JOSÉ TUVILLA RAYO

El adelantado Pedro de Mendoza bajo las aguas



Un golpe de mar contra la altura,
contra el aire en ristre de su hombría.
Y toda la nave fue sal, feroz amargura.
Y fue todo colmillo, destrozo de alegría.

Su sangre se estremece como un lirio
hacia la salobre descendencia de la rabia.
Solo queda de su nombre su diagonal delirio
y nada más. Ni cifra ni celestial savia.

Se lanzó su firme cuerpo sobre la dócil cresta:
rudo ofrecimiento, dura dentellada.
La muerte es verde con su verde gesta,
con ágiles mandíbulas para su carne conquistada.

Fuego, piedra o espada era su corazón de hombre,
el motivo de su gloria, la fuerza de su mano.
Pero el espanto- emboscado tiburón- deshizo el nombre,
la risa, el amor... Y todo fue en vano.

Agua y espuma descendieron su viril cintura
hacia el fondo del mar como una nave.
Y quedó su cuerpo todo, ahogada la ternura,
desbrozado el deseo y el corazón sin llave.