La carga de los mamelucos (Goya, Museo del Prado) Hacer clic para ver la imagen a tamaño natural

Madrid, dos de mayo de 1808, lunes.


—José L. Terrón Ponce—

Artículo publicado en "Revista vecinal de San Bernardo, Dos de Mayo y Chueca" mayo 1998


 
Lunes, sí, y además día de mercado. Las calles de la entonces Villa y Corte abarrotadas. Gentes venidas de los pueblos de alrededor de la capital compraban y vendían en confuso guirigay. Ni una sola nube en el horizonte; ni una sola. Al menos de momento.

    Joachim Murat, duque de Berg, mariscal de Francia, cuñadísimo del emperador Napoleón, y flamante comandant-en-chef des troupes françaises, acantonadas en los alrededores de Madrid sin que nadie —excepto él, claro— supiera para qué, miraba por la ventana de la casona de Doña María de Aragón, contigua al Palacio Real, donde se hospedaba.

    El duque de Berg sonreía. Abajo, en la plaza de la Armería, comenzaba a arremolinarse un  numeroso gentío. Ese día, habíase dispuesto que el menor de los hijos de Carlos IV, el infantito Francisco de Paula, aquel niño de ojos un poco alucinados que Goya pintó con pantalones rojos en su “retrato de la Real Familia”, fuera conducido a Bayona, donde se encontraban ya sus padres y hermanos, invitados por Napoleón. La orden del Emperador a su cuñado había sido terminante: ni un solo día más debía retrasarse la partida del regio infante. Era necesario despejar el camino para la coronación de su hermano José, y entronizar así en España a la dinastía Bonaparte en la persona del que los españoles llamarían “Pepe Botella” a pesar de que, al parecer, era absolutamente abstemio.

    Pasaron los minutos y la sonrisa de Murat fue convirtiéndose en mueca malévola. Cada vez mayor gentío se arremolinaba junto a Palacio. En algunos corrillos circulaba el rumor, cada vez más creciente de que algo extraño estaba ocurriendo. Se oían ya algunas voces de “¡traición!”. El duque de Berg, giró su leonada cabeza hacia la izquierda. Allá al fondo, en el cruce entre la calle Mayor y la Cuesta de la Vega, asomaban las negras bocas de dos piezas de artillería de doce pulgadas.

    Poco a poco, la atmósfera se fue caldeando más y más y llegó al paroxismo cuando apareció la carroza del infantito a la puerta de Palacio, rodeada de un bosque de palafreneros y flanqueada por una fuerte escolta de dragones montados. Se dijo entonces que el niño iba llorando porque no quería salir de España. De repente, una voz temblorosa de barítono destacó entre la multitud y gritó: “¡qué se nos lo llevan!”

    El tempo lento de aquel crescendo estalló en desenfreno súbito y, en furioso tumulto, la multitud arrancó los arneses de la regia carroza, dejándola inutilizada. Por doquier, surgieron, de no se sabe de donde, facas albaceteñas, trabucos naranjeros, estacas y un sin fin de instrumentos contundentes. La multitud se arrojó sobre la escolta francesa y comenzó a correr la sangre..
 Murat, que seguía observando la escena tras las cortinas de encaje de su aposento, no dejaba de sonreír, aunque su rostro habíase tornado más sombrío. En ese momento se produjo un alboroto en la antecámara y su ayudante de campo irrumpió en la pieza sin siquiera solicitar la venia. El teniente coronel  Bruslard venía desencajado, con uno de los alamares arrancados y el rostro cubierto de sangre. Acababa de ser atropellado por un grupo de paisanos armados y de no haber mediado la feliz intervención de un oficial español que le salvó, no estaría allí contándolo.

    Tras el parte, el duque de Berg despidió a su edecán y, sin inmutarse, con aquella parsimonia suficiente del que se sabe en posesión de la razón de la fuerza, comenzó a dar órdenes....

    ¿Que había pasado? ¿se trataba de un motín espontáneo, consecuencia del sentir popular, herido por los agravios del Francés o, algo provocado desde oscuros gabinetes, tratando de salvar lo salvable en aquel mundo en el que el emperador Napoleón había introducido una vertiginosa aceleración del tiempo histórico?  ¿Quién sabe incluso, si a lo mejor se trató de una provocación surgida de las propias autoridades francesas para llevar a cabo una represión desproporcionada y brutal; una tropelía; una lección que mantuviera a los españoles sumisos ante el nuevo orden que se avecinaba con la proclamación de José I Bonaparte?

    Fuere lo que fuere, motín espontáneo o provocado desde el ángulo que se quiera, lo cierto es que, al menos al principio el heroico pueblo de Madrid había tomado la iniciativa y se había lanzado a la calle. Sobre todo al correrse la voz de la masacre provocada por la batería de la cuesta de la Vega, que, sin previo aviso,  había disparado de forma indiscriminada sobre la población arremolinada junto a Palacio, tras surgir el primer grito insurreccional. La noticia se extendió pronto por todo Madrid. En cada barrio se formaron espontáneamente partidas de paisanos armados con los instrumentos más inverosímiles. Por doquier, se oían gritos de: “mueran los gabachos” y de: “vasallos a las armas”. El pueblo entero, mujeres inclusive, se lanzó a la calle y comenzó a matar a todos los franceses que, aislados o en pequeños grupos, encontraba a su paso.

