Joaquín Rodrigo
(1901-1999)
Joaquín Rodrigo Vidre nace en Sagunto, Valencia (España) el 22 de noviembre de 1901, día de Santa Cecilia patrona de la Música, y muere en Madrid el 6 de julio de 1999. A los tres años de edad, pierde la vista como consecuencia de una epidemia de difteria, lo que no le impidió convertirse en uno de los más connotados compositores españoles, llegando a recibir en 1991 el título nobiliario de "Marqués de los jardines de Aranjuez" por parte de el Rey Juan Carlos I.
Joaquín Rodrigo compuso cinco conciertos para
guitarra, primero nombraremos su conocido "Concierto de Aranjuez", igualmente
bellas e importantes, aunque menos conocidas, podemos nombrar "Fantasía para un
gentilhombre", escrito sobre temas de Gaspar Sanz y dedicado a Andrés Segovia;
"Concierto para una fiesta", escrito por encargo de una familia estadounidense
como regalo a sus hijas; "Concierto Madrigal", escrito para la mítica pareja de
guitarristas Ida Presti y Alexandre Lagoya y el "Concierto Andaluz", escrito
para el cuarteto "Los Romeros". Su obra para guitarra solista es igualmente
numerosa y espléndida, desde su primera obra, "Zarabanda Lejana" (1926), que
entusiasmó a los escasos concertistas de guitarra de entonces, hasta las "Tres
piezas españolas" o "Invocación y danza", tan fascinantes como difíciles
técnicamente, sin olvidarnos de "Sonata Giocosa", "Tonadilla", y muchas otras.
En la música de Rodrigo, las nuevas armonías se entremezclan con los ritmos
tradicionales, el flamenco se transforma en música clásica y la guitarra
descubre un universo de sonidos y colores que emanan del talento de este gran
compositor.
Hay que destacar la aportación de Joaquín
Rodrigo al repertorio para guitarra, que ha sido definitiva, pues ha logrado su
dignificación e internacionalización como instrumento de concierto.
Leo Brouwer
(1 9 3 9 -- )
Su nombre completo es Juan Leovigildo
Brouwer. Nace en La Habana, Cubal, el 1º de marzo de 1939. Empezó estudiando el
piano con su tía. A los trece años comienza sus primeros estudios de guitarra
con un marcado interés por la música flamenca y motivado por su padre quien era
un gran aficionado por el instrumento. Fue difícil para Brouwer comenzar sus
estudios por el hecho de vivir en Cuba, no existía un ambiente clásico cuando él
crecía. Su primer profesor de guitarra fue Isaac Nicola, en ese tiempo el único
profesor respetable de guitarra clásica en Cuba, quien fue discípulo de Pujol,
quien a su vez fue discípulo de Francisco Tárrega. En 1955 va al conservatorio
pretendiendo estudiar guitarra flamenca, pero Nicola lo persuade a que estudie
guitarra clásica y así lo hace. Su primera presentación ante el público la
realiza a los 17 años, pero sus composiciones vienen aún de antes. Preludio
(1956) y Fuga (1959) influenciados por Bartok y Stravinsky muestran su temprano
conocimiento de música no solamente de guitarra.
Para completar su formación musical viaja a Estados Unidos para estudiar
composición en el Julliard School y posteriormente en el Hart College en
Hartford. Brouwer fue influenciado por el Neoclasicismo y el Nacionalismo. Según
Brouwer, los músicos que influenciaron sus composiciones son Falla, Bartok y
Stravinski. La música de Brouwer podría dividirse en 3 estilos básicos o
periodos de composición: de 1956 a 1964 donde es influenciado por los tres
músicos anteriormente mencionados, de 1964 a 1968 donde sus ideas musicales son
más importantes y de 1968 a adelante con el Aliterismo (El interprete tiene más
libertad al tocar). Brouwer en 1961 a 1962 fue profesor del Conservatorio de
Cuba después de su viaje a los Estados Unidos enseñando armonía, contrapunto y
composición.
Su gran obra, que incluye casi todos los géneros, es muy rica en la producción
guitarrística. En su catálogo se cuentan cinco conciertos para guitarra y
orquesta, uno para guitarra, violín y orquesta, Sonatas, Variaciones, Preludios,
Estudios, Suites y otras piezas que totalizan alrededor de 80 composiciones.
Ha trabajado también en el aspecto musical de más de 60 películas. Fue director
del Departamento de Música del Instituto de Cine de Cuba (1961). También fue
asesor musical de la Radio Nacional y de la Compañia de TV de Habana.
Leo Brouwer además de guitarrista, es percusionista y afamado director de
orquesta, él ha dirigido con las mejores orquestas del mundo incluyendo la
Orquesta Filarmónica de Berlín, la Orquesta Sinfónica Nacional de Escocia, la
Orquesta de Cámara de la BBC y la Orquesta Sinfónica Nacional de México.
Históricamente sus trabajos son relevantes por su punto de vista cosmológico y
de la nueva era. Es importante por sus composiciones de música incidental y
experimental. Entre sus composiciones más importantes están en orden
cronológico: Pieza sin Título (1956), Danza Característica (1957), Tres Danzas
Concertantes (1958), Elogio de la Danza (1964), Canticum (1968), La Espiral
Eterna (1970), Tarantos (1976), el Decamerón Negro (1981), Estudios Fáciles
(1959-1983), Paisaje Cubano con Lluvia (198 ?), Sonata (1990), El Rito de las
Orishas (1994), Concerti: Concierto Nº 1, Concierto di Liege, Retrats Catalans,
Concierto Elegiaco, Concierto de Toronto.
Muchas de las composiciones para guitarra de
Brouwer son consideradas hoy en día repertorio standard para los guitarristas de
todo el mundo.Su discografía comprende más de 100 grabaciones comerciales y su
trabajo ha sido grabado por personalidades como, Julian Bream, Franz Bruggen,
Harry Sparnay y también para ocasiones como los festivales de Toronto, Liège y
por la Orquesta de Cámara de la BBC, entre otros. En 1993 compuso la música para
la película de Alfonso Arau "Como agua para chocolate".
En este momento Leo Brouwer se encuentra sirviendo como Director General de la
Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, y desde1992 ha servido como director de la
Orquesta de Córdoba en España, donde hoy reside.
Leo Brouwer es el más importante y universal de
los compositores cubanos de este siglo. En el campo específico de la guitarra es
posiblemente el más grande de los autores vivos.
Miguel Llobet
(1875-1938)

Miguel Llobet Soles fue un virtuoso guitarrista
catalán. Nació en Barcelona el 18 de octubre de 1875 y muere en la misma ciudad
el 22 de febrero de 1938. Empezó su carrera como pintor, pero después estudió
música con Magin Alegre y Tárrega. Decide estudiar la guitarra a los 11 años
cuando escucha en concierto a Antonio Jiménez Manjon. Vivió en París los años
1900-1914. Expandió la escuela de Tárrega por América del Sur. Viajó por
Argentina (1910), Chile (1912) y E.E.U.U. (1915-1917). Compuso las canciones
catalanas. Transcribió obras para dos guitarras. Grabó discos en dúo con la
guitarrista María Luisa Anido. Fue el primer guitarrista en motivar a grandes
compositores a componer para guitarra. Manuel de Falla fue el primero (Homenaje
a Tombeau de Debussy). Esta composición la dedicó al mismo Llobet y fue
compuesta después de la muerte de Debussy para conmemorar su muerte.
Mauro Giuliani

(1781-1829)
Este eminente artista nació el 27 de julio de
1781 en Bisceglie, un pequeño pueblo en Apulia, situado en la costa Adriática,
como a 35 Km al noroeste de Bari. Empezó sus estudios musicales con el
violonchelo. Cuando aprendió la guitarra, adquirió rápidamente una sorprendente
virtuosidad en el instrumento. Viendo que no tenía grandes esperanzas como
guitarrista virtuoso en su país, emigró a Vienna en 1807, donde había
relativamente una comunidad mayor de guitarristas. Giuliani se hizo conocer
rápidamente y no le fue difícil publicar sus composiciones. Era un ejecutante
siempre requerido y ocupado; él tocó la parte de violonchelo en el estreno de la
Séptima Sinfonía de Beethoven en 1813; también tocó con otros músicos notables
como Hummel, Salieri y Meyerbeer. También tocó una serie de seis conciertos con
Moscheles y el violinista Josef Mayseder.
Giuliani dejó Vienna en 1819 para retornar a Italia. Pasó unos años en Roma,
donde conoció a Rossini; y se estableció finalmente en Nápoles, donde murió en
mayo de 1829. Su obra comprende más de 150 piezas para guitarra. La mayoría de
ellas fue editada y publicada en Vienna, Leipzig y París. Las composiciones de
Giuliani requieren casi siempre un cierto grado de virtuosismo. Compuso también
piezas para guitarra y otros instrumentos como violín, violonchelo, flauta y
tres conciertos para guitarra y orquesta; en su tiempo, se creía que la guitarra
era un instrumento de sonoridad deficiente para tomar parte de una orquesta.
Antonio Lauro

Antonio Lauro, nace el 3 de agosto de 1917 en la ciudad de Bolivar, Venezuela. Hijo de un barbero y músico de origen italiano (Antonio Lauro) y de una guayanesa (Armida Cutroneo), desde pequeño sigue los pasos de su padre que solía componer piezas para guitarra y piano, tales como Valses, Marchas, Polkas, etc. A los 5 años de edad el joven Antonio pierde a su padre y su familia se muda a Caracas. Poco tiempo después, siendo aún muy joven, adquiere un impecable dominio de la guitarra, hecho que le permite figurar como guitarrista oficial de la Broadcasting Caracas. De este modo Lauro se vincula con el círculo musical de la época, y es aclamado por sus brillantes interpretaciones de la guitarra. Entre 1930 y 1940, Lauro compone sus primeras piezas, destacándose, entre éstas, el joropo "Morenita" para voces y guitarra, además de algunos valses para este último instrumento. Ingresa a la "Escuela Superior de Música", donde tiene a destacados maestros como Emilio Sojo, Raúl Borges, Juan Bautista Plaza y Salvador Llamozas, quienes le inculcan la música, en especial de piano y guitarra, su instrumento preferido. Culmina sus estudios el año 1947. De este mismo año data su primera composición orquestal "Poema Sinfónico Cantaclaro", inspirada en la novela de Don Rómulo Gallegos y con la cual obtiene el Primer Premio "Vicente Emilio Sojo". Luego ganaría el Premio Oficial de Música con "Pavana al estilo de los vihuelistas", obra escrita para guitarra; entre 1951 y 1952 escribe una Suite Venezolana para piano y una Sonata para guitarra. En 1956 Antonio Lauro recibe por tercera vez el Primer Premio Vicente Emilio Sojo con una de sus obras más significativas: El Concierto para Guitarra y Orquesta, el cual es estrenado por el propio Lauro con la Orquesta Sinfónica de Venezuela bajo la dirección de Antonio Estévez. El Maestro Lauro fue, desde luego, un calificado intérprete de la guitarra y ofreció innumerables conciertos entre los que destacan el de la Sala Wigmore Hall de Londres bajo el patrocinio de John Williams y Paco Peña, y un recital en 1982 en el Gran Auditorium de Radio France. Con ese mismo éxito se presenta en Niza y Montecarlo, donde graba un programa especial para el Principado de Mónaco. En 1982, Lauro hace una gira por distintas ciudades de su país, auspiciado por la Presidencia de la República y el Concejo Nacional de Cultura. A pesar de su casi absoluta dedicación a la composición musical y a su actividad como concertista, el Maestro Lauro impartió la docencia musical gran parte de su vida. Antonio Lauro fue un prolífico compositor, quien se dedicó a ampliar el repertorio guitarrístico fundamentalmente componiendo numerosos valses, canciones, fugas, merengues, cuatro estudios en imitaciones, suites, sonatas, boleros, transcripciones y arreglos sólo para guitarra, piezas para guitarra y voz (arreglos y originales), guitarra y clavecín, guitarra y violonchelo y guitarra y flauta; obras corales para orquesta, para piano, etc. En 1985 obtuvo una merecida distinción, al serle otorgado el Premio Nacional de Música por parte de la Presidencia de la República. Antonio Lauro murió en Caracas el 18 de abril de 1986 a los sesenta y ocho años de edad. Al final de sus días el maestro trabajó afanosamente por terminar algunas de sus obras, dejando inconcluso su segundo concierto para guitarra y orquesta, el cual fue terminado por el maestro compositor Inocente Carreño y estrenado por Alirio Díaz en la ciudad de Los Teques, Estado Miranda el 8 de diciembre de 1989, con la Orquesta Sinfónica Si
HeitorVilla-Lobos
(1887-1959)
Nació el 5 de marzo de 1887 en Río de Janeiro. Fue autodidacta, si bien estudió
el violonchelo con su padre y más tarde con Benno Niederberger, y empezó a
componer desde temprana edad. Esta relación con el chelo le llevó a escribir
numerosas obras en las que incluyó formaciones exclusivas para este instrumento.
En 1912 participó en una expedición científica al interior del Brasil para
estudiar la música de las tribus americanas, que posteriormente tendría una gran
influencia en su obra. Aunque lo intentó, no pudo someterse a una enseñanza
técnica de composición y abandonó el Instituto Nacional de Música. Entre 1915 y
1922 compuso sus primeras obras importantes, entre ellas el Trío con piano nº 1,
la Sonata nº2 para violín y piano y las sinfonías nº 3, 4 y 5, que completaron
la trilogía de la I Guerra Mundial.
Gracias a sus éxitos y con una beca del Estado y la ayuda de un grupo de
mecenas, entre ellos Arthur Rubinstein, se trasladó a París entre 1922 y 1930,
donde estudió la música europea contemporánea. Allí asimiló elementos del estilo
neoclásico entonces de moda en Francia a través de la influencia de Ígor
Stravinski, Erik Satie y especialmente Darius Milhaud, a quien había conocido en
1919 en Brasil. También realizó viajes por el resto de Europa y por África,
donde pudo estudiar la música indígena subsahariana. En 1931 fue nombrado
director de educación musical de la enseñanza pública de Río de Janeiro. Desde
este cargo logró revolucionar la educación musical en Brasil y puso en práctica
sus teorías pedagógicas, en especial en la enseñanza de la música coral. En 1942
fundó un conservatorio bajo la administración del Ministerio de Educación y
supervisó la recopilación sistemática de gran cantidad de música popular y
folclórica brasileña, atrayendo la atención nacional hacia esta rica fuente de
material sonoro.
En 1944 realizó su primer viaje a Estados Unidos, país al que volvería con
frecuencia y donde trabajó con numerosas orquestas en Nueva York, Chicago,
Boston o Los Ángeles. También regresó con asiduidad a Europa invitado a
participar en numerosos acontecimientos musicales. En 1945 fundó en Río de
Janeiro la Academia de Música de Brasil, que dirigió hasta su muerte. Entre las
condecoraciones que recibió destacan la Orden del Mérito brasileña y la Legión
de Honor francesa. Falleció el 17 de noviembre de 1959 en Río de Janeiro.
3 OBRA
Villa-Lobos fue un fecundo compositor que escribió más de 2.000 obras y empleó
prácticamente todas las formas musicales. En su obra no utilizaba directamente
las canciones populares brasileñas, sino que escribía y desarrollaba melodías
originales con un estilo inspirado en el folclore de su país. A partir de bailes
populares brasileños desarrolló los chôros, una forma musical que en sus
primeras obras tomó la forma de solos de guitarra mientras que en sus últimas
composiciones se convirtieron en grandes conjuntos orquestales y corales.
También son famosas sus Bachianas brasileiras (1930-1945), nueve suites con
instrumentación variada en las que el lenguaje musical de Johann Sebastian Bach
se mezcla de forma ingeniosa con los ritmos poderosos y estilos melódicos de la
música folclórica brasileña. Villa-Lobos también escribió óperas, ballets,
sinfonías, conciertos, música de cámara, obras para piano y canciones. Para
orquesta compuso 12 sinfonías, diez poemas sinfónicos, cinco conciertos para
piano y orquesta y otros tres para arpa, guitarra y armónica. Su música de
cámara incluye 17 cuartetos de cuerda.
Manuel de falla 
LA MÚSICA EMBRUJADA. Viaje sentimental por la vida y obra del genio, muerto hace ahora 50 años, a través de los recuerdos de quienes le conocieron.
Una mañana llamaron a su cuarto para servirle el desayuno. Nadie contestó. Sobre el lecho estaba don Manuel de Falla, "al parecer dormido", como escribiría su hermana Carmen. Era el 14 de noviembre de 1946. En su residencia Los Espinillos, en la Córdoba argentina, había pasado de la vida a la muerte por un breve puente de silencio. Ese silencio que tanto amó, y por el que marchó a Granada un día, y abandonó Granada por Mallorca, otro.
Hace medio siglo que la música española está sin Falla y, sin embargo, Falla sigue presente en ella. Desde entonces, el amor por su obra no ha dejado de crecer. Y el prestigio de su nombre ha abierto las puertas a los compositores españoles.
Falla personificó, con mucho sacrificio, una operación casi titánica: la de liberar a España de lo chiquito y localista para hacerla entrar en el coro de las naciones musicales cultas. No estuvo sólo. El combate de Pedrell, de Albéniz y de algunos más iba en la misma dirección.
Aunque los gustos musicales evolucionen, una ejemplaridad como la de Falla siempre abre perspectivas. Hoy apenas existe creador español de alguna significación que no haya rendido sus pentagramas ante la figura y el legado de Falla. Un legado discutido en su momento, pero reconocido después.
Al comenzar el Año Falla, una entrevista con la historia acerca al personaje. Hablan quienes ya no pueden hablar, pero dicen lo que dijeron para describir el perfil humano de este español tan singular y universal como quizá no ha existido otro en este siglo. Salvo Pablo Picasso, su colaborador en El sombrero de tres picos. Y cual dice el Trujamán en El retablo de maese Pedro, "¡atención, que comienza!".
Juan Viniegra habla de la infancia de Falla en su Cádiz natal: "Desde muy pequeño, Manolito se unió a nuestra familia por vínculos musicales. En nuestro hogar se respiraba un ambiente adecuado a sus precoces aficiones, y mi padre, don Salvador Viniegra Valdés, fue siempre un mecenas para cuantos sentían vocaciones musicales. Vivíamos, entonces, en la plaza de la Candelaria y su hermoso salón se convertía en sala de conciertos. Al fondo había un piano de cola, en el centro un arpa Erard y a la izquierda un armonio. De las paredes pendían algunos cuadros procedentes de la casa de los marqueses de Ureña. En aquellas reuniones cantó la Paccini, tocó Bottesini, extraordinario contrabajista, y se hizo, junto a las arias operísticas del momento, mucha música de Haydn, Mozart y Beethoven. Desde 1885, el muchacho Falla se incorporó como espectador, primero; como ejecutante y compositor, después. Años más tarde, me escribía en una carta: "Recuerdo aquellos ensayos primeros de composición, en los que tanto me alentaba tu buen padre, a quien debo, además, el haber conocido a Felipe Pedrell, quien me encauzó los estudios musicales por un camino seguro".
Antes de finalizar el siglo, Falla se traslada a Madrid, trabaja el piano con José Tragó, catedrático y discípulo en París de Georges Mathias, que lo había sido de Chopin. Falla trata de abrirse camino en una capital que no ofrecía más salidas a un músico que la zarzuela. Don Manuel lo intentó todo. Hasta estrenó, en abril de 1902, una pieza de género chico sobre libreto del periodista Emilio Dugi, Los amores de Inés. Esta obra, como otros intentos que quedaron inéditos, se ganó los más severos juicios. Se presenta a dos concursos y en ambos gana el primer premio: uno como pianista, frente a rivales como Frank Marshall, discípulo de Granados y futuro maestro de Alicia de Larrocha y Rosa Sabater. "He aquí un hecho", dice Falla, "que, después de tantos anos, no he podido explicarme, pues, desde luego, exceptuando aquella extraña ocasión, Marshall tocaba y toca el piano mejor que yo".
El segundo concurso estaba convocado por la Real Academia de Bellas Artes. De él no sólo nació un premiado, sino un gran compositor, ya que la ópera que triunfó en el certamen de 1905 no fue otra sino La vida breve, sobre el libro de Carlos Fernández Shaw. La Andalucía musical y dramática de Falla, la España jonda suena y conmueve desde esta partitura que hoy se representa con asiduidad.
El crítico de Le Courrier Musical, de París, escribe al estrenarse La vida breve en Niza, poco antes de la primera representación en París, en el ano 1913: "Se trata de un drama verista, pero, en su conjunto, es obra de influencia italiana, llena de esa estética verista". Después dedica unas duras palabras a la España musical cuando advierte "que ni siquiera los simpatizantes franceses de los compositores españoles insisten suficientemente sobre las dificultades que encuentran en su país para editar y estrenar obras instrumentales o dramáticas de elevado estilo. Es el caso de La vida breve, distinguida por la Academia de Bellas Artes de Madrid en 1905 y presentada en 1913, y no precisamente en España, sino en Francia".
Entre tanto, desde 1907 hasta el inicio de la guerra del 14, Falla está en París, trabajando en firme, apoyado por Paul Dukas, Claude Debussy, Charles Koechlin, Maurice Ravel y Ricardo Viñes, y hasta su muerte, en 1909, por Isaac Albéniz, el gran introductor de embajadores para "los españoles en París". Cuando regresa da a conocer sus Siete canciones, sus Melodías sobre Gautier, sus Piezas españolas y las Noches en los jardines de España.
En 1915, estalla El amor brujo, creado a petición de Pastora Imperio para los espectáculos de Martínez Sierra. Su forma primitiva se apoya en recitados y diálogos más que discutibles. Pero es superada por Falla en su versión de ballet, de la que la otra es mero antecedente y jalón de una creación que ya estaba en marcha. Es en el reestreno parisiense de 1925, protagonizado por La Argentina y Vicente Escudero, cuando, en su forma definitiva, El amor brujo satisface plenamente. A Falla y al público más variado. Nadie mejor que Antonia Mercé, La Argentina", para opinar: "Pocas cosas pueden procurarme un placer más profundo que comentar esta obra maestra tan cargada de las bellezas de una raza. Me he empapado íntimamente de esta música, prácticamente incorporada a mí misma. No es tan sólo el resultado de 10 años de trabajo que le he dedicado, cada día más sobrecogida por las bellezas que contiene; es, sobre todo, la consecuencia de un conocimiento y de una comunión que existieron desde el principio. Le he entregado todo lo que hay en mí, todo lo que soy capaz de dar y, a cambio, me ha proporcionado, mientras descubría sus más sutiles secretos, la sensación de lo que puede ser algo inmortal".
La vida breve nace en 1905. La acción discurre en Granada. Pero Falla no conoce la ciudad de la Alhambra hasta 1915. Desde el mismo día de su descubrimiento, con ese "¡aaaaaaaah!" que nos cuenta María Martínez Sierra en sus memorias, anida en el músico gaditano una ilusión: vivir en Granada, al margen del ruido y los combates de la capital. Escribe Juan Ramón Jiménez: "Se fue a Granada por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad. Tal paseante de la Antequeruela Alta ve acaso una menuda presencia neta y negra, bordes blancos, tecla negra de pie entre el lustroso hojear unánime de un alto jardín segundo. De noche, suben los rumores de Granada: gritos de niños, campanas, balidos como estrellas menudas (que estamos con las grandes), un cornetín, medias coplas, lamentos ondulados; y las luces de la Vega van y vienen. La soledad es absoluta en la Antequeruela, donde se exalta aquel balcón verde, con aquella persiana verde, con aquella farola verde en el arroyo de la calle, una rata muerta. Y va tomando hora y sentido la esquina secreta de la tentación dramática, por la que, escondiéndose, en la sombra de la luna, ronda el sueno del músico, sonriente y dichoso tras su rosario rezado, la rítmica fantasma con suspiros tentadores de la oculta, cobriza, perdida canción gitana".
Emilio García Gómez, que compartió junto al músico la tranquilidad de su Carmen de la Antequeruela granadina, escribe: "Todo está áspero de puro limpio. En torno a la mesa camilla se agrupan unas sillas de enea donde unos cuantos amigos locales departen con Falla. Un gato de María del Carmen runrunea en un rincón. El maestro enciende un cigarro tras reforzar la boquilla con una pella de algodón que empuja con un palillo de marfil. Cuenta las chupadas. Se habla de casi todo más que de música. El maestro pregunta, escucha, y cuando interviene sorprende cada vez su exquisita cortesía. Nadie adivinaría aquí el tormento íntimo de Falla". Y añade: "En cada país surgen milagrosamente, de vez en cuando unos seres de excepción en quienes la raza elige los intérpretes de su oscura conciencia. Unos ni siquiera se dan cuenta de su condición de elegidos: más que voceros son airones, y la revelación que ostentan muere con ellos. Otros, por inconsciencia o pereza, lo entienden a medias y el fluido misterioso se reparte entre su personalidad y unas obras truncas, deliciosamente turbadoras, donde lo vulgar está veteado de extraña inspiración. Otros, en fin, ponen todo su empeño en que no se pierda ni una sílaba del celeste mensaje. Y Falla es de estos últimos".
Este rincón cordial de la música europea no sólo sirve de marco a una tertulia local, cual si de una vieja rebotica se tratara. Hasta allí llegan Darius Milhaud, Mauricio Ravel o Igor Strawinski; Wanda Landowska, Roland Manuel, John Trend o Jean Aubry; Alfredo Casella, Adolfo Salazar, Henri Collet, Eugenia de Errázuriz o madame Alvar. Y quienes forman la casi-escuela de Falla, aunque el maestro se resista a fundarla. La música es, para él, un oficio noble. De él aprenden Ernesto Halffter, su hermano Rodolfo, Joaquín Ninculmell, Valentín Ruiz Aznar, el fiel y a veces contradictorio Salazar, Rosa García Ascot. Y escritores, poetas y pintores como García Lorca, Gerardo Diego, De los Ríos, Zuloaga, Sert, Lanz, Manolo Ángeles.
Al poco tiempo de instalarse en Granada, el teatro de Londres vibra con El sombrero de tres picos. Unos años después, El retablo de maese Pedro regresa a Granada tras sonar en Sevilla y ser representado en el palacio parisiense de la princesa de Polignac. Después escribe para Rubistein la Fantasía bética, la música andaluza mas jonda de la historia española, cumplidos los fastos y desengaños del Concurso de Cante Jondo, en 1922. Don Manuel cierra entonces su largo capítulo meridional para enfrentarse definitivamente con aquello que buscara desde joven: lograr una música de alcance universal cuya raíz sea la música general culta y popular.
Joan María Thomas, el músico mallorquín que dio cobijo en la isla a don Manuel cuando la feria turbaba el sosiego granadino, afirma: "Ambicionaba el calificativo de española para el conjunto de su obra, aunque, en particular, sus primeras composiciones fueran andaluzas como correspondía a su nacimiento. Mas para él, crear música andaluza o aragonesa, asturiana o levantina, era componer música española, del mismo modo que para Menéndez Pelayo escribir en castellano, en catalán o en gallego, era escribir en español". Esta afirmación, divulgada en Buenos Aires por un opúsculo de Juan Tornasol, le puso muy contento.
Del Retablo al Concerto para clave y cinco instrumentos se produce una evolución musical que va de lo escueto a la síntesis mas genial. Y en un lenguaje que conserva la modernidad y que para muchos hace del apasionado autor de El amor brujo y del poeta sonoro de las Noches un verdadero místico. Así lo ve José Bergamín: "Otras veces solía decir que había conocido personalmente a dos santos en mi vida: Jacques Maritain y Manuel de Falla. Ahora, en mi recuerdo, me parece que no he conocido mas que a uno: Manuel de Falla, al que dediqué -con su complacido consentimiento- uno de mis primeros libros: Mangas y capirotes, llamándole maestro en la música y en la fe. Jacques Maritain era como un santo; pero no era un santo: lo parecía. Tal vez era -quería ser- demasiado buen católico para ser santo. Aunque lo pareciera. Manuel de Falla no era como un santo, era un santo; aunque no quería ni parecerlo; y hasta puede que pareciendo bastante mal católico -simple y supersticioso-, lo bastante para poderlo ser. Maritain se hacía el santo. Falla lo era".
Mientras Falla se debatía con los versos épicos y místicos de Verdaguer e incendiaba los Pirineos, el gran incendio avanzaba sobre la piel de la España trágica. Hacia años que Falla encabezaba sus cartas con el simbólico signo PAX. Y cuando la confrontación se produce se siente enemigo de la guerra misma. Se ha dicho poco que, al responder a cierta encuesta oficial sobre una hipotética "mediación" entre las partes en lucha, mientras otras personalidades clamaban por la victoria, don Manuel escribió estas pocas palabras: "No contribuiré con mi palabra o con mi pluma a que se vierta una gota más de sangre española". Teniendo en cuenta las circunstancias, esta actitud no sólo ha de tenerse como ética, sino, también, como valerosa.
En 1939, Falla sale de Granada para la República Argentina. En Los Espinillos, sierra de Alta Gracia, alcanza una cierta paz estremecida por el mundo convulso. Para proseguir La Atlántida, su testamento musical, tiene que forzar su salud. Allí le sorprende una noche, como de puntillas, el sueño de la muerte. Una muerte que para el significaba el ingreso en la vida sin fin. Y es este triste, tristísimo suceso el que en 1996 conmemoramos con aplausos unánimes al hombre y al artista bueno, humilde, exigente y generoso.