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De cuando Guadix estaba reciente como el mundo



Estaban recientes
—como el búho—
las margosas y fértiles tierras
cuando llegó el hombre hasta el río.
Nada sabían del nombre de las cosas.
Y los dioses se escondían en los entresijos de la hierba.


Desde el cerro “La Escalera”, la ciudad aparecía vedada, inconsecuente al abrazo, al amor nuestro de cada día, como un defendido paraíso que nos hacía temblar. Era cuando empezábamos a notarnos hombres, tristísimos a veces, en aquellas prolongadas tardes bajo el sol, provocado el desamparo ante la imagen de su cuerpo urbano que era como el brote de un fruto sin consumirse. La ciudad estaba allí —con un chicharreo e insatisfecho gozo de fondo— ante nuestra sospecha siempre. La ciudad con sus torres y sus puertas como una mano experta, engavillada la luz de septiembre. Y nosotros cedíamos a su hermosísima forma con un deseo animal que se hacía cada vez más secreto.

 

Hay en esta ciudad de asfalto
retazos de un deseo y también de un olvido
incrustados en el aliento,
en cada pespunte de arquitectura levantada,
dispuestos al instante en que se abran los escudos,
todas las puertas ocultas que se aguardan
para destejer la nieve de los tejados
hasta encontrar un pedazo de invierno,
un trozo de batalla
en las comisuras de la piedra
y escuchar atentos entonces
desde el borde de la hierba
el ancestral aleteo de peces voladores,
de fósiles descubiertos en la hojarasca.


El zureo de las palomas nos avisaba de la llegada de la seña Remedios, Fumábamos, a escondidas claro, en el palomar de Manolico, un muchachote que era cojo e inocente como una manzana.
—Que viene mi abuelaaaa —gritaba por el hueco de las escaleras hacia arriba.
Y nosotros con la pesadez de un toro, bajábamos los peldaños, con el humo hecho una bola en la boca cerrada como un repetido y acostumbrado desafío.
En aquellos años de dulzura compartíamos hasta el amor tierno y manso de las vecinas. Y los besos eran como un corazón que aprendía a latir y con los que estrenábamos la piel y la incertidumbre.


 

Despiertan mansamente
los hombres y las calles
como un rumiar de hojas que el tiempo
sacudiera furioso desde la llama
de la sombra
que rodea el contorno de lo húmedo
hasta los círculos de la desnudez
que se ensanchan hacia la sangre,
hacia la arena del escalofrío
diverso del labio.

En aquellas horas de la siesta, llegados con invasor deseo, la calle Ancha estaba vacía. A lo lejos, se oía leve e incansable un aparato de radio. Por algún rato, nos quedábamos mirando los escaparates. Y luego, de repente y sin causa, corríamos entre bromas, calle abajo hasta el parque. Alguna vez, alcanzamos la altura de “Pedro Antonio de Alarcón”. desafiando al guardia que nos tenía sentenciados, para encontrar tan sólo la bella heredad de una forma, un antiguo calor que nos unía a él a través de sus ojos de piedra. Era un calor como esos que te corren por la sangre cuando ocultas algo y te sabes descubierto. Habíamos conquistado, nosotros que éramos chicos de barrio y pobres a pesar nuestro, las calles, los árboles, las fuentes, las torres, el aire mismo de aquella ciudad que se entibiaba, que era nuestro intimidado deseo que no llegaría nunca a saciarse.

 

Nadie escucha ya el ruido de la fragua
que un día quebrara el metal
y nos diera a todos la espada fría,
esta espada con que se construyó esta ciudad
que ahora habitamos.
Nadie escucha ya el ruido de la fragua,
se cierran los balcones
y otra vez vuelve el silencio
a reconquistar su fortaleza, cada rastro
de ciudad dormida.

Bajábamos desde San Marcos, gozosamente. Heridos los ojos por el tacto mudo del descubrimiento. El aire olía a cereal trillado. Y en el filo de la tarde, con cieno desamor, nos fingíamos diosecillos que con sigilo ahondaban en las calles con tal complacencia que parecía que el mundo se creaba a su paso y con él también la ciudad, ignorados la roca y el arco hasta que supimos aquel montón de historia pesadamente acumulada.

Y el tiempo estaba colgado de un hilo.
Y el mundo era un pájaro en reposo.