    De repente, las tropas napoleónicas acantonadas en los pueblos vecinos a la capital, comenzaron a marchar al unísono, con sospechosa precisión, rapidez y coordinación, hacia el centro de la Villa, entrando por cada una de las puertas de la ciudad, y peinando los barrios que iban encontrando en su camino en una maniobra envolvente, a todas luces calculada de antemano. El avance en tenaza de los franceses, obligó a confluir a los amotinados en la Puerta del Sol, donde fueron masacrados por las tropas más sanguinarias del Ejército Napoleónico: los temibles Mamelucos. Caballería auxiliar reclutada por el Emperador en su campaña de Egipto.

    Algunos grupos de paisanos, sin embargo, consiguieron huir por la calle de la Montera hacia la Red de San Luis y, después de remontar la de Fuencarral, llegaron al parque de Artillería de Monteleón (situado entonces en la actual plaza del Dos de Mayo y cuya puerta de entrada aun se conserva, sirviendo de marco a la estatua de Daoiz y Velarde), frente al que se manifestaran pidiendo armas para tratar de enfrentarse más eficazmente a las columnas francesas.

    De súbito surge una pregunta que hasta ahora ni se nos había ocurrido, ocupados racional, pero también emocionalmente, en describir la tropelía.  Nos referimos a un dato esencial: ¿qué hacían en ese momento los jefes militares españoles, hasta el punto de que nuestras tropas se vieron reemplazadas por un pueblo en armas en defensa de lo nuestro? La contestación es muy fácil y breve: los tres mil hombres que formaban la guarnición de Madrid permanecieron acuartelados por orden estricta del Capitán General Negrete, a quien esta inhibición le costaría luego la cabeza.

    Sin embargo, sucede que a veces no todo el mundo obedece ciegamente. Hay casos individuales de gente que se la juega. Sobre todo cuando ante sus ojos se presenta el terrible y luctuoso espectáculo de ver a sus conciudadanos avasallados por un poder foráneo apabullante, que unas veces muestra su rostro brutal (como entonces) y otras viene disfrazado de lagarterana (como ahora).

    En efecto: el capitán de Artillería Velarde, con el teniente Ruiz del mismo cuerpo, desobedeciendo las severas órdenes del mando, sacaron a la calle a su compañía y se unieron a los grupos de paisanos armados.

    Velarde fue uno de los que escapó de la Puerta del Sol y llegó con sus soldados frente a Monteleón, donde después de una breve conversación con el también capitán del mismo arma Luís Daoíz, jefe del destacamento español que custodiaba el mencionado parque, éste le franqueó la entrada.  Ya en el interior, Daoiz, Velarde y Ruiz, con sus tropas desarmaron a la guardia francesa allí destacada y permitieron entrar al pueblo, le entregaron las armas disponibles y organizaron la defensa del establecimiento.

    Casi de inmediato se presentó frente al parque la columna francesa del general Lefranc.  Después de un duelo a cañonazos, siguió una reñida lucha cuerpo a cuerpo, que terminó con el aniquilamiento de las heroicos defensores.  Daoíz y Velarde murieron durante la refriega. El primero abyectamente asesinado cuando, llamado a parlamentar por el general francés, fue rodeado y muerto a bayonetazos. Por su parte, Ruiz, pudo escapar aunque, gravemente herido, fallecería más adelante en Extremadura. Sus cenizas se conservan actualmente en el Museo Militar de la Coruña. 


Urna conteniendo las cenizas del teniente Ruiz (Museo Militar de la Coruña)  Hacer clic para ver la imagen a tamaño natural

Urna conteniendo las cenizas del teniente Ruiz (Museo Militar de la Coruña)  
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    A las dos la tarde del mismo 2 de Mayo, todo foco insurreccional había sido aniquilado y la rebelión podía considerarse totalmente sofocada.  Fue entonces cuando  Murat puso en marcha el plan que por todos los indicios parecía premeditado, y se lanzó a una represalia de terror desproporcionado cuyo fin era, como ya se ha dicho más arriba, amedrentar, apabullar y aterrorizar a la población para que aceptara en nuevo statu quo

    Así pues, desde ese momento se comenzó a fusilar a todo el que se le encontró con armas, considerando como tales cualquier elemento cortante o punzante (a Manuela Melasaña, por ejemplo, se la ejecutó por habérsele encontrado en el bolsillo unas tijeras. La infeliz era costurera.)
 También y además, se ordenó incendiar o volar con pólvora numerosos edificios, so pretexto de que desde ellos se había hecho fuego en algún momento contra los franceses.  Por uno u otro motivo, pues,  numerosos madrileños inocentes, (¿puede considerarse culpable al que defiende a su Patria?) fueron sacrificados entre el 2 y el 5 de Mayo de 1808. A muchos de ellos se les enterró en el cementerio que aun se encuentra tras la capilla de San Isidro, convertido ahora en museo y donde, además de sus tumbas, pueden consultarse los libros de fallecimiento en los que se estamparon sus nombres.
 

"Oye Patria mi aflicción
y escucha el triste concierto,
que tocan llorando a muerto,
la campana y el cañón”
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