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Un golpe de mar contra la altura, contra el aire en ristre de su hombría. Y toda la nave fue sal, feroz amargura. Y fue todo colmillo, destrozo de alegría.
Su sangre se estremece como un lirio hacia la salobre descendencia de la rabia. Solo queda de su nombre su diagonal delirio y nada más. Ni cifra ni celestial savia.
Se lanzó su firme cuerpo sobre la dócil cresta: rudo ofrecimiento, dura dentellada. La muerte es verde con su verde gesta, con ágiles mandíbulas para su carne conquistada.
Fuego, piedra o espada era su corazón de hombre, el motivo de su gloria, la fuerza de su mano. Pero el espanto- emboscado tiburón- deshizo el nombre, la risa, el amor... Y todo fue en vano.
Agua y espuma descendieron su viril cintura hacia el fondo del mar como una nave. Y quedó su cuerpo todo, ahogada la ternura, desbrozado el deseo y el corazón sin llave.
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