardia francesa allí destacada y permitieron entrar
al pueblo, le entregaron las armas disponibles y organizaron la defensa
del establecimiento.
Casi de inmediato se presentó frente al parque
la columna francesa del general Lefranc. Después de un duelo
a cañonazos, siguió una reñida lucha cuerpo a cuerpo,
que terminó con el aniquilamiento de las heroicos defensores.
Daoíz y Velarde murieron durante la refriega. El primero abyectamente
asesinado cuando, llamado a parlamentar por el general francés,
fue rodeado y muerto a bayonetazos. Por su parte, Ruiz, pudo escapar aunque,
gravemente herido, fallecería más adelante en Extremadura.
Sus cenizas se conservan actualmente en el Museo Militar de la Coruña